"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Desgracia", de J.M. Coetzee




De las novelas de John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 9 de febrero de 1940) dice Javier Marías que son luminosas y desconcertantes. Si bien es cierto que con lo segundo no puedo estar más de acuerdo, no lo es menos que el primer adjetivo me chirría bastante, al menos con Desgracia, novela que suscita una extraña fascinación y que al autor sudafricano (aunque nacionalizado en Australia, país en el que reside actualmente) le valió su segundo Premio Booker, convirtiéndose así en el primer escritor que había conseguido en dos ocasiones el prestigioso galardón. Y es que sucede con esta obra que, a la fascinación que he comentado antes, le precede y se le suma la repulsa. Esto hace que este libro sea difícil de digerir, aunque esta característica se deba a las portentosas dotes de narración de su autor. Como un actor al que odiamos por ser magistral interpretando a personajes malvados, a esta obra he llegado a odiarla por lo bien que están descritas algunas de las bajas pasiones más deleznables del ser humano; un marco ambiguo dentro de la legalidad, unido a la asfixiante resignación de algunos de sus personajes, convierten en escandalosas las revelaciones entre estas páginas. Y sin necesidad de recurrir a los métodos del Marqués de Sade (que, como bien dijo Vargas Llosa, aunque con otras palabras, es quien es por haber sido el primero en escribir tales cosas, y no por su dudoso talento literario) o los de Henry Miller, ese escritor disperso e inconexo que le debe todo a una mujer y a la dopada admiración de la Generación Beat y Bukowski; en esta historia no hay nada soez, salvo la turbia intencionalidad de sus personajes. Bravo por Coetzee.

Con todo, hay tramos de esta novela que pueden resultar algo confusos si el lector carece de toda noción sobre la ola de criminalidad y los problemas raciales de Sudáfrica. Algunos de los personajes que transitan por esta novela hablan dialectos locales, pertenecientes a las tribus de la región, y a ellos hay que sumarles las costumbres y leyes para con sus miembros y los vecinos de esas tribus, del todo machistas y vejatorias a la vista de los países más desarrollados. Se hace necesario, entonces, informarse un poco sobre el tema o andar ya en preaviso, si no se quieren hacer prematuros juicios de valores o que ligeras moralinas nos estropeen la lectura o nos conduzcan a tomar a un gran escritor por lo que no es. 

David Lurie tiene cincuenta y dos años, dos divorcios a sus espaldas, una hija seudohippie y poco de lo que enorgullecerse. Incompleto con su trabajo de profesor de universidad, su única aspiración en la vida es aplacar su deseo sexual. Cuando una alumna le denuncia, tras acceder a acostarse con él después de un obstinado trabajo de seducción rayano en el acoso por parte del profesor, David preferirá renunciar a su puesto antes que pedir disculpas a los padres de la muchacha y a la propia universidad. Con ello se gana el rechazo de todos sus vecinos, y con la reputación echada a perder decide irse a vivir con su hija lesbiana a la granja que esta dirige sola, convencida de que los recursos que le da la tierra es lo único que necesita para vivir. Con una clara incompatibilidad de caracteres, y a regañadientes -o tal vez porque no le queda más remedio, hundidos ya su buen nombre y su carrera-, accede a ayudarla en sus tareas agrícolas y de recogida de perros abandonados. Entretanto, en sus ratos libres, el profesor prepara una ópera sobre Byron y su amante, hasta que tres individuos, familiares del vecino y ayudante que la hija paga para los trabajos más duros de la granja, irrumpen en la propiedad y violan a la chica mientras a él tratan de quemarlo vivo. A partir de ahí, la convivencia se hará del todo insoportable con su hija, al ver cómo acata la agresión a la que ha sido sometida por personas que son de la misma sangre que el ayudante al que tiene asalariado. 

Unas afiladas dotes analíticas por parte del autor, sumadas a su capacidad para describir desde todos los puntos de vista comportamientos escandalosos o incomprensibles, consiguen que el lector sienta antipatía por casi cada uno de los personajes que aparecen en esta novela: por David Lurie, cuyo obsceno ahínco por seducir a su alumna está muy cerca de hermanarse con el perfil de un pederasta o un violador; por la alumna del profesor, que prefiere elaborar una denuncia falsa antes que admitir que no tuvo personalidad y se lió con quien no debía; por la hija de David, con su resignación sobrehumana, su pusilanimidad y su negación de unos hechos que le han destrozado la vida y con los que tendrá que lidiar hasta el fin de sus días, ya que sus agresores viven al lado de ella; por el ayudante de la hija de David y sus eternas disculpas hacia los familiares que han violado a su jefa y vecina, con el propósito soterrado de convertirse en breve en el dueño de todas las tierras. A todo ello, y a modo de guinda, Coetzee deja entrever los signos de una venganza divina hacia el lascivo profesor, tan sumamente brutal que al final no será difícil compadecerse de él, aunque con el buen gusto de no caer en pormenores escabrosos, permitiendo en la narración cortes oportunos en los momentos más duros y sugiriendo más que diciendo, a la manera del William Faulkner de Santuario.

Una obra envidiable, en definitiva, que despertará en el lector una náusea, pero a partir de razonamientos tan concienzudamente elaborados y una prosa tan compacta que el lector no podrá apartar los ojos de la lectura, con esa fascinación que a veces nos producen las cosas más oscuras de este mundo. Absténgase de leerla las conciencias más sensibles. 


Título: Desgracia

Autor: J.M. Coetzee

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9759-944-3

Nº de páginas: 272


jueves, 18 de septiembre de 2014

"Compás de espera", de Eva Alarte Garví




Fue Lope de Vega quien dijo que el amor fue el inventor de la poesía, y lo cierto es que es indiscutible que este es el motor primordial de aquella, su médula, temática indeclinable a la que han recurrido todos los poetas en todo el mundo y en todas las épocas. Nada mejor para un poeta en ciernes que dejar de darle a la chola buscando la gastada originalidad y estrenarse en esto de la métrica siendo valiente y versificando su sentimiento amoroso, que es uno diferente en cada alma y a la vez el mismo en todas, y que además está cargado de múltiples matices que el buen trovador sabrá plasmar en sus letras con toda su crudeza. Eso es algo que sabe muy bien Eva Alarte Garví, filóloga y traductora cuya enorme labor en diversas disciplinas artísticas -musicales y escénicas- y como profesora del Instituto Cervantes le ha dejado todavía tiempo para escribir y publicar su segundo poemario, Compás de espera, un grito de pasión desaforada que transita sin complejos por esos múltiples matices del amor de los que hablaba antes, reunidos aquí sobre esa vagoneta de montaña rusa en la que viaja quien ha conocido los despechos e imposturas de los amores que son prisión.

Los poemas de este volumen son una guitarra triste en la noche, un silencio resignado pero lleno de ecos donde reina el sonido de ese metrónomo que sugiere la gotera de un grifo mal cerrado o el ritmo marcial de un segundero avanzando en un reloj de pared. Ya desde su mismo título -muy acertado-, la autora nos da rastros a seguir sobre lo que será este ejercicio de dignidad y querencia a sí misma convertido a la hermosa unidad de un libro. Lo mismo que amantes descreídos y abandonados, haremos un recorrido irregular pero de vital aprendizaje que nos conducirá al autoengaño, a la sumisión hacia un amor que no espera de nosotros lo mismo que nosotros esperamos de él, para luego ir arribando (a fuerza de lamernos las heridas, poco a poco, dejando tender al tiempo su río inmensurable) al despertar de nuevas posibilidades, mejores y más prósperas, que nos encumbren fuera ya de la existencia de quien no nos merecía. "No quiero que estés solo / en un paso importante / como es dejarme sola", canta la autora con esa intuición tan necesaria en poesía y que le advierte ya de un final escrito desde los albores de la relación amorosa, no sin antes hacernos partícipes de los lenitivos a los que se aferrará para tratar de olvidar, y que sirven de temática para el poema de apertura del volumen, Siempre han estado ahí.

La larga noche de espera inútil de este poemario, lograda verso a verso por Eva Alarte, nos va describiendo dos perfiles muy concretos de amantes. Aun sin expresarlo abiertamente -así es como debe ser: la poesía no debe decir, sino sugerir-, entre estas construcciones aparecen, por un lado, el amante canalla, infiel y probablemente ya comprometido, el Byron que se marcha y regresa a su antojo para mancillar la palabra amor con sus caprichosos juegos de seducción; por el otro, a Penépole tejiendo y destejiendo desde la falsa seguridad de su Ítaca imaginaria, solamente existente en sus expectativas, siempre falseadas y derribadas por ese Ulises que está a bordo de un yate de lujo, practicando en cubierta y a pleno sol un gran bukkake con las sirenas. Pero no todo en este libro asiste a una progresiva destrucción de la autoestima del que espera; poemas como Nocturno dentro, entre otros, nos advierten de que la abandonada resurgirá, y ponen en preaviso al que abandona: "Me voy para llover", o también: "Quédate con tu pulpa de cuarzo empobrecido / Con tu cabás de ofertas de seca persuasión".

Con una determinación para la poesía similar a la de Ana Rossetti, aunque sin ser tan explícita en el terreno erótico, se nota que Eva Alarte Garví ha apostado fuerte por los casi cuarenta poemas que forman Compás de espera. Si consideramos que el segundo libro de cualquier autor supone el auténtico bautismo de fuego, Compás de espera no es un mal resultado.











Título: Compás de espera

Autor: Eva Alarte Garví

Editorial: Alfar

ISBN: 978-84-7898-569-2

Nº de páginas. 78


miércoles, 17 de septiembre de 2014

"Pacto de lealtad", de Gonzalo Giner




Este verano lo he ocupado leyendo, entre otras, la novela Pacto de lealtad, fenómeno literario con más de 600.000 lectores en su haber que ha debido reportarle muchas satisfacciones a su autor, Gonzalo Giner (Madrid, 1962), veterinario de profesión que dio el salto a la literatura en el año 2004 con la novela La cuarta alianza, aunque el éxito le llegó después, al publicar El sanador de caballos y, más tarde, El jinete del silencio, cuya fórmula debió resultarle eficacísima si consideramos que con Pacto de lealtad ha usado temáticas parecidas -la participación de animales en las contiendas humanas, la elección de personajes desahuciados que encuentran en la compañía de una mascota un apoyo fundamental para retomar las riendas de sus vidas-, aunque englobadas en contextos, escenarios y momentos históricos diferentes. Y es que se nota a la legua la verdadera vocación que corre por las venas de Gonzalo Giner, su pasión por los animales y sus consignas para concienciar a los lectores de que han formado, forman y formarán parte esencial en la vida del ser humano, aun cuando la Historia los mantenga en un segundo plano o ni siquiera los mencione entre las hazañas de los hombres.

Tanto es así, que Giner reconoce en las últimas páginas de este libro que le costó mucho trabajo encontrar documentación sobre la intervención de perros durante la Guerra Civil española, unas veces en tareas humanitarias y otras desempeñando el papel de espías o artificieros. No ocurre así, sin embargo, con los numerosos documentos encontrados sobre la participación de perros en las dos guerras mundiales, y es sabido por casi todo el mundo que quien peor uso hizo de ellos fueron los nazis, sacando su mayor agresividad para convertirlos en vigilantes de guetos y campos de concentración. Algo de eso hay también en esta novela, aunque Giner va mucho más allá, profundizando en el tema y convirtiéndolo en una historia paralela a la historia de nuestra propia guerra. Y es que el rasgo más meritorio de este autor madrileño quizá sea su ahínco en encontrar pistas a lo largo de las páginas de la Historia, rescatando relatos de gente anónima que le sirvieron para fabular las aventuras de Zoe Urgazi y Campeón, protagonistas principales de Pacto de lealtad.

En un breve periodo de tiempo, previo al estallido de la Guerra Civil, Zoe Urgazi asiste al desmoronamiento de su vida: su marido muere durante la revolución de los mineros asturianos al tiempo que ella descubre que le era infiel, su padre es encarcelado y es desahuciada del palacete madrileño donde reside, además de luchar contra los prejuicios machistas que todavía no creen posible que una mujer pueda ser veterinaria. Antes de la marcha de su hermano para realizar tareas de espionaje y contraespionaje en ambos bandos, una vez estallada la guerra, este la deja a cargo de Campeón, un perro sin raza que irá ayudándola a sortear los peligros de una geografía envenenada por la barbarie y el cerrilismo de ambas españas, la nacional y la republicana. Mientras tanto, en Alemania y en otros lugares de Europa donde el Partido Nacionalsocialista está cobrando cada vez más fuerza y adeptos, el veterinario Luther Krugg es nombrado responsable, contra su voluntad, de un proyecto que tiene como fin recuperar la extinta raza bullenbeisser mediante experimentos genéticos de cruce con otras razas de perros, para conseguir un animal agresivo, asesino, que los nazis contemplan como el auténtico guerrero ario de los canes. Las vidas de Zoe y Luther acabarán cruzándose, con consecuencias nefastas pero también esperanzadoras. 

Por esta novela transitan tanto personajes ficticios como auténticos, tales como los mismísimos responsables nazis Himmler y Göring -este último obsesionado, en la vida real, con la recuperación de especies desaparecidas y protagonistas de antiguas leyendas nórdicas, como fue el caso del bisonte indoeuropeo o uro, con el que consiguió repoblar un antiquísimo bosque ubicado en la actual Bielorrusia-, y el secreto de su éxito radique quizá en la imparcialidad con que el autor madrileño refiere los hechos acaecidos en España entre los años 36 y 39 y la minuciosidad con que se ha documentado y ha hecho personales los relatos de particulares que fueron testigos de la participación de perros en la contienda.

Con todo, y pese a los pormenores de la guerra y el fanatismo, Gonzalo Giner ha logrado parir una novela para todos los públicos, recomendable para el jubilado del parque y también para el adolescente con dos dedos de frente. Aventura, Historia, amor y, sobre todo, una vocación ajena a las letras, son bien conjugados para brindarle al lector sin prejuicios un bonito canto a la lealtad y un emotivo homenaje al mejor amigo del hombre. Quien tenga perro, sabrá a la perfección de lo que habla; quien no lo tenga, posiblemente correrá a un albergue o una protectora de animales -no lo compren, se lo ruego- a adoptar uno para que llene su vida con matices únicos e insustituibles. 


Título: Pacto de lealtad

Autor: Gonzalo Giner

Editorial: Planeta

ISBN: 978-84-08-12785-7

Nº de páginas: 640

sábado, 13 de septiembre de 2014

"La caverna", de José Saramago




Segunda novela que leo, en este año, del portugués José Saramago, escritor que para mí se ha convertido en un referente indiscutible de la originalidad al servicio de la literatura. Tanto es así que, con esta lectura, me ha quedado muy claro que donde mejor se movía el Nóbel de Literatura 1998 era en el terreno de la ficción; aunque novelas suyas de otro corte -el de ramalazo histórico, por ejemplo, con títulos como Levantado del suelo o Caín- no dejan nunca de tener la aprobación del lector, es cuando desplegaba su lúcida imaginación que encontramos al Saramago magistral, a un escritor que debió disfrutar mucho de su profesión y sentirse muy cómodo inventando historias genuinas como las que encontramos en Ensayo sobre la ceguera, Las intermitencias de la muerte, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez o esta que les traigo hoy a esta malograda bitácora, La caverna. Relatos desconcertantes, concebidos siempre desde un discurso inteligente y cabal, que a través de la calidez de sus personajes nos dan una medida de la coherencia de Saramago, puede incluso que de su bondad. El portugués fue muchas otras cosas antes de ser escritor, trabajó en muchos oficios, y eso es algo que se nota en novelas de su producción tales como la ya mencionada Levantado del suelo, la exquisita Claraboya o la que se reseña hoy aquí.

Si tuviera que dar un único y gran titular para resumir este libro, diría que es una metáfora. Se dicen cosas así, constante y socorridamente, de muchos libros, de muchas novelas; sin embargo, en este caso no puede ser más acertado decirlo. Nuestra forma de vida (la forma de vida de la sociedad actual, en que la inmediatez y la búsqueda de recompensas facilonas, de rápida y cómoda adquisición, nos ha convertido en seres desapegados, siempre al servicio de una practicidad deshumanizadora que apoya sus bases en una cultura -incultura, más bien- de usar y tirar), ha sido diseñada para destruir la vocación y para depurar responsabilidades, para desterrar de nuestra honestidad el sentido autocrítico y para recompensarnos sin que haya mediado antes ningún esfuerzo que nos haga merecedores de esas recompensas. Por suerte, Saramago sabía que la vocación, la tan necesaria vocación que convierte a simples mortales en artistas o artesanos, que de un médico hace un héroe y no un simple operario de medicina, que halla su esencia en la disciplina y en el crecimiento personal y no en ganancias cuantiosas obtenidas rápidamente, es quien puede salvarnos de nosotros mismos. Es indiscutible que la tecnología es una herramienta eficacísima, nada desdeñable, que logra grandes bienes en el mundo; pero jamás debería convertirse en sustitutiva de las cualidades más características que nos convierten (o deberían convertirnos, al menos) en mejores personas.

Valiéndose de la Alegoría de la caverna (más conocida, tal vez, como el Mito de la caverna de Platón), el escritor portugués nos relata los últimos días de una pequeña alfarería que ha dejado de serle útil al mundo, y que deberá luchar por subsistir en tanto que un descomunal centro comercial va creciendo más y más a muy pocos kilómetros. No se llamen a engaño aquellos que piensen que este argumento es tema aburrido para una novela. Lo sería, tal vez, si hubiera sido otro autor y no Saramago quien lo abordase; pero el portugués, con su laberíntica y nutrida prosa y la elección de unos personajes que brillan por su calidez humana, hace que las desventuras de Cipriano Algor, alfarero viudo que vive junto a su hija y su yerno, no sean menos fatigosas ni menos meritorias que las del propio Ulises, decidan ustedes si el de Homero o el de Joyce. Añádanle a eso palpables reminiscencias de las mejores novelas denominadas como distópicas -el centro comercial que va creciendo y engullendo la ciudad, donde todo se conduce con secretismo y oscuras leyes y donde uno puede encontrar de todo, desde tiendas de ropa hasta apartamentos o incluso microhábitats, idiotizando a la gente hacia una cultura de consumismo innecesario y, por lo tanto, irresponsable-, al más puro estilo de las historias de Orwell, Huxley o Bradbury, (tal vez un tímido homenaje de Saramago hacia ese género novelístico, o puede que solamente sea un alarde de su prodigiosa imaginación), y culminen la receta con una historia de amor repleta de saludable inocencia, la relación entrañable con el perro Encontrado y un final sorprendente, puede que desesperanzador, pero que dejará al lector cavilando sobre esta lectura durante varios días.

Es un hecho incuestionable que las novelas de Saramago requieren la paciencia del lector. Este deberá transitar por pequeños mundos dentro del mundo que se expresa en sus relatos, tendrá que escuchar discursos, absorver máximas, ideas, citas, divagaciones, descripciones que despliegan el mapa humano donde quedarán marcados los pasos cruciales de sus cálidos personajes... Pero fondear en sus páginas y faenar en sus palabras traerá un merecido salario para quien se asome a la obra de este magnífico escritor. Si resulta fácil de obtener, es que no es una recompensa. Y el lector que decida atreverse a bucear en el trabajo de este artesano tendrá la absoluta certeza, después de leerlo,. de que su esfuerzo valió la pena. Bendita vocación la de este hombre, bendita lucidez en un mundo donde sobran listos y faltan inteligentes.





Título: La caverna

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-6964-0

Nº de páginas: 400

martes, 9 de septiembre de 2014

"Tres noches", de Austin Wright




Probablemente, lo peor a lo que debe enfrentarse un escritor estadounidense de éxito editado en España (a no ser, claro está, que se trate de un Nóbel de literatura o de un Príncipe de Asturias) es a esos grupúsculos de amigos del linchamiento que rápidamente aflorarán para tildarlo -y eso en su contexto más diplomático- de autor de best-sellers (como si ese anglicismo, a la fuerza y en todos los casos, fuera sinónimo de mediocridad). Y si no, que le pregunten a mi primo Stephen King, cuya obra no me gusta en su totalidad -de él me atraen más sus libros de ficción corriente y moliente que los de terror-, pero al que admiro sinceramente por su sobrada capacidad para el trabajo y la disciplina, por haber parido unas cuantas historias maravillosamente humanas -Corazones en la Atlántida, La milla verde, Cadena perpetua o El cuerpo, cuya versión cinematográfica Cuenta conmigo se convirtió en una película entrañable y emblemática para todos los que crecimos o nacimos en los 80- y por ser un superviviente de primer orden, pasando de malvivir en una caravana destartalada a disfrutar de su familia en una fastuosa mansión, todo gracias a haber sudado tinta e ideas durante tantos años de penurias junto a su mujer. No me extrañaría, entonces, que al autor y crítico literario Austin Wright (Nueva York, 6 de septiembre de 1922 - Cincinnati, 23 de abril de 2003), cuya única novela editada en nuestro país por la editorial Salamandra es la que les traigo hoy a esta malograda bitácora (aunque en su edición de Círculo de Lectores), le pueda ocurrir igual y se le tache de lo mismo, sobrando decir que injustamente.

Estigmas gasto muy pocos, por más que a la plebe le encante colocárselos al prójimo. Por eso, cuando agarro una novela con la solidez y la consistencia de Tres noches, que no te permite apartar la vista de la página y absorbe toda tu atención con las cualidades hipnóticas que se les atribuye a los ojos de algunas serpientes, no puedo hacer otra cosa que destocarme y mostrar mi respeto a su creador, le pese a quien le pese. Las dos historias paralelas que se desarrollan en Tres noches no sólo entretienen, sino que logran imbuir al lector en una extensa meditación acerca de la utilidad que pueda tener o no la venganza en su más amplio espectro, incluido el de la justicia, esa especie de venganza cívica. En estas páginas el lector encontrará metaliteratura, violencia, culpa, melancolía y un civismo que quien lee debe discernir si se debe a una buena intencionalidad y a valores férreos o a la pusilanimidad de uno de sus personajes principales. Si el lector no deja llevarse a engaño durante las primeras páginas -puede darle la sensación al lector, al principio, de haber comprado el guión melodramático del telefilm más casposo-, su sorpresa durante las siguientes será tan grata que no podrá dejar de leer hasta el final.

Tras muchos años de separación, Susan recibe el manuscrito de la primera novela de Edward, su primer marido, escritor frustrado al que ella criticaba sin compasión. Aprovechando la ausencia de su actual marido, hombre egoísta e infiel al que lo único que le preocupa es la ascensión de su carrera profesional, Susan utilizará tres noches para leer el manuscrito que le ha enviado Edward. Entre sus páginas se encontrará la trágica historia de Tony Hastings y su familia. Durante una discusión automovilística entre conductores con un absurdo sentido de la rivalidad, la mujer y la hija de Tony son secuestradas, violadas y asesinadas, sin que él consiga reunir valor suficiente para protegerlas. Él se engaña creyendo que su incapacidad para la acción se debe a sus valores, a su fe en la redención y a no creer en la pena de muerte. Pero de la mano de un policía con una enfermedad terminal que ya no tiene nada que perder, de métodos poco correctos y que en todo momento reprocha soterradamente a Hastings por su cobardía, Tony entenderá que todos llevamos en nuestro interior el sentido de la venganza. La novela hará que Susan desarrolle la admiración que nunca tuvo por Edward, pero también hará que tiemblen los cimientos sobre los que ella ha erigido su nueva vida, y llegará a sospechar si el manuscrito de su ex marido no es también una venganza, una prueba del talento que ella le negó durante su matrimonio y del éxito que podrían haber disfrutado juntos. 

Espero ansiosamente que la editorial Salamandra se anime a traducir y publicar los otros libros escritos en vida por Austin Wright. Si mantienen la misma tensión, la misma solidez y la misma inteligencia para el análisis y para plantear cuestiones que creíamos solucionadas en la sociedad occidental, poco correctas políticamente, el placer leyendo está totalmente garantizado. Este autor sabía, como pocos, que a veces el éxito personal es la forma más refinada de cometer una venganza. Bravo por él. 



Título: Tres noches

Autor: Austin Wright

Editorial: Círculo de Lectores

ISBN: 978-84-672-5523-2

Nº de páginas: 400

jueves, 4 de septiembre de 2014

"Escritos en la corteza de los árboles", de Julia Uceda




Creo que fue el poeta y novelista Luis García Montero quien dijo o escribió que el tiempo es de tibia descreencia. Esto se confirma, en mi caso, cuando mi percepción de él se ve distorsionada en cuanto hallo disociaciones entre distancia y transcurso; parece un sueño que la profunda admiración y el enorme respeto que siento por Julia Uceda (Sevilla, 22 de octubre de 1925) se remonte ya a casi diez años atrás, cuando descubrí sus enormes dotes con la poesía al hacerme con un ejemplar de En el viento, hacia el mar, volumen indispensable en mi biblioteca que revisita la obra poética de la autora andaluza afincada en Galicia comprendida entre 1959 y 2002, y que la hizo merecedora del Premio Nacional de Poesía 2003. Poemas como En ti la luz o colecciones de poemas como Poemas de Cherry Lane despertaron mi sed de querer poseer cada cosa que saliera de su pluma. Luego vendrían los poemarios Hablando con un haya y Zona desconocida, que asentó aún más -este último- mi admiración por Uceda gracias a construcciones poéticas como Palabras o Driving, y después de eso hubo un vacío que ya se hacía necesario llenar. Tan desactualizado como estoy en novedades editoriales, salvo las que conozco de primera mano gracias a las colaboraciones que hago, tecleaba una y otra vez su nombre en la barra del buscador de Internet de mi ordenador, hasta que hace poco más de un año mi búsqueda dio frutos y pude ver que Uceda había sacado nuevo libro: Escritos en la corteza de los árboles.

Se hace indispensable leer, además de la colección de veintiocho poemas que incluye el volumen, el prólogo que, con el título ¿Somos quienes quisimos ser?, Julia Uceda brinda al lector para desentrañar un poco su propia persona. Entre esas páginas iniciales, que advierten al lector de lo que vendrá después (lo mismo que el viento repentinamente levantado en una tarde de verano anuncia una tormenta), la poetisa confiesa sentirse más interesada por el pasado que por el futuro y nos traslada su opinión de cuál debe ser la relación que todo aspirante a poeta debe tener con sus propios versos. Pero su interés por el pasado no se centra en el tipo de melancolía en que puede sumirse quien anda demasiado involucrado en el lastre del pudo ser y no fue; sus inquietudes a ese respecto tienen que ver más con una curiosidad ontológica, con el lugar de donde vinimos al nacer y con esos recuerdos apócrifos que se instalan con qué razones en la memoria. Así lo explica en un tramo del prólogo: "Mis dudas se iniciaban, aparentemente, en relación a niveles temporales o espaciales a los que habíamos sido abandonados, pero significaron mucho más. Esas dudas manifestaron enseguida la inseguridad humana de no saber quiénes somos ni cuál debería ser nuestra función, más allá de las elementales como especie, durante el tiempo que nos fuera dado. [...] Estas sombras pueden asaltarnos muy pronto. Recuerdo una pregunta, tal vez fue la primera que hice a los adultos, respecto al hecho de mi llegada al mundo: ¿dónde estaba yo antes de estar aquí?, dije." Esa primera y esencial cuestión en su vida es el tema de Kairós, poema que abre el volumen y que nos dará una medida de lo que encontraremos en las siguientes páginas.

Completamente convencida de que el poeta debe dar testimonio de sí mismo y del lugar en el que habita, temporal y espacialmente, la autora andaluza confirma haber encontrado huecos en algunos poemas de este volumen y también de poemarios anteriores. Para hacerse más inteligible, cita a C.G. Jung: "[...] dentro de cada uno hay alguien que no soy yo", y con esas palabras prestadas hace referencia a todos esos mitos personales que pueblan los poemas y a los que el lector debe llegar más por la intuición que por la comprensión. En el caso de Julia Uceda, muchos de estos mitos personales viven al servicio de una memoria apócrifa, de recuerdos sobre hechos que, sin haber nunca ocurrido, tienen una fuerza escénica y visual tan potente como la de cualquier recuerdo verídico. O puede que incluso más porque, al no haber ocurrido, nadie -ni el tiempo, enemigo paciente e infalible, ni tampoco los otros- ha podido arrebatarles su esencia, su vigencia ni su nitidez.

Los poemas de este volumen son como los anillos en el tronco de un árbol derribado: su memoria está escrita y su edad, pero nadie sabrá de todas las cosas de las que fue testigo mudo y espectador privilegiado. Nada sabemos de los otros y muy poco de nosotros mismos, y no pasaremos de aprendices. Aunque, en esa ardua tarea de no llegar a ser quienes quisimos ser, podemos lograr proezas y encontrar atisbos de esa belleza inasible que pasa por serlo porque nunca será nuestra del todo, como la que ha logrado, una vez más, Julia Uceda con esta nueva obra. Indispensable.


Título: Escritos en la memoria de los árboles

Autor: Julia Uceda

Editorial: Fundación José Manuel Lara

ISBN: 978-84-96152-75-1

Nº de páginas: 96