"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 26 de mayo de 2014

"Y el verbo se hizo polvo", de Isaías Lafuente




Con tan sugerente título, no podía dejar pasar la ocasión de leer el ensayo publicado por la editorial Espasa del reputado periodista y escritor Isaías Lafuente (Palencia, 1963), que en 2013 recibió el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes y conduce, desde hace diez años, el espacio radiofónico Unidad de Vigilancia, emitido en La Ventana de la Cadena Ser, y que se dedica, semanalmente, a desentrañar los destrozos de nuestra lengua en los medios de comunicación. Con este libro, quizá lógica e inevitable prolongación de la labor que desempeña ante el micrófono, Lafuente no se ha propuesto elaborar una feroz crítica hacia los gazapos que, a diario, los hispanohablantes cometemos al hablar y al escribir (con mayor o menor asiduidad, tanto si se es o no una persona ilustrada; errare humanum est), sino más bien abrir un sustancial debate lanzando sobre el tapiz una serie de preguntas que deberían merecer toda nuestra atención, ahora precisamente que la palabra está más en auge que nunca, que todo el mundo escribe y comunica desde blogs, redes sociales, aparatos móviles, cuentas de correo electrónico, periódicos, radios, anuncios publicitarios y un sinfín de medios que nos hacen dueños -también esclavos- de aquellas cosas que decimos y transmitimos a los demás.

¿Se está produciendo una degradación progresiva de nuestra lengua o, por el contrario, gracias a la irrupción de las nuevas tecnologías y de las redes sociales, por fin se ha democratizado la palabra, no siendo ya de uso exclusivo de periodistas, escritores y comunicadores, y convirtiéndose de este modo, ahora más que nunca, en patrimonio de todos? Con estas y otras cuestiones, el periodista palentino desarma frases manidas y trilladas como aquella que reza que a las palabras se las lleva el viento; porque Isaías Lafuente tiene muy claro que somos los que hablamos, y para demostrarlo no duda en retrotraerse hasta los orígenes mismos de la humanidad, hasta el albor de sus primeros inicios con los sonidos que comenzó a producir. A día de hoy, la comunidad científica no ha sabido dilucidar aún, sorprendentemente, si nuestra especie, en el origen de los tiempos, llegó a hablar tras haber madurado su razón o comenzó a pensar después de inventar el instrumento de la palabra; a ese respecto, hay algún escritor consagrado que no le ha costado admitir que escribe para saber lo que piensa.

Valiéndose de ejemplos aparecidos no solamente en los medios de comunicación, sino también a lo largo de la historia, Lafuente hace un exhaustivo repaso a esas palabras que se han acuñado con un sentido distinto al original aparecido en el diccionario, y sobrevuela, entre estas páginas, por los términos no siempre bien usados o completamente fieles a sus acepciones en el diccionario, pero que políticos y locutores de fútbol, entre otros muchos, no sienten pudor en utilizar creyendo erróneamente que su retórica es la adecuada a la profesión que desempeñan. Además, desde este ensayo se lanza un envite a la entrecomillada intransigencia de los académicos, con respecto a cuestiones tales como la negativa a deshabilitar el género neutro al referirse a ciertas profesiones ocupadas por mujeres o las reglas ortográficas que, para algunos de nosotros, hace unos años, hicieron nuestro idioma más confuso y menos rico. Y es que un libro como el que nos ocupa no podía, ni debía, mantenerse al margen de ciertas polémicas.

Humor, sentido común, memoria y curiosidad son los elementos que han sido necesarios para elaborar un libro que todos, tan pagados de palabras en cualquier ámbito de la vida, deberíamos leer. Muy entretenido, muy didáctico: como deben ser las clases impartidas por esos profesores que, además, son maestros, que no es lo mismo lo uno y lo otro. Lafuente nos convence de que no es necesario ser filólogo para enamorarse de la palabra e internarse por sus interesantes y siempre sorprendentes vericuetos.




Título: Y el verbo se hizo polvo

Autor: Isaias Lafuente

Editorial: Espasa

ISBN: 978-84-670-4143-9

Nº de páginas: 304

miércoles, 21 de mayo de 2014

"Contingencia y otros relatos", de Alex García Franks




En otra época fui un voraz lector de relatos y un enamorado del género. Consideraba, y aún lo sigo pensando, que en este país (y, por extensión, en el resto de Europa) había muy pocos escritores actuales que hubieran sabido dominar esa disciplina literaria, y también que, a ese respecto, nuestros hermanos latinoamericanos nos llevaban muchos años de ventaja. Creía y creo que las editoriales -las más grandes y prestigiosas, al menos- apuestan muy poco por este género eclipsado por la novela, insufrible rockstar que brilla con luz propia en las estanterías de cualquier librería, y que las pocas colecciones que se publicaban, por lo general, con mayor o menor acierto, solían ser de escritores consagrados, afianzados en la narrativa novelística, que habían rescatado de los cajones sus primeros escritos, bien por voluntad propia o por exigencias editoriales. A día de hoy sigo sin entender por qué un género tan adaptativo a nuestro modo actual de vida, en el que priman la inmediatez, la prisa y lo compacto, siempre ha estado tan denostado por el gran público, a excepción de esos lectores contumaces que devoran todo lo que cae en sus manos y saben de buena tinta la dificultad que entraña tratar de escribir un buen relato, donde no se permiten dilaciones y la economía de medios es tan indispensable como dejar bien cerrado el argumento, valiéndose para ello de un desenlace que surta el efecto de un relámpago en la conciencia. Aunque nunca he dejado de asomarme a género tan excelso -en este lapso de tiempo han caído en mis manos relatos de Muñoz Molina y Martínez de Pisón, entre otros, y además tengo mucho interés por leer a Alice Munro, que según dicen es la actual maestra de esta disciplina literaria-, lo cierto es que mi fidelidad se había despistado un poco. Por suerte, Alex García Franks -del que se sabe muy poco, apenas que nació en Bilbao, Vizcaya; ni siquiera he podido encontrar una fotografía suya con que ilustrar esta reseña- y su libro Contingencia y otros relatos me han despertado las ganas de volver a ser ese lector fiel al género con el que me adentré de lleno a bucear en la historia de la literatura universal. 

La vida es más azarosa de lo que algunos creemos; tomamos decisiones, a veces creyendo que son erróneas o no son las más adecuadas, y luego, con el paso del tiempo, nos percatamos al echar la vista atrás de que esas decisiones, acertadas o no, fueron las únicas que las circunstancias nos permitieron tomar en ese momento. Aunque es verdad que cada cual elige el modo de conducir su propia existencia en la medida de lo posible, no es menos cierto que, en más ocasiones de las que nos gustaría admitir, esa existencia está regida por casualidades y circunstancias ajenas a nuestra voluntad. Esto no deja de ser peligroso, porque comprendida la vida como juego de azar es muy probable que eso nos exonere de la culpa, del arrepentimiento, depurando puerilmente las responsabilidades y arriesgándonos a abolir de nuestra conciencia los deberes morales y tantos valores que cada vez se echan más en falta. Este argumento viene a ser la tónica general en la colección de relatos que García Franks nos ofrece, donde cada historia se acomete con dosis de humor amargo; un total de dieciséis relatos que radiografían lo más cainita del ser humano, con su capacidad para la traición espoleada por el azar pero también cómodamente disculpada por éste.

La facilidad con que hoy en día, gracias a las redes sociales, pueden tenerse citas y relaciones esporádicas, muchas veces con resultados decepcionantes, es el tema principal del primer relato del volumen, Tras la pantalla. Némesis nos relata la inusitada y repentina atracción por el asesinato de una persona aparentemente pacífica. He aquí el hombre es un relato que se estructura en cinco microrrelatos de corte histórico, al igual que el relato que da título al libro, Contingencia, que tiene resultados sorprendentes. Un accidente premeditado nos habla de relaciones extramaritales y mujeres despechadas. El retrato nos acerca las vicisitudes de la vejez y de los consuelos que nos sirven para sobrellevarla. En La huida, uno de mis relatos favoritos del volumen, el desenlace hará plantearse al lector la condición de sumo predador del ser humano. La soberbia y la altivez es el tema principal de La falsa apariencia. El psicólogo es un relato inquietante sobre el juego de identidades. La promesa es el debate íntimo de un hombre que deberá tomar una decisión difícil, y que para ello no sabrá si confiar en la fe o en la ciencia. Pinceladas propias de las novelas de aventuras, y también históricas, dan forma a El Zeus. La prometida y La incomparable Doña Caqui son dos narraciones hilarantes, muy divertidas, acerca de la tolerancia que debemos tener con personas absolutamente intolerantes e intolerables. En Al igual que Axel, el autor nos brinda una historia de metaliteratura y de los sinsabores que a menudo acarrean la creación artística. El funeral incide en el tema de la traición y las falsas apariencias.

Una prosa muy nutrida y grandes dosis de imaginación son las armas de que se vale Alex García Franks para recrearnos un mundo en el que, cada vez más, todo vale para dar rienda a nuestras ambiciones, disculpando nuestras trapacerías para conseguir aquello que queremos mediante el argumento de la casualidad y el azar, que cómodamente nos exoneran de nuestro sentido de la culpa. Con ese denominador común, el autor vasco ha parido una obra compacta, sólida, que se lee por separado pero que, en realidad, es un bloque único.



Título: Contingencia y otros relatos

Autor: Alex García Franks

Editorial: Chiado

ISBN: 978-989-51-0672-1

Nº de páginas: 234 


miércoles, 14 de mayo de 2014

"Breve historia del leer", de Charles Van Doren




Me gustan las personas que saben regalar un libro. Aunque a aquel o aquella a quien se le va a entregar ese presente no sea ningún doctor en literatura, no basta con entrar en el primer centro comercial y coger el primer volumen que se tenga a mano, con fajilla de papel añadida indicando los ejemplares vendidos o los premios que ha cosechado, e ir a la caja a pagar con la misma suficiencia con que compramos un pack de latas de conservas. Saber regalar un libro es mucho más: es involucrarse en una ceremonia que tiene mucho de sacrificio, de búsqueda del Santo Grial, de amor incondicional y lealtad por la persona a quien se lo vamos a regalar, de conocimiento de ella y de sus gustos, sus inquietudes, incluso sus demonios y desazones vitales. Como cualquier otro regalo que hacemos con el corazón, en definitiva, sin importar si es caro o barato. Digo esto porque, hace unos años, durante unas navidades, mi hermana me regaló un volumen con el que, sin él, mi biblioteca personal no tendría sentido o, si no tanto, al menos hubiera quedado ostensiblemente más empobrecida. Buena conocedora de mi pasión por la literatura, y siendo una de las personas de mi familia que más respeto ha demostrado por mis inquietudes con la escritura, estuvo peregrinando por diversas librerías y hablando con muchos dependientes para dar con un libro que fuese fiel reflejo de quien fui, quien soy y quien quiero ser. Y así es como llegó a mis manos esta Breve historia del leer, de Charles Van Doren.

Es muy probable que la gran mayoría de los lectores españoles no hayan oído hablar nunca de este autor. Sin embargo, su nombre ha traído cola a lo largo de los años. Los lectores más cinéfilos podrán reconocerlo en la piel del actor Ralph Finnes, que interpretó a este autor en la película Quiz Show, cinta dirigida por Robert Redford que trata sobre el escándalo que salpicó a la cadena CBS en los años cincuenta, al demostrarse que su famoso concurso Twenty-One estaba amañado, siendo Charles Van Doren, precisamente, una de las personas implicadas, concursante que batió todos los récords y cuyo supuesto mérito le valió una portada en la prestigiosa revista Time. Perteneciente a una de las familias que formaba parte de la élite cultural norteamericana, su padre fue Mark Van Doren, al parecer notable poeta que ganó el codiciado Premio Pulitzer (aunque de él no se conoce en el mundo más que una traducción sobre un ensayo que hizo sobre el Quijote), galardón que también cosechó su tío, Carl Van Doren. Escándalos a parte, lo cierto es que el bagaje cultural de este hombre es ingente, y en la película se muestra que sus conocimientos sobre literatura y otras materias no eran fingidos. Prueba de ello eran las reuniones donde él y su familia efectuaban juegos y desafíos, emitiendo al aire fragmentos de libros y citas literarias que los demás debían completar, reseñando su procedencia y a sus autores. 

"Este libro es el fruto de una historia de amor que ha durado toda una vida. Leer es, creo, mi actividad favorita; los libros y yo hemos sido inseparables hasta donde me alcanza la memoria... Aún hoy, me angustia no tener a mano un libro, una revista, un periódico, un trozo de papel para leer... [...] La vida sin libros sería para mí un horror vacío." Con tan lúcido criterio, Van Doren dispara al aire, desde estas páginas, una bala trazadora, deja una estela a seguir, un rastro que puedan olfatear aquellos que quieran tener una idea sobre qué es indispensable leer para entender en su relativa totalidad la historia de la literatura universal, confeccionando para ello un nutrido listado de títulos y autores de todos los tiempos y lugares. Como suele decirse, no están todos los que son ni son todos los que están; es evidente, por ello, que habrá lectores suspicaces que opinen que algunos de los títulos y autores que se incluyen en este volumen no merecen tal o cual mención o posición, y también justo al contrario, que faltan nombres y se han obviado grandes títulos en esta compilación. (A mí personalmente, sin ir más lejos, me duele que no se incluya a Edgar A. Poe, padre de todos los Sherlock Holmes del mundo, y que el autor sí incluya sin embargo a su propio padre.) Desde la Edad de Oro -Homero, Sófocles, etc...-, pasando por el Renacimiento y el Barroco -Maquiavelo, Garcilaso, John Donne...-, haciendo mención a los espíritus románticos -Goethe, Balzac, Stendhal...- y también a los críticos y visionarios -Baudelaire, Dickens, Walt Whitman...-, hasta llegar al anteayer, el ayer y el hoy -Galdós, Woolf, Joyce, Steinbeck, Saramago, entre otros muchos, muchísimos-, con cabida además, entre los autores más recientes, de dos escritores españoles que, pese a todo, nunca han sido profetas en su propia tierra, porque nunca o rara vez aquí, y sí en el extranjero, se les ha premiado: Arturo Pérez-Reverte y Javier Marías. Con este enorme y jugoso listado la polémica está servida, como siempre que se abren debates sobre gustos y preferencias literarias. En cualquier caso, tanto si se está de acuerdo en parte o en su totalidad con el criterio de Van Doren, es indiscutible que Breve historia del leer se acerca mucho a la guía definitiva que todo amante de la lectura debe tener en los anaqueles de su biblioteca. El autor nos propone al final de sus páginas, además, un plan de lectura para los próximos diez años que es digno de acaparar nuestra atención, aunque no se siga al pie de la letra.

 Les puedo asegurar que merece la pena hacerse con un ejemplar de este volumen, aunque solo sea por comparar nuestros gustos personales en materia literaria con los propios gustos del autor y mantener, de este modo, un íntimo y cordial debate con el propio libro que tenemos entre las manos. Las consultas que se puedan hacer a estas páginas siempre resultarán edificantes y muy, muy interesantes, y como valor añadido Van Doren nos espolvorea sus reseñas, menciones y pequeñas biografías de los autores con meditaciones lúcidas, muy a tener en cuenta, acerca del placer de leer y del contexto histórico y personal en que se parieron tantos y tantos buenos títulos que se incluyen en esta guía de lectura. Acepten mi consejo y no se lo pierdan.








Título: Breve historia del leer

Autor: Charles Van Doren

Editorial: Ariel

ISBN: 978-84-344-8834-2

Nº de páginas: 696 

miércoles, 7 de mayo de 2014

"Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy




Por motivo de unos errores garrafales encontrados en las anteriores reseñas que hice de las dos primeras novelas que componen la Trilogía de la frontera -Todos los hermosos caballos y En la frontera-, que junto con el resto de su obra han encumbrado a Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1933) como a uno de los cuatro escritores norteamericanos más importantes de su tiempo, y tras la lectura reciente de la última entrega de la saga, Ciudades de la llanura, pensé en deshacer todo el trabajo y escribir una suerte de monográfico, a modo de fe de erratas, de este conjunto de novelas. No suelo dedicarle mucho tiempo ni cuidado a esta malograda bitácora -al menos, no todo el tiempo y el cuidado que yo le dedicaría para lograr de ella un resultado aceptable-, y además considero que la arruga es bella; porque son cuatro años ya escribiendo mal y rápido en este blog, y a un servidor le aflora cierta ternura cuando pincha en las etiquetas y relee las primeras entradas que publicó por aquí, con su enorme bagaje (que no carga) de errores. Entre ellos, el que cometí al afirmar antes de tiempo que la saga de novelas de McCarthy no era una trilogía. No una, sino dos veces lo escribí: la primera, cuando comencé a atreverme a hacer reseñas literarias y elegí para ese menester la magnífica novela que acababa de leer, En la frontera; la segunda, años después, cuando al fin pude abordar la obra que dio la fama y el éxito al escritor estadounidense, Todos los hermosos caballos, y que el actor y director de cine Billy Bob Thornton se empeñó en convertir en un pastel de película, no apta para diabéticos. Por romper una lanza a mi favor (aunque sin justificación por hacer aseveraciones y juicios inmediatos sin haber leído antes toda la obra), diré que estas dos primeras novelas de la trilogía no guardan ninguna relación entre sí, salvo un paisaje común, que es muestra de una espiritualidad que no pueden conseguir ni las propias religiones, y una misma denuncia por esas formas de vida y esos oficios que van perdiéndose a medida que el mundo cambia; pueden leerse de manera independiente sin ningún problema, y de hecho yo, como ya he dicho, comencé a leer esta trilogía por su segunda entrega, continuando luego con la primera, sin que en ningún momento tuviera la más mínima sensación de falta de coherencia en cada una de las lecturas. Es al leer la tercera entrega, Ciudades de la llanura, que la denominación trilogía cobra todo su sentido: John Grady Cole, protagonista de Todos los hermosos caballos, y Billy Parham, héroe cansado de En la frontera, se encuentran en esta novela para hacer de su mutuo desarraigo una aventura unánime y uno de los cantos más hermosos a la amistad que se hayan escrito en la historia de la literatura -si no universal, al menos americana-, con permiso de De ratones y hombres, de John Steinbeck.

No me cabe ninguna duda de que la historia siempre pone a los buenos escritores, tarde o temprano, tanto si han gozado de éxito en vida como si no, donde merecen estar -por extensión, a los mediocres también-, y por eso no me tiembla el pulso al teclear que Cormac McCarthy está llamado a ser un autor que, incluso póstumamente, siempre gozará de buena salud, que leerán nuestros nietos y nuestros biznietos (si es que no se pierde el buen hábito de la lectura), y que tendrán el merecimiento de codearse, en el Olimpo de los escritores, con colegas de oficio de la talla de Faulkner y Melville, con los que ya se le compara, aunque ya sabemos todos que, por lo general, las comparaciones suelen ser odiosas, cuando no despectivas. Ni maldita la falta que le hacen: McCarthy ha conquistado con su prosa de sobresalto, sincopada y de pocas pausas, repleta de descripciones, que ha sido criticada por muchos pero que ha resultado totalmente efectiva para lograr la veracidad de unos personajes que están siempre en constante movimiento y cuyos incesantes pasos y mudanzas no son sino un alegato a la conservación del paisaje interior que todos guardamos dentro, impronta pura de los lugares que nos vieron nacer y crecer, sufrir, amar, vivir en suma como quisimos, como nos dejaron las circunstancias o los otros, o nos permitimos nosotros mismos vivir. Hay que entender que, para un escritor cuya vida siempre ha estado envuelta en la leyenda, que ha mudado infinidad de veces de escena, camisa y oficio, siendo además un lector tan tardío, la importancia que le da al paisaje -espiritualizándolo, por así decirlo, y de ahí ese ramalazo apocalípticamente bíblico de que se invisten todos los escenarios de sus novelas- es el empuje esencial de su obra, y no existe paisaje bien desarrollado sin descripciones, por más que les pese a esos lectores que no gustan del placer de la contemplación a través de los ojos de otros. 

John Grady y Billy Parham tienen muchas cosas en común. Ambos han madurado desde la pérdida y el desarraigo y tienen cicatrices para probarlo -"el profundo conocimiento de que belleza y pérdida son una misma cosa", se dice en un tramo de estas páginas-, y a los dos les encanta la forma de vida que llevan, cada vez más arrinconada por el mundo moderno. Su historia común se desarrolla en 1952, mientras trabajan en un rancho en Nuevo México al que le queda poco para ser expropiado por el ejército. Ellos no lo saben -o tal vez solo lo intuyan-, pero son supervivientes de un mundo donde los valores aún cuentan para ejecutar profesionalmente un trabajo en comunión con la naturaleza, donde el paisaje marca a hierro candente cierta cercanía con Dios y decide, en última instancia, los logros y las derrotas. Cuando John Grady Cole se enamora de una muchacha mexicana obligada a ser prostituta, verá repetida la historia que vivió en otro tiempo. Entretanto, Billy Parham deberá advertir a su amigo del jardín en el que se está metiendo, y tanto él como Grady se verán involucrados en una aventura peligrosa donde valores como la amistad, la valentía, el esfuerzo y el sacrificio marcan la frontera entre permanecer vivo o acabar muerto de la más brutal de las maneras. 

Con pinceladas shakesperianas, McCarthy vuelve a lograr, con esta última entrega de la Trilogía de la frontera, aunar amor y violencia con una belleza que suele ser poco proclive en estos dos géneros. Cada beso duele, cada navajazo reconforta, y una máxima esencial sobrevuela durante todo el contenido de estas páginas: la de que sin valores que nos sostengan, el eje del mal seguirá moviendo las ruedas de este mundo. No nos falte nunca, míster. 




Título: Ciudades de la llanura

Autor: Cormac McCarthy

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9793-739-9

Nº de páginas: 278

martes, 6 de mayo de 2014

"El enamorado", de Jorge Luis Borges




Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen estas cosas.

Debo fingir que en el pasado fueron
Persépolis y Roma y que una arena
sutil midió la suerte de la almena
que los siglos de hierro deshicieron.

Debo fingir las armas y la pira
de la epopeya y los pesados mares
que roen de la tierra los pilares.

Debo fingir que hay otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi desventura
y mi ventura, inagotable y pura.





(Enamorado de ti como la primera noche, apoyada mi espalda contra la tuya, porque los golpes que recibas los encajaré yo. Sólo tú eres. Mayo y tu fulgor, y ese extraño pájaro en la noche recordándome todas las conversaciones que tuvimos. Gracias por tanto. Tenías que ser tú. TE AMO CON TODA MI ALMA.)