"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 22 de mayo de 2015

Vientos de cambio




Las viejas fórmulas no sirven para siempre, los antiguos hábitos pueden acabar por no ser tan saludables como creíamos, las convicciones férreas alguna vez habrán de verse diezmadas por las circunstancias, y la única certeza en esta vida que merece denominarse como tal es la de que toda certeza acaba derrumbándose. No lo digo yo, pese a que he ido comprobando que, a más años cumplo, menos certezas van quedándome en la faltriquera; es el tiempo, enemigo infalible que no tolera ningún farol, quien nos muestra estas cosas y acaba por darle a todo su más depurado significado, para bien o para mal. Lo que dijimos ayer no vale para hoy, y hay que ser muy idiota para reconocerse en la persona que aparece inmutable en esas fotografías nuestras de hace veinte, quince, cinco años. Todo fluye, todo pasa, decían los presocráticos. Y es necesario que así sea. 

Hace no mucho me quejaba de que mi vida no hubiera tenido nunca cierta estabilidad, algún punto de equilibrio en el que habitar sin excesivos éxitos que pudieran volverme altivo ni grandes desgracias que no me permitieran resurgir. Cambio tras cambio, sin apenas tregua, sin poder hacer un alto en el camino para poder admirar el paisaje, maldecía mi suerte por no haber tenido una vida más o menos estática, serena, apacible en su seguridad. Ahora sé, sin embargo -o creo saber, malditas certezas-, que esa seguridad es endeble y falsaria, y que es necesario someterse a constantes cambios para poder ir a la par de un mundo que nunca deja de girar, ya faltes o no en él. Es mejor caminar, es mejor desgarrar la frágil membrana de nuestra crisálida cuanto antes, porque el mundo real espera afuera y no se detiene por nada ni por nadie, y poco le importará que seas gusano o mariposa, sino lo que puedes hacer y lograr con las características propias de uno u otra. Hoy sé -al menos lo sé hoy, en este presente, aunque es probable que este aprendizaje ya no me sirva para el futuro, o no me sirva del todo- que debo ponerme a favor de los vientos del cambio. En esencia debo ser el mismo, confiar en mis códigos personales aunque no siempre funcionen, conservar ciertos rasgos de mi carácter que han causado bien a otros o a mí mismo; pero se hace necesario desbastarme como a un mueble viejo que un artesano puliese, desprenderme de aristas y rencores, no involucrarme en el lastre del pudo ser y no fue, usar mi orgullo como una fuerza benefactora que espoleé mi motivación y no como un arma de ciega soberbia. Porque ése es el único pecado, de los siete capitales, que no me atrae cometer.

Mañana es jornada de reflexión, y aunque haya algunos que crean que la reflexión pasa por ser un estado inamovible de relax perpetuo en el que los problemas desaparecen sólo con no enfrentarlos, se hace imprescindible pensar qué coño va a ocurrir en las urnas. Yo ya tengo mi voto, y sé que dudo ahora de él, que dudaré mañana, que dudaré mientras lo esté depositando en la urna y que también lo haré cuando regrese a casa después de haberlo depositado. En contraposición, y para mi alivio durante esas horas en que me encuentre meditando en el intolerable silencio que reina en mi casa, no dudaré de lo que ya no quiero en mi vida ni en mi nación. Lo viejo va perdiendo pie; lo nuevo no tiene por qué ser mejor. Pero el tiempo, que todo lo sabe, nos dará la medida verdadera de nuestras decisiones. Si me he equivocado al tomarlas, él me lo mostrará y yo deberé reconocerlo; si he estado acertado, deberé investirme de humildad y no juzgar a quien haya optado por un voto diferente al mío. De lo contrario, sería un soberbio. Y a mí, de la soberbia, no me gustan ni sus andares. 

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