"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 1 de junio de 2014

"La invención del amor", de José Ovejero




Un soberbio ejercicio de imaginación es el resultado del último trabajo de José Ovejero (Madrid, 1958), La invención del amor, una historia truculenta acerca de la suplantación de identidades que mereció ser ganadora del Premio Alfaguara de novela 2013. Ya desde la primera página se despliegan las dotes de un escritor todoterreno, que ha cultivado todos los géneros, y en el que parecen innatas la arrolladora fuerza de su imaginación y esa capacidad pasmosa para hacernos creer que es sencillo inventar una nueva existencia de la noche a la mañana. Ovejero nos convence, rotura como con un tiralíneas el escenario propicio a ese hastío indefinido que domina la vida de muchas personas -"y miré aquellos días, pude abarcarlos todos con la memoria, / y los sentí vividos sin dolor, y sin amor vividos.", escribió desde una idéntica desidia Francisco Brines- y desde ese punto muerto erige una nueva existencia, esculpiendo en cenizas una ficción literaria sólida y absorvente, protagonizada por un personaje que va relatándonos en tiempo real sus desavenencias con el compromiso y que opta, para darle pasión a su vida anodina, por ejecutar un vuelo de vencejo tan acrobático como suicida.

Hay fascinaciones que fulgen con una fuerza arrolladora hasta casi convertirse en obsesiones, y es más susceptible de caer en ellas quien considera que, mereciendo no obstante la pena, su vida hace tiempo que ha ingresado en rutinas insoportables, en la dinámica engullidora de una espiral sin trascendencia. No es tema baladí como para no plasmarlo en una novela, y sumamente difícil trasvasarlo al papel con la pericia y la credibilidad con que lo ha hecho José Ovejero. El descreimiento y el sopor de una vida agotada de magia se susurran en estas páginas al modo de una confesión que, emitida desde un humor cansado, nos revela la necesidad de un cambio drástico, de un giro de los acontecimientos que logren reinventar la existencia. Dos recursos primordiales son de los que se vale el autor madrileño para dar cuerpo a tales argumentos: la voz particular, en primera persona, del protagonista de esta novela, y los diálogos que -cosa extraña en literatura, y por ello muy meritorios-, siendo coloquiales y cercanos, ordinarios y comunes en el día a día de cualquier persona a pie de calle, están lejos de caer en vulgaridades y no pierden ni un ápice de autenticidad durante todo el relato.

Cada atardecer, Samuel se asoma a su terraza en el ático desde donde la ciudad de Madrid se ofrece con sus luces y sombras, observa el vuelo acrobático de los vencejos y medita acerca del vacío que, sin llegar a amenazar su vida, lo precipita al tedio de quienes están de vuelta sin haber salido nunca al mundo. Sabe que el amor sería un importante motor para su vida, pero se siente incapacitado para el compromiso, y por eso gasta el ocaso de su juventud en relaciones esporádicas. Una madrugada, alguien telefonea a su número para anunciarle que Clara ha fallecido. Él no es el Samuel por quien preguntan, pero en ese acontecimiento inesperado consigue ver una salida a los rituales y ceremonias vacuas de su día a día, y no dudará en suplantar esa identidad, primero presentándose al funeral de Clara y luego inventando una historia de amor con ella para Carina, la hermana de la difunta. Ingresa de este modo en un juego en el que, a cada nuevo paso, con cada nueva invención, corre el riesgo de perder el control.

José Ovejero ha dado a luz una historia que mantiene en vilo al lector, expectante en todo momento de las dotes de Samuel para salir del paso en su red de invenciones y mentiras, a la manera de un Tom Ripley patrio. Pero, muy al contrario de lo que sucede con el inquietante personaje de Patricia Highsmith, las intenciones de Samuel distan mucho de ser oscuras, y así se hace patente el propósito de una historia con enorme fuerza que nos habla del poder de la imaginación y de los dones revitalizantes del amor. La ficción como salvoconducto que nos permita huir de los aspectos más detestablemente mundanos de la existencia, tema hermoso donde los haya que Ovejero nos plantea aquí con dosis idóneas de anhelo, misterio y humor amargo. Redonda.