"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 30 de abril de 2014

Idiotas intangibles




Hay que reconocerlo: a primera vista, y si uno no cultiva el saludable hábito de la lectura, un libro es una cosa que acojona. Piénsenlo bien si son lectores, objetivamente, como si fuese la primera vez que lo ven, lo hojean y lo ojean, lo tocan, lo huelen, a la manera en que un ser extraterrestre nos miraría a los terráqueos: tocho de numerosas páginas, provisto de aristas puntiagudas en sus tapas, a veces con esa letra liliputiense que hasta al más voraz lector hace que le entren ganas de salir corriendo a buscar una edición solvente en la que no tenga que desarrollar al abordarla un astigmatismo galopante, por no hablar de ese olor (para mí maravilloso, pero también me gusta el hedor de una cuadra o del estiércol; es un olor a mierda agradable) a nicho abierto después de mucho tiempo que tienen a veces sus hojas, si el volumen es de saldo, de baratillo, de librería de viejo o de mercadillo solidario, a lo que en este caso habría que sumarle ese polvo antiguo, de ultratumba, que queda perpetuado en la celulosa del papel, que deja en los dedos una sensación de suciedad y anacronismo, y que a los aprensivos como yo nos hace imaginar -quizá estemos en lo cierto- que el anterior dueño de ese libro hace ya tiempo que está muerto. Claro, dirán ustedes -acérrimos lectores- que no es verdad, que un libro es un objeto litúrgico y precioso, que tanto sirve para decorar el mueble del salón como los sofisticados pliegues del alma; pero si nos ceñimos rigurosamente a su aspecto, y además nos metemos en el pellejo de esas personas que no cogen un libro ni para cortar encima de sus tapas el pan y el salchichón, lo cierto es que no tiene pinta de ser algo muy divertido. Hay que reconocerles ese argumento a los que no gustan de tener en sus mesitas de noche un objeto tan soporífero, recio y geométricamente básico, sin lucecitas, sin aplicaciones, sin alarmas ni sonidos ni emoticonos e incluso, la mayoría de las veces, sin fotos ni más imágenes que las que quien lee se forma en su cabeza. Otra cosa muy distinta ya es que no se lea, ni un libro ni la etiqueta del champú, y esta es la razón por la que me he decidido a escribir esta entrada, inducida por una anécdota que me ocurrió el otro día -el Día del Libro, para más inri- mientras hacía unas gestiones en el hospital de Guadalajara.

Traumatología, mediodía, jornada de temperatura gratamente primaveral, listas de espera, sala atestada de personas, más de cincuenta números por delante antes de que pueda acercarme siquiera al mostrador a pedir cita, mi ansiedad medio disparada y ese sentimiento de honda tristeza que me producen las aglomeraciones -tengo una tía que me confesó que a ella se le saltaban las lágrimas cuando entraba en el metro y veía a tanta gente apiñada, porque le infunde tristeza la humanidad, sin saber explicar las razones de tal desasosiego, pero con el que yo me identifico plenamente-, un libro entre mis manos dándome consuelo y tiempo de sobra para fumarme tres cigarrillos e ir a otros departamentos del mismo hospital para hacer otras gestiones. Dentro de la sala hace el mismo calor sucio, humano, que tienen algunos locales de striptease (o cómo cojones se diga) o las salas vip del mismísimo averno; me he quitado la chupa y comienzo a notar humedad en mis axilas, mientras hago un vago reconocimiento de la sala y de sus gentes, y miro por enésima vez la pantalla donde hace ya quince minutos que permanece estático el último número de la vez. Me cabrea que me miren fijamente. Entre los animales, fijar las miradas es signo inequívoco de afrenta, de desafío, de estar peleón y tener ganas de entrar a por uvas. A mí, elemental hasta en eso, me ocurre lo mismo, pero quiere la Providencia o el destino o la impertinencia de la gente que, precisamente por molestarme mucho, siempre haya algún o alguna gilipollas que me haga una radiografía completa cuando espero en algún sitio, sin que el pulso de mi mirada más fría, a veces, les aluda lo más mínimo. Si continúo sosteniéndole la mirada a la gorda que tengo enfrente sé que acabaré acercándome a ella y preguntándole si quiere una puta fotografía con mi autógrafo, así que, no queriendo trifulcas en un hospital, decido enfrascarme en La caverna, de Saramago, y no darle el gusto a la gorda de hacerla creer que quiero declararle amor eterno a la luz del crepúsculo o, en su defecto, seguir los pasos del capitán Ahab.

Lo malo es que no hay ni un solo asiento libre. De hecho, por haber, no hay casi ni un espacio en el que poder permanecer de pie. Escojo un lugar estratégico -estratégico para mis ataques de ansiedad- cerca de la puerta de entrada y salida donde poder leer sin que los codos de nadie me estén haciendo fosfatina los intercostales, y ahí es cuando comienza el show y la razón de que me haya puesto a teclear esta entrada. La primera persona que trata de abrir la puerta sin conseguirlo es una mujer cuarentona, sumergida en la pantalla de su móvil. Tira hacia ella pero la puerta no cede, a lo que me veo en la obligación de decirle que tiene que empujar. No me oye o se piensa que soy un agresor sexual felizmente liberado por la doctrina Parot, porque no me hace ni puto caso y sigue erre que erre, luchando con la puerta, hasta que en un movimiento involuntario la puerta es empujada y se abre al fin. Segunda persona: jubilado rondando los setenta, buen aspecto físico para su edad; se le ve lozano y hermoso, fuerte, saludable, y prueba de ello es los tirones que le da a la puerta para tratar de salir al exterior. Antes de que la arranque, vuelvo a detener la lectura y le digo que tiene que empujar. Tercera persona: mujer de raza negra, treinta años mal llevados, probablemente madre de varios hijos. Prueba primero con la hoja de la puerta que está fija, así que le digo que no, que es la otra, que la batiente es la otra hoja de la puerta, y ella agarra ésta y tira con todas sus ganas, obviamente, sin que la puerta se abra. Le digo que es para fuera, pero cierta especie de dislexia la hace entender que, nuevamente, tiene que tirar de la puerta hacia adentro, hasta que yo mismo empujo la puerta y se la sujeto mientras ella sale de la sala sin darme las gracias. Cuarta persona: sorprendentemente, médico o auxiliar de enfermería a juzgar por su indumentaria; el caso más imperdonable de los que he citado, porque se supone que él debería conocer el hospital y porque su profesión requiere cierta cultura -a las otras personas, al menos, las amparaba el ir despistadas con el móvil, el ser ya mayores o no entender bien el idioma, y enseguida entenderán ustedes porque hago estas observaciones-. Tira de la hoja que no es, hasta casi llevarse el marco entero -no exagero si digo que a estas alturas ya se han vuelto algunas personas a mirarle-, para luego probar con la otra y seguir en su empeño de tirar del pomo hasta conseguir abrir un arco con arabescos que sustituya a la práctica puerta de traumatología. En ningún momento se le ocurre, aunque sea por mera curiosidad, empujar, ni mucho menos leer, y a estas alturas estoy tan aburrido ya del tema que no me molesto en decirle que tiene unas letras bien hermosas impresas en el cristal a la altura de sus ojos, en mayúscula, perfectamente recortadas en blanco sobre el ahumado de los vidrios, que dicen: EMPUJAR. Lo que me dan ganas de decirle, sin embargo, es que para que se abra la puerta tiene que ponerse a la pata coja y gritar "¡ÁBRETE, SÉSAMO!", o bien decirle que no se preocupe, que falta muy poco para que los idiotas se vuelvan intangibles, con la misma sustancia de un fantasma, intangibles y translúcidos como sus propios cerebros. En vez de eso, continúo mi lectura pensando que no es la primera vez que soy testigo de un suceso así; ya he visto esta misma escena otras veces, aunque fue en supermercados, con mujeres que les preguntaban a los maridos dónde estaba tal o cual champú de unas características específicas, sin percatarse de que lo tenían en la mano solamente por no molestarse en leer la etiqueta. 

jueves, 24 de abril de 2014

"La ternura del dragón" / "Alguien te observa en secreto", de Ignacio Martínez de Pisón




Parece que es un buen momento en la trayectoria de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), considerando que su nueva novela, La buena reputación, acaba de salir del horno y ya está a la venta en todas las librerías, y que se han cumplido ya treinta años desde la publicación de su primera obra, La ternura del dragón, que hoy les traigo a esta malograda bitácora de la mano del conjunto de cuatro relatos titulado Alguien te observa en secreto, todo en un mismo volumen que Círculo de Lectores sacó para su colección Nueva Narrativa Española. Asegura Pisón, en una entrevista concedida, que el autor que escribió La ternura del dragón no es el mismo que firma sus libros más recientes; en aquel entonces, dice, no se identificaba con los escritores realistas, y sus historias no se ceñían a épocas o momentos históricos concretos. Fue a partir de Carreteras secundarias cuando comenzó a cambiar su registro y empezó a interesarle enmarcar las historias que escribía de gente sencilla dentro de ciertos capítulos de la Historia con mayúscula; y, paradójicamente, acabó convirtiéndose en ese tipo de autor con el que no se identificaba. Esto da buena prueba de su madurez y de su crecimiento, si atendemos a estas palabras de Saramago, lúcidas como pocas: "[...] sabríamos mucho más de las complejidades de la vida si nos aplicásemos a estudiar con ahínco sus contradicciones en vez de perder tanto tiempo con las identidades y las coherencias, que esas tienen la obligación de explicarse por sí mismas." Y es que, según el autor maño, desde sus inicios sus libros fueron muy visibles, tuvieron buena acogida, y no tuvo la opción de forjarse en privado como tantos otros escritores que, cuando al fin consiguen publicar su primera obra, ya están consolidados en un estilo y una identidad propias. 

De todos modos, ya en esta primera novela se dejan ver con suficiente nitidez algunas de las características más personales del Pisón que firma sus últimos libros: la predilección por escribir sobre gente sencilla, decantándose por historias en las que es un elemento esencial ese tipo de personaje que tiene un marcado propósito en la vida, aunque pueda parecer incoherente o pueril a ojos del resto de la gente. Quizá la diferencia estriba en su manera de escribir, algo más barroca entonces que ahora, y en que en sus primeras publicaciones no hay trazas tan definidas de esa ternura que fluctúa en sus novelas más actuales, algo que, supongo -esto es una apreciación única y exclusivamente mía-, tiene que ver con la juventud en que fueron escritas, cuando el corazón todavía exige vigor y sobresaltos, y pensamos que no puede erigirse un mundo sólido o, al menos, interesante a partir de la ternura y el recato. 

La ternura del dragón es una novela de iniciación, con todo lo bueno que tienen este tipo de novelas y que prescinde de los elementos más detestables que suelen acompañarlas -lo engolado, la idealización de los primeros amores, la rebeldía gratuita-, lo que la hace aún más meritoria. En ella, y como suele ser costumbre en este tipo de historias, un adolescente se niega a crecer y se refugia entre sus mitos infantiles, las novelas de Julio Verne y Stevenson y sus cómics de Tintín. Postrado en la cama a causa de su enfermedad, deberá vivir en casa de unos abuelos que no había conocido hasta entonces, sometido a la orfandad a la que le han obligado la muerte de su padre y el trabajo de reportera internacional de su madre, que no dispone de tiempo para atenderle. Desde su confinamiento, aprenderá que ni los cercanos confines de una casa, ni tampoco la mortaja de las sábanas, pueden limitar la imaginación de una persona. Con tintes fantásticos e incluso terroríficos, Martínez de Pisón nos brinda una historia que, a día de hoy, podría haber firmado el mismísimo Carlos Ruiz Zafón.

La segunda obra que reúne este volumen, Alguien te observa en secreto, es un conjunto de cuatro relatos de corte muy particular, compuesto por El filo de unos ojos, Alusión al tiempo, Otra vez la noche y el relato que da título al conjunto, Alguien te observa en secreto. En el primero, el autor zaragozano trata el tema de las personas que someten a otras y las utilizan, a veces desde la confianza que reportan los vínculos familiares; Alusión al tiempo se antoja casi como un homenaje a La ventana indiscreta, de Hitchcock; el tercer relato, Otra vez la noche, cuenta la historia de una chica que vive en un piso compartido y de las complicaciones que le traerá el haber rescatado y cuidado a un murciélago herido; Alguien te observa en secreto nos describe las luces y sombras de una relación sentimental tormentosa, la sordidez (muy bien tratada, eso sí, con apuntes a la literatura erótica de buen gusto) y el chantaje emocional de esos amores que son prisión. Aunque muy diferentes entre sí, tanto en estilo como en temática, estos cuatro relatos reclaman toda la atención del lector y lo conducen por vericuetos desconocidos, donde un conjunto de géneros, desde el terror hasta el erotismo, se entremezclan y asoman sin definirse del todo, sugiriendo posibles desenlaces y conviviendo con total coherencia. 
Puedo decir sin tapujos que Ignacio Martínez de Pisón se ha convertido para mí en uno de esos autores que necesito que estén en mi biblioteca personal. Sus primeras obras no deslucen con respecto a las últimas, e incluso su espectro de posibilidades que ofrecer al lector es más amplio, porque este volumen agradará por igual tanto a quien guste de leer historias fantásticas como a aquellos que se decanten por el realismo. Si quieren saber cómo dos elementos tan contrapuestos pueden vivir en una misma obra con esa capacidad de buena combinación, abran este volumen en mitad de la noche. Es contradictorio; pero, por eso mismo, también es una apuesta segura. 


martes, 22 de abril de 2014

"Levantado del suelo", de José Saramago




Me ha costado bastante trabajo leer Levantado del suelo, obra publicada originalmente en 1980 y que es considerada como la primera gran novela escrita por José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) y una de las más trascendentes de su bibliografía. Como digo, me ha costado bastante trabajo leerla, y esto no solo ha sido así por las circunstancias que se han dado en torno a su lectura -el trabajo, además de otros compromisos lectores que no me permitieron leerla de corrido-, sino también por la forma en que está escrita, por el estilo con que están tratados el tema y la forma de esta novela; estilo que, siendo ya sello personal del Nóbel de Literatura 1998, en esta ocasión parece emborronar estas páginas y hacerlas más complicadas de lo que realmente son. Tal vez la devaluación de su lectura se deba a que me la recomendaron fervientemente y, como suele ocurrir con aquellas cosas que nos recomiendan con pasión desaforada, albergué grandes expectativas respecto a su resultado; y esas buenas referencias, sumadas a la garantía de disfrute que, por norma general, siempre supone leer al autor portugués, me hicieron dar por hecho de que la lectura de esta novela sería, a buen seguro, una de las más aprovechables, fructíferas y placenteras de este año.

"Un escritor es un hombre como otros: sueña. Y mi sueño fue poder decir de este libro cuando lo terminase: `Esto es el Alentejo´." Queda patente, con estas palabras, que Saramago tenía una espina clavada y un compromiso especial que cumplir para con su obra: el de escribir un libro que sirviera de testigo a ese lugar concreto de Portugal, pequeña patria de la agricultura dentro de la patria misma que sufrió una marcada diferencia de clases y luchó por la libertad en plena dictadura de Salazar, no siéndole indiferente la cercana guerra que estallaba en el país vecino. Si consideramos que, antes de ser escritor (o, mejor dicho, antes de ser un escritor reconocido), José Saramago trabajó en un sinfín de variopintos oficios, no es de extrañar que quisiera reflejar en alguno de sus libros las injusticias a las que  han sido sometidos los trabajadores de todo tiempo y nación, sirviéndole de escenario, a tal fin, una región de su país que conocía bien y que nunca llegó a lograr su utopía, pese a la romántica Revolución de los Claveles ocurrida el 25 de abril de 1974, porque las relaciones de poder y la diferencia de clases continuaron imponiéndose tras esta.

En muchos aspectos, aunque a grandes rasgos, esta novela recuerda mucho a Las uvas de la ira, de otro merecido Nóbel de Literatura, el magnífico escritor norteamericano John Steinbeck. Tanto en esta como en aquella novela, los señores de las tierras someten a sus trabajadores con amenazas, con una policía comprada, con sueldos miserables que otros, más desesperados aún, aceptarán, e incluso con el abandono del campo, no faenando las cosechas en venganza hacia los trabajadores sublevados. Ambas obras fueron creadas al modo de una crónica de su tiempo y ambas, además -y aquí viene la pega-, describen la furia de un sector de la población que está a punto de estallar, narran los sucesos de una revolución que se olfatea en el aire y que nunca acaba de ocurrir, quedando todo en agua de borrajas. Las dos novelas quedan cojas a ese respecto: al leerlas, el lector tiene la sensación de que, a cada vuelta de página, nunca acaba por definirse un desenlace de ningún tipo. Pero, mientras la obra de Steinbeck está tratada con una voz objetiva, sobria, inflexible, que no influye en las decisiones de los personajes y los observa y describe desde fuera, Saramago hace uso (de una manera exagerada, mayor que en el resto de su obra, aunque nos tenga acostumbrados a ello) de los privilegios del narrador omnisciente, y ese estilo, que funciona también en otras novelas suyas, hace aguas en esta historia, no pareciendo coherente el tono sarcástico que utiliza para referirse a hechos tan vejatorios.

 Levantado del suelo es la historia de los Maltiempo, una estirpe de trabajadores pobres que, como tantas otras familias, malviven y mueren en el Alentejo portugués. La narración abarca un espacio de tiempo comprendido entre los años 1910 y 1979, y por ella transitarán varias generaciones de este clan familiar que nunca llegará a conocer la prosperidad. Su historia se hace valiosa como crónica de un tiempo y un lugar azotados por el hambre y las injusticias, pero que llevada al terreno puramente literario puede aburrir considerablemente, sobre todo a esos lectores que nunca se hayan asomado a la obra de Saramago y que no estén familiarizados con sus lúcidas divagaciones y con la predilección que sentía por esos narradores tan cercanos a Dios en cuanto a conocimiento y manipulación de sus criaturas.

Aunque mal asimilada, su lectura no ha dejado de ser aprovechable para mí. Satisface pensar que, aun leyendo obras de su producción que no gozan del ingenio y la imaginación a que nos tiene acostumbrados, con José Saramago siempre se aprende algo. Gracias a esta novela, ya tengo otro "destino literario" que poder visitar algún día: el Alentejo.



Título: Levantado del suelo

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-6944-2

Nº de páginas: 432




miércoles, 16 de abril de 2014

"Cenizas", de Damián Comas




El 23 de abril se pone a la venta en toda España Cenizas, la primera novela del artista plástico Damián Comas (México, 1984), que en 2013 se alzó como ganadora en el XIX Certamen de Letras Hispánicas "Universidad de Sevilla", premio otorgado por un jurado que estuvo compuesto, entre otros, por el novelista y miembro de la RAE Arturo Pérez-Reverte, el poeta Rafael de Cózar y el también escritor Diego Vaya, ganador de la anterior edición del concurso con su novela Medea en los infiernos. Comas se hace eco de las características más infames de una dictadura para brindarnos una reflexión corpórea e intimista acerca del sentido de la culpa y de los límites de resistencia del ser humano, elaborando con estos elementos la cartografía irreal, brumosa, de quien está obligado a erigir un paisaje de desposesión a partir del exilio.

Adentrarse entre estas páginas es lo mismo que transitar por uno de esos sueños intranquilos, cenagosos, que no alcanzando aún el rango de pesadilla, poseen los elementos necesarios para convertirse en una de un momento a otro. La prosa taciturna y pausada de Damián Comas está conformada por palabras que van adquiriendo nitidez paulatinamente, como si brotasen de la niebla en un camino solitario, para legarnos todo su sentido cuando al fin adquieren corporeidad y chocamos contra ellas. Desde el mismo inicio de la novela, cada frase sostiene a otra siguiente en una sucesión inteligente, rica por su dosificación, que va abriéndole sendas al lector, administrándole de a poco la información y sumiéndole en un duermevela de sensaciones, no por humanas -o quizá precisamente por eso- menos opresivas.

 ¿Somos más fuertes de lo que nos pensamos o es justo al contrario? ¿Cuál es el límite de resistencia al dolor de un ser humano? ¿Es justo sentirse culpable por seguir vivo? Estas y otras cuestiones son las que nos plantea Cenizas, relato de historias cruzadas que nos hace cuestionarnos el grado de sacrificio que el ser humano tiene hacia los demás cuando es su propia existencia la que corre peligro. Con la tortura la lucha hacia los totalitarismos se hace absurda, se convierte en poco menos que una utopía ingenua y pueril, y la heroicidad de morir por otros acaba por diluirse en el drenaje de la sangre, en la bruma de la fiebre y la oscuridad del encierro y el dolor de las electrocuciones. Pero la tortura no acaba con el último golpe; luego llega el sentimiento de culpabilidad, enquistado en los coágulos de los moretones, porque todo hombre acabará por traicionar a los suyos si su torturador sabe pulsar eficientemente el botón de pánico que parpadea en el interior de su cerebro. Después llega el exilio, el desarraigo, la visión de un mundo que ha cambiado mientras se ha estado prisionero y se ha conocido la verdadera dimensión del dolor. Nos dice el protagonista de esta historia, en un tramo de la novela, que están equivocados aquellos que creen que el máximo dolor físico de un hombre está focalizado en los testículos, y ello da buena prueba del desconocimiento que tiene el ser humano del sufrimiento.

Julio es un artista y preso político que deberá reconstruir el mundo tras su encierro, durante una dictadura que le obligará a vagar por América hasta dudar de la misma autoría de sus recuerdos, porque la gente que amaba -su hermano, su mujer, su hija- ha desaparecido y duda ya si fueron reales. En su peregrinaje se cruzará con Melleola, trompetista de jazz que vive a salto de mata, y con un antiguo amigo, también músico, que se convertirá en su salvoconducto para iniciar una nueva vida en Nueva York, pero cuyas confesiones harán que Julio reflexione con rabia acerca del sentido de la culpa y de la capacidad para el perdón de los seres humanos, sabiendo de antemano que en una misma persona hay un brazo que te tiende la mano y otro que te empuja hacia el abismo.

Se hace necesario leer esta novela que, con el brumario de su prosa repleta de eficientes silencios que dejan margen al lector para asimilar cada frase, nos susurra al oído el sentido que desconocemos de nuestra fragilidad. Al acabarla, sentirán que han emergido a la superficie para coger oxígeno ansiosamente. 














Título: Cenizas

Autor: Damián Comas

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2792-3

Nº de páginas: 176

jueves, 10 de abril de 2014

Dibujos a lápiz (1)




Spiderman y Venom, por Raúl Viso
Desde muy niño siempre he tenido una gran afición por el dibujo y la pintura y, también, por el cómic, sobre todo el de superhéroes. Mis padres, al ver mis aptitudes para con las artes plásticas, decidieron apuntarme con cinco o seis años a clases de pintura, aunque a mí lo que realmente me apasionaba en aquel momento eran las viñetas. Es una afición que dejé de lado por mucho tiempo, cuando durante la pubertad, y tras leer un volumen de relatos de Edgar Allan Poe que me prestó un amigo, se despertó mi pasión por la escritura. Aunque dejé de comprar tebeos -resulta carísimo seguir las series interminables de los héroes más famosos de las factorías Marvel y DC-, siempre he estado pendiente, mediante blogs, páginas oficiales y otras plataformas, de las últimas noticias, los nuevos dibujantes y toda la maquinaria bien engrasada de ese mundo fascinante, marginal a veces -a ojos del mundo, los aficionados al cómic solemos ser unos frikis, a mucha honra-, que yo siento que forma parte también de la literatura, posición que he dejado muy clara en esta bitácora mediante las entradas que escribí hace algún tiempo tituladas Los tebeos también son literatura y La eterna soledad del héroe, que pueden ustedes encontrar, por si les apetece leerlas, buscando entre las etiquetas puestas a su disposición en el margen derecho de esta página. Lo mismo me ocurrió con el dibujo: aunque abandoné esa afición de una manera más constante, nunca ha faltado una cuartilla y un portaminas y algunos bocetos que ejecutar mientras hablaba por teléfono o veía la tele, tirado de cualquier forma en el sofá -mi eterno lumbago y mi recién descubierta escoliosis pueden constatarlo-, y desde hace tres o cuatro años la he retomado con más ganas, más cuidadosamente. También ha sucedido lo mismo con la pintura, aunque habrá que esperar mucho tiempo para ver el resultado de los dos lienzos en los que me encuentro trabajando, porque el día tiene sólo veinticuatro horas y son demasiados los proyectos que tengo entre manos, incluidos los literarios, sin mencionar que tengo que trabajar en empleos más "mundanos", por así decirlo, para ganarme mis garbanzos y los de mi hija, tener un futuro con mi actual pareja y obedecer a las exigencias que jueces y leyes de (des)igualdad me obligan a tener para con mi expareja. 

Ahora, aprovechando que tengo nueva impresora, me he decidido a escanear algunos trabajos a lápiz para seguir el proceso creativo y, ya de paso, mostrarlos en esta malograda bitácora. Dibujos que distan mucho de ser profesionales -tengo problemas con los sombreados y con algunas proporciones, y soy muy sucio con el papel, no me caben dudas-, pero que creo que desvelan gran parte de mi personalidad; "Soy un hombre sensible e inteligente, pero abrumado por un alma de payaso que le obliga a joderlo todo en el momento más crucial", dijo Jim Morrison, y yo me hermano con esas palabras y las tomo como propias. Dejo claro que no tengo ninguna intención de dedicarme a esto, porque me faltan talento y ambición, y que si me ha apetecido publicarlos aquí es solamente por satisfacción personal, sin ninguna pretensión adicional. Espero sinceramente que les gusten. En próximas entradas iré publicando los dibujos a lápiz ya acabados, y luego pasados a tinta, y hasta es posible que publique otros dibujos de carácter más surrealista, muy alejados del cómic de superhéroes. 

Hulk vs. Marvel


Wolverine
Spiderman vs. Lizard


La última cacería de Kraven


Un Lobezno guaperas







miércoles, 9 de abril de 2014

"El francotirador paciente", de Arturo Pérez-Reverte




La cabra tira al monte, no hay duda. Y si la hay, pregúntenle a Arturo Pérez-Reverte, que, tras muchos años alejado de los conflictos bélicos que en otro tiempo cubrió como corresponsal de guerra, ha vuelto a sentir el batir de la sangre en sus sienes y ese gusto por la segregación masiva de adrenalina que sienten las personas de acción, involucrándose personalmente en otro conflicto con el fin de reunir documentación para su última novela, El francotirador paciente: el que mantienen los escritores de grafiti con las autoridades y con el mundo del arte, y que se parece mucho a una guerrilla urbana. No sé si puedo defender, como lo hace el académico en los medios de comunicación, ese argumento de que los grafiteros tienen derecho a llamarse escritores -supongo que sí, viendo que personas de menos talento escriben y publican a menudo desde la comodidad de sus blogs y otros espacios, sin jugarse la cabellera, y no dudan en considerarse como tales; pueden incluirme entre ellos, si les place-, y tampoco voy a entrar en el eterno debate que existe entre admiradores y detractores del escritor murciano, entre los que disfrutan de las lecturas sin prejuicios y los que condenan cualquier obra que huela a éxito de ventas; mi posición a ese respecto ha quedado bien clara muchas veces, tanto en esta malograda bitácora como en grupos de redes sociales dedicadas a linchar de manera cobarde y bajuna al autor de El capitán Alatriste, y sólo me limitaré a añadir, una vez más, que a mí las lecturas de Pérez-Reverte, por norma general, siempre me han reportado muchas y enormes satisfacciones. Eso sin mencionar que siempre aprendo alguna cosa leyéndolo y que, guste o no guste, nadie debería poder reprocharle que no se involucra en su trabajo hasta las últimas consecuencias, colocándose en primera línea de fuego para escribir los libros que a él le apetece escribir, mientras otros languidecen frente al teclado tratando de vendernos legajos infumables que nadie entiende, pero de los que todo el mundo se hace el entendido y el experto diciendo de ellos que son obras que hablan del sentido de la vida (con dos cojones), entre otras chorradas por el estilo.

Dicho esto, me resulta muy divertido imaginar a Pérez-Reverte, a sus años -con todos mis respetos y también mi envidia, porque estoy seguro de que goza de mejor forma física que la mía, siendo yo casi treinta años más joven-, pululando clandestinamente por las calles de Madrid, con nocturnidad y alevosía y spray de pintura en mano, junto a un grupo de grafiteros encapuchados, amén de que se hace extraño leer entre sus páginas nombres de bandas de música rap o alternativa como Beastie Boys o Cypress Hill; pero lo cierto es que esa ha sido la manera que el miembro de la RAE ha tenido de solventar sus dudas frente a este mundo fuera de la legalidad y poder plasmarlo con veracidad en su novela. Y no es de extrañar viniendo de un hombre que siempre ha sentido simpatía por los códigos de honor y el arrojo con que algunos delincuentes o personas fuera de la ley dan ejemplo a supuestos hombres de provecho, encorbatados, banqueros, políticos y un sinfín de hipócritas y atracadores extra oficiales. El resultado, a ese respecto, ha sido óptimo: el autor nos describe con todo lujo de detalles el mundo interno de los escritores de paredes, sus reglas, sus códigos, incluso las consecuencias que acarrea el jugársela para bombardear en unos minutos un vagón de tren o metro, o acceder a las zonas más peligrosas de un edificio o un puente para plasmar allí un tag, un dibujo o una denuncia social que no escape a la vista de nadie. También me ha resultado muy positivo el planteamiento general de la novela: una crítica bien construida acerca de los mercachifles y los caraduras que gobiernan las galerías de arte, mafias de galeristas incluidas, y de la que ya nos ofreciera algún rasgo en esa otra novela suya, magistral, El pintor de batallas.

Todo el mundo busca a Sniper, reputado artista que se ha ganado un nombre con letras de oro en el mundo del grafiti y promotor de acciones callejeras fuera de los límites de la legalidad, algunas con resultados fatales, organizadas desde las redes sociales y exhibidas después de cometidas en Youtube: lo buscan los medios de comunicación, que nunca han conseguido verle la cara; lo busca la policía, por los daños cometidos al patrimonio nacional; lo busca Biscarrúes, adinerado empresario y padre de un compañero suyo que murió al precipitarse desde lo alto de un famoso edificio madrileño mientras hacían una pintada, para vengarse por la muerte de su hijo; lo buscan las galerías de arte de más renombre de todo el mundo, para seducirle a exponer mediante ingentes cantidades de dinero; y, sobre todo, lo busca Alejandra Varela, protagonista de esta historia y especialista en arte urbano que es mandada tras su pista mediante un importante (y cuantioso) encargo editorial. Pero Sniper no se vende; esa convicción es la que lo diferencia de los mercachifles que se hacen llamar artistas, y para expresarla tiene una máxima: "Si es legal, no es grafiti." La búsqueda conducirá al lector desde Madrid a Lisboa, y desde allí a Verona y Nápoles, en una persecución que nos dará la perspectiva exacta desde la que apunta la mira telescópica -su feroz crítica a los cánones de cultura actuales- del francotirador paciente.

Hace ya algún tiempo -desde su novela histórica El asedio- que creo que a Pérez-Reverte se le están acabando los cartuchos con los que disparar, y aunque sus temáticas siempre resultan atractivas, y la lucidez y el conocimiento con que las aborda son intachables, da la impresión de que últimamente se repite un poco. Sin embargo, esta última novela suya me ha parecido mejor que la anterior, El tango de la guardia vieja -también reseñada en este blog-, y además debemos contar con que los mayores y mejores escritores de la historia, desde Stevenson a Steinbeck y saltándome un sinfín de nombres, siempre han tenido sus obsesiones, sus temas recurrentes, viniendo a demostrar eso que alguien dijo sobre que un escritor siempre anda escribiendo el mismo libro, una y otra vez, cosa con la que no puedo estar más de acuerdo. El resultado es un libro ameno, suficiente, que puede gustar a quien no se haya asomado antes a la bibliografía del autor murciano, pero que a los que llevamos muchos años siguiendo su trayectoria puede no parecernos tan satisfactorio. Se le perdona, revisitando las páginas de obras suyas como El club Dumas, La carta esférica, La Reina del Sur, El pintor de batallas o la serie magistral de novelas de nuestro espadachín más famoso, El capitán Alatriste.


Título: El francotirador paciente

Autor: Arturo Pérez-Reverte

Editorial: Alfaguara

ISBN: 978-84-204-1649-6

Nº de páginas: 301

martes, 8 de abril de 2014

"Los leopardos de Kafka", de Moacyr Scliar




Desde hace ya algún tiempo sentía un profundo interés por leer esta novela; sin embargo, fui aplazando su lectura y escogiendo otras de entre los títulos que conforman el selecto y exquisito catálogo de la editorial Rayo Verde, que siempre me ha reportado tantas satisfacciones como lector. Ahora por fin he podido aplacar esa inquietud, y ya puedo dictaminar que el resultado ha sido sorprendente, impactante, magnífico. La novela corta que el escritor y médico brasileño Moacyr Scliar (Porto Alegre, 23 de marzo de 1937 - 27 de febrero de 2011) publicó originalmente en el año 2000 es un conjunto de elementos magistralmente engarzados entre sí, y su lectura le servirá por igual tanto a los lectores más exigentes como a esos otros que prefieran los libros amenos, divertidos, ligeros pero compactos. Aunque suena ya a tópico decir estas cosas de un libro en una reseña -cuántos bodrios nos habrán vendido, de esta manera, aquellos que se dedican a escribir esas soberbias sinopsis en las contraportadas de los libros-, en esta ocasión puedo garantizarles que no hay engaño posible: esta obra satisface desde la primera página y no debería decepcionar a nadie, ni a los lectores más contumaces e ilustrados, ni tampoco a aquellos que busquen únicamente de una lectura pasar un buen rato. 

La literatura del absurdo también puede reportar ingentes dosis de cultura; eso es algo que ya sabíamos algunos desde nuestra primera juventud, pero que otros lectores recios, sobrios, grises, de monóculo y pipa y prejuicios a juego, que desde su más tierna infancia ya devoraban ávidamente las epopeyas de Homero, siempre se han resistido a admitir y aceptar. Los leopardos de Kafka no hace sino constatar esta realidad, y para ello se vale de la inteligencia puesta al servicio de la historia y, sobre todo, del humor. La comedia, en este relato, se hace salvoconducto indispensable para acceder a las aptitudes más afectadas de algunas ideologías políticas, y desde ellas va desgranándose el meollo de la historia, divertida a rabiar. 

Benjamin Kantarovitch, apodado Ratoncillo por su aspecto apocado y asustadizo, es un joven judío que vive en una aldea no muy lejana a Besarabia, una región que es tierra de nadie y objeto de constantes disputas entre Rusia y Rumanía. Nos encontramos en 1916, en la Rumanía prerevolucionaria, y Ratoncillo se aburre en su aldea anodina y dejada de la mano de Dios. Para pasar el rato, estudia con avidez el Manifiesto Comunista de Karl Marx y sueña con iniciar la revolución, codo a codo con el mismísimo Trotsky. Su sueño se ve cumplido cuando su amigo Iossi, en su lecho de muerte, le encomienda una misión: viajar a Praga y entregarle un sobre cerrado a un hombre, también judío y, al parecer, escritor. Esta aventura conducirá al protagonista a conocer a Kafka y a malinterpretar un texto breve que este le entrega, y que acabará teniendo consecuencias, décadas después -en 1964-durante el golpe de estado en Brasil.

Queda claro, con esta hilarante novela, que Moacyr Scliar sabía que la risa es un requisito imprescindible para afrontar las horas más bajas. Su relato es una constante secuencia de escenas absurdas y fortuitas, conformada por una cadena de errores, que recuerda mucho a la condición humana. Les aseguro que no pararán de reír esos lectores que decidan asomarse a esta obra, y hasta es posible que, al igual que me ha ocurrido a mí, desarrollen cierta empatía y ternura por un protagonista tan patán, tan adorablemente torpe, tan torpemente humano, al fin y al cabo. Aún nos queda la risa, en estos momentos históricos que vivimos, para consolarnos de que los leopardos sigan entrando en el templo o de que nunca hayan dejado de hacerlo.



Título: Los leopardos de Kafka

Autor: Moacyr Scliar

Editorial: Rayo Verde

ISBN: 978-84-15539-12-4

Nº de páginas: 128



"Diecinueve poemas y una traducción", de Ricardo García Nieto




Continúa llegando más poesía a esta malograda bitácora, en esta ocasión de la mano de la editorial Alfar y bajo la diestra firma de Ricardo García Nieto (Cartagena, Murcia, 1963), poeta consolidado desde hace algunas décadas que ha cosechado numerosos premios literarios, haciéndose valer también en el terreno de la narrativa, siendo así que su novela La solución imaginaria quedó finalista al optar por el galardón Libro Murciano del Año, certamen organizado por la asociación Amigos de la Lectura, la Universidad de Murcia, la Biblioteca Regional y la Real Academia Alfonso X el Sabio. De esta breve pero fabulosa colección de poemas, Diecinueve poemas y una traducción, se presupone que marcó un antes y un después en la producción poética del autor murciano, ya que para él supuso una experiencia de muerte y renacimiento. Tal aseveración procede del valor añadido de este libro y que nos anuncia de antemano su mismo título: una magistral traducción del famoso poema El cuervo, de Edgar Allan Poe -se dice que es una de las mejores traducciones que existen en español de la obra que dio un efímero momento de gloria al atormentado escritor estadounidense-, que ha procurado acercarse a la estructura, el ritmo y la versificación del texto original mediante el uso de hexadecasílabos polirrítmicos.

Mientras andaba sumergido en la traducción que tiene cabida en la segunda parte de este volumen, Ricardo García Nieto se descubrió a sí mismo con una nueva conciencia poética. Por lo tanto no es incoherente, aunque en una primera impresión pueda parecerlo, que el autor murciano decidiera incluir, en una misma obra, poemas de su propia producción junto a la tenebrosa construcción poética que mantuvo en vilo a tantos oyentes cuando era recitada por la voz profunda y cavernosa de Poe, con su nevermore repetido como un mantra de fatalidad; el sentido de los diecinueve poemas que conforman la primera parte de este libro están íntimamente ligados (si no en temática, sí en una actitud similar que viene a mostrarnos lo invisible, y más trascendente, de la existencia y los sentimientos humanos que la edifican) a la obra que al bostoniano le reportó, en vida, su éxito más tangible.

Cualquier temática es lícita en literatura, y esto se se hace extensible a la poesía, donde a menudo los poetas recurren -inevitablemente, eso sí, y dentro de un marco aceptable si consideramos que nadie puede decidir sobre qué debemos escribir- a temas harto leídos en este género; depende entonces de la pericia que el autor tenga para desarrollar esos temas mediante versos y, por supuesto, de la visión particular que desarrolle hacia el mundo, para que no parezca que siempre se canta, del mismo modo, a las mismas cosas. Sin embargo, creo que, antes de García Nieto, no había leído a un poeta que fuese tan selectivo y original en el momento de escoger los temas a tratar en sus poéticas. El poder redentor de la ficción, las relecturas, el miedo a mostrarnos frente a los otros tal cual somos, la filosofía de usar y tirar a la que es tan proclive este siglo ciego, la relación que un hombre guarda con un libro como medio de consuelo a explotar frente a las adversidades y decepciones, la virtud no reconocida de la intuición, el instinto nunca prescindible... Poemas como Condenados al vacío, Imperativos o Comunión, nos conminan a acceder sin tapujos a lo invisible de este mundo, a seguir amparándonos en la razón sin desdeñar por ello de nuestro sexto sentido, ese que vive abotargado dentro de nosotros desde que el hombre se irguiera con la ambición de mirar la línea del horizonte.

Solidez y corporeidad es lo que Ricardo García Nieto nos reserva en esta compacta selección de poemas, un sentir que sobrepasa los limitados sentidos del hombre contemporáneo y nos induce a buscar señales vitales en cada uno de los consuelos que la vida pone a nuestra disposición y que debiéramos tomar como analgésicos y no como anestesia. Si a este bien estructurado conjunto le añadimos, además, una de las traducciones más acertadas que existen de El cuervo, de Edgar Allan Poe, el disfrute y el buen gusto están garantizados.




Título: Diecinueve poemas y una traducción

Autor: Ricardo García Nieto

Editorial: Alfar

ISBN: 978-84-7898-436-7

Nº de páginas: 52

miércoles, 2 de abril de 2014

"La ironía del amanecer", de Ander González Santás




Parece ser que los meses de marzo y abril le están siendo propicios a la poesía en esta malograda bitácora. No suelo reseñar todo lo que leo de este género, por motivos que ya he explicado demasiadas veces en otras entradas; sin embargo, cuando uno entrevé la vocación, el cariño y la motivación en una labor, como la que desarrolla Chiado Editorial -este equipo internacional convierte en realidad las palabras de Pessoa que ha tomado prestadas para criterio propio: "pon cuanto eres en lo mínimo que hagas"-, se hace indispensable dejar un poco de lado ciertos códigos personales y hacer constar, por los medios de los que se disponga, la pasión que muchas personas ponen aún en cada cosa que emprenden. Sobre todo, si se trata de poesía; que, aun habiendo mucha -y no siempre ejemplar-, nunca llega a ser suficiente. 

Para eso tenemos la colección Placeres Poéticos y, dentro de su no poco nutrido catálogo, La ironía del amanecer, primer volumen de poemas del joven autor Ander González Santás (Mondragón, Guipúzcoa, agosto de 1987), que a día de hoy se encuentra ya ultimando las páginas del que será su tercer libro y su segundo poemario. De él es destacable la madurez que trasluce al afirmar que siempre fue más lector que autor, máxima que otros autores, jóvenes y no tan jóvenes, deberían tomar al pie de la letra como primer aprendizaje para soñar siquiera algún día con ser escritor. Con el género de la poesía ha encontrado el modo más adecuado para canalizar su inconformismo y dar cuerpo a esa pasión por escribir que le ha acompañado desde niño, cuando trabajaba en sus diarios personales.

Lo que más asombra de este volumen es su prolijidad. No suelen ser habituales las colecciones de poemas de más de doscientas páginas, y esa incontinencia tal vez da buena muestra de la sed que nuestro joven autor tiene por expresarse. Con este "botellón" de poemas, Santás nos asoma a su mundo sensible e inteligente y nos lleva de ruta por esas inquietudes que todos hemos sentido a cierta edad de la vida y que a veces se hace necesario revisitar, por aquello de no olvidar que los errores que cometen las nuevas generaciones los cometimos mucho antes los de generaciones anteriores. Por lo tanto, con poemas de su producción como De tan añil o Malgasta tu tiempo, el autor vasco nos recuerda la importancia de no juzgar a la ligera, sin antes haber mirado a nuestra espalda, para así reencontrarnos con esa persona a la que no reconocemos en las fotos del pasado. 

Poesía asida al instante es la que nos ofrece Ander González Santás, esa misma que todos hemos estado tentados de escribir en ciertas etapas de la vida, cuando queríamos el mundo y lo queríamos ahora, cuando pensábamos que nuestros problemas e inquietudes eran completamente exclusivos, individuales e intransferibles. Lo bueno -o lo mejor- de dar con poetas tan jóvenes es que no nos taladran con el rollo de la nostalgia, porque aún no tienen suficiente pasado a sus espaldas. Juventud, divino tesoro. 






Título: La ironía del amanecer

Autor: Ander González Santás

Editorial: Chiado Editorial

ISBN: 978-989-51-0342-3

Nº de páginas: 203