"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 30 de abril de 2014

Idiotas intangibles




Hay que reconocerlo: a primera vista, y si uno no cultiva el saludable hábito de la lectura, un libro es una cosa que acojona. Piénsenlo bien si son lectores, objetivamente, como si fuese la primera vez que lo ven, lo hojean y lo ojean, lo tocan, lo huelen, a la manera en que un ser extraterrestre nos miraría a los terráqueos: tocho de numerosas páginas, provisto de aristas puntiagudas en sus tapas, a veces con esa letra liliputiense que hasta al más voraz lector hace que le entren ganas de salir corriendo a buscar una edición solvente en la que no tenga que desarrollar al abordarla un astigmatismo galopante, por no hablar de ese olor (para mí maravilloso, pero también me gusta el hedor de una cuadra o del estiércol; es un olor a mierda agradable) a nicho abierto después de mucho tiempo que tienen a veces sus hojas, si el volumen es de saldo, de baratillo, de librería de viejo o de mercadillo solidario, a lo que en este caso habría que sumarle ese polvo antiguo, de ultratumba, que queda perpetuado en la celulosa del papel, que deja en los dedos una sensación de suciedad y anacronismo, y que a los aprensivos como yo nos hace imaginar -quizá estemos en lo cierto- que el anterior dueño de ese libro hace ya tiempo que está muerto. Claro, dirán ustedes -acérrimos lectores- que no es verdad, que un libro es un objeto litúrgico y precioso, que tanto sirve para decorar el mueble del salón como los sofisticados pliegues del alma; pero si nos ceñimos rigurosamente a su aspecto, y además nos metemos en el pellejo de esas personas que no cogen un libro ni para cortar encima de sus tapas el pan y el salchichón, lo cierto es que no tiene pinta de ser algo muy divertido. Hay que reconocerles ese argumento a los que no gustan de tener en sus mesitas de noche un objeto tan soporífero, recio y geométricamente básico, sin lucecitas, sin aplicaciones, sin alarmas ni sonidos ni emoticonos e incluso, la mayoría de las veces, sin fotos ni más imágenes que las que quien lee se forma en su cabeza. Otra cosa muy distinta ya es que no se lea, ni un libro ni la etiqueta del champú, y esta es la razón por la que me he decidido a escribir esta entrada, inducida por una anécdota que me ocurrió el otro día -el Día del Libro, para más inri- mientras hacía unas gestiones en el hospital de Guadalajara.

Traumatología, mediodía, jornada de temperatura gratamente primaveral, listas de espera, sala atestada de personas, más de cincuenta números por delante antes de que pueda acercarme siquiera al mostrador a pedir cita, mi ansiedad medio disparada y ese sentimiento de honda tristeza que me producen las aglomeraciones -tengo una tía que me confesó que a ella se le saltaban las lágrimas cuando entraba en el metro y veía a tanta gente apiñada, porque le infunde tristeza la humanidad, sin saber explicar las razones de tal desasosiego, pero con el que yo me identifico plenamente-, un libro entre mis manos dándome consuelo y tiempo de sobra para fumarme tres cigarrillos e ir a otros departamentos del mismo hospital para hacer otras gestiones. Dentro de la sala hace el mismo calor sucio, humano, que tienen algunos locales de striptease (o cómo cojones se diga) o las salas vip del mismísimo averno; me he quitado la chupa y comienzo a notar humedad en mis axilas, mientras hago un vago reconocimiento de la sala y de sus gentes, y miro por enésima vez la pantalla donde hace ya quince minutos que permanece estático el último número de la vez. Me cabrea que me miren fijamente. Entre los animales, fijar las miradas es signo inequívoco de afrenta, de desafío, de estar peleón y tener ganas de entrar a por uvas. A mí, elemental hasta en eso, me ocurre lo mismo, pero quiere la Providencia o el destino o la impertinencia de la gente que, precisamente por molestarme mucho, siempre haya algún o alguna gilipollas que me haga una radiografía completa cuando espero en algún sitio, sin que el pulso de mi mirada más fría, a veces, les aluda lo más mínimo. Si continúo sosteniéndole la mirada a la gorda que tengo enfrente sé que acabaré acercándome a ella y preguntándole si quiere una puta fotografía con mi autógrafo, así que, no queriendo trifulcas en un hospital, decido enfrascarme en La caverna, de Saramago, y no darle el gusto a la gorda de hacerla creer que quiero declararle amor eterno a la luz del crepúsculo o, en su defecto, seguir los pasos del capitán Ahab.

Lo malo es que no hay ni un solo asiento libre. De hecho, por haber, no hay casi ni un espacio en el que poder permanecer de pie. Escojo un lugar estratégico -estratégico para mis ataques de ansiedad- cerca de la puerta de entrada y salida donde poder leer sin que los codos de nadie me estén haciendo fosfatina los intercostales, y ahí es cuando comienza el show y la razón de que me haya puesto a teclear esta entrada. La primera persona que trata de abrir la puerta sin conseguirlo es una mujer cuarentona, sumergida en la pantalla de su móvil. Tira hacia ella pero la puerta no cede, a lo que me veo en la obligación de decirle que tiene que empujar. No me oye o se piensa que soy un agresor sexual felizmente liberado por la doctrina Parot, porque no me hace ni puto caso y sigue erre que erre, luchando con la puerta, hasta que en un movimiento involuntario la puerta es empujada y se abre al fin. Segunda persona: jubilado rondando los setenta, buen aspecto físico para su edad; se le ve lozano y hermoso, fuerte, saludable, y prueba de ello es los tirones que le da a la puerta para tratar de salir al exterior. Antes de que la arranque, vuelvo a detener la lectura y le digo que tiene que empujar. Tercera persona: mujer de raza negra, treinta años mal llevados, probablemente madre de varios hijos. Prueba primero con la hoja de la puerta que está fija, así que le digo que no, que es la otra, que la batiente es la otra hoja de la puerta, y ella agarra ésta y tira con todas sus ganas, obviamente, sin que la puerta se abra. Le digo que es para fuera, pero cierta especie de dislexia la hace entender que, nuevamente, tiene que tirar de la puerta hacia adentro, hasta que yo mismo empujo la puerta y se la sujeto mientras ella sale de la sala sin darme las gracias. Cuarta persona: sorprendentemente, médico o auxiliar de enfermería a juzgar por su indumentaria; el caso más imperdonable de los que he citado, porque se supone que él debería conocer el hospital y porque su profesión requiere cierta cultura -a las otras personas, al menos, las amparaba el ir despistadas con el móvil, el ser ya mayores o no entender bien el idioma, y enseguida entenderán ustedes porque hago estas observaciones-. Tira de la hoja que no es, hasta casi llevarse el marco entero -no exagero si digo que a estas alturas ya se han vuelto algunas personas a mirarle-, para luego probar con la otra y seguir en su empeño de tirar del pomo hasta conseguir abrir un arco con arabescos que sustituya a la práctica puerta de traumatología. En ningún momento se le ocurre, aunque sea por mera curiosidad, empujar, ni mucho menos leer, y a estas alturas estoy tan aburrido ya del tema que no me molesto en decirle que tiene unas letras bien hermosas impresas en el cristal a la altura de sus ojos, en mayúscula, perfectamente recortadas en blanco sobre el ahumado de los vidrios, que dicen: EMPUJAR. Lo que me dan ganas de decirle, sin embargo, es que para que se abra la puerta tiene que ponerse a la pata coja y gritar "¡ÁBRETE, SÉSAMO!", o bien decirle que no se preocupe, que falta muy poco para que los idiotas se vuelvan intangibles, con la misma sustancia de un fantasma, intangibles y translúcidos como sus propios cerebros. En vez de eso, continúo mi lectura pensando que no es la primera vez que soy testigo de un suceso así; ya he visto esta misma escena otras veces, aunque fue en supermercados, con mujeres que les preguntaban a los maridos dónde estaba tal o cual champú de unas características específicas, sin percatarse de que lo tenían en la mano solamente por no molestarse en leer la etiqueta. 

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Mejor iría el mundo si leyeramos más y fastidiaramos menos, pero está claro que la capacidad de leer, aunque sea una etiqueta, no está al alcance de todos en este mundo ridiculo. TE AMO CON TODA MI ALMA!

Raúl Viso dijo...

Es absolutamente verídico. Ya te enseñaré el cartel de la puerta cuando toque ir. TE AMO, MI NIÑA.