"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 22 de enero de 2014

Recurso del pataleo




No sé cuánto tiempo lleva ya hablándose en los tribunales literarios y en los cafés de artistas acerca del fin de la literatura. Antonin Artaud ya decía que era preciso acabar con ella como con el Espíritu, aunque el orden de los factores era contrario en su aseveración y, a decir verdad, nunca supe muy bien qué significado darle a su palabras. En cualquier caso, el asunto viene de lejos y aún no tiene visos de desaparecer como tema de fondo para eternos debates; muy al contrario, la aparición de las nuevas tecnologías, la piratería y la denuncia de muchos artistas –en este caso, escritores- sobre la banalización a la que se está sometiendo a la cultura por parte de consumidores superficiales y poco agudos, encienden una y otra vez la mecha del fatalismo y numerosos autores corren a escribir artículos en periódicos y suplementos dominicales para dar la sempiterna voz de alarma.

 El otro día sin ir más lejos, al abrir el diario ABC (y tras verle la jeta de batracio, en primera plana, al ministro del Interior), me encontré en la tercera página un acalorado artículo de Javier Reverte que, a su vez, venía inducido por otro de Javier Marías, aparecido semanas antes. El título prometía –EL FIN DE LA LITERATURA, cómo no, escrito así, con grandes mayúsculas en negrita-, así que me retrepé en mi rincón del sofá y me puse a leerlo. Mi experiencia como juntaletras y cagatinta se limita a la participación en algunos concursos literarios, a la pobre colaboración con algunas editoriales, a escribir reseñas y parir chorradas en esta malograda bitácora, a un puñado de relatos de producción propia, a tres poemarios que nunca acaban de corregirse y a un par de proyectos de novela que siempre se quedan en eso, en meros proyectos, con lo que los titulares de índole apocalíptica en lo que a literatura se refiere, sinceramente, me la traen un poco pendulona. Y, sin embargo, yo no soy uno de esos “escritores ricos” contra los que arremete Javier Reverte en su artículo, culpabilizándolos de fomentar la piratería propagando la idea de que la cultura es “libre”, y con esto entiéndase gratuita. No es lo único contra lo que ataca: también lanza fieros mandobles dialécticos contra las grandes editoriales que aseguran la pervivencia de su negocio apostando por “valores seguros”, esto es, por autores de best-sellers, y contra éstos últimos guarda también algunos cartuchos, haciéndose valer de las palabras de Eduardo Lago en contra de todo lo que huele a éxito de ventas en las librerías.

No le falta razón al autor de La noche detenida en cada una de sus denuncias. Lo que me resulta chocante, no obstante, es que no se haya planteado la aparición de algunas contradicciones al elaborar sus bien argumentadas delaciones. Hasta donde yo sé –aún no he tenido oportunidad de leerlo, aunque alguien allegado a mí es un ferviente seguidor suyo-, en las librerías y catálogos de novedades siempre se me vendió a Javier Reverte como a un escritor, precisamente, de best-sellers. Eso como aperitivo. De hecho, de él se dice que sus éxitos de ventas –no son palabras mías, sino de la Wikipedia y otras fuentes, así que eludo toda responsabilidad sobre la autoría de las mismas- le han permitido “lograr su vieja aspiración de dedicarse por completo a la literatura, reservando sus escritos periodísticos a colaboraciones puntuales –remárquese esto último- con diversos medios, sobre todo para escribir sobre asuntos viajeros”. En este país, que mató de hambre a su autor de más renombre tanto aquí como en el resto del planeta –Cervantes, con permiso de Shakespeare; o sin permiso, que le tengo tirria-, es un auténtico privilegio el que un escritor pueda dedicarse exclusivamente a escribir y viajar, sin tener que colaborar asiduamente en periódicos para aumentar sus ingresos, ni dar conferencias, ni ser profesor de algo, a no ser que sea por puro placer. Con lo que Javier Reverte, tal vez, estaría engordando esa lista de “escritores ricos” a los que señala con el dedo, eso sí, sin decir sus nombres (según él, “por pudor y porque algunos de ellos ya está en la huesa”, aunque todo apunta a una falta de arrestos a destiempo para concretar quiénes son y que no le lluevan réplicas). Luego está lo de las grandes editoriales, lo de los editores sin fe que no arriesgan por nuevos valores para salvaguardar sus beneficios. Soy un escritor novel, así que suscribo todo lo que dice Reverte, pero mi frustración como autor desconocido o en ciernes no me impide ver que, si a él le importa que le roben sus ingresos pirateando sus libros vía Internet, igualmente a las editoriales les importa ganar dinero con esos libros que los lectores solicitan y compran. Lectores, por otra parte, que a veces adolecen de ser vacuos, bovinos, dispuestos a no consumir obras que les reporte el pensar en demasía, pero que están en su pleno derecho a decidir qué quieren leer.

Sinceramente, empiezo a estar un poco aburrido de las excusas que algunos autores se buscan como medio para entender su fracaso o para explicarse a sí mismos que su obra no haya alcanzado el nivel de éxito que imaginaban para ella. No todos los escritores que gozan de estar en los primeros puestos de las listas de ventas tienen por qué ser escritores de best-sellers, ni todos los autores de best-sellers tienen por qué ser escritores mediocres. Este recurso del pataleo pasa por ser un insulto a la inteligencia de la mayoría de los lectores que, agudos o no, con buen criterio o sin él, al menos son lectores, que ya es mucho lograr en este país maldito. Este lloriqueo podría resultar justificable en tantos follatabiques como yo, aprendices de escritor, que proliferan en tantas bitácoras virtuales (y aun así los autores noveles debemos hacernos curas de humildad y preguntarnos en qué estamos fallando, en vez de andar culpabilizando a otros de nuestra estancia en el anonimato), pero no en alguien de la talla de Javier Reverte. No es honroso, ni justo, ni hermoso. Sí lo es, en cambio, poder vivir de lo que a uno le gusta hacer, sin preocuparse de lo que hacen los demás para lograr estar en idénticas condiciones.  



2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Completamente de acuerdo,y ferviente seguidora, ya sabes, de algunos de esos escritores de best sellers, como Stephen King, o de la gran e indudable obra maestra que son Los pilares de la tierra. algo de envidia entreveo yo en esas criticas que muchos escritores vierten. Muy ben artículo, amor mío. TE AMOCON TODA MI ALMA!

Raúl Viso dijo...

A los escritores, sean de best-sellers o no, el tiempo los pone en su sitio. A través de los años y los siglos la literatura no engaña. Yo seguiré leyendo a los autores que me gustan, sin vivir desvelado por lo que los demás consideran buenas o malas lecturas. Complejos literarios, ninguno. TE AMO, MI DEIDAD.