"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Desgracia", de J.M. Coetzee




De las novelas de John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 9 de febrero de 1940) dice Javier Marías que son luminosas y desconcertantes. Si bien es cierto que con lo segundo no puedo estar más de acuerdo, no lo es menos que el primer adjetivo me chirría bastante, al menos con Desgracia, novela que suscita una extraña fascinación y que al autor sudafricano (aunque nacionalizado en Australia, país en el que reside actualmente) le valió su segundo Premio Booker, convirtiéndose así en el primer escritor que había conseguido en dos ocasiones el prestigioso galardón. Y es que sucede con esta obra que, a la fascinación que he comentado antes, le precede y se le suma la repulsa. Esto hace que este libro sea difícil de digerir, aunque esta característica se deba a las portentosas dotes de narración de su autor. Como un actor al que odiamos por ser magistral interpretando a personajes malvados, a esta obra he llegado a odiarla por lo bien que están descritas algunas de las bajas pasiones más deleznables del ser humano; un marco ambiguo dentro de la legalidad, unido a la asfixiante resignación de algunos de sus personajes, convierten en escandalosas las revelaciones entre estas páginas. Y sin necesidad de recurrir a los métodos del Marqués de Sade (que, como bien dijo Vargas Llosa, aunque con otras palabras, es quien es por haber sido el primero en escribir tales cosas, y no por su dudoso talento literario) o los de Henry Miller, ese escritor disperso e inconexo que le debe todo a una mujer y a la dopada admiración de la Generación Beat y Bukowski; en esta historia no hay nada soez, salvo la turbia intencionalidad de sus personajes. Bravo por Coetzee.

Con todo, hay tramos de esta novela que pueden resultar algo confusos si el lector carece de toda noción sobre la ola de criminalidad y los problemas raciales de Sudáfrica. Algunos de los personajes que transitan por esta novela hablan dialectos locales, pertenecientes a las tribus de la región, y a ellos hay que sumarles las costumbres y leyes para con sus miembros y los vecinos de esas tribus, del todo machistas y vejatorias a la vista de los países más desarrollados. Se hace necesario, entonces, informarse un poco sobre el tema o andar ya en preaviso, si no se quieren hacer prematuros juicios de valores o que ligeras moralinas nos estropeen la lectura o nos conduzcan a tomar a un gran escritor por lo que no es. 

David Lurie tiene cincuenta y dos años, dos divorcios a sus espaldas, una hija seudohippie y poco de lo que enorgullecerse. Incompleto con su trabajo de profesor de universidad, su única aspiración en la vida es aplacar su deseo sexual. Cuando una alumna le denuncia, tras acceder a acostarse con él después de un obstinado trabajo de seducción rayano en el acoso por parte del profesor, David preferirá renunciar a su puesto antes que pedir disculpas a los padres de la muchacha y a la propia universidad. Con ello se gana el rechazo de todos sus vecinos, y con la reputación echada a perder decide irse a vivir con su hija lesbiana a la granja que esta dirige sola, convencida de que los recursos que le da la tierra es lo único que necesita para vivir. Con una clara incompatibilidad de caracteres, y a regañadientes -o tal vez porque no le queda más remedio, hundidos ya su buen nombre y su carrera-, accede a ayudarla en sus tareas agrícolas y de recogida de perros abandonados. Entretanto, en sus ratos libres, el profesor prepara una ópera sobre Byron y su amante, hasta que tres individuos, familiares del vecino y ayudante que la hija paga para los trabajos más duros de la granja, irrumpen en la propiedad y violan a la chica mientras a él tratan de quemarlo vivo. A partir de ahí, la convivencia se hará del todo insoportable con su hija, al ver cómo acata la agresión a la que ha sido sometida por personas que son de la misma sangre que el ayudante al que tiene asalariado. 

Unas afiladas dotes analíticas por parte del autor, sumadas a su capacidad para describir desde todos los puntos de vista comportamientos escandalosos o incomprensibles, consiguen que el lector sienta antipatía por casi cada uno de los personajes que aparecen en esta novela: por David Lurie, cuyo obsceno ahínco por seducir a su alumna está muy cerca de hermanarse con el perfil de un pederasta o un violador; por la alumna del profesor, que prefiere elaborar una denuncia falsa antes que admitir que no tuvo personalidad y se lió con quien no debía; por la hija de David, con su resignación sobrehumana, su pusilanimidad y su negación de unos hechos que le han destrozado la vida y con los que tendrá que lidiar hasta el fin de sus días, ya que sus agresores viven al lado de ella; por el ayudante de la hija de David y sus eternas disculpas hacia los familiares que han violado a su jefa y vecina, con el propósito soterrado de convertirse en breve en el dueño de todas las tierras. A todo ello, y a modo de guinda, Coetzee deja entrever los signos de una venganza divina hacia el lascivo profesor, tan sumamente brutal que al final no será difícil compadecerse de él, aunque con el buen gusto de no caer en pormenores escabrosos, permitiendo en la narración cortes oportunos en los momentos más duros y sugiriendo más que diciendo, a la manera del William Faulkner de Santuario.

Una obra envidiable, en definitiva, que despertará en el lector una náusea, pero a partir de razonamientos tan concienzudamente elaborados y una prosa tan compacta que el lector no podrá apartar los ojos de la lectura, con esa fascinación que a veces nos producen las cosas más oscuras de este mundo. Absténgase de leerla las conciencias más sensibles. 


Título: Desgracia

Autor: J.M. Coetzee

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9759-944-3

Nº de páginas: 272


2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Tengo muchas ganas de leerlo, no sólo por tu gran reseña, sino por tu recomendación, seguro que no me defrauda. TE AMO CON TODA EL ALMA CARIÑO.

Raúl Viso dijo...

Indiferente no te dejará, de eso no tengo la menor duda. TE AMO, MI NIÑA.