"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 5 de enero de 2014

A Julieta no se la elige




Hay ilusiones sólidamente erigidas contra todo pronóstico que no consiguen desarbolar ni los tifones más cruentos de la decepción. A riesgo de parecer un pobre iluso, y aunque a lo largo de toda su vida le hayan aparecido al paso un notable número de tibios de corazón a chivarle al oído, como alcahuetas malintencionadas de una comunidad de vecinos, que hoy en día cualquier ejercicio emocional está denostado y es síntoma infecto de cursilería y sentimentalismo barato tan propio de algún Quijote asomado al ocaso desde la ventana enrejada de su cuarto en un sanatorio mental, él albergaba la sospecha de que el amor verdadero debía existir, con esa cualidad laxa de premonición, que prefigura poca seriedad en su argumentación y hace pasar por loco a quien la comparte, que tienen las certezas emitidas antes de poder ser demostradas. Decía Aristóteles que la sabiduría es un adorno en la prosperidad y un refugio en la adversidad; y él, que ahora conduce de vuelta a casa con una sonrisa de orgullo contenida en los labios por no parecer vanidoso, que se ha pasado la vida buscando refugios contra la adversidad (y huyendo luego de esos refugios que encontró en huidas anteriores, como escribió con tanto acierto Antonio Muñoz Molina en su primer libro), que hace menos de un minuto que se ha despedido de ella y no le cabe ya la menor duda de que hace dos años y medio encontró el amor verdadero, no necesita demostrarle a esas alcahuetas malintencionadas que estaban equivocadas. Porque la prosperidad no se explica –si ahora pudiese estar mirando tus ojos, iba a estar escribiendo aquí esta canción, canta una voz gloriosa en el radio cd de su coche-, y él sabe que las personas menos libres son precisamente las que gastan todo su tiempo y sus energías en tratar de demostrar que lo son. También que los tibios de corazón y los detractores más acérrimos del sentimiento abierto y diáfano (que es el más llamado a ser vulnerado pero también, en realidad, el único posible para que adquiera el rango de verdadero y no quede en mera veleidad literaria) son los que más se empeñan en buscar, aunque erróneamente –en modas pasajeras, en canciones efímeras, en geografías de tránsito para vacaciones de verano, en la promiscuidad de una sola vez durante miles de ocasiones con mil desconocidos, en estúpidos juegos de seducción que pretenden ser un enardecimiento de la no dependencia afectiva pero no pasan más que por una inmerecida provocación de los celos de la persona que nos ama para mantenerla en vilo y hacerla dependiente, queriendo para ella lo que no queremos para nosotros mismos-, algo que se parezca mínimamente al amor.

Porque la persona a la que ama se hace llamar Maga, y porque él siempre padeció algo del idealismo enconado y la fe descreída de Horacio Oliveira, se acuerda ahora, con motivo de la hipocresía de esos tibios de corazón y mientras conduce despacio frente al Parque de la Cuña Verde de Latina, no el de O´Donnell –lugar emblemático para los dos, de seguro más para ella que para él, aunque en todo caso magnífico skyline del florecimiento de sus sentimientos en las primeras noches y de una ciudad prodigiosa que, según él, lo vio volver a nacer-, de un fragmento de la novela Rayuela, de Julio Cortázar: Lo que mucha gente llama amar es elegir a una mujer y casarse. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Pero los tibios de corazón, las alcahuetas malintencionadas, los inquisidores de lo que en estos tiempos se viene llamando cursilería, los tribunales literarios que se empeñan en darle la extremaunción a Neruda y a Bécquer, siguen empeñándose en elegir sus sentimientos, en mantener un autocontrol emocional que no es posible más allá de la bisectriz umbría y húmeda de los genitales, en registrarse en cuentas de redes sociales de citas, en pagar a agencias matrimoniales, en asistir a programas de televisión donde un individuo o individua se sienta en un trono de dudosa majestad, en nombre del amor, a despreciar a pretendientes y pretendientas que a su vez los desprecian a ellos, también en nombre del amor. Hay quien se escandaliza y tacha de inmadura a la pareja que decide formalizar prontamente su relación, presentándose a sus respectivas familias o yéndose a vivir juntos o proponiendo una fecha para contraer matrimonio, con una premura que resulta intolerable para esas personas que no han encontrado aún a su pareja ideal o viven los sinsabores de su actual y fallida relación, pero que es tan indispensable para aquellos que al fin están viviendo su sueño. Hay quien afirma que es contraproducente sincerarse en parte o del todo con la pareja, y tilda de puritano a quien ha decidido entregarle a la persona que ama todo su mundo, el embarazo de su pasado, la incertidumbre de su presente, sus proyectos para el futuro, sus miedos más incomprensibles y los más inconfesables secretos, no entendiendo que para algunas personas –cada vez menos- la mentira requiere de tantos e interminables recursos logísticos, buena memoria y dudosas lealtades y turbias complicidades con confesores que, a una, también son potenciales delatores, que puede llegar a resultar agotadora y, por lo tanto, conviene cuestionarse si merece la pena. Pocos saben, lejos de los versos de a céntimo la rima y de las comedias románticas americanas y de las citas a ciegas, que el amor es una responsabilidad hermosa en un mundo donde las responsabilidades, a menudo, no suelen ser hermosas. Llega un momento en el que al amor es necesario tenerle la nevera llena, y acompañarle al médico, e interesarse por el estado de su familia, y tomarle la fiebre, e incluso cambiarle los pañales o abrocharle torpemente la chaqueta, con las falanges de los dedos comidas por la artrosis, llegados a un punto muy avanzado de la vejez. Y ahí, entonces, deberán callar las malas lenguas, la cursilería entrevista en un principio adquirirá la solidez irrefutable de un objetivo cumplido con esfuerzo y tesón, las alcahuetas malintencionadas bisbisearán en los oídos de los nuevos amores sus presagios fatalistas y puede incluso que su envidia, los tibios de corazón tendrán que admitir que siempre existirán Julietas (y Romeos), y Beatrices (y Dantes),  que es posible el sentimiento unilateral y su longevidad en el tiempo, posible encontrar a esa persona que parece tener el poder de leerte la mente y atender a tus necesidades y legarte ella las suyas, no como una tormentosa obligación sino como un regalo de su vulnerabilidad y su confianza, porque sabe que podrías destruirla y no lo haces, porque sabe (y sabes) que podría destruirte y no lo hace.


Detiene un momento el coche en doble fila, enciende un cigarrillo del paquete que ella le ha comprado –el amor también puede ser no prender el último cigarrillo que queda para reservárselo a la persona amada- y contempla con espiritualidad la extensión del parque, los vericuetos de sus senderos y sus lomas desde donde Madrid se entrega desde la altura, abriéndose como esa verdad de amor que vilipendian los tibios de corazón a quien sabe mirarla como lo que realmente es: el paisaje y la geografía y el hermoso territorio que vio crecer y acogió, con sus luces y sombras, a la persona que sabe que amará hasta el fin de los días, y aun si algún día ella dejara de amarle a él. 



2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

A Romeo tampoco se le elige, amor, y a ti habría sido imposible elegirte porque ni en mis sueños podría haberme imaginado una persona así, el compendio de todos mis sueños, la ilusión de mi futuro, de todas mis vidas. Es tan grande el amor cuando es real, como este, como tú. TE AMO CON TODA MI ALMA, PARA SIEMPRE.

Raúl Viso dijo...

Gracias por tanto, mi vida. Todo homenaje hacia tu persona me parece siempre insuficiente. TE AMO CON LOCURA.