"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 30 de enero de 2014

"Mientras agonizo", de William Faulkner




Qué satisfecho estoy con los volúmenes que voy consiguiendo de a poco, en librerías de viejo y ferias del libro de segunda mano (a un precio ridículo, considerando la indudable calidad de las obras y la elegancia de las ediciones), pertenecientes a la colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea que la editorial Seix Barral sacase allá por la década de los 80. Gracias a ésta estoy pudiendo hacerme, a un mínimo coste, con casi toda la bibliografía de William Faulkner (New Albany, Misisipi, 25 de septiembre de 1897 - Byhalia, 6 de julio de 1962), autor de obligada lectura que no debería faltar en cualquier biblioteca que se precie como tal. Con Luz de agosto, Sartoris y El ruido y la furia esperando todavía en mi mesita de noche para ser devorados, reseño hoy, en esta malograda bitácora, Mientras agonizo, una novela que habla de propósitos y del justo deber de cumplir las promesas que hacemos, pero también de la redención que a veces sólo es posible conseguir trascendiendo a leyenda, a esa leyenda particular que la muerte hace de cada uno de nosotros, a ojos de nuestros allegados y seres más queridos. 

Es ya de sobra conocida la férrea disciplina que Faulkner mantenía respecto al oficio de escribir, sus estrictos horarios de trabajo, la pasión que ponía en esa tarea, solamente equiparable a la que sentía por las bebidas alcohólicas. Y, en ciertos oficios, la vocación resulta más efectiva que la titulación. Eso es algo que se palpa en la obra del autor sureño, se acaricia en cada una de sus frases, se paladea en cada palabra que escogía con precisión y cuidado. Buena prueba de ello son los diferentes estilos que en esta novela utiliza para hacer creíbles cada una de las voces de los diferentes personajes que aparecen en ella: rudo y violento a veces, aguerrido; soñador otras; solemne y cavernoso, como de regreso de la ultratumba; resignado o acaso cansado; jovial, optimista; hipócrita, propenso al fariseísmo... Infinidad de recursos dan una voz particular, una sólida personalidad literaria, a cada uno de los personajes que componen el variopinto reparto de Mientras agonizo. 

Addie Bundren se muere; su cuerpo, agotado y esquelético, apenas logra el volumen de una silueta bajo el cobertor de la cama donde agoniza. Nadie quiere convencerse de su final, ni sus numerosos hijos, ni su marido, al que mucho tiempo atrás obligó a prometerla que, cuando muriera, trasladaría su cadáver hasta Jefferson para ser enterrada junto a sus seres queridos. Ha sido una mujer dura y recia, sin verdadera madera de madre ni esposa, estricta con sus vástagos e indolente con su marido, al que nunca llegó a querer, y ahora resulta intolerable verla tan vulnerable y marchita. Pero la muerte la alcanza, y a sus familiares y amigos no les queda más remedio que consolar al sumiso granjero Anse Bundren, ayudándole a cumplir la promesa que le hizo a la mujer que le despreció siempre, que se casó con él por lástima y conformismo. Cuarenta millas en la época en que se relata la historia no son cosa baladí, menos aún si el viaje se hace en carromato, cargado con toda una familia y un ataúd hecho a mano, y una lluvia torrencial anega los campos, aumenta la crecida de un río salvaje y rugiente y los puentes han sido derribados por las riadas. 

Darl, el hijo pródigo, muchacho tolerante que toma el papel de pacificador de la familia; Jewel, el hermano rudo, rebelde pero constante, que mantiene una relación de amor/odio con su caballo y no se detendrá hasta domarlo del todo; Dewey Dell, la hija resignada que entiende, con la muerte de su madre, que deberá empeñar sus sueños y su vida por cuidar de la familia; Cash, trabajador disciplinado e incansable, que no cesará hasta acabar el ataúd que su madre, altiva hasta en eso, le ha ordenado hacer a su gusto mientras todavía agoniza; Vardaman, el pequeño de la familia, asilvestrado, rural, a quien trastornará la muerte de su madre; el sumiso Anse, marido entregado y confuso, apocado, que no sabe cómo tomar las riendas de su granja tras la muerte de su esposa; Cora y Vernon, el matrimonio amigo de la familia, beata ella, realista él; el reverendo Whitfield, hipócrita, impostado, más preocupado en las penitencias que se impone para sus propios pecados que en tratar de no volver a cometerlos; la propia Addie Bundren, inconmovible, dura como el pedernal, que hasta más allá de la vida gobernará con mano de hierro a los suyos... Cada capítulo de este libro es una voz; cada voz, un personaje; cada personaje, un universo particular que desentraña las cualidades más significativas del ser humano. Mediante los retazos de sus intimistas relatos, cada una de sus voces irán casando como las piezas de un puzzle hasta conformar una novela redonda, de una ternura indecible, pero descrita desde la violencia que suscita cumplir los propósitos póstumos de alguien que no nos quiso. Magistral, William Faulkner.

Título: Mientras agonizo

Autor: William Faulkner

Editorial: Seix Barral

ISBN: 84-322-2337-2

Nº de páginas: 265

martes, 28 de enero de 2014

"Henchido", del poemario "Algo sagrado"




Vivo orgulloso de ti, de nosotros,
de haber enterrado vías muertas
que no daban raíles al diálogo,
de ti y tu comprometida presencia,
de mí, de la promesa que trabajo
con pulso firme, a fuerza de besar tus sienes,
a fuerza de abstraerme en tu talento,
que es tanto como tanto
pudiera ahora darme
o quitarme la vida.


En nuestra mutua finitud
nos siento inacabables.
No hay medida para este sentimiento,
quintal o kilogramo que arrobe
mi orgullo que se atiene sólo a un mar sin orillas,
con la sed de ser sed,
ilimitada como la mañana en tu vientre,
insobornable como el beso de tu sexo,
sin lugar a capacidades
que Dios no ha inventado todavía.


Así es que vivo orgulloso de ti,
de nosotros, del cálculo preciso
que hizo ríos de amor de nuestra sangre,
de ti, de tu ternura y su rearme,
de mí, de que un día fuera visto por tus ojos
y fuese comprendido
como nunca antes se hubiera comprendido a un muerto,
de la revelación de esos errores
que ya no cometemos,
que ya nunca cometemos.

miércoles, 22 de enero de 2014

Recurso del pataleo




No sé cuánto tiempo lleva ya hablándose en los tribunales literarios y en los cafés de artistas acerca del fin de la literatura. Antonin Artaud ya decía que era preciso acabar con ella como con el Espíritu, aunque el orden de los factores era contrario en su aseveración y, a decir verdad, nunca supe muy bien qué significado darle a su palabras. En cualquier caso, el asunto viene de lejos y aún no tiene visos de desaparecer como tema de fondo para eternos debates; muy al contrario, la aparición de las nuevas tecnologías, la piratería y la denuncia de muchos artistas –en este caso, escritores- sobre la banalización a la que se está sometiendo a la cultura por parte de consumidores superficiales y poco agudos, encienden una y otra vez la mecha del fatalismo y numerosos autores corren a escribir artículos en periódicos y suplementos dominicales para dar la sempiterna voz de alarma.

 El otro día sin ir más lejos, al abrir el diario ABC (y tras verle la jeta de batracio, en primera plana, al ministro del Interior), me encontré en la tercera página un acalorado artículo de Javier Reverte que, a su vez, venía inducido por otro de Javier Marías, aparecido semanas antes. El título prometía –EL FIN DE LA LITERATURA, cómo no, escrito así, con grandes mayúsculas en negrita-, así que me retrepé en mi rincón del sofá y me puse a leerlo. Mi experiencia como juntaletras y cagatinta se limita a la participación en algunos concursos literarios, a la pobre colaboración con algunas editoriales, a escribir reseñas y parir chorradas en esta malograda bitácora, a un puñado de relatos de producción propia, a tres poemarios que nunca acaban de corregirse y a un par de proyectos de novela que siempre se quedan en eso, en meros proyectos, con lo que los titulares de índole apocalíptica en lo que a literatura se refiere, sinceramente, me la traen un poco pendulona. Y, sin embargo, yo no soy uno de esos “escritores ricos” contra los que arremete Javier Reverte en su artículo, culpabilizándolos de fomentar la piratería propagando la idea de que la cultura es “libre”, y con esto entiéndase gratuita. No es lo único contra lo que ataca: también lanza fieros mandobles dialécticos contra las grandes editoriales que aseguran la pervivencia de su negocio apostando por “valores seguros”, esto es, por autores de best-sellers, y contra éstos últimos guarda también algunos cartuchos, haciéndose valer de las palabras de Eduardo Lago en contra de todo lo que huele a éxito de ventas en las librerías.

No le falta razón al autor de La noche detenida en cada una de sus denuncias. Lo que me resulta chocante, no obstante, es que no se haya planteado la aparición de algunas contradicciones al elaborar sus bien argumentadas delaciones. Hasta donde yo sé –aún no he tenido oportunidad de leerlo, aunque alguien allegado a mí es un ferviente seguidor suyo-, en las librerías y catálogos de novedades siempre se me vendió a Javier Reverte como a un escritor, precisamente, de best-sellers. Eso como aperitivo. De hecho, de él se dice que sus éxitos de ventas –no son palabras mías, sino de la Wikipedia y otras fuentes, así que eludo toda responsabilidad sobre la autoría de las mismas- le han permitido “lograr su vieja aspiración de dedicarse por completo a la literatura, reservando sus escritos periodísticos a colaboraciones puntuales –remárquese esto último- con diversos medios, sobre todo para escribir sobre asuntos viajeros”. En este país, que mató de hambre a su autor de más renombre tanto aquí como en el resto del planeta –Cervantes, con permiso de Shakespeare; o sin permiso, que le tengo tirria-, es un auténtico privilegio el que un escritor pueda dedicarse exclusivamente a escribir y viajar, sin tener que colaborar asiduamente en periódicos para aumentar sus ingresos, ni dar conferencias, ni ser profesor de algo, a no ser que sea por puro placer. Con lo que Javier Reverte, tal vez, estaría engordando esa lista de “escritores ricos” a los que señala con el dedo, eso sí, sin decir sus nombres (según él, “por pudor y porque algunos de ellos ya está en la huesa”, aunque todo apunta a una falta de arrestos a destiempo para concretar quiénes son y que no le lluevan réplicas). Luego está lo de las grandes editoriales, lo de los editores sin fe que no arriesgan por nuevos valores para salvaguardar sus beneficios. Soy un escritor novel, así que suscribo todo lo que dice Reverte, pero mi frustración como autor desconocido o en ciernes no me impide ver que, si a él le importa que le roben sus ingresos pirateando sus libros vía Internet, igualmente a las editoriales les importa ganar dinero con esos libros que los lectores solicitan y compran. Lectores, por otra parte, que a veces adolecen de ser vacuos, bovinos, dispuestos a no consumir obras que les reporte el pensar en demasía, pero que están en su pleno derecho a decidir qué quieren leer.

Sinceramente, empiezo a estar un poco aburrido de las excusas que algunos autores se buscan como medio para entender su fracaso o para explicarse a sí mismos que su obra no haya alcanzado el nivel de éxito que imaginaban para ella. No todos los escritores que gozan de estar en los primeros puestos de las listas de ventas tienen por qué ser escritores de best-sellers, ni todos los autores de best-sellers tienen por qué ser escritores mediocres. Este recurso del pataleo pasa por ser un insulto a la inteligencia de la mayoría de los lectores que, agudos o no, con buen criterio o sin él, al menos son lectores, que ya es mucho lograr en este país maldito. Este lloriqueo podría resultar justificable en tantos follatabiques como yo, aprendices de escritor, que proliferan en tantas bitácoras virtuales (y aun así los autores noveles debemos hacernos curas de humildad y preguntarnos en qué estamos fallando, en vez de andar culpabilizando a otros de nuestra estancia en el anonimato), pero no en alguien de la talla de Javier Reverte. No es honroso, ni justo, ni hermoso. Sí lo es, en cambio, poder vivir de lo que a uno le gusta hacer, sin preocuparse de lo que hacen los demás para lograr estar en idénticas condiciones.  



"Ensayo sobre la lucidez", de José Saramago




Hay democracias que, a veces, corren la desgracia de parecer dictaduras encubiertas, con sistemas electorales que ya han quedado obsoletos o que parecen deliberadamente diseñados para asegurar el éxito siempre de los mismos partidos. Esto parecía tenerlo muy claro José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) cuando escribió esta novela, que ya desde su mismo título -acertado, conciso e incluso, por qué no decirlo, hermoso- da no pocos indicios del contenido que el lector se encontrará entre sus páginas. En este volumen, la imaginativa pluma del escritor portugués elabora una ficción visionaria a la altura de las de Orwell y Bradbury, con capacidad suficiente para hacer que se remuevan, inquietos en sus escaños cual si padecieran de engorrosas hemorroides, nuestros políticos más favorecidos. 

¿Por qué hay que avisar a las autoridades pertinentes cuando va a efectuarse una huelga o una manifestación? ¿Por qué hay que contar con el beneplácito de la legalidad, en su más hermético y estricto sentido, cuando los gobiernos no escuchan las peticiones que les hacen los pueblos a los que representan o mienten impunemente sobre los programas electorales que prometieron cumplir, e incluso no predican con el ejemplo? ¿Las revoluciones consentidas son revoluciones o, por el contrario, es la manera que tienen los gobernantes de dejar que nos desfoguemos gritando unas pocas consignas y se nos pase el cabreo, como a un crío al que se deja llorar hasta quedar agotado? ¿La rebelión atiende a las exigencias de una desobediencia gratuita y autónoma en sí misma, que no cree en las normas, o acaso es una consecuencia lógica del hartazgo de ver no cumplirlas a quien precisamente las ha establecido? Leyendo esta novela, y con el panorama político que nos está lloviendo como ácido en este país, uno no puede evitar hacerse estas y otras preguntas. Y sin embargo, entre estas páginas las calles no arden como en el barrio burgalés de Gamonal: el paisaje que Saramago nos describe con su prosa nutrida y laberíntica es tan calmo como una balsa de aceite, las hordas que ponen en jaque al gobierno son tan pacíficas como un rebaño de caracoles, las avenidas de la ciudad que ya apareciera en su otra novela, Ensayo sobre la ceguera -también reseñada en esta bitácora-, permanecen limpias e inmutables, serenas, impasibles en su cotidianidad pese a las fuertes medidas que el gobierno ha adoptado para aplacar a los insurgentes, y la ciudadanía parece dar una lección acerca de lo que debería ser una auténtica democracia. Aunque a ratos se antoje utópica y pusilánime, la buena praxis de la sociedad que el Nóbel de literatura nos acerca en estas páginas hace que aún sea más meritorio el trabajo realizado, pues para un autor menos versado hubiera sido más fácil y cómodo hacerse valer de los recursos de la violencia para exponer su idea de la revolución.

Durante las elecciones municipales de una ciudad cuyo nombre se ignora, la mayoría de sus habitantes deciden votar, inesperadamente, en blanco. El gobierno, creyendo que todo se debe a una equivocación o a un estado generalizado de confusión de la ciudadanía, decide repetir el día de voto; pero, para su sorpresa, el número de votantes que han decidido ejercer su derecho al voto en blanco aumenta considerablemente, poniendo en evidente peligro a una democracia degenerada, cuyos corruptos pilares amenazan con derrumbarse. Acrítico, soberbio e incapaz de ver en esta revolución soterrada la terrible consecuencia de sus errores y trapacerías constantes, el gobierno comienza a creer que todo es producto de una conjura anarquista internacional o de desconocidos grupos de extremistas, e impone el estado de sitio. La máscara de la democracia se corroe entonces y aparece la verdadera faz de la dictadura: hay que encontrar a los culpables y eliminarlos; y si no se hallan, se inventan.

"Puede ser que un día tengamos que preguntarnos Quién ha firmado esto por mí", se dice en un tramo de esta novela que es una lúcida crítica a los mecanismos del poder. La pega de esta obra, sin embargo, es que el autor haya querido parir una suerte de segunda parte de Ensayo sobre la ceguera, lo que a mi parecer hace que le reste credibilidad y limita el disfrute de su lectura a quien antes no haya leído esa otra obra. Por lo tanto, recomiendo al lector que se asome por primera vez al trabajo de Saramago que no lea Ensayo sobre la lucidez sin haber leído antes Ensayo sobre la ceguera. Segundas partes nunca fueron buenas (o sí, pero no ocurre en este caso, sinceramente, aun con el profundo respeto y la admiración que siento por la bibliografía del autor portugués), y el resultado hubiera sido más redondo si esta novela se hubiese mantenido independiente de la otra. De todos modos es indudable el despliegue de imaginación requerido para escribir estas páginas, y además su propuesta nos conciencia, hace que nos hagamos preguntas, que nos cuestionemos a quiénes votamos y por qué, y si realmente el sistema electoral del que gozamos es tan justo como creemos o el sistema político que nos conduce es, o no, el de una auténtica democracia. Siempre lúcido, Saramago.


Título: Ensayo sobre la lucidez

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 84-663-1474-1

Nº de páginas: 464




martes, 21 de enero de 2014

El libro de Dalila (16): El lugar de tu impostura




"Estoy adiestrado en la ausencia",
me convenzo, trato de persuadirme.
"Estoy adiestrado en la ausencia, hecho
a sus ecos como muros sonoros,
en la casa sin nadie
con siesta de gato en los rincones,
que atestiguan mi comparecencia a tu silencio
y devuelven mi voz al lugar de tu impostura."


Me convenzo, mas la convicción contigo
es una anguila de inercia inesperada.

miércoles, 15 de enero de 2014

Propósitos




Recién estrenado el año, y aún con el recuerdo tan próximo en nuestro organismo de la sintomatología engorrosa y redentora de la resaca durante la mañana del día de Año Nuevo -redentora, porque en mañanas como ésa, de jaqueca y náuseas, siempre prometemos no volver a beber, aunque nuestra enunciada penitencia sea tan vacua como pasajera-, el mundo se recarga de propósitos a cumplir durante los doce meses venideros, igual que si se tratasen de vitaminas supletorias que el médico de familia nos ha recomendado como valor añadido a los buenos hábitos de nuestra vida cotidiana. Es un tratamiento autoimpuesto (y elusivo) cuya dudosa efectividad recae más en el ejercicio poco realista de nuestra fe, a menudo floja y voluble, que en nuestro esfuerzo y nuestra disciplina para seguirlo a rajatabla. Uno jura y perjura que dejará de fumar, que hará más deporte, que tomará más cantidades de fruta y verdura, que visitará más asiduamente a los amigos, que dejará a su amante y no le seguirá poniendo los cuernos a la parienta, que dedicará tiempo de calidad a los hijos, que sacará buenas notas, que no discutirá con la familia, que colaborará en las tareas del hogar o tendrá más sexo con el marido. Pero -la verdad sea dicha- ciertos propósitos son como los libros de texto que estrenábamos de niños, antes de comenzar cada curso escolar: hundíamos la nariz entre sus páginas y nos fascinaba su olor, nos gustaban las ilustraciones y los enunciados que incluían y les atribuíamos (no sin razón, aunque con laxitud) cualidades ingentes de conocimiento y cultura, pero al cabo ya de cierto tiempo nos sentíamos esclavizados por ellos.

Pocos propósitos -más aún en fechas navideñas, ficticiamente concienciados por la exaltación que producen la ingesta de alcohol y las numerosas reuniones sociales- no se pronuncian en voz muy alta con la boca muy pequeña, enumerados con la gratuidad propia de quien le hace una promesa a alguien con las manos escondidas detrás de la espalda y los dedos cruzados. Tal vez por eso siempre traté de proyectar mis propósitos en silencio, sobrio y en la más estricta intimidad, sin comunicarlos a viva voz para no arriesgarme a defraudar a nadie y nunca durante festividades de ninguna índole, sino al final del verano, en esa época no definida, previa al otoño, en que la luz se siente como herida o humillada y declina mortecinamente lo mismo que la tonalidad del día durante un eclipse parcial de sol, quizá atendiendo, de un modo subconsciente, a esos años escolares en que el inicio de un nuevo curso inducía a realizar una tarea de redención y promesas por cumplir para tratar de no cometer los mismos errores que en cursos anteriores. Y es que el final de algo -del verano, del año, del amor- siempre nos conduce a albergar desmesuradas esperanzas sobre la buena praxis que lograremos durante el inicio de otro algo. En ese periodo previo a su realización, de transición y expectativa, no resulta difícil estar a la altura, plantarle cara a las posibles adversidades que puedan presentarse y mantener una fe, incólume por desvirtuada, en nosotros mismos y en nuestra total disposición para llevar a buen puerto lo que con tanta ilusión hemos planificado. Lo complicado viene después, tras la intensa y prolongada luminosidad del verano y la exaltación de la borrachera y la idealización del enamoramiento, cuando la ingeniería endeble de la esperanza requiere el refuerzo de la disciplina para seguir manteniendo ese romántico rango, y hay que seguir abriendo esos libros de texto aunque ahora nos asqueen, y tirar el tabaco y los ceniceros de la casa a la basura, y calzarse las deportivas, y pelarse la fruta, y obligarnos a tomar más verdura, y descolgar el teléfono y quedar para tomar una cerveza, e ignorar las sutiles o no tan sutiles proposiciones que nos hace la compañera de trabajo o la camarera donde vamos a tomar café, y prestar atención a los juegos que proponen nuestros hijos, y empeñarnos en dedicar más tiempo a los estudios, y ser más diplomáticos con las opiniones formuladas por la familia, y levantarnos recién acabados de comer para fregar los platos, y hacer ganas con humor e imaginación cuando el marido nos abraza por detrás y nos susurra cariñosamente alguna marranada al oído.

 No obstante, y pese a nuestra tendencia innata a la volubilidad y la procrastinación, lo bueno (o lo malo, según se mire) de los propósitos es que, cumplidos o no, sin ellos somos menos que nada. No cumplidos no somos nadie, pero no visualizados en nuestra cabeza, ni tan siquiera, somos aún menos que nadie. Como el adicto que no se digna a plantearse al menos el ingresar en una clínica de desintoxicación. Como el terrorista retirado que, además de ser un asesino, se jacta de sus crímenes y su soberbia al no mostrar arrepentimiento alguno por las vidas que ha arrebatado durante su trayectoria delictiva. Tener propósitos (aunque no lleguen a cumplirse, aunque puedan parecer absurdos o pueriles) es mejor que no tenerlos; nos hace personas de provecho o, si no tanto, al menos nos aleja de ese tipo de maldad idiota que es promovida por la desocupación, el exceso de tiempo libre y el ocio sin límites. En el éxito de su realización influyen muchos factores, muchos de ellos ajenos a nuestra voluntad -las circunstancias, los miedos y fobias propios de un carácter apocado, la decepción o la tristeza-, pero en su fracaso únicamente es responsable nuestra falta para plantearnos siquiera el tenerlos. Porque no tener éxito no significa haber fracasado, pero haber fracasado implica, a la fuerza, el no haber tenido éxito.  

martes, 14 de enero de 2014

"El azar de la mujer rubia", de Manuel Vicent




Hacía ya algún tiempo que sentía un interés especial por leer esta novela. Tal vez cierta nostalgia (que quizá muchos lectores compartan conmigo, pese a ser yo demasiado joven para desarrollar algún tipo concreto de melancolía) hacia un tiempo en que la clase política de este país era de otra casta -no sé si mejor o peor, aunque aparentemente menos agresiva, menos lesiva para con la ciudadanía y, precisamente por ello, más convincente- hayan sido las razones por las que la última obra de Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936) suscitase en mí tantas expectativas desde su aparición en las librerías. Gracias a la cortesía de Punto de Lectura he tenido la ocasión de leerla, y el resultado ha sido, cuanto menos, sorprendente. Hacen falta no pocas dosis de valentía y arrojo para atreverse a componer una ficción literaria a partir de personajes reales, históricos, pero que aún viven, sin que la tarea no sea fácilmente allanada por la censura y la incomprensión a la que se ven sometidas esas figuras públicas que ya están muertas, que no poseen derecho a réplica para aclarar o denunciar si los hechos que se les atribuyen en la obra escrita son verídicos o inciertos. Una novela de estas características, que incluye protagonistas que también (y todavía) lo son en la realidad, puede acarrear muchas críticas -de hecho, he podido leer algunas navegando por la red-, aunque, como en este caso, el autor se haya guardado las espaldas anexando al final de sus páginas una breve nota aclaratoria para explicar que "las novelas crean realidades en sí mismas, con su propia dinámica", y que la cosa no va más allá del deleite que produce escribir (para el escritor) y leer (para el lector agudo) un mero juego literario. 

Hay tres principales entre estas páginas, pero el gran protagonista de esta peculiar historia a caballo entre la ficción y la realidad no es otro que Adolfo Suárez, figura a todas luces emblemática de la reciente historia de España que ahora, en estos momentos, en tiempo real, está viviendo sus horas más bajas, afectado por una enfermedad neurológica que le ha hecho perder la memoria. De él se ha dicho que fue el mejor presidente del gobierno que ha tenido este país, y aunque esta opinión quizá no sea compartida por algunos, resulta indudable su enorme aportación a la Transición y la simpatía que despertó entre el pueblo, gracias a su disposición al diálogo con quienes no compartían sus ideas -legalizó el Partido Comunista, tras la muerte del dictador Franco-, a su valentía en los hechos acaecidos durante el intento de golpe de estado del 23-F -se enfrentó al golpista Tejero para salvar a su amigo el teniente general Gutiérrez Mellado- y a su cercanía con el populacho cuando, con sus propias manos y en mangas de camisa, rescató a algunos heridos de entre los escombros del repentino hundimiento de un restaurante. "Toda personalidad excepcional está condenada a la soledad y Suárez no fue una excepción", ha dicho el periodista Fermín Bocos. Porque estoy de acuerdo, y porque no he visto en esta novela nada que pueda resultar ofensivo, más allá del juego literario, para el ex presidente, he creído asistir en estas páginas a un homenaje con una carga considerable de buen humor y no menos imaginación. 

El azar de la mujer rubia recompone, mediante la sátira, el triángulo amoroso que presuntamente formaron Adolfo Suárez, la política y eurodiputada española Carmen Díez de Rivera y el rey Juan Carlos I. Entre sus páginas nos encontraremos los hechos más importantes y recientes de la historia de España, relatados desde la ficción que suscita la neblina de la desmemoria actual de Suárez, perdido en un mundo de fantasmas, que deberá ir ordenando y diferenciando los recuerdos reales de los recuerdos apócrifos para reconstruir la historia del país desde el periodo pre constitucional hasta nuestros días. 

Manuel Vicent ha parido una novela que no dejará indiferente a nadie, para bien o para mal, con el coraje y la pericia a que nos tiene acostumbrados para abordar la historia y hacerla maleable mediante el humor, la inteligencia y el alto nivel de su imaginación. Lo de menos es si los pormenores de la vida íntima y personal del ex presidente ocurrieron tal y como se describen o no; la novela de Vicent es un curso acelerado, ameno y divertido de la historia más reciente de España, una crítica mordaz a los políticos que hemos ido eligiendo en la actualidad y, además -y sobre todo-, un rescate del olvido de una de las personalidades más sólidas y queridas que ha dado este país.


Título: El azar de la mujer rubia

Autor: Manuel Vicent

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2776-3

Nº de páginas: 256

lunes, 6 de enero de 2014

"El Robinson urbano", de Antonio Muñoz Molina




Ando releyendo en estos días la ópera prima de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 10 de enero de 1956), un delgado volumen que recopila treinta y dos de los artículos que escribió para el Diario de Granada entre mayo de 1982 y julio de 1983, y que ya auguraba un próspero futuro en las letras para uno de los escritores más importantes y sólidos con los que tenemos el enorme placer de contar en este país. Mi admiración por el "andaluz universal", como se le ha venido llamando desde que en el ya fenecido año 2013 le concedieran el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, no es nueva: varias reseñas más un parco homenaje, en esta malograda bitácora, atestiguan el profundo respeto que siento por el trabajo y la humildad del autor jienense afincado en Madrid y Nueva York. Me asomé a su obra, sin embargo, bastante tarde, allá por el 2005, con la lectura de su magnífica segunda novela, El invierno en Lisboa, a la que siguieron Beatus Ille (no menos magnífica) y Beltenebros. El volumen que aquí me ocupa debió ser el cuarto o quinto libro que leí de él, y me sorprendió comprobar que había sido el primero que había escrito, porque pensaba que en este país ya no quedaban escritores que se dieran a conocer cultivando primero el género del articulismo y escribiendo en diarios -menos aún en diarios de provincias-, siguiendo la tradición de autores como Larra y Ganivet.

Según he leído por ahí, buscando bucear un poco más en las vicisitudes de la construcción y edición de este volumen, poco le faltó a El Robinson urbano para no ser publicado. Inmediatamente después de terminarse la serie de artículos (que originariamente fueron cuarenta y uno los aparecidos en el Diario de Granada), en la segunda mitad de 1983, el poeta granadino José Gutiérrez trató de convencer a Muñoz Molina de que "aquellos artículos tenían la suficiente entidad literaria y la necesaria unidad de estilo como para que tuvieran acomodo en las páginas de un libro". Sin embargo, el autor jienense no mostraba ningún signo de ambición literaria, más allá del propio hecho de escribir, ni le preocupaba lo más mínimo darse a conocer como escritor, prueba más de su humildad y su talento. Hizo falta también la insistencia de otros amigos del autor de Plenilunio, como el poeta Rafael Juárez y el pintor Juan Vida, para que al fin se animase a autofinanciarse una edición de trescientos ejemplares, aunque no le parecía correcto que un autor editara su propia obra. El volumen daría muchos tumbos y pasaría por muchas manos, incluidas las de los poetas Luis García Montero (que le hizo alguna reseña literaria y animó al autor de Úbeda a enviar ejemplares dedicados a celebridades literarias) y Pere Gimferrer (quien le preguntó a Muñoz Molina si en ese momento se encontraba escribiendo alguna novela), y por fin, en 1993, tras los éxitos de Beatus Ille y El invierno en Lisboa, la editorial Seix Barral decidió reeditarla como se merecía.

Escritos al modo de una crónica, los artículos que contiene este volumen son un canto a la ciudad de Granada, lugar que ha significado para Antonio Muñoz Molina un territorio íntimo y personal, una particular Alejandría, con una marcada impronta. Allí escribió sus primeros artículos, relatos y novelas, y tuvo a dos de sus hijos. Parapetado tras los personajes de Robinson y Apolodoro, la voz tan personal de Muñoz Molina se vale de la denominada "poética del café" para transportarnos a sus calles y plazas, a sus patios, su arte y, sobre todo, a esa Granada que no aparece en las guías turísticas, no limitándose a recrear un folclórico paisaje grotescamente español, sino a ensalzar su cosmopolitismo haciendo múltiples referencias a Poe, Buñuel, Borges, Murillo, Baudelaire, De Quincey, a hechos históricos, a la mitología y las vanguardias de la época. Los contenidos de sus artículos, ya desde entonces, rezuman una madurez literaria que se corroboraría tiempo después en el resto de su obra, y ya en ellos es característica la depurada prosa y el trabajo arduo de ornamentación (que no peca de innecesaria, como ocurriría con autores menos avezados) con que el autor jienense se ha merecido un lugar de honor en las letras españolas.

Antonio Muñoz Molina nos demuestra en estas páginas la importancia que debe tener para un artista el saber mirar el mundo sin ser visto, la trascendencia que existe más en el contar que en el opinar y lo poco o nada que importa la temática de un libro, siempre y cuando esté bien abordada, relatada y construida.














Título: El Robinson urbano

Autor: Antonio Muñoz Molina

Editorial: Seix Barral

ISBN: 978-84-322-0685-7

Nº de páginas: 146

"El tipo más raro del mundo", de Derek B. Miller




Comienzo el año con la lectura de El tipo más raro del mundo, la primera novela de Derek B. Miller, bostoniano que lleva ya más de quince años fuera de Estados Unidos y al que su trabajo como director del The Policy Lab -institución dedicada a la búsqueda política de soluciones para conflictos y problemas sociales- y como miembro del Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme le ha conducido a vivir en sitios tan dispares como Israel, Inglaterra, Hungría, Suiza y, actualmente, en Noruega, donde reside con su mujer y sus hijos. Con ese currículum en su haber, no es de extrañar que Miller haya parido una historia tan divertidamente aguerrida, que de ser llevada al celuloide podría ser dirigida e interpretada por el mismísimo Clint Eastwood. Y es que su personaje principal, Sheldon Horowitz, guarda no pocas similitudes con el protagonista de Gran Torino: su misma tosquedad al expresarse, su misma incapacidad para abrirse en sentimientos, su mismo amor hacia su mujer fallecida, sus mismas críticas feroces hacia cuestiones como el patriotismo o la inmigración. Tanto es así, que fuera del contexto en que está enmarcado el personaje, con sus motivos y razones y demonios interiores bien argumentados por el narrador de la historia, algún amigo del fariseísmo más casposo y de lo políticamente correcto, con poca capacidad comprensora al leer, podría llevarse las manos a la cabeza y tildar esta novela de racista o xenófoba. 

Derek B. Miller (o, en su defecto, el narrador de esta historia) deja clara su posición, en un tramo de la novela, acerca de esa desacerbada tolerancia, rayana en la imbecilidad, que se nos obliga a tener con etnias, razas y religiones que, históricamente, a lo largo de los años, han mostrado su propia intolerancia hacia todo aquello que fuera ajeno a sus propias costumbres: "Los liberales pedían tolerancia ilimitada, los conservadores eran racistas y xenófobos, y todo el mundo debatía desde posiciones filosóficas que no se fundamentaban con hechos, de modo que no tenían en cuenta la verdadera pregunta que preocupaba a toda la civilización occidental: ¿cuán tolerantes hemos de ser con la intolerancia?" El mismo Sheldon Horowitz, inusual héroe de esta historia, que es judío y, además, ex marine, conserva esa desmesurada susceptibilidad y ese descreimiento hacia las buenas intenciones de los demás que han solido desarrollar los pueblos más oprimidos, creyendo a todo el mundo, a poco que una opinión emitida no resulta satisfactoria, un nazi o un negrero sureño. 

Sheldon Horowitz no es un tipo fácil de manejar. Con ochenta y dos años, y recién enviudado, se ha mudado a Oslo desde Nueva York para vivir allí con su nieta Rhea y el marido de ésta. No le gusta el cambio, pero Rhea siempre ha sido como su propia hija, y además se siente culpable por el fallecimiento de Saul, su único hijo, en Vietnam, al que no cesó de conminar para que sirviera a su país como él lo había hecho en Corea y quiso hacerlo en Alemania pero no pudo, por ser demasiado joven, para luchar contra los que estaban llevando a su comunidad a los campos de exterminio. Está peleado con Dios, y la demencia que los demás le achacan le hace ver coreanos y antisemitas apostados tras cada esquina. El fin de la guerra le llevó a cambiar la mira telescópica de su rifle de francotirador de élite por el objetivo de una cámara fotográfica, y durante algún tiempo la fotografía le reportó no poco consuelo. Un día, en el edificio en el que vive con su nieta, decide a ayudar a una mujer y a su hijo pequeño a zafarse de su maltratador. El resultado de ese acto valiente y temerario a un mismo tiempo es el asesinato de la mujer, y la huida del anciano con el pequeño por un país que desconoce, viéndose inmerso en una persecución acuciante por un grupo de matones albano-kosovares y por la policía. El estrecho vínculo que creará con el niño, con quien por compartir no comparte ni el mismo idioma, hará que Horowitz quiera resarcirse de sus errores y decida enfrentarse hasta las últimas consecuencias con sus propios demonios, a pesar de ser un anciano con un sinfín de achaques, a pesar de que, en el pasado, su sargento de instrucción le dijo: "No somos cazadores. Estamos diseñados como presa y nuestros sentidos nos controlan como tales."

No se asusten los que crean que entre estas páginas van a encontrarse un bodrio bélico al estilo de las novelas de Tom Clancy. La historia engloba los avatares de la guerra como medio para explicar los complejos, miedos y frustraciones de algunas sociedades, pero no es principalmente su hilo conductor. Miller nos trae una parábola política cargada de humor amargo y muchas dosis de ternura, y se atreve a pronunciar opiniones que muchos piensan y pocos dicen. El resultado es una novela notable, que sorprende en un tipo aparentemente alejado de la literatura, y a más de un literato consagrado le habría gustado conseguir un acabado parecido para sus propias obras.






Título: El tipo más raro del mundo

Autor: Derek B. Miller

Editorial: Espasa

ISBN: 978-84-670-3830-9

Nº de páginas: 304

domingo, 5 de enero de 2014

A Julieta no se la elige




Hay ilusiones sólidamente erigidas contra todo pronóstico que no consiguen desarbolar ni los tifones más cruentos de la decepción. A riesgo de parecer un pobre iluso, y aunque a lo largo de toda su vida le hayan aparecido al paso un notable número de tibios de corazón a chivarle al oído, como alcahuetas malintencionadas de una comunidad de vecinos, que hoy en día cualquier ejercicio emocional está denostado y es síntoma infecto de cursilería y sentimentalismo barato tan propio de algún Quijote asomado al ocaso desde la ventana enrejada de su cuarto en un sanatorio mental, él albergaba la sospecha de que el amor verdadero debía existir, con esa cualidad laxa de premonición, que prefigura poca seriedad en su argumentación y hace pasar por loco a quien la comparte, que tienen las certezas emitidas antes de poder ser demostradas. Decía Aristóteles que la sabiduría es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad; y él, que ahora conduce de vuelta a casa con una sonrisa de orgullo contenida en los labios por no parecer vanidoso, que se ha pasado la vida buscando refugios contra la adversidad (y huyendo luego de esos refugios que encontró en huidas anteriores, como escribió con tanto acierto Antonio Muñoz Molina en su primer libro), que hace menos de un minuto que se ha despedido de ella y no le cabe ya la menor duda de que hace dos años y medio encontró el amor verdadero, no necesita demostrarle a esas alcahuetas malintencionadas que estaban equivocadas. Porque la prosperidad no se explica –si ahora pudiese estar mirando tus ojos, iba a estar escribiendo aquí esta canción, canta una voz gloriosa en el radio cd de su coche-, y él sabe que las personas menos libres son precisamente las que gastan todo su tiempo y sus energías en tratar de demostrar que lo son. También que los tibios de corazón y los detractores más acérrimos del sentimiento abierto y diáfano (que es el más llamado a ser vulnerado pero también, en realidad, el único posible para que adquiera el rango de verdadero y no quede en mera veleidad literaria) son los que más se empeñan en buscar, aunque erróneamente –en modas pasajeras, en canciones efímeras, en geografías de tránsito para vacaciones de verano, en la promiscuidad de una sola vez durante miles de ocasiones con mil desconocidos, en estúpidos juegos de seducción que pretenden ser un enardecimiento de la no dependencia afectiva pero no pasan más que por una inmerecida provocación de los celos de la persona que nos ama para mantenerla en vilo y hacerla dependiente, queriendo para ella lo que no queremos para nosotros mismos-, algo que se parezca mínimamente al amor.

Porque la persona a la que ama se hace llamar Maga, y porque él siempre padeció algo del idealismo enconado y la fe descreída de Horacio Oliveira, se acuerda ahora, con motivo de la hipocresía de esos tibios de corazón y mientras conduce despacio frente al Parque de la Cuña Verde de Latina, no el de O´Donnell –lugar emblemático para los dos, de seguro más para ella que para él, aunque en todo caso magnífico skyline del florecimiento de sus sentimientos en las primeras noches y de una ciudad prodigiosa que, según él, lo vio volver a nacer-, de un fragmento de la novela Rayuela, de Julio Cortázar: Lo que mucha gente llama amar es elegir a una mujer y casarse. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Pero los tibios de corazón, las alcahuetas malintencionadas, los inquisidores de lo que en estos tiempos se viene llamando cursilería, los tribunales literarios que se empeñan en darle la extremaunción a Neruda y a Bécquer, siguen empeñándose en elegir sus sentimientos, en mantener un autocontrol emocional que no es posible más allá de la bisectriz umbría y húmeda de los genitales, en registrarse en cuentas de redes sociales de citas, en pagar a agencias matrimoniales, en asistir a programas de televisión donde un individuo o individua se sienta en un trono de dudosa majestad, en nombre del amor, a despreciar a pretendientes y pretendientas que a su vez los desprecian a ellos, también en nombre del amor. Hay quien se escandaliza y tacha de inmadura a la pareja que decide formalizar prontamente su relación, presentándose a sus respectivas familias o yéndose a vivir juntos o proponiendo una fecha para contraer matrimonio, con una premura que resulta intolerable para esas personas que no han encontrado aún a su pareja ideal o viven los sinsabores de su actual y fallida relación, pero que es tan indispensable para aquellos que al fin están viviendo su sueño. Hay quien afirma que es contraproducente sincerarse en parte o del todo con la pareja, y tilda de puritano a quien ha decidido entregarle a la persona que ama todo su mundo, el embarazo de su pasado, la incertidumbre de su presente, sus proyectos para el futuro, sus miedos más incomprensibles y los más inconfesables secretos, no entendiendo que para algunas personas –cada vez menos- la mentira requiere de tantos e interminables recursos logísticos, buena memoria y dudosas lealtades y turbias complicidades con confesores que, a una, también son potenciales delatores, que puede llegar a resultar agotadora y, por lo tanto, conviene cuestionarse si merece la pena. Pocos saben, lejos de los versos de a céntimo la rima y de las comedias románticas americanas y de las citas a ciegas, que el amor es una responsabilidad hermosa en un mundo donde las responsabilidades, a menudo, no suelen ser hermosas. Llega un momento en el que al amor es necesario tenerle la nevera llena, y acompañarle al médico, e interesarse por el estado de su familia, y tomarle la fiebre, e incluso cambiarle los pañales o abrocharle torpemente la chaqueta, con las falanges de los dedos comidas por la artrosis, llegados a un punto muy avanzado de la vejez. Y ahí, entonces, deberán callar las malas lenguas, la cursilería entrevista en un principio adquirirá la solidez irrefutable de un objetivo cumplido con esfuerzo y tesón, las alcahuetas malintencionadas bisbisearán en los oídos de los nuevos amores sus presagios fatalistas y puede incluso que su envidia, los tibios de corazón tendrán que admitir que siempre existirán Julietas (y Romeos), y Beatrices (y Dantes),  que es posible el sentimiento unilateral y su longevidad en el tiempo, posible encontrar a esa persona que parece tener el poder de leerte la mente y atender a tus necesidades y legarte ella las suyas, no como una tormentosa obligación sino como un regalo de su vulnerabilidad y su confianza, porque sabe que podrías destruirla y no lo haces, porque sabe (y sabes) que podría destruirte y no lo hace.


Detiene un momento el coche en doble fila, enciende un cigarrillo del paquete que ella le ha comprado –el amor también puede ser no prender el último cigarrillo que queda para reservárselo a la persona amada- y contempla con espiritualidad la extensión del parque, los vericuetos de sus senderos y sus lomas desde donde Madrid se entrega desde la altura, abriéndose como esa verdad de amor que vilipendian los tibios de corazón a quien sabe mirarla como lo que realmente es: el paisaje y la geografía y el hermoso territorio que vio crecer y acogió, con sus luces y sombras, a la persona que sabe que amará hasta el fin de los días, y aun si algún día ella dejara de amarle a él.