"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 7 de mayo de 2014

"Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy




Por motivo de unos errores garrafales encontrados en las anteriores reseñas que hice de las dos primeras novelas que componen la Trilogía de la frontera -Todos los hermosos caballos y En la frontera-, que junto con el resto de su obra han encumbrado a Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1933) como a uno de los cuatro escritores norteamericanos más importantes de su tiempo, y tras la lectura reciente de la última entrega de la saga, Ciudades de la llanura, pensé en deshacer todo el trabajo y escribir una suerte de monográfico, a modo de fe de erratas, de este conjunto de novelas. No suelo dedicarle mucho tiempo ni cuidado a esta malograda bitácora -al menos, no todo el tiempo y el cuidado que yo le dedicaría para lograr de ella un resultado aceptable-, y además considero que la arruga es bella; porque son cuatro años ya escribiendo mal y rápido en este blog, y a un servidor le aflora cierta ternura cuando pincha en las etiquetas y relee las primeras entradas que publicó por aquí, con su enorme bagaje (que no carga) de errores. Entre ellos, el que cometí al afirmar antes de tiempo que la saga de novelas de McCarthy no era una trilogía. No una, sino dos veces lo escribí: la primera, cuando comencé a atreverme a hacer reseñas literarias y elegí para ese menester la magnífica novela que acababa de leer, En la frontera; la segunda, años después, cuando al fin pude abordar la obra que dio la fama y el éxito al escritor estadounidense, Todos los hermosos caballos, y que el actor y director de cine Billy Bob Thornton se empeñó en convertir en un pastel de película, no apta para diabéticos. Por romper una lanza a mi favor (aunque sin justificación por hacer aseveraciones y juicios inmediatos sin haber leído antes toda la obra), diré que estas dos primeras novelas de la trilogía no guardan ninguna relación entre sí, salvo un paisaje común, que es muestra de una espiritualidad que no pueden conseguir ni las propias religiones, y una misma denuncia por esas formas de vida y esos oficios que van perdiéndose a medida que el mundo cambia; pueden leerse de manera independiente sin ningún problema, y de hecho yo, como ya he dicho, comencé a leer esta trilogía por su segunda entrega, continuando luego con la primera, sin que en ningún momento tuviera la más mínima sensación de falta de coherencia en cada una de las lecturas. Es al leer la tercera entrega, Ciudades de la llanura, que la denominación trilogía cobra todo su sentido: John Grady Cole, protagonista de Todos los hermosos caballos, y Billy Parham, héroe cansado de En la frontera, se encuentran en esta novela para hacer de su mutuo desarraigo una aventura unánime y uno de los cantos más hermosos a la amistad que se hayan escrito en la historia de la literatura -si no universal, al menos americana-, con permiso de De ratones y hombres, de John Steinbeck.

No me cabe ninguna duda de que la historia siempre pone a los buenos escritores, tarde o temprano, tanto si han gozado de éxito en vida como si no, donde merecen estar -por extensión, a los mediocres también-, y por eso no me tiembla el pulso al teclear que Cormac McCarthy está llamado a ser un autor que, incluso póstumamente, siempre gozará de buena salud, que leerán nuestros nietos y nuestros biznietos (si es que no se pierde el buen hábito de la lectura), y que tendrán el merecimiento de codearse, en el Olimpo de los escritores, con colegas de oficio de la talla de Faulkner y Melville, con los que ya se le compara, aunque ya sabemos todos que, por lo general, las comparaciones suelen ser odiosas, cuando no despectivas. Ni maldita la falta que le hacen: McCarthy ha conquistado con su prosa de sobresalto, sincopada y de pocas pausas, repleta de descripciones, que ha sido criticada por muchos pero que ha resultado totalmente efectiva para lograr la veracidad de unos personajes que están siempre en constante movimiento y cuyos incesantes pasos y mudanzas no son sino un alegato a la conservación del paisaje interior que todos guardamos dentro, impronta pura de los lugares que nos vieron nacer y crecer, sufrir, amar, vivir en suma como quisimos, como nos dejaron las circunstancias o los otros, o nos permitimos nosotros mismos vivir. Hay que entender que, para un escritor cuya vida siempre ha estado envuelta en la leyenda, que ha mudado infinidad de veces de escena, camisa y oficio, siendo además un lector tan tardío, la importancia que le da al paisaje -espiritualizándolo, por así decirlo, y de ahí ese ramalazo apocalípticamente bíblico de que se invisten todos los escenarios de sus novelas- es el empuje esencial de su obra, y no existe paisaje bien desarrollado sin descripciones, por más que les pese a esos lectores que no gustan del placer de la contemplación a través de los ojos de otros. 

John Grady y Billy Parham tienen muchas cosas en común. Ambos han madurado desde la pérdida y el desarraigo y tienen cicatrices para probarlo -"el profundo conocimiento de que belleza y pérdida son una misma cosa", se dice en un tramo de estas páginas-, y a los dos les encanta la forma de vida que llevan, cada vez más arrinconada por el mundo moderno. Su historia común se desarrolla en 1952, mientras trabajan en un rancho en Nuevo México al que le queda poco para ser expropiado por el ejército. Ellos no lo saben -o tal vez solo lo intuyan-, pero son supervivientes de un mundo donde los valores aún cuentan para ejecutar profesionalmente un trabajo en comunión con la naturaleza, donde el paisaje marca a hierro candente cierta cercanía con Dios y decide, en última instancia, los logros y las derrotas. Cuando John Grady Cole se enamora de una muchacha mexicana obligada a ser prostituta, verá repetida la historia que vivió en otro tiempo. Entretanto, Billy Parham deberá advertir a su amigo del jardín en el que se está metiendo, y tanto él como Grady se verán involucrados en una aventura peligrosa donde valores como la amistad, la valentía, el esfuerzo y el sacrificio marcan la frontera entre permanecer vivo o acabar muerto de la más brutal de las maneras. 

Con pinceladas shakesperianas, McCarthy vuelve a lograr, con esta última entrega de la Trilogía de la frontera, aunar amor y violencia con una belleza que suele ser poco proclive en estos dos géneros. Cada beso duele, cada navajazo reconforta, y una máxima esencial sobrevuela durante todo el contenido de estas páginas: la de que sin valores que nos sostengan, el eje del mal seguirá moviendo las ruedas de este mundo. No nos falte nunca, míster. 




Título: Ciudades de la llanura

Autor: Cormac McCarthy

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9793-739-9

Nº de páginas: 278

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Sé todo lo que disfrutas leyendo a McCarthy y ya solo por eso le tengo un respeto inmenso. Gran reseña, mi vida. TE AMO CON TODA MI ALMA.

Raúl Viso dijo...

Y yo disfruto estando a tu lado. TE AMO CON LOCURA, MI NIÑA.