"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 6 de enero de 2014

"El tipo más raro del mundo", de Derek B. Miller




Comienzo el año con la lectura de El tipo más raro del mundo, la primera novela de Derek B. Miller, bostoniano que lleva ya más de quince años fuera de Estados Unidos y al que su trabajo como director del The Policy Lab -institución dedicada a la búsqueda política de soluciones para conflictos y problemas sociales- y como miembro del Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme le ha conducido a vivir en sitios tan dispares como Israel, Inglaterra, Hungría, Suiza y, actualmente, en Noruega, donde reside con su mujer y sus hijos. Con ese currículum en su haber, no es de extrañar que Miller haya parido una historia tan divertidamente aguerrida, que de ser llevada al celuloide podría ser dirigida e interpretada por el mismísimo Clint Eastwood. Y es que su personaje principal, Sheldon Horowitz, guarda no pocas similitudes con el protagonista de Gran Torino: su misma tosquedad al expresarse, su misma incapacidad para abrirse en sentimientos, su mismo amor hacia su mujer fallecida, sus mismas críticas feroces hacia cuestiones como el patriotismo o la inmigración. Tanto es así, que fuera del contexto en que está enmarcado el personaje, con sus motivos y razones y demonios interiores bien argumentados por el narrador de la historia, algún amigo del fariseísmo más casposo y de lo políticamente correcto, con poca capacidad comprensora al leer, podría llevarse las manos a la cabeza y tildar esta novela de racista o xenófoba. 

Derek B. Miller (o, en su defecto, el narrador de esta historia) deja clara su posición, en un tramo de la novela, acerca de esa desacerbada tolerancia, rayana en la imbecilidad, que se nos obliga a tener con etnias, razas y religiones que, históricamente, a lo largo de los años, han mostrado su propia intolerancia hacia todo aquello que fuera ajeno a sus propias costumbres: "Los liberales pedían tolerancia ilimitada, los conservadores eran racistas y xenófobos, y todo el mundo debatía desde posiciones filosóficas que no se fundamentaban con hechos, de modo que no tenían en cuenta la verdadera pregunta que preocupaba a toda la civilización occidental: ¿cuán tolerantes hemos de ser con la intolerancia?" El mismo Sheldon Horowitz, inusual héroe de esta historia, que es judío y, además, ex marine, conserva esa desmesurada susceptibilidad y ese descreimiento hacia las buenas intenciones de los demás que han solido desarrollar los pueblos más oprimidos, creyendo a todo el mundo, a poco que una opinión emitida no resulta satisfactoria, un nazi o un negrero sureño. 

Sheldon Horowitz no es un tipo fácil de manejar. Con ochenta y dos años, y recién enviudado, se ha mudado a Oslo desde Nueva York para vivir allí con su nieta Rhea y el marido de ésta. No le gusta el cambio, pero Rhea siempre ha sido como su propia hija, y además se siente culpable por el fallecimiento de Saul, su único hijo, en Vietnam, al que no cesó de conminar para que sirviera a su país como él lo había hecho en Corea y quiso hacerlo en Alemania pero no pudo, por ser demasiado joven, para luchar contra los que estaban llevando a su comunidad a los campos de exterminio. Está peleado con Dios, y la demencia que los demás le achacan le hace ver coreanos y antisemitas apostados tras cada esquina. El fin de la guerra le llevó a cambiar la mira telescópica de su rifle de francotirador de élite por el objetivo de una cámara fotográfica, y durante algún tiempo la fotografía le reportó no poco consuelo. Un día, en el edificio en el que vive con su nieta, decide a ayudar a una mujer y a su hijo pequeño a zafarse de su maltratador. El resultado de ese acto valiente y temerario a un mismo tiempo es el asesinato de la mujer, y la huida del anciano con el pequeño por un país que desconoce, viéndose inmerso en una persecución acuciante por un grupo de matones albano-kosovares y por la policía. El estrecho vínculo que creará con el niño, con quien por compartir no comparte ni el mismo idioma, hará que Horowitz quiera resarcirse de sus errores y decida enfrentarse hasta las últimas consecuencias con sus propios demonios, a pesar de ser un anciano con un sinfín de achaques, a pesar de que, en el pasado, su sargento de instrucción le dijo: "No somos cazadores. Estamos diseñados como presa y nuestros sentidos nos controlan como tales."

No se asusten los que crean que entre estas páginas van a encontrarse un bodrio bélico al estilo de las novelas de Tom Clancy. La historia engloba los avatares de la guerra como medio para explicar los complejos, miedos y frustraciones de algunas sociedades, pero no es principalmente su hilo conductor. Miller nos trae una parábola política cargada de humor amargo y muchas dosis de ternura, y se atreve a pronunciar opiniones que muchos piensan y pocos dicen. El resultado es una novela notable, que sorprende en un tipo aparentemente alejado de la literatura, y a más de un literato consagrado le habría gustado conseguir un acabado parecido para sus propias obras.






Título: El tipo más raro del mundo

Autor: Derek B. Miller

Editorial: Espasa

ISBN: 978-84-670-3830-9

Nº de páginas: 304

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

hAY QUIEN HACE RESEÑAS DESGRANANDO SIMPLEMENTE EL ARGUMENTO Y YA ESTÁ, HACER UNA ADIOGRAFÍA TAN PRECISA DE LAS ENTRAÑAS DE UN LIBRO, COMO TU HACES, ES MUY COMPLICADO. mAGNIFICA RESEÑA Y CURIOSO LIBRO. TE AMO CON TODA MI ALMA.

Raúl Viso dijo...

Gracias, cariño. Yo sólo trato de aprender de todo lo que cae en mis manos, aunque sea un poco lento y torpe y me mueva más por mis intuiciones que por mi inteligencia. TE AMO, MI NIÑA.