"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 22 de octubre de 2013

"La tempestad", de Juan Manuel de Prada




A modo de exordio con que inaugurar esta reseña de la novela La tempestad, de Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 31 de enero de 1970), me mantendré firme en la aseveración que ya hiciera reseñando a ese otro autor patrio, polémico donde los haya: Arturo Pérez-Reverte. Al igual que el exitoso escritor y antiguo corresponsal de guerra, Juan Manuel de Prada ha cosechado, mediante artículos y apariciones en programas politizados de televisión como contertulio, un cierto número de antipatías. Yo mismo no estoy de acuerdo con ese grado de impertinencia con que acompaña a veces sus opiniones, independientemente del fondo que contengan; sin embargo, y como ya dejé claro en mi reseña de El tango de la guardia vieja, creo que la simpatía o la antipatía que pueda guardarle al ser humano que hay por detrás del literato no debe contaminar mi capacidad lectora (comprensora) ni restarle méritos al escritor, si verdaderamente pienso que son de su total autoría. Por lo tanto, pese a guardarle cierta tirria por algunas declaraciones hechas, a mi parecer, desafortunadamente, nunca he dejado de ver en él a un escritor de enorme talento, enamorado de la palabra, que realmente merece el lugar de honor que mantiene en las letras españolas.

Dicho esto, confesaré que ya tenía ganas de encontrarme de nuevo con este autor, desde que en 2008 leyera esa otra novela suya, ganadora del Premio Primavera de Novela 2003 y el Premio Nacional de Narrativa 2004, La vida invisible. Su sustanciosa prosa, repleta de palabras poco comunes y prolija en disertaciones muy lógicas, siempre supone un delicioso reto para el lector que no se conforma únicamente con entretenerse leyendo. A día de hoy, no creo que exista un escritor mejor para ampliar, leyéndolo, nuestro vocabulario. La suya es una prosa depurada al máximo, muy sustancial e inteligente, que induce al lector más curtido a embeberse ya no solamente con sus intrincados argumentos, sino con el mismo proceso de elaboración de la obra, atendiendo como un vigía a la construcción de cada una de sus frases, a la elección concreta de cada palabra, al ritmo de la historia y a los signos de puntuación que marcan el tempo, del mismo modo que un poeta cuenta las sílabas o un director de orquesta conduce a sus músicos. Se nota, pues, en cada párrafo, la pasión que el autor vasco siente por el oficio de escribir, y que le ha llevado a ser uno de los pocos -poquísimos, a decir verdad- escritores de este país que, desde un principio, desde que escribiera su primer e inclasificable libro, Coños, han tenido el impagable privilegio de dedicarse exclusivamente a la literatura, pudiendo, además, vivir de ello. 

La tempestad, cuarto libro de su producción, galardonada con el Premio Planeta en 1997, nos traslada a una Venecia tenebrosa, anegada por las mareas y la nieve, que vive las vísperas de su famoso carnaval. A ese inquietante escenario llega Alejandro Ballesteros, catedrático pusilánime que vive apocado por su celibato y por la ingratitud de su trabajo, para estudiar La tempestad, el misterioso cuadro del pintor renacentista Giorgione. En su primera noche en la ciudad, que le produce una insana sensación de desidia y rechazo, Ballesteros es testigo de un asesinato a través de la ventana de la habitación que tenía reservada en un hotel decadente. Cuando baja corriendo a auxiliar al hombre que acaba de ser disparado a bocajarro y que morirá en sus brazos, los motivos de su viaje quedarán relegados a un segundo plano, y el catedrático se verá involucrado en una trama de feroz competitividad entre restauradores y falsificadores de arte, conociendo también el sabor agridulce de esos amores que de antemano ya están destinados a distanciarse, entre los que caben las tempranas susceptibilidades y desconfianzas.

Se nos plantea, en esta dinámica historia que flirtea con el género de la novela negra, la eterna pregunta de si el arte responde a esas enrevesadas claves que los estudiosos se proponen en esclarecernos, desvelándonos con sus interpretaciones los motivos que pudieron mover a un pintor a crear ciertas obras, o si por el contrario el arte sólo es accesible a la sensibilidad mediante la religión del puro sentimiento. ¿Conciencia o inspiración? ¿Matemática o instinto? Incluso a un escéptico como yo, que no cree en más musas que las de la disciplina, Juan Manuel de Prada puede llegar a convencer, mediante su prosa elitista y esculpida al milímetro, que no hay obra más veraz que la que está sacada de las mismas tripas.






Título: La tempestad

Autor: Juan Manuel de Prada

Editorial: Planeta

ISBN: 978-84-08-02294-6

Nº de páginas: 330 



lunes, 7 de octubre de 2013

"Poesía", de Gabriel Celaya




He dicho ya hasta el empacho, en esta malograda bitácora, que me guardo mucho de reseñar libros de poesía: creo que para desempeñar esa tarea hay que estar hecho de una pasta especial, y además opino que es un género mayor con el que difícilmente se puede ser objetivo, dependiendo de la empatía que los sentimientos del lector guarden con el conjunto de poemas leídos; al contrario de lo que ocurre con la narrativa, en la que no es necesario que el lector halle una correspondencia emocional con los personajes que transitan por el relato (aunque, si se halla, mejor que mejor), la poesía necesita declamarse, hacerse vivencia en nuestra sangre o, si no tanto, al menos sí debe hacernos llegar la sonoridad y la fuerza de su propuesta. Son muy pocos los poemarios, ciertamente, que he reseñado en este espacio, con menos acierto que instinto o un personal gusto estético, y cuando lo he hecho ha sido atendiendo a razones poderosas, no por ello menos íntimas, individuales e intransferibles, contradicción a tener en cuenta si consideramos que una reseña literaria se escribe con el propósito de transferir la opinión que tenemos de una obra a un público que busca referencias de la misma.

En el caso de esta antología de Gabriel Celaya (Hernani, Guipúzcoa, 18 de marzo de 1911 - Madrid, 18 de abril de 1991), las razones que me han conducido a reseñarla han sido diversas y variopintas, y a cual más importante. La primera atiende a motivos puramente personales: conocí a Celaya a través de mi pareja, mediante una delgada antología que su hermana guarda con cariño en su casa, y a ratos fui leyendo algunos de los poemas que se incluyen en ella, de amor sobre todo, dedicados a la que fue la eterna compañera del poeta vasco; este hecho despertó mi curiosidad por su obra, y mi pareja, insomne y centinela siempre de mis necesidades, aprovechó esta semana de la XXVIII Edición de la Feria del libro antiguo y de ocasión, incluida entre las actividades a destacar de la Semana Cervantina de Alcalá de Henares, para regalarme una magnífica antología del poeta, con un conjunto de poemas seleccionados por ese otro peso pesado de la poesía, Ángel González, segunda razón de que me haya animado a reseñar este libro, porque considero que no hay nadie mejor para revisitar la obra de un poeta que otro poeta. La tercera razón -no menos poderosa que las otras dos, aunque sí menos íntima y subjetiva- es el enorme progreso que he advertido en su trayectoria, la distancia existente entre sus primeras construcciones poéticas y las últimas; disfruto muchísimo cuando leo a autores en los que resulta muy visible su evolución creativa, la pericia que van logrando a través de la experiencia y que se apoya más en el tesón que en el talento natural, en la disciplina que en la mera e insustancial inspiración. Hay grandísimos autores que lo son por su empeño en querer ser grandes, y me resultan abismalmente más atractivos que ésos otros, a veces pagados de sí mismos, que van degenerando a medida que su obra avanza, o bien de los que desde sus primeras creaciones ya se revela de una manera totalitaria su enorme valía. Un consumidor de poesía como yo, que además trata de seguir los pasos de los autores a los que lee, no puede sino gozar al percatarse de la evolución plausible que existe entre los primeros poemarios de Celaya, como Marea del silencio o La música y la sangre, y los conjuntos de poemas que escribió estando más avanzada su trayectoria, como son Las cartas boca arriba o Paz y concierto.
Es en este último, precisamente, que el poeta lanza sus flechas más certeras para referirnos lo que significa ser poeta en tiempos turbulentos de descrédito y denuedo hacia todo ejercicio emocional:

"Da miedo ser poeta; da miedo ser un hombre
consciente del lamento que exhala cuanto existe.
Da miedo decir alto lo que el mundo silencia.
Mas ¡ay! es necesario, mas ¡ay! soy responsable
de todo lo que siento y en mí se hace palabra,
gemido articulado, temblor que se pronuncia."

Como digo siempre, este tipo de antologías resultan ideales para el lector que, desconociendo la obra de un autor en concreto, desea asomarse a su trayectoria y, tal vez, empaparse de ella, absorverla hasta el punto de que acabe convirtiéndose en un imprescindible de su biblioteca personal. Si, además, la antología está revisada y estructurada por otro literato de no menos valía, como sucede en este libro con el trabajo de selección desempeñado por Ángel González, el disfrute está garantizado.


Título: Poesía 

Autor: Gabriel Celaya

Editorial: Círculo de Lectores

ISBN: 84-226-3336-1

Nº de páginas: 158