"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 15 de enero de 2014

Propósitos




Recién estrenado el año, y aún con el recuerdo tan próximo en nuestro organismo de la sintomatología engorrosa y redentora de la resaca durante la mañana del día de Año Nuevo -redentora, porque en mañanas como ésa, de jaqueca y náuseas, siempre prometemos no volver a beber, aunque nuestra enunciada penitencia sea tan vacua como pasajera-, el mundo se recarga de propósitos a cumplir durante los doce meses venideros, igual que si se tratasen de vitaminas supletorias que el médico de familia nos ha recomendado como valor añadido a los buenos hábitos de nuestra vida cotidiana. Es un tratamiento autoimpuesto (y elusivo) cuya dudosa efectividad recae más en el ejercicio poco realista de nuestra fe, a menudo floja y voluble, que en nuestro esfuerzo y nuestra disciplina para seguirlo a rajatabla. Uno jura y perjura que dejará de fumar, que hará más deporte, que tomará más cantidades de fruta y verdura, que visitará más asiduamente a los amigos, que dejará a su amante y no le seguirá poniendo los cuernos a la parienta, que dedicará tiempo de calidad a los hijos, que sacará buenas notas, que no discutirá con la familia, que colaborará en las tareas del hogar o tendrá más sexo con el marido. Pero -la verdad sea dicha- ciertos propósitos son como los libros de texto que estrenábamos de niños, antes de comenzar cada curso escolar: hundíamos la nariz entre sus páginas y nos fascinaba su olor, nos gustaban las ilustraciones y los enunciados que incluían y les atribuíamos (no sin razón, aunque con laxitud) cualidades ingentes de conocimiento y cultura, pero al cabo ya de cierto tiempo nos sentíamos esclavizados por ellos.

Pocos propósitos -más aún en fechas navideñas, ficticiamente concienciados por la exaltación que producen la ingesta de alcohol y las numerosas reuniones sociales- no se pronuncian en voz muy alta con la boca muy pequeña, enumerados con la gratuidad propia de quien le hace una promesa a alguien con las manos escondidas detrás de la espalda y los dedos cruzados. Tal vez por eso siempre traté de proyectar mis propósitos en silencio, sobrio y en la más estricta intimidad, sin comunicarlos a viva voz para no arriesgarme a defraudar a nadie y nunca durante festividades de ninguna índole, sino al final del verano, en esa época no definida, previa al otoño, en que la luz se siente como herida o humillada y declina mortecinamente lo mismo que la tonalidad del día durante un eclipse parcial de sol, quizá atendiendo, de un modo subconsciente, a esos años escolares en que el inicio de un nuevo curso inducía a realizar una tarea de redención y promesas por cumplir para tratar de no cometer los mismos errores que en cursos anteriores. Y es que el final de algo -del verano, del año, del amor- siempre nos conduce a albergar desmesuradas esperanzas sobre la buena praxis que lograremos durante el inicio de otro algo. En ese periodo previo a su realización, de transición y expectativa, no resulta difícil estar a la altura, plantarle cara a las posibles adversidades que puedan presentarse y mantener una fe, incólume por desvirtuada, en nosotros mismos y en nuestra total disposición para llevar a buen puerto lo que con tanta ilusión hemos planificado. Lo complicado viene después, tras la intensa y prolongada luminosidad del verano y la exaltación de la borrachera y la idealización del enamoramiento, cuando la ingeniería endeble de la esperanza requiere el refuerzo de la disciplina para seguir manteniendo ese romántico rango, y hay que seguir abriendo esos libros de texto aunque ahora nos asqueen, y tirar el tabaco y los ceniceros de la casa a la basura, y calzarse las deportivas, y pelarse la fruta, y obligarnos a tomar más verdura, y descolgar el teléfono y quedar para tomar una cerveza, e ignorar las sutiles o no tan sutiles proposiciones que nos hace la compañera de trabajo o la camarera donde vamos a tomar café, y prestar atención a los juegos que proponen nuestros hijos, y empeñarnos en dedicar más tiempo a los estudios, y ser más diplomáticos con las opiniones formuladas por la familia, y levantarnos recién acabados de comer para fregar los platos, y hacer ganas con humor e imaginación cuando el marido nos abraza por detrás y nos susurra cariñosamente alguna marranada al oído.

 No obstante, y pese a nuestra tendencia innata a la volubilidad y la procrastinación, lo bueno (o lo malo, según se mire) de los propósitos es que, cumplidos o no, sin ellos somos menos que nada. No cumplidos no somos nadie, pero no visualizados en nuestra cabeza, ni tan siquiera, somos aún menos que nadie. Como el adicto que no se digna a plantearse al menos el ingresar en una clínica de desintoxicación. Como el terrorista retirado que, además de ser un asesino, se jacta de sus crímenes y su soberbia al no mostrar arrepentimiento alguno por las vidas que ha arrebatado durante su trayectoria delictiva. Tener propósitos (aunque no lleguen a cumplirse, aunque puedan parecer absurdos o pueriles) es mejor que no tenerlos; nos hace personas de provecho o, si no tanto, al menos nos aleja de ese tipo de maldad idiota que es promovida por la desocupación, el exceso de tiempo libre y el ocio sin límites. En el éxito de su realización influyen muchos factores, muchos de ellos ajenos a nuestra voluntad -las circunstancias, los miedos y fobias propios de un carácter apocado, la decepción o la tristeza-, pero en su fracaso únicamente es responsable nuestra falta para plantearnos siquiera el tenerlos. Porque no tener éxito no significa haber fracasado, pero haber fracasado implica, a la fuerza, el no haber tenido éxito.  

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Muy buen texto, amor, yo prefiero, los propósitos, como tú, decírmelos a mi misma y teniendo siempre en cuenta mis limitaciones. Está claro que no siempre conseguiremos lo que pretendemos, pero siempre quedará el orgullo de haberlo intentado. Y querer es poder, aunque suene manido y típico, pero en muchas ocasiones, es la verdad. TE AMO, AMOR MÍO.

Raúl Viso dijo...

Así es, mi niña. Gracias. TE AMO CON LOCURA.