"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de noviembre de 2013

No future




Quien lleva ya algún tiempo contemplando el fascinante crecimiento de sus uñas en la cola del paro -en este país, por desgracia, somos unos cuantos millones-, sabe a la perfección la ardua y abrumadora tarea en que se ha convertido agradar a una empresa o, en su defecto, a un responsable de Recursos Humanos -antaño a eso se le conocía, sencillamente, como jefe de personal; pero el término, que debió ser considerado un pelín agresivo por esos defensores de la idiotez en nombre del talante, la tolerancia desmedida y el buen rollito a toda costa, quedó ya obsoleto- en una entrevista de trabajo. Estoy convencido de que no es necesario que les haga un croquis del percal y que la escena, a buen seguro, ustedes la han vivido en sus propias carnes en algún momento de sus vidas. Y si no la han vivido, tal como pinta el horizonte, es muy probable que acaben viviéndola en breve.

En ésas me vi yo el otro día, cuando a las tres de la tarde me llamaron de una ETT para personarme en sus oficinas, ipso facto, si quería tener una mínima oportunidad de trabajar dos días. (Sí, como lo leen: dos días, cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos, y un buen palo del fisco a principios de verano por haber tenido más de un pagador en el mismo año, aunque uno continúe yendo a sellar su cartilla de parado mientras se cisca en las barbas del presidente, en la familia real y en el policía municipal -mal rayo te parta, pitufo de mierda- que no tiene otro lugar, de entre millares que existen en una ciudad de ciento sesenta mil habitantes, para ir a enriquecer a sus amos del ayuntamiento poniendo multas en la cola del paro o decirte que quites el buga aparcado en doble fila, aunque no estorbes a nadie.) Y yo, que me encanta cerrar bocas y no quiero que me cojan en un renuncio, ni parecer un vago ni un maleante, ni permitir a ningún fascistoide casposo que me diga que se está más cómodo en casa, ahí agarré el coche y conduje a lo Vin Diesel, muy bravo y aguerrido, sobrepasando por tres el límite de velocidad establecido, profiriendo improperios a los demás usuarios de la vía e incluso saltándome algún semáforo, con tal de llegar a tiempo a la entrevista. A una de ellas, al menos. Porque, como pude saber al llegar allí, primero debía pasar un proceso de selección con la empresa de trabajo temporal, y ya luego, si saltaba la liebre y mi currículo convencía, debía realizar una segunda entrevista con la empresa usuaria (es decir, en el lugar donde me tendría que dejar la espalda cogiendo peso como un borrico, tras firmar un irrisorio contrato de dos días), todo en la misma tarde. Ya son las cinco, y regreso a casa tras la primera entrevista. Me encuentro aparcando todavía, cuando la señorita que me ha entrevistado hace quince minutos escasos me llama al móvil y me dice que he pasado el proceso de selección, que a las cinco y media debo personarme en el área de carga y descarga del aeropuerto para realizar la segunda entrevista, pero que -esto lo dice muy jovial y divertida, la muy pava- se le ha olvidado hacerme un test imprescindible que la empresa usuaria solicita a aquellos afortunados a los que conceden audiencia, así que tengo que volver a las oficinas antes de salir como un misil hacia el aeropuerto. No he colgado todavía, cuando ya me encuentro haciendo cábalas y previsiones: hora punta, tráfico por doquier, tres o cuatro kilómetros por plena ciudad hasta las oficinas de la ETT (con sus semáforos, sus rotondas y sus gilipollas al volante) y otros veinte o veinticinco hasta el aeropuerto (teniendo en cuenta que no sé dónde coño está el área de carga y descarga, y que si no tengo ni mierda en las tripas, mucho menos un GPS que me indique la ubicación exacta). Me abro la camisa (que es del día anterior y está arrugada, pero no me han dado tiempo ni de maquearme para causar buena impresión) y compruebo que no tengo debajo el traje de supercapullo, ni mucho menos gozo del don de la ubicuidad, así que vuelvo a salir chirriando ruedas, doy vueltas hasta que encuentro aparcamiento, entro en las oficinas y hago el maldito test, y ya por fin -son ya las cinco y doce minutos- me echo a la autopista a ciento cincuenta kilómetros por hora, en dirección al aeropuerto. "Si tengo suerte", me digo, crédulo de mí, mientras hago adelantamientos temerarios, "mañana a las seis y media de la mañana estoy currando. Aunque sea sólo durante dos días."

Hasta ahí todo normal, más o menos; no es la primera vez que me hacen un contrato ridículo para luego darme la patada, ni que me obligan a conducir muchos kilómetros, mareándome de un lado para otro, con el gasto de gasolina que le supone a un parado de larga duración como yo, solamente para decirme al final del día que lo sienten muchísimo, que otra vez será, que tienes talento, chaval, pero sigue mendigando un subsidio. Entiendo la precariedad laboral, y la necesidad de pasar por el aro para poder meter cabeza en una empresa; tal vez en esos dos días alguien consigue percatarse de la pasta de la que está uno hecho, o caes en gracia, o el jefe quiere que seas su próximo acompañante en la cabalgata del orgullo gay, y te alargan el contrato y te dan un puesto de trabajo estable. Lo que ya no me pareció tan normal, e incluso me asqueó profundamente, fueron las preguntas del test que tuve que responder.

¿Se siente usted mal en compañía de gente? ¿Le irrita el ser humano? ¿Ha padecido usted alguna vez ansiedad o algún tipo de angustia en lugares muy concurridos? ¿Le gusta la poesía? ¿Se emociona usted al leer un poema o al estar delante de alguna obra de arte? ¿Se siente usted inferior al resto? Todas estas preguntas (y muchas más), en apariencia perfectamente normales, estaban formuladas desde un contexto global que parecía condenar, como si de criminales se tratase, a las personas altamente emocionales, sensibles al arte o que hubieran padecido alguna vez alguna crisis personal, algún capítulo de ansiedad o una depresión. En definitiva, parecía dar la impresión de querer localizar a un perfil concreto de persona -profunda, sensible, culta, introvertida- para excluirlo del proceso de selección. Ustedes dirán quizá que debía tratarse de una apreciación mía, sin fundamento para creer que la empresa pretendía, efectivamente, marginar a ese tipo de personas. Pero la prueba más contundente de que yo no me equivocaba, fue que lograse pasar el proceso de selección... tras mentir como un bellaco en la mayoría de respuestas. Sí, por norma general me gusta estar con la menor cantidad de gente posible; pienso que el ser humano, en términos generales, es un potencial hijo de la gran puta; sí, padezco a veces ansiedad y me dan pavor los centros comerciales, las colas de los supermercados y la espera en la puerta del colegio de mi hija, rodeado de otros padres; me encanta la poesía; lloro como un niño ante ciertos poemas y ciertos cuadros; no me siento inferior al resto: ustedes son, ahora mismo, los que me están haciendo sentirme inferior... Eso es lo que debía haber contestado y no contesté, porque cierta intuición -bendita sea, no me faltes nunca- me puso en preaviso de que dando esas respuestas no lograría pasar de la primera entrevista. Dije lo contrario a lo que sentía, y eso me ayudó a ser seleccionado.

Al final, después de haberme jugado todos los puntos del carné de conducir para llegar a tiempo al área de carga y descarga del aeropuerto, no me cogieron para el puesto. Sin embargo, ya me quedé el resto de la tarde cavilando, confirmando las antiquísimas sospechas que albergaba acerca de un mundo que, cada vez más, condena cualquier tipo de ejercicio sentimental y pone veda a las emociones, al pensamiento genuino, a objetivos más sustanciales y vitales que el de querer ganar mucho dinero, o querer parecerse a los personajes mediáticos, o ascender a cualquier precio en la escala social, metiéndonos miedo con la idea del futuro. Y yo, que siempre he sido un poco punkarra, que a lo mejor mañana estoy muerto o me he apuntado a una secta, que veo que en unos años no existirán las pensiones, ni el estado de bienestar tal como lo hemos entendido hasta ahora, pienso que no hay futuro.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

"El entenado", de Juan José Saer




Recién acabo de finalizar la lectura de la novela El entenado, en lo que ha sido mi segunda incursión en la obra de Juan José Saer (Serodino, 1937 - París, 2005). Si con La pesquisa -primera novela que leí de él, también reseñada en esta bitácora- pude atisbar, de un modo más taciturno que en esta nueva lectura, los rasgos más significativos de la genialidad del autor argentino, con El entenado he terminado por confirmar su virtuosismo con la palabra escrita, la belleza con que su prosa prolija y laberíntica, a la diestra de cierta metafísica, va abriéndole al lector nuevos mundos que duermen bajo el mundo ordinario que conocemos, desarbolando, hasta destruirlas, todas las apariencias. Saer se mueve por sus narraciones con una voz absolutamente única, personal, original, extraña por hermosa, que bebe de algunos géneros y algunas fórmulas literarias solamente para aniquilarlas desde dentro, desde su mismo núcleo, y que es la razón principal de que siempre haya sido tan difícil de encasillar.

Así ocurre con El entenado, obra que a simple vista podría considerarse una novela histórica o de aventuras. Pero este relato es otra cosa -es mucho más-, y así lo aseveró el propio autor, con total conciencia y conocimiento de su propósito al escribirlo, cuando dijo de él: "Detrás de la aparente fluidez narrativa, hay una intención más elaborada. Si bien El entenado es tal vez de mis libros el que ha suscitado más traducciones, estudios y comentarios, muchas veces lo han exaltado por ser un relato lineal o, peor aún, una novela histórica, lo que confirma esa observación sagaz de Lacan, según la cual en el elogio ya viene inevitablemente incluida la injuria." Y es que hablar de géneros literarios al referirse a la obra de Saer es constatar que no se ha entendido nada de ella al leerla. Hace guiños a ciertas etiquetas, por supuesto -en La pesquisa, con la novela negra o policíaca; con el libro que aquí nos ocupa, como ya se ha dicho, con la novela histórica o de aventuras-, pero sólo para manipularlas, para hacerlas maleables, para ponerlas del revés y otorgarles una permeabilidad donde la realidad pierde pie y en cuyos ritos y ceremonias ya demasiado sabidas acaba por filtrarse un instinto puramente ontológico que resquebraja toda apariencia, todo cliché, dejando exhausto al raciocinio y colocándolo al servicio de la ficción, en su sentido más amplio y vital. 

Un huérfano se enrola como grumete en una expedición española al Río de la Plata, a principios del siglo XVI. En su búsqueda de las Indias, el barco que ahora le sirve de hogar arriba a un lugar inhóspito, dominado por los indios colastines, que matan a toda la tripulación, dejándole a él como único superviviente para retenerlo durante diez años. Durante ese largo periodo de tiempo, el joven deberá ir desentrañando los hábitos y costumbres de la tribu, pacífica en términos generales, que sin embargo tiene una tradición anual de celebrar una orgía de sexo, canibalismo y brebajes espirituosos. Décadas después, el grumete -ahora un viejo-, mientras trasvasa al papel, con su pluma, esa experiencia que lo marcó, irá poco a poco comprendiendo las claves que condujeron a los indios colastines a mantenerlo con vida y a convertirlo prácticamente en el heraldo de su tribu, y en el retiro de su habitación y de su vida lacónica de ahora, mientras escribe, sentirá el peso de una abrumadora nostalgia que, tal vez, lo ha hecho ser consciente de haber sido un testigo privilegiado de la existencia, e incluso de la creación del universo que todos, a su alrededor, creen conocer o haber conocido.

Un enfoque sumamente original, el de Saer, para legarnos una novela sobre la Conquista que, aun bebiendo de fórmulas como las de las novelas de aventuras de Conrad, entre otros muchos, mantiene estrechas similitudes con las inquietudes literarias de Borges. El entenado es un libro fascinante, escrito con una rara y exótica belleza, que requiere de más de una lectura para sacarle todo su partido, para embeberse por completo con sus evocadoras imágenes y comprender lo minucioso y complejo de cada una de sus escenas. Con él, su autor nos enfrenta a temas como la existencia, la creación, lo real y lo aparente, la memoria, el lenguaje, y nos hace recapacitar acerca de la veracidad de nuestros recuerdos, que no siempre atestiguan, con la precisión que creemos, los hechos acaecidos en nuestra vida.




Título: El entenado

Autor: Juan José Saer

Editorial: Rayo Verde

ISBN: 978-84-15539-58-2

Nº de páginas: 192




jueves, 21 de noviembre de 2013

Búscate un propósito, imbécil




Búscate un propósito, imbécil. Ya sabes, algo que hacer: coleccionar cromos, apuntarte a clases de baile o artes marciales, hacer crucifijos con pinzas para la ropa, sacar a tu abuela a pasear por las inmediaciones de la residencia de ancianos... no sé, algo que no te tenga desocupado, con demasiado tiempo para pensar en cómo joder al prójimo. No me creo que, entre todas las alternativas posibles de distracción y divertimento que ofrece la vida moderna, sólo seas capaz de andar planificando cómo hacer daño a los parroquianos que te rodean. Aunque quizá planificar es mucho decir; es muy probable que ni siquiera tu mente obtusa sea capaz de elaborar un plan para dañar a los demás, porque es sabido que hasta los villanos más despiadados que ha parido nuestra historia han necesitado cierto grado de inteligencia y algunas dosis de estilo, o de oratoria al menos, como Hitler, para desplegar su afán de fanatismo cerril. Y tú no eres inteligente, y ni siquiera malvado; sólo imbécil, aunque la imbecilidad demasiado prolongada a lo largo de los años acabe por desembocar en la maldad, una maldad idiotizada, que es la peor de las maldades. Así que escúchame bien, chaval, o chavala, o anónimo que anda insultando sin más en la red, sin formular una opinión, ni tan siquiera una crítica, tan sólo un insulto que no se sabe a qué ofensa atiende, con esa impunidad y esa valentía entrecomillada que otorga el alancear al toro desde detrás de la barrera: búscate un propósito, hazme caso; comprobarás, cuando te marques algún objetivo constructivo -acabar la colección de cromos, lograr la perfección en esa coreografía o esa patada, barnizar tu crucifijo con pinzas para la ropa, entrever la sonrisa de esa venerable anciana que hace un rato ni siquiera te reconocía...-, cómo la vida te abre nuevos horizontes, cómo todos los días no son iguales, y a lo mejor hasta comienza a apetecerte el levantarte de la cama, ver cómo los otros salen a la calle muy de mañana para ganar su pan, valorar el trabajo de los demás y no simplificarlo.

Lo primero es tratar de verse desde fuera, saber con precisión qué es lo que te gusta hacer o en qué cosas crees que eres bueno y podrías destacar. Ahí ya tienes un principio, una directriz a seguir. Por ejemplo, si eres el típico metepatas de garito al que le gusta buscar pelea, cubata en mano y empolvada la napia, podrías apuntarte a boxeo o artes marciales; lejos de lo que podrían creer otras personas, esa actividad no fomentaría tus ansias de violencia, sino que las aplacarían: el ejercicio te haría abandonar tus malos hábitos y tu exceso de energía no canalizada, aprenderías valores como el honor y la deportividad, sabrías en tu propio pellejo que hay tíos que dan más hostias en menos tiempo que tú, con más fuerza y más efectividad, haciendo que eso te bajara un poco los humos, y seguro que acabarías volviendo loca a alguna buena chica que te tranquilizaría y te haría recapacitar cuando tuvieses ganas de gresca en cualquier pub, a esa hora en que las calles parecen el escenario cutre de un holocausto zombie, y a lo mejor hasta llegarías a casarte, a tener churumbeles y a ser un hombre de provecho, o incluso un campeón olímpico. Si eres una choni, compulsiva mascadora de chicle y de ejercicios de arrodillamiento y succión a los jambos más chungos del barrio, en vez de andar fotografiándote delante del espejo del baño para colgar los atributos de tu escote en las redes sociales, podrías aprovechar ese tipín que te ha dado la genética yendo a estudiar, no faltando a clase para poder ir a la universidad, y estudiar idiomas, y por las tardes hacerte un book de fotos, apuntarte a una escuela donde te enseñen al menos a caminar con arte, y tal vez en el futuro puedas llegar a ser una modelo cotizada, no una de esas pedorras que dicen ser modelos y que en realidad son unas tiparracas que se han hecho famosas por tirarse a otro famoso que acabó siéndolo por tirarse, a su vez, a otra famosa que tampoco lo era en un principio, sino una top model, educada, ilustrada, inteligente, estilosa, guapa sin estridencias, que lo mismo sirve para desfilar por una pasarela, para hacer un papel de cine o para convertirse en empresaria de éxito con su escuela de modelos o su nueva línea de ropa.

En fin, son sólo dos ejemplos que tenía a mano, pero hay muchos más. Creo que el aprendizaje más indispensable que le he brindado a mi propia hija es no obligarla a ser lo que no quiere ser o, lo que es peor aún, obligarla a ser lo que yo quiero que sea o lo que a mí me gustaría haber sido y no pude. Abogada o albañil, lo mismo me da -eso es lo que la digo-, pero trata de ser la mejor en lo que tú elijas; hay muchas posibilidades de que no lo consigas, dado que, a pesar de tanto desocupado, también hay muchísimo talento por todas partes, pero al menos nadie podrá reprocharte nunca que no lo has intentado, que no has puesto todas tus ganas, tu pasión, tu disciplina, tu tiempo, tu vida en ello. Así que búscate un propósito, imbécil, porque a la larga las personas con propósitos acaban por ser las más respetadas. Búscatelo, hazte un favor a ti mismo, por friki que tú creas que sea, transformista, jugador profesional de petanca, coleccionista de tapones para recipientes, lo que sea: comprobarás las beldades de seguir una rutina, de valorar el trabajo de los demás y que éste te inspire o te motive para acabar el tuyo propio, y aprenderás a admirar, y a respetar, y a su vez a tener la hermosa responsabilidad de ser admirado y respetado, de no fallar a quienes han confiado en ti, de ayudar a otros que han empezado más tarde que tú, de querer ser un poco mejor cada día, de mirar atrás y ver tu ascensión a lo largo del tiempo, tu esfuerzo, tus logros.

 Atrévete a la valentía de cambiar de vida, de quitarte el disfraz, de rasgarte las vestiduras en pos de aquello en lo que crees. Combatirás con luz la oscuridad, como decía con otras palabras mi primo Bob Marley, después de subirse a un escenario tras haber sido disparado en un concierto anterior por un desocupado como tú, que no tenía otra cosa mejor que hacer que la idiotez de pagar una entrada para ver un concierto de un músico que no le gustaba, sólo para sacar un fusco y pegarle un tiro. Como quien se compra un libro de un autor que no le gusta, o pone la televisión pese a saber que no encontrará nada interesante hoy en la programación, con ese total absurdo de los idiotas como tú que navegan por la red para meterse en bitácoras que no le gustan solamente a insultar, ni siquiera a criticarlas, que para eso, por despiadada que sea la crítica, hace falta cierta capacidad de argumentación, sino sólo para escribir un par de insultos seguido de un emoticono de una cara sacando una lengua. Esta entrada es para ti, querido anormal de carrito. Te brindo estos consejos: léelos, al menos, aunque no los hagas caso, mientras alguien te da la papilla y te limpia la baba. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

"Lo que encontré bajo el sofá", de Eloy Moreno




"La novela de una generación indignada." Con este gran titular, tan llamativo como oportuno, se está promocionando y vendiendo en estos días la segunda novela de Eloy Moreno (Castellón de la Plana, 12 de enero de 1976), que resultó ser el autor revelación en el panorama literario de este país durante el año 2011 gracias al acertado trabajo de difusión que realizó con su primera novela, El bolígrafo de gel verde, obra que fue inicialmente editada y distribuida por el propio autor, y que luego la editorial Espasa, al comprobar la acogida que el libro estaba teniendo en las redes sociales, decidió reeditar bajo su autoría con una nueva portada y algunos pequeños cambios de edición. Tal vez un ejemplo claro de cómo el mundo editorial está evolucionando, y de la importancia que tienen las buenas relaciones virtuales para valerse del boca a boca y que éstas nos aseguren un éxito rotundo que quizá no podríamos alcanzar únicamente con nuestro talento. Así, de este modo, con el terreno ya allanado (pero no olvidemos que el bautismo de fuego de un escritor no se produce con su debut literario, sino con su esperado segundo trabajo), Eloy Moreno nos hace llegar una novela que no deja de ser muy valiente, pero que a ratos cae en cierto sentimentalismo e, incluso, en un segundo plano, en alguna forma sutil de adoctrinamiento.

Novela muy valiente, como digo, si consideramos que trata temas de rabiosa actualidad en este país y, por extensión, en el resto del mundo. Abrir sus páginas es encender la televisión durante la emisión del telediario, ya que entre ellas nos encontramos desahucios, concejales y policías corruptos, dinero del erario público gastado sin escrúpulos por una casta de golfos apandadores, adolescentes que sufren acoso en el instituto y un largo etcétera de sucesos con los que las televisiones públicas nos amargan la comida o hacen que valoremos, ahora más que nunca durante esta crisis brutal de la que, se dice, ya hemos salido -permitan que me ría-, lo que tenemos en el plato y afortunadamente podemos llevarnos a la boca. Y mientras nos hacen seguir comiendo las uvas de la ira, algunos deseamos evadirnos un poco de tantas fatales previsiones abriendo un libro, y entonces nos encontramos con una novela valiente, con una historia consecuente con nuestro tiempo que, quizá, hubiera resultado más objetiva y menos redundante de haberse publicado con cierta distancia temporal entre lo que relata y lo que aún, por desgracia -y digan lo que nos digan personajes tan al pie de la calle como Botín o el mandamás de Telefónica-, nos encontramos viviendo. 

"Nunca la vida se había parecido tanto a una novela", reza una de las frases del vídeo de promoción de Lo que encontré bajo el sofá. Y sin embargo, he tenido la sensación al leerla de justo lo contrario: nunca una novela se había parecido tanto, o más bien había querido parecerse, a la vida. El autor, con ojo avizor, ha sabido qué temas resaltar en su segundo trabajo para meter el dedo en la llaga, para que su título (por otra parte, espléndido; quién no ha buscado bajo el sofá, en tiempo de penurias, tratando de encontrar calderilla para comprar pan o tabaco) pueda fulgir sin mácula lo mismo que si estuviera confeccionado con coloridos neones, para conmover con un relato que muchos estamos viviendo en nuestras propias carnes, sin que las diligencias de la ficción puedan salvarnos de una realidad cruda y brutal que nos circunda y nos engulle. Trabajo encomiable el suyo, aunque su predilección por las frases sentimentales y las citas que a ratos recuerdan a manuales de autoayuda no casan a veces con el ruido y la furia contenidos en el corazón de la sociedad española actual, que parece siempre a punto de saltar sin llegar a saltar nunca.

Eloy Moreno nos acerca su afán de esperanza con un mosaico muy nutrido de personajes, cada uno con su particular visión de los tiempos duros que vivimos, y una panorámica mágica de la ciudad de Toledo. Me hubiera gustado leer esta novela desde cierta distancia histórica, sin que mi enajenamiento como ciudadano cercado por el paro, los recortes y la austeridad no ejemplificada por quienes la exigen hubiese, de algún modo, malogrado la lectura. No obstante, serán muchos lectores los que, cuando se asomen a ella, podrán sentirse partícipes y aun incluso plenos protagonistas de un libro, impagable maravilla que a menudo sólo pueden sentir esos lectores curtidos, acérrimos, que a fuerza de hábito y costumbre llegan a creer que todos los libros, en alguna medida, hablan de ellos mismos. 




Título: Lo que encontré bajo el sofá

Autor: Eloy Moreno

Editorial: Espasa

ISBN: 978-84-670-3502-5

Nº de páginas: 320

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La comodidad de lo acrítico




¿Saben? Últimamente me encuentro en una encrucijada, vivo en un dilema; siento cierto malestar general que se traduce en una suerte de sentimiento de culpabilidad y de disgusto conmigo mismo, y aunque esto ocurre en dosis muy pequeñas, a veces no puedo evitar pensar que estoy vulnerando lo más preciado, probablemente, que pueda poseer una persona: su dignidad. Más aún, cuando no hace ni una semana que escribí una entrada hablando sobre la mentira. Otros en mi pellejo -más prácticos, por no decir cómodos- no le darían excesiva importancia al asunto que lleva rondándome ya varios días por la chola, pero yo soy un tipo sesudo y siempre ando analizándome, tratando de encontrar una correspondencia entre lo que digo y/o escribo y lo que hago. Quizá debiera plantearme la publicación de esta nueva entrada como una especie de fe de erratas, y con ella resarcirme de mis errores o mi pusilanimidad, que a buen seguro otros cometen del mismo modo que yo (y sin una mínima traza de arrepentimiento, para más inri), hecho de sobra probado, en el día a día, que a mí no consigue aliviarme ni logra otorgarme la redención. "Mal de muchos, consuelo de tontos", dice nuestro, a veces, sabio refranero. Así que para no ser un tonto, en éstas me veo: escribiendo una entrada que, de una forma absolutamente exclusiva, va dirigida contra mi propia persona, pero que sin duda es extensible al mundo que nos rodea; sobre todo, a este país con un antiquísimo e infundado complejo de inferioridad.

Como les ocurre a muchos escritores o aprendices de -entre éstos últimos me encuentro yo- en la amplia esfera bloguera, colaboro con editoriales escribiendo reseñas literarias que publico en mi espacio, y que luego ellas, las editoriales, se preocupan de difundir, a modo de promoción, por las diferentes redes sociales. Al menos yo -no sé si a otros les pagarán por desempeñar esa tarea-, no cobro nada; pero, a cambio de ello, las editoriales con las que colaboro me envían gratuitamente sus novedades editoriales, y eso me permite no gastarme un dinero que no tengo (o que debo emplear en cosas más indispensables) en libros. Cierto es que leer resulta barato, que uno siempre puede encontrar lecturas magníficas a un precio insignificante en las librerías de viejo, o bien hacerlo por la patilla, a poco que uno disponga de un documento nacional de identidad para presentar en el mostrador de cualquiera de las fabulosas bibliotecas públicas que hay por todo el país. Pero esta actividad, además de asegurarme que mi biblioteca personal vaya creciendo, me permite hacer nuevos descubrimientos, leer a autores a los que no había leído nunca antes e incluso, ya atendiendo a intereses profesionales -por así decirlo-, me permite saber cuáles son las inquietudes del mercado editorial, qué busca el lector de nuestros días, qué tipo de literatura se estila más entre la plebe, y así hacerme eco de aquellos proyectos personales míos que podrían tener aceptación, o no, entre el público. Es una tarea magnífica, que a un parado de larga duración como yo le proporciona mucho entretenimiento, y que, de cuando en cuando, me exhime de darles demasiadas vueltas a mis fatigas y problemas personales. Sin embargo, otras veces esta actividad puede resultar muy nociva, y esto pasa por habernos convertido en seres acríticos, temerosos de hablar por no ofender a nadie o para que la masa no nos dé la espalda, para que no nos encontremos en una especie de exclusión social intelectual, incurriendo en eso que alguien denominó sabiamente como "ignorancia pluralista", y que no es otra cosa que darle la razón a la gran mayoría, aunque no estemos de acuerdo, por temor a parecer bichos raros. 

Ya he dicho que esta entrada va dirigida exclusivamente contra mi persona, así que no voy a detenerme a mirar a mi alrededor, en busca de culpables. Haberlos, claro, haylos; pero eso no amortigua mi propia culpa, así que sería un ejercicio de soberbia justificar mis faltas señalando las faltas de otros. Ninguna de las editoriales con las que colaboro me ha dicho nunca (al menos, abiertamente) que escribir una reseña negativa de uno de sus productos significaría, automáticamente, el prescindir de mi tarea como colaborador suyo. No obstante, he leído en otras bitácoras a personas a las que sí han dejado de enviar libros tras haber escrito una crítica negativa, aunque decir crítica es decir mucho, o demasiado, teniendo en cuenta que ése es un término que prácticamente ha desaparecido, no sé si solamente en este país o también en el resto del planeta. Con esa inquietud -fundada o infundada- a que no quieran que colabore más con ellos, me he visto en la tesitura, últimamente, de tener que mentir como un político al escribir reseñas de novedades que me han enviado, o bien disfrazar convenientemente mi rechazo a la obra leída, buscando las virtudes de la misma donde no las hay, utilizando adjetivos que no resulten ofensivos para el autor, la editorial, o incluso para esos lectores que sí hayan logrado ver esas virtudes que yo no he conseguido atisbar o que no me parecen tales. Donde debería decir que una prosa es llana y simplona, debo decir sencilla; cuando un autor acribilla sus textos con tópicos manidos y trillados, escribo que es alguien consecuente con su tiempo; al encontrarme una trama sincopada, fragmentaria y coja, decido poner en la reseña que se trata de un argumento dinámico... Podría poner muchos más ejemplos, muchísimos, pero creo que ya se hacen a la idea de lo agotador que resulta tener que escribir condicionado. 

De acuerdo, ya sé que vendrá alguien a decirme que hay críticas y críticas, críticas constructivas y críticas destructivas, críticas respetuosas y críticas ofensivas, y me consta que ése es uno de los criterios con que algunas editoriales permiten al colaborador "criticar" el libro que le han enviado. Es algo que queda muy bonito y dicharachero en la teoría -"dime lo que no te gusta de mí que yo me lo tomaré bien y trataré de mejorar, y luego te invito a unas cañas"-, pero a la práctica es casi imposible de conseguir. El nivel de aceptación del ser humano es menor cada vez, y se ha vuelto muy difícil de conseguir que una crítica, aun pronunciada con el mayor respeto del mundo, no resulte ofensiva para quien la recibe. Lo más habitual, en este barco de locos donde nuestro desmesurado afán por reivindicar la tolerancia y los derechos humanos nos ha conducido a cotas de imbecilidad sin parangón -aunque por ello nos saltemos a la torera derechos más fundamentales todavía, como los de las víctimas con la reciente y polémica abolición de la doctrina Parot, por poner un ejemplo drástico-, en pos de un correctismo político que nos condiciona a no llamar las cosas por su nombre, es que la persona criticada no consiga reconocerse en las taras que se le asignan, y que, además, pese a que esa crítica que se le ha hecho con tacto y respeto pueda ayudarla en un futuro a mejorar, tome un consejo como una afrenta y un ataque personal. Un día escribiré una segunda parte de esta entrada hablándoles de lo que los loqueros, sociólogos y demás expertos en decirnos que haya paz y amor por doquier vienen llamando la "crítica asertiva", explicado incluso con el gráfico ejemplo de un bocadillo -sí, sí, como leen, un buen bocata de ibéricos o de lo que ustedes gusten-, que, como ya he dicho unas líneas más arriba, en la teoría o con personas de mucha confianza de nuestro círculo más íntimo (y aun así no las tengo yo todas conmigo de que no se ofendan también) puede resultar muy eficiente, pero que en la práctica hace más aguas que una parturienta fuera de cuentas en un vagón de metro durante la hora punta.

Vivimos en un mundo acrítico, conformado por una relatividad en cada cosa que nos impide posicionarnos con convicción, donde hemos perdido la capacidad de analizarnos y vernos desde fuera de nosotros mismos. Antaño, la crítica espoleaba la carrera de un artista, la hundía en el cieno u obligaba al creador a cambiar de fórmula, a renovarse, a querer dar lo mejor de sí mismo. Pero es más cómodo decir eso de para gustos, los colores, tirar de mentiras piadosas y creer que la impericia de alguien que se dedica a un proceso creativo no se debe a su propia mediocridad, sino al consumidor que no ha entendido su obra. Es fácil no tener problemas con nadie, y cómodo, al precio de dar la razón que no se tiene, o de aprobar cosas que no aprobamos en nuestro fuero interno. En este país más que en ningún otro sitio, pero también en el resto del mundo, la consecuencia lógica de ello ha sido una crisis brutal, gobernada por el poco sentido común de la ciudadanía que pedía créditos que no podía pagar, por la infame avaricia de los bancos que han venido siendo la serpiente colgando del árbol de la ciencia del bien y del mal, con el fruto prohibido bien expuesto y reluciente en las fauces, y por políticos incompetentes que nunca toleraron una crítica, que rápidamente han depurado responsabilidades, y que justifican sus taras mostrando las taras de la oposición de turno. Ninguno de ellos culpable; incapaces todos -ciudadanos, banqueros, políticos, artistas- a la humildad, a mirarnos en un espejo que no sea el de las aguas de Narciso, a permitir que nadie nos venga a decirnos: "Chaval, no vayas por ahí..."

A partir de ahora, confío en que algún lector habitual (si es que en esta malograda bitácora hay alguno, que lo dudo, aunque lo prefiero a cualquier seguidor, que la mayor de las veces no es lo mismo lo uno y lo otro; algo estaré haciendo mal) sepa separar el trigo de la paja cuando lea alguna de mis reseñas, y deseo que tenga la intuición suficiente para dilucidar cuando he escrito una con ganas y cuando he mentido impunemente. Si me leen haciendo una crítica abiertamente negativa, tengan por seguro que el libro reseñado es de mi biblioteca personal, que no me lo ha enviado ninguna editorial, permitiéndome así el poner a caer de un burro, si no me gusta (o aplaudiéndola, si ocurre lo contrario) la obra que yo he pagado de mi propio bolsillo. Que también tengo derecho, coño. 


lunes, 4 de noviembre de 2013

"Los crímenes de un escritor imperfecto", de Mikkel Birkegaard




Llega a España por segunda vez, de la mano de Punto de Lectura en su edición de bolsillo, el fenómeno Mikkel Birkegaard (1968), autor danés que cosechó un éxito contundente con su primera novela, Libros de Luca, comparada nada más y nada menos que con La sombra del viento y El cuento número trece, y que, a día de hoy, tras haber adquirido los derechos para el cine la compañía cinematográfica más importante de Escandinavia e Islandia, se encuentra en negociaciones con Hollywood. Con Los crímenes de un escritor imperfecto, segunda novela de su producción, Birkegaard vuelve a hacer acopio de su pasión por la literatura.

Con un lenguaje directo, coloquial y dinámico, que prescinde de toda ornamentación elitista, el autor de Copenhague nos acerca un thriller que, en realidad, es una gran broma, una burla y una crítica socarrona hacia el género de la novela policíaca -al menos, a esos autores mediocres que se empeñan en devaluar el género, tan respetable como tantos otros-, y para ello no duda en incluir entre estas páginas todos los clichés y tópicos de los que suele hacerse valer la novela negra o de misterio, cuando está mal escrita. Policías corruptos, mujeres fatales, afamados escritores, ricos y atractivos, que lo mismo valen para dar conferencias sobre literatura que para aparecer en las portadas de la prensa del corazón; tramas conspiranoicas y acosos que comienzan, cómo no, con una llamada telefónica; crímenes que, volcados sobre el papel, resultan muy pintorescos y originales, pero llevados a la práctica, en la vida real, resultan casi imposibles de cometer, porque las grotescas posturas de los cadáveres no pueden lograrse en la realidad con la limitada y atrofiada anatomía del ser humano y los regueros de sangre, similares a aspersores regando un jardín, no pueden alcanzar esa suerte de surtidor si no es bajo unas circunstancias y condiciones muy concretas.

Eso es algo que sabe de muy buena tinta el bestial asesino de esta historia. Otros se harán cargo de esas delaciones a las inexactitudes de una novela mediante la crítica o la reseña literaria, pero él prefiere emular los crímenes aparecidos en las novelas de éxito de Frank Fons, e instruirle de una manera más veraz en la verdadera esencia de un asesinato y de todo su aparato logístico. Entretanto, la vida acomodada, mediática y prestigiosa de Fons corre peligro, autor de best-sellers que no ha llegado a ser el escritor que quería cuando comenzó su carrera, pero que ha encontrado una fórmula que le asegura el éxito y la financiación de su modo de vida disoluta, plagada de excesos, aunque esa carrera vertiginosa le haya acabado costando el vivir separado de sus dos hijas y una orden de alejamiento con su ex mujer, la cual, pese a todo, no ha dejado de ser en ningún momento el amor de su vida. Comienza así una asfixiante carrera por salvar su reputación y proteger la vida de los seres allegados que le rodean, y para ello deberá olvidarse de la acomodaticia visión de la delincuencia que le proporciona la ficción e inmiscuirse de lleno en el grito de la sangre, para pensar como el asesino y adelantarse a los pormenores de los asesinatos que él mismo confeccionó en sus libros.

Mikkel Birkegaard nos hace llegar una historia amena y dinámica, no exenta de cierta socarronería, acerca de la poca correspondencia hallada entre ficción y realidad, y a la vez da a luz a una irónica crítica hacia esos escritores que un día se prostituyeron, dando la espalda a sus principios por atender las necesidades de un mercado plagado de editores que se asemejan a cazarrecompensas y lectores light, que sólo buscan un anestésico, mediante lecturas mediocres, para olvidarse por un rato de sus problemas del día a día.


Título: Los crímenes de un escritor imperfecto (Primera edición: octubre de 2013)

Autor: Mikkel Birkegaard

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2751-0

Nº de páginas: 430












viernes, 1 de noviembre de 2013

La mentira





Me huelen los pies; llevo fundas en los dientes que, a veces, gracias a la carísima chapuza de quince mil pavos, aproximadamente, que hicieron mis dentistas -odontólogos, implantólogos y los demás ólogos, me cago en su raza-, se me desprenden en los momentos menos afortunados, haciéndome parecer una vieja de noventa años, desdentada y brujeril; en un pasado menos lejano de lo que a mí me gustaría, cometí excesos de casi todo tipo; en ocasiones suelto faroles y bravatas que me salvaguardan el culo en situaciones hostiles -la suerte es favorable a los valientes, dijo Aquiles; y a los caraduras, añado yo-, aunque mis formas de defensa sean mucho menos efectivas que la bravuconería con que las promociono; solamente me atreví a dejar a mi ex pareja, madre de mi hija, cuando se me cruzó al paso otra mujer, aunque sabía desde hacía muchos años que debía haberla dejado al poco de comenzar nuestra relación (y aunque, rompiendo una lanza a mi favor, antes de tener que serle infiel, le contara que había comenzado a gustarme otra persona); soy un celoso empedernido, me tiro pedos cuando duermo, ronco como un mamut y por las mañanas sufro la alitosis propia de un tigre dientes de sable después de haberse pegado una pitanza con cuatro cromañones borrachos; defeco de tres a cuatro veces al día; padezco crisis muy severas de ansiedad, que con el tiempo se ha ido cronificando hasta el punto de atormentarme con mil y una aprensiones y fobias que me hacen sentir cada noche la sintomatología exacta de un infarto y me obligan a dormir con la luz encendida, si duermo solo; me miro demasiado en los espejos, aunque no por vanidad sino por asombro de mí mismo, porque a mis casi treinta y cinco primaveras aún no he conseguido acostumbrarme a calzar esta jeta que gasto y me siento más feo que guapo, y porque debo ser casi la única persona en el planeta que cree que el ser humano es feo de cojones, con protuberancias que le salen del tronco y de las cuales brotan otras protuberancias o pequeños tentáculos que llamamos dedos, por no hablar de los elementos viscosos y repugnantes de nuestra defectuosa anatomía, como son boca, ojos o genitales... Pero soy sincero, tan sincero como permite serlo el vivir en un mundo mentiroso.

Creo que fue un personaje de El padrino -no soy cinéfilo, nunca he visto la película y, aunque la tengo en algún estante de mi biblioteca personal, tampoco he leído la novela- quien dijo eso de que "aun cuando miento, digo la verdad". Esa frase es muy atribuible a mi persona; las veces que he tenido que mentir -y han sido muchas, no voy a dármelas de santurrón a estas alturas del cuento-, mis mentiras llevaban en su haber un ochenta por ciento de verdad. Lo malo de la verdad es no ser mentira alguna vez, y viceversa. Recuerdo cuando, de manera jocosa, ponía en el estado de mi perfil de las redes sociales que me iba a la cama a masturbarme... y nadie me creía, riéndose de la broma, aunque era totalmente cierto. A veces ocurre eso con la verdad: que es tan escandalizable (que no escandalosa) que nadie se atreve a creerla. Y también al contrario: nos conviene muchas veces creer las mentiras, hacernos pasar por ignorantes, callar nuestra verdadera opinión porque pensamos que no va a ser acorde con la opinión de la mayoría, que vamos a dar la nota, fenómeno que fue acuñado por no sé quién, en no sé qué siglo, con el término "ignorancia pluralista". Aun con todo, yo sigo pensando que es preferible una verdad que duele a una mentira que mata. (No aplaudan: la frase, afortunadamente, no es mía; la encontré en Google, a modo de leyenda o proverbio en una de esas fotos empachosas de amores despechados o imposibles, en blanco y negro, que incluyen a una mujer llorando a lágrima viva, con el rímel corrido, o a una pareja desnuda dándose la espalda el uno al otro. La escupidera la dejé por ahí, por si quieren vomitar.)

Fuera de coñas, lo cierto es que me aburre la mentira: da demasiado trabajo, y yo siempre me he jactado de ser un vago encantador. Se han puesto muy en auge esas empresas que preparan coartadas bien fundamentadas que respaldan a maridos puteros o infieles, a esposas promiscuas y a todo tipo de personaje al que no le conviene que sus secretos salgan a la luz; y no me extraño de su contundente éxito, aunque no me agrade su actividad. No voy a entrar a estas alturas de la noche en moralinas de sobremesa con café, puro y copa, pero a mí me molesta mentir porque requiere un esfuerzo exagerado de imaginación, logística y excelente memoria; mentir se me asemeja a hacer footing, y yo soy de los que opina que correr es de cobardes. Con tal de no sudar y no despeinarme, prefiero decir la verdad aun a riesgo de que le pese a quien sea. He mentido, por supuesto, pero, como ya he dicho antes, siempre he procurado que mis mentiras llevaran el mayor porcentaje posible de verdad, y cuando lo he hecho ha sido, o bien para proteger a alguien que lo mereciera, o bien a personas que no me importaban en absoluto, o sencillamente por el simple placer de mentir, por sacar en la vida cotidiana al narrador que llevo dentro y burlarme de esa persona que, a buen seguro, a su vez también estaba mintiéndome a mí, para demostrarme a mí mismo que yo también podía ser tan bueno en ese juego de contar historias falsas como el que más. En una ocasión, un maestro (que no profesor) del instituto -era de historia, y el cabrón era lúcido como pocos en este barco de locos que llamamos mundo- me preguntó por qué faltaba tanto a clase. Yo no me molesté en buscar excusas, y le respondí que porque me iba a la cafetería, a escribir. "Yo falto y usted me pone falta: estamos en paz", le dije. "Me parece justo", dijo él, y me abrió la puerta para que pudiera ausentarme del aula, si quería, aunque esa vez no me marché y atendí en clase, para mostrarle deferencia por su buen gesto. En otra, robé un par de postales para enviárselas a mis padres de una tienda de souvenirs, estando de viaje de fin de curso en Palma de Mallorca, y el dueño me pilló in fraganti. "¿Qué piensas hacer con eso?", me preguntó, y yo le dije que pedir un sobre para llevármelas, bromeando para quitarle hierro al asunto, aunque sin trabarme con excusas inútiles e innecesarias. El dueño mandó a una empleada -era rubia, puede que alemana; me acuerdo a la perfección, porque entonces no había chinos en España- que me las metiera en un sobre, y me las regaló.

Hace poco tiempo me han dicho dos allegados que la experiencia les ha enseñado que no hay que sincerarse del todo con la pareja. No sé, no llego a estar de acuerdo, no les compro la opinión... Puedo entender que cada persona de este mundo necesita tiempo y espacio para sí mismo, una pequeña parcela de intimidad, una trozo de isla en esta era donde todo es publicable, anunciable, presto a la delación y a los grandes titulares en negrita, al exhibicionismo de las redes sociales, incluso de las bitácoras como en esta que escribo. Pero creo que eso se puede pedir, consultar, sin necesidad de permitirnos licencias que tal vez puedan traernos problemas con la persona a la que amamos, no por el continente del secreto sino por la forma en que lo hemos convertido en eso, un secreto. Hay personas dignas de toda confianza que desbaratan ese rango privilegiado por culpa de una mentira piadosa o inofensiva; la forma en que uno ha forjado esa mentira, y el modo en que ha forjado más mentiras para tapar la mentira primera, las convierten en culpables, y en según qué circunstancias parecer sospechoso ya te convierte automáticamente en un sospechoso. Se despiertan así desorbitadas susceptibilidades por la persona que ha sido mentida (amén de perderse cierta pureza en la relación entre quien miente y quien ha sido mentido), y su imaginación se desata, siendo ésta más cruda y escandalosa que la propia verdad que tapa la mentira que le ha agraviado. Cuando dejé a la madre de mi hija con los motivos que ya he descrito al principio de esta entrada, no faltó quien me dijo que hubiera sido preferible mentir, que debería haber sido práctico, seguir con ella llevando una doble vida, que el ser sincero me estaba costando ahora juicios, abogados, custodias monoparentales, regímenes de visita insuficientes, toda una retahíla de fatigas y sufrimientos de poeta, en el sentido más venenoso de la palabra, que habrían acabado viviendo bajo su mismo techo, pero con amante, empresa de coartadas, viajes de trabajo, facturas de móvil enviadas a otra dirección o un segundo teléfono clandestino, piso alquilado o habitación de hotel y toda esa parafernalia agotadora que deben desplegar siempre los infieles... Pese a todo, pese a que día de hoy, casi seis años después de separarme, aún me encuentre pagando las consecuencias de mi sinceridad -hay una cosa aún más peligrosa que una mujer despechada, y es una mujer despechada sin escrúpulos-, estoy orgulloso de haber actuado así y no de la manera que me recomendaron. Me permito el lujo de dormir, cuando demonios de una índole muy diferente a la de la infidelidad o la deslealtad me lo permiten, y me siento orgulloso de ser una persona entregada, leal y diáfana con la persona a la que ahora amo. (Tome nota esa gente del pasado que en ocasiones ha tratado de ponerse en contacto conmigo, por si me leen.)

No creo que la mentira tenga las patas cortas, sino muy largas; pero su resistencia, como la del guepardo, es muy poca, aunque su velocidad sea prodigiosa, y con paciencia y tiempo puede dársele alcance. Tarde o temprano todo sale a la luz, todo aflora a la superficie, todo se oculta en el sumidero pero acaba por desembocar a alguna parte. Siempre hay alguien que nos quiere mal y que no tardará en delatarnos, siempre se dan olvidos, siempre existen despistes y, como escribió Antonio Muñoz Molina, en el descuido de un segundo está contenida entera una catástrofe... No quiero que me cojan en un renuncio, y odio que nadie me ponga colorado si no es por propia inocencia mía. Por eso procuro decir siempre la verdad, al menos con las personas a las que quiero y respeto, aunque les duela, aunque menten a mis desaparecidos y me monten una escenita de clásico del cine en blanco y negro. No tengo tiempo, ni medios, ni mucho menos ganas de mentir; ya me cuesta demasiado lidiar, en el espejo, con esta jeta imberbe que me gasto, como para tener que mirar por dentro, además, de las cuencas vacías de una máscara.