"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 26 de septiembre de 2013

Con sigilo de desconocerse




A Palo Rodríguez Ortega



Yo quiero asomarme a las palabras
desde el pretil que a su música instala
tu voz de río que exonera el tiempo
o lo subraya, infalible enemigo;
alfareros femeninos, con tus manos quiero
tratarlas,
                     con tus dedos prensiles
darles cuerpo umbrío de arcilla oscura,
substancia de existencia verdadera
que a mi futuro sea proyecto en pernocta
u hora para el amor incorruptible.


No las quiero rotas, lastradas, rígidas,
tan inexactas en su contundencia
de arma arrojadiza;
las quiero de tu boca movediza,
depuradas de culpabilidad,
viviendo su significado por tus ojos.


Quiero el buen trazado de tu talento,
que vive con el sigilo de desconocerse
y no tarda en dormirse en los laureles
si a tu pericia asoma la desgana,
porque a menudo ignoras que leerte
es quererme libre y sin aristas,
leerte es asumir todos los actos
que enhuellan la existencia.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La eterna soledad del héroe


Ya he mencionado alguna que otra vez en esta malograda bitácora que, en un pasado remoto en el que cada vez me cuesta más reconocerme, fui un ferviente lector de cómics. O tebeos, que me gusta más ese término que el anglicismo tan defendido por esos sabelotodo consumidores de viñetas, coleccionistas de figuritas articuladas y empedernidos jugadores de rol. Además de despertarme una saludable y productiva afición al dibujo y la pintura -algún día me animaré a publicar por aquí mis trabajos, que están muy lejos de ser profesionales pero, por qué no decirlo, tienen su aquél-, la lectura de tebeos me sirvió de puente para cruzar a la orilla de la literatura universal y para comprender la enorme necesidad que hay de cuidar ciertos valores cada vez más denostados en la sociedad actual. Aprendí, al comparar la realidad que nos circunda con esas ficciones que yo leía de superhéroes, que se ha abolido de nuestras virtudes más puramente humanas la capacidad de sacrificio, que la lealtad es una perla cada vez más preciosa que languidece en el fondo de océanos insondables, que a todo el mundo se le llena la boca afirmando que mataría por tal o cual persona, eso sí, mientras la cruzada no le cueste levantarse del sillón o le depare demasiados quebraderos de cabeza, que durante demasiado tiempo nos han convencido de que el cementerio está lleno de héroes, y que con esa premisa fácil en la mente nos ha convenido creer, para nuestra propia seguridad y acomodo, que la generosidad es dar solamente lo que no queremos o nos sobra, que es valiente el que no tiene miedo, que es débil quien es sensible y un misántropo arrogante la persona que elige ser solitaria. Aprendí, de esos frikis en calzones largos, hombres y mujeres con cuerpos de infarto embutidos en ajustados, coloridos y, a menudo, ridículos trajes, enmascarados a veces como un sadomasoquista (puedo imaginarme la escena, a todo color, en la vida real: un montón de envidiosos e hijos de puta señalando al cielo o a lo alto de un rascacielos y diciendo: "Mira al ridículo ése. ¿Quién se creerá que es marcando abdominales con esa horterada que lleva puesta?" O bien: "Menuda zorra. A ver si se piensa que por lanzar rayos por las manos y convocar lluvias que salven nuestras cosechas puede ir enseñándolo todo con ese bikini de látex, que a mi Pepe le engaña pero a mí no: se las dará de superheroína pero sólo es una guarra."), que el esfuerzo solamente puede denominarse como tal cuando nos quitamos cosas para dárselas al otro, que el silencio prudente es preferible a la bravata que no puede sostenerse con actos, que creerse fuerte, aunque no lo seas, es a veces tan efectivo como serlo. Por sobre todo, aprendí que hay que atreverse a querer marcar la diferencia, y que ésta se marca no eludiendo responsabilidades, no señalando los errores de los demás cuando se han descubierto los nuestros propios -tienen tantos tebeos que leer los políticos de este país-, no recurriendo, a la primera de cambio, a la ley del Talión, ley que está muy bien -somos de índole vengativa, no cabe duda; al fin y al cabo, la justicia no es más que una forma de venganza cívica- siempre y cuando no se use para enmascarar nuestras propias faltas con la condena hacia las faltas de los otros. También, y más importante, que la mayoría de las veces marcar la diferencia significa pagar un alto precio, y ese precio no es otro que la soledad. 

No es un elemento gratuito, salido de la imaginativa pluma de tantos magistrales guionistas, que el refugio donde Superman se retira a descansar o a meditar sobre su destino se llame la Fortaleza de la Soledad. Tampoco es un argumento peregrino el que todo el mundo ande apaleando a Spiderman: la novia que no muere a manos de un supervillano que ha descubierto su identidad secreta, le abandona por no poder estar atento a ella y satisfacer así sus innumerables necesidades de mujer, mientras él se está partiendo la jeta con un montón de atracadores o jugándose la vida intentando meter en la trena a un malote de ridículo seudónimo al que le salen tentáculos de la chepa, trata de no quedarse dormido durante las clases en la universidad y trabaja por las tardes para pagar las facturas del hospital de su tía, venerable anciana que es la única traza de vida social que posee, porque hasta sus amigos le hacen el vacío por no poder irse con ellos a trasegar cubatas al pub de la esquina y su jefe no hace más que racanearle, putearle y, además, iniciar campañas de desprestigio, acoso y derribo hacia su alter ego. Son sólo dos casos entre muchos,  muchísimos, pero el mundo de los superhéroes está lleno de solitarios, de hombres y mujeres que un día decidieron marcar la diferencia, ser responsables con los dones que les habían concedido y pagar por ello un precio altísimo. 

La eterna soledad del héroe siempre ha estado muy en auge en el mundo del tebeo. A pesar de salvar el universo, de sacrificar todo su mundo personal en pos del bienestar y la seguridad de otras personas -eso sí que es proteger y servir, y no lo de algunos policías-, de pasarse las noches de imaginaria vigilando la ciudad e incluso, en muchos casos, la totalidad del galaxia, el héroe siempre encontrará quien trate de devaluar sus esfuerzos, y eso es algo muy instaurado en la sociedad que los guionistas no han dejado escapar para dar veracidad a sus historias. Tendemos a simplificar el trabajo de los demás, es sabido. ¿Quién no ha oído de boca de otros, o lo ha dicho con su propia boca: "Eso puede hacerlo cualquiera."? Y es que basta que alguien cometa algunas acciones intachables con buen tino, para que siempre aparezca un segundo o un tercero a buscarle trasfondos oscuros a esos logros, para teorizar diciendo que algo buscará a cambio el buen samaritano o para acusarle de creerse mejor que los demás. El gobierno estadounidense del Universo Marvel ha decretado una ley antimutantes, que obliga a la Patrulla X ha actuar en la clandestinidad, convirtiendo a héroes en criminales; Spiderman es dilapidado en los medios de comunicación y tildado de amenaza; a Lobezno le borran la memoria, le chutan en el cuerpo unos cuantos kilos extra de adamantium y lo convierten en un proyecto militar; Bruce Banner se encuentra en busca y captura por convertirse en un mamotreto verde y en el tío más fuerte y con más mala hostia sobre la faz de la Tierra, en alegato por dejar hecho fosfatina el patrimonio del país, aunque toda esa destrucción suele ser la consecuencia de haber salvado miles de vidas humanas.

Tal vez esto pase por no tener una conciencia nítida de nuestra fragilidad, de nuestra vulnerabilidad. No puede cuantificar el precio del sacrificio aquél que ha llevado una vida acomodada, ni despertarse una mínima traza de altruismo en el interior de esa persona que nunca ha necesitado ayuda de nadie. Los héroes saben que todo en la vida tiene un precio, y ser conocedores de esa máxima es lo que hace que defiendan la existencia con gadgets, rayos, garras, escudos o telarañas. Por eso, generalmente, al héroe se le perfila en los guiones como a una persona herida, que lleva un dolor íntimo en su alma que trata de paliar ayudando a los otros. Batman asistió al brutal asesinato de sus padres, cuando era un niño; Spiderman es un huérfano que sufre buying en el instituto; Superman llegó a la Tierra después de que su planeta y todos sus habitantes, familiares incluidos, fuese aniquilado; Tormenta, huérfana también, sobrevivió de niña siendo una pequeña ladrona en El Cairo, para luego erigirse en supuesta diosa que convocaba monzones en las colinas de África y así ayudar en sus cosechas a las tribus locales, hasta que el Profesor X le dio una vida decente; Magneto (que, aunque supervillano, es de los personajes más lúcidos a mi parecer que pueda hallarse en los tebeos) fue un testigo privilegiado -si es que es lícito ese adjetivo para este caso- del genocidio nazi, y pasó su infancia en un campo de concentración, viendo como sus padres eran convertidos por el autoritarismo de Hitler en pastillas de jabón; el Castigador decide calzarse una camiseta ceñida con una calavera en la pechera, además de un buen par de uzis y una M-60, después de ver cómo matan a bocajarro a su mujer y sus hijos.

¿A cuento de qué viene esta entrada?, se preguntarán ustedes. Acabo de ver, por cuarta vez, Watchmen (que, aunque no he leído nunca el cómic, me parece la mejor película de superhéroes que haya podido hacerse nunca) y, rendido por su magistral historia, amén de quedar encandilado con el personaje de Rorschach -uno de esos personajes que me gustan tanto, de los que queda difusa su moralidad y según quien los mire pueden ser buenos o malos-, me ha hecho pensar una vez más que los tebeos también son literatura y que no hay un héroe magistral -esto es bien creado, bien escrito- que no haya sentido esa eterna soledad de quienes se atreven a marcar la diferencia. La eterna soledad del héroe. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

"Hablar solos", de Andrés Neuman




Cuando uno se asoma a la vida de un joven escritor que, pese a su edad, disfruta de una trayectoria literaria tan inquebrantablemente sólida, prolífica, fructífera y exitosa, tiende en primer lugar a desconfiar de esas virtudes que tanto celebran público y crítica, y en segundo, a desarrollar hacia él un extraño sentimiento a caballo entre la admiración y la envidia. Prejuicios, aunque los tengo como todo el mundo, siempre he gastado pocos (y cada vez menos; sobre todo, en materia de literatura); de modo que, cuando me sale al paso un escritor de la talla de Andrés Neuman (Buenos Aires, 28 de enero de 1977), en vez de andar a la gresca preguntándome a qué se debe su éxito, simplemente comienzo a leerlo para hallar esas respuestas en la ejemplaridad de su obra. Es algo que recomiendo fervientemente a esos blogueros aprendices de escritor que han convertido sus bitácoras en cruzadas en contra de todo lo que huele a best-seller o de algunos géneros en concreto, ignorando en suma que no hay géneros, temáticas ni éxitos de ventas desdeñables, sino autores mediocres. Ocurre lo mismo en la música, cuando una banda o un compositor ofendido y soberbio, al percatarse de que no entra en la lista de los más vendidos o escuchados, desdeña altaneramente las multinacionales y se declara, a mucha honra, independiente, una manera de disfrazar tal vez su impericia, aunque hay una notable diferencia entre ser independiente y que no te quede más cojones que serlo, porque no te escucha ni tu padre.

Neuman tiene razones de sobra para estar donde está, y su enorme talento, que en la página escrita se va revelando de a poco, progresivamente a medida que uno avanza en sus textos, de una manera tan sutil como efectiva, como si no costara esfuerzo, con esa cualidad pasmosa que tiene el verdadero talento de hacer parecer fácil lo que en realidad es muy difícil de lograr, se ha merecido con creces el favor de la crítica y los numerosos galardones que ha cosechado en casi todos los géneros literarios con los que se ha atrevido. Premio de Poesía Joven "Antonio Carvajal", por Métodos de la noche (1998); finalista del XVII certamen del Premio Herralde de novela, por Bariloche (1999), y nuevamente finalista en su XXI edición, por la novela Una vez Argentina (2003); Premio Federico García Lorca de poesía, por Alfileres de luz (1999); XVII Premio Hiperión de poesía, por El tobogán; finalista del VI Premio Primavera de novela, por La vida en las ventanas; XII Premio Alfaguara de Novela, por El viajero del siglo (2009); LIV Premio de la Crítica de narrativa castellana, por El viajero del siglo (2010); IV Premio La Tormenta en un vaso al mejor libro del año, nuevamente por El viajero del siglo (2010); finalista del XVII Premio Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española del bienio, otra vez por El viajero del siglo (2011). Además, fue seleccionado por la revista británica Granta como uno de los mejores veintidós jóvenes escritores en lengua española, trabaja para medios de comunicación españoles y argentinos, como el diario ABC o la Revista Ñ del diario argentino Clarín, fue guionista de tiras cómicas en el diario Ideal de Granada y escribe regularmente en su blog personal, Microrréplicas.

Lejos ya de interesarnos por su currículum, vamos a abordar de una vez el libro que aquí nos ocupa, Hablar solos, breve aunque intensísima novela que se deja leer de corrido, que va abriéndose paulatinamente al lector, con esa sutilidad propia de los preliminares en un acto sexual, para acabar desembocando en un torrente de sensaciones entre las que no faltan esa emoción que nos pone un incómodo nudo en la garganta y nos hace ir a escondernos para que nadie vea el afloramiento de las lágrimas a nuestros ojos. Tantas ganas tenía de leerla, y tan bien se deja leer, que devoré este libro ayer mismo, en algo más de dos horas. Después de ese transcurso de tiempo, cerré el libro tragando saliva, con un asomo de llanto a mi cara. Ternura y crudeza se beben en un solo trago en esta novela, amor inmaculado y sordidez, vida y muerte a un solo paso, traición y lealtad inamovible, inquebrantable, en una misma impostura; la propuesta de este magnífico libro, como ocurre con las voluntades más humanas, está llena de contradicciones, de errores, de culpas, pero se explican con voces tan propias y argumentos tan bien edificados que pareciera que, con tiempo y distancia, puedan llegar a convertirse en aciertos. Tanto es así, que a este autor hispano-argentino se le pueden perdonar, incluso, algunos tópicos -pocos, muy pocos, no se me asusten- en los que cae sobre el matrimonio o el hombre y la mujer.

Historia a tres voces, tratada desde tres perspectivas diferentes: la de Mario, padre de familia protector y leal como un mastín que, acuciado por una enfermedad terminal, decide grabarle unas cintas a su hijo Lito explicándole los avatares de su vida y el motivo de su despedida; la de Lito, niño imaginativo y competitivo, que rebosa de entusiasmo por el viaje de carretera que ha emprendido a solas con su padre, ignorando que esa aventura, tan pueril en verdad pero tan importante para ellos, es el último homenaje que Mario podrá hacerle a su hijo; la de Elena (tal vez la más inteligente de los tres personajes, pero también la más disoluta), esposa de Mario y madre de Lito, profesora de literatura, que irá desentrañando, mediante un diario personal, la terrible enfermedad de su marido y el desamparo al que será sometido su hijo, plagando la historia de magníficas disquisiciones -acertadas o no, pero en suma inteligentísimas- acerca de los cuidados que necesitan los cuidadores de un enfermo, del lenitivo de la lectura y del íntimo nexo de unión que existe entre la muerte y el sexo, y que le servirán como justificación para la imperdonable infidelidad que ha cometido con Ezequiel, el propio médico que está tratando la enfermedad terminal de su marido. 

Tras la lectura de esta novela, Andrés Neuman se ha convertido en uno de esos escritores que me han despertado las ganas por leer todo cuanto hayan escrito. Hablar solos atrae y asusta, te provoca la ternura y el rechazo, te saca la risa o te emociona, te devuelve la sonrisa y te hace llorar, te instaura en la vida después de haberte provocado la muerte. Tal como se supone que debe sentir una mujer un buen, prolongado y sincero orgasmo. 




Título: Hablar solos

Autor: Andrés Neuman

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2748-0

Nº de páginas: 192

miércoles, 11 de septiembre de 2013

"Historias inverosímiles, en general", de Alasdair Gray




No cabe ninguna duda de que los lectores más atrevidos e inconformistas están de enhorabuena: Rayo Verde Editorial, en su colección Rayos Globulares, ha sacado a la luz unas cuidadas ediciones de Lanark e Historias inverosímiles, en general, las primeras obras de Alasdair Gray (Glasgow, 28 de diciembre de 1934), el último gran gamberro de la literatura. Hilarante como pocos, casi resulta una paradoja que este escritor e ilustrador escocés, que ha cosechado diversos premios literarios por su novela Pobres criaturas y se ha ganado los favores de la crítica, haya nacido el Día de los Santos Inocentes, jornada en la que, en este país al menos, España, es costumbre gastarle bromas de toda índole al prójimo; no sería de extrañar que le divirtiera este hecho, considerando que él se autodefine como un "gordo, gafotas, alopécico y cada vez más viejo peatón de Glasgow". 

Y es que Gray no es amigo de la moderación. Su estilo bebe de fuentes dispares, se congratula en la fábula y se arrima, de a ratos, al surrealismo, logrando en sus textos feroces críticas a través de historias demenciales, divertidísimas, que no serán del agrado de los aburridos, los ortodoxos y los tibios de corazón, todo ello amenizado con sus geniales ilustraciones. Se ha rescatado ahora, junto con su primera novela, Lanark, el volumen de cuentos Historias inverosímiles, en general, cuyo título ya da buena muestra de lo que el lector puede encontrar en sus páginas, un libro que hará las delicias de los seguidores del autor escocés, tanto por su cuidada edición como por su contenido, ya que reúne los relatos que Gray escribió en su juventud y con ellos se recuperan los textos escritos paralelamente al proceso de redacción y publicación de su gran novela.

Los catorce relatos que conforman este volumen nos asoman, con riesgo de vértigo, a la imaginación portentosa de su autor y a su delirante sentido del humor, claramente reflejado en historias como El gran culto al oso -uno de mis relatos favoritos-, donde un gran sector de la sociedad, acuciada por la precariedad laboral y económica, comienza a disfrazarse de oso hasta lograr formar una demente secta de fanáticos que consigue llegar incluso a la política. Se reflejan también el ingenio y la hilaridad en La comedia del perro blanco, o la crítica al poder en Cinco cartas de un imperio oriental -otro de mis relatos favoritos- y en Prometeo, historia acerca de la creación literaria que no deja indemne al feminismo. Otros relatos de esta edición, como La estrella o La propagación de Ian Nicol, beben de la fábula más pura y nos muestran quizá el lado más cordial y sentimental de Alasdair Gray.

Lo que más me ha gustado de este libro es que sus virtudes se muestran de una manera progresiva, de menos a más, y si los primeros relatos, más comedidos, interesan al lector, los siguientes acabarán por grabársele en las meninges, quedando indelebles en su memoria, siendo sumamente difícil -para bien o para mal- que olvide el nombre de este autor y esa rebeldía que llevó a Anthony Burgess, primero, a calificarlo como "el mejor autor escocés desde Sir Walter Scott", y luego, tras leer su novela porno-política 1982, Janine, a retractarse de lo dicho. Alasdair Gray, por lo tanto, es de esos autores a los que se les puede ofrecer piedras o guirnaldas, pero nunca, nunca darles la espalda. 



Título: Historias inverosímiles, en general

Autor: Alasdair Gray

Editorial: Rayo Verde Editorial

ISBN: 978-84-15539-48-3

Nº de páginas: 320

martes, 10 de septiembre de 2013

"El fulgor de la pobreza", de Luis Mateo Díez




El de Luis Mateo Díez (Villablino, León, 21 de septiembre de 1942) ha supuesto para mí un interesante, grato y fortuito hallazgo. Lo ignoraba absolutamente todo de este autor leonés, miembro de la RAE, y de su prolija trayectoria literaria, que ha cosechado en dos ocasiones el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa, además del Premio Francisco Umbral al mejor libro del año 2012 por La cabeza en llamas. Interesante, porque se agradece hoy en día encontrar escritores que todavía cultivan el amor puro por la palabra, que no tienen miedo de desplegar en un texto lo que un buen diccionario puede y debe aportar a la literatura, lejos del temor a que algunos lectores -presumiblemente, otros escritores que justifican su simpleza (que no sencillez, no se equivoquen) alegando sentirse alejados de barroquismos estilísticos o alguna excusa barata parecida- los tilden de pomposos o rimbombantes; grato, porque su prosa, aunque en suma rica y cultivada, no es enrevesada, y el ritmo que usa para trasvasarla al papel resulta de un dinamismo cuanto menos asombroso tratándose de relatos tan taciturnos; fortuito, porque encontré este volumen fisgoneando en el tenderete de una librería de viejo y, como ya he dicho en otras ocasiones en esta malograda bitácora, propenso como soy por defecto poético a enamorarme de la sonoridad del nombre de ciertos libros o autores, el título me fascinó casi de inmediato. 

No me atrevería a afirmar que el que aquí nos ocupa es un libro de relatos; desconozco cuál es la extensión exacta que este género debe tener para considerarse como tal, pero a juzgar por la media de ochenta páginas que disfruta cada historia, creo -y sólo creo- que lo que en este volumen se ofrece son tres novelas cortas, eso sí, que tienen un profundo nexo de unión. El hilo conductor que cose con un solo objetivo a El fulgor de la pobreza, La mano del amigo y Deudas del tiempo, no es otro que, como acertadamente pone en la sinopsis del libro, "la llamada de un destino irrevocable". Pero también el propósito por desaparecer, por asomarse a la memoria buscando los indicios que nos llevaron a ser quienes no queríamos ser y poner tierra de por medio entre quienes fuimos, a pesar de nosotros mismos o de las circunstancias que nos condicionaron a ello, y quienes somos en el presente. Los personajes que aparecen en estas tres historias son personas heridas, que acarrean a sus espaldas un dolor indefinido, insoluble, pero que no se han resignado a conformarse con ser quienes fueron y desean para sus vidas cambios radicales. 

En El fulgor de la pobreza, primera historia del volumen (y mi favorita de las tres que contiene), una muchacha sigue furtivamente a su padre, empresario de éxito, por las calles, a fin de encontrar los motivos que lo convierten en un ser tan entristecido de su entorno y de sus logros, y que le harán desaparecer un día, abandonando a su familia y renegando de la vida acomodada que ha llevado hasta el momento. En La mano del amigo se trata el tema de las amistades peligrosas o interesadas, y dos amigos de la infancia conocerán de primera mano ese viejo refrán que dice: "Que Dios me cuide de mis amigos, que de mis enemigos ya me cuido yo." La última historia del libro, Deudas del tiempo, aborda la vida de un hombre en el ocaso de su vida, al que una cardiopatía que le coloca un poco más cerca de la muerte le conmina a hacer balance de sus años de emigrante, trabajando sin descanso para amasar una fortuna que su mujer y sus hijos dilapidan sin pudor alguno, y a regresar al país y al pueblo natal que abandonase en su juventud, buscando cierta esencia vital en la soledad, el aislamiento y el ascetismo.

Nunca es demasiado tarde, parece ser la moraleja final que, a modo más de lenitivo que de esperanza, nos propone este lúcido volumen tejido con una prosa depurada, limpia, lavada de toda ornamentación gratuita y, sin embargo, rica y profunda como pocas. Con autores como Luis Mateo Díez el lector recupera esa necesidad indispensable de sentir que aprende mientras lee, que puede lograrse, mediante una historia, algo más que entretener. La de este libro es una lectura electa donde las haya, a cargo de un autor muy notable con el que, espero, no tardaré en volver a encontrarme.



Título: El fulgor de la pobreza

Autor: Luis Mateo Díez

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 84-663-1876-3

Nº de páginas: 238  

miércoles, 4 de septiembre de 2013

No es lo mismo




Siempre he presumido de ser un hombre de ambiciones de corto alcance, de placeres pequeños, de deseos realistas. Tanto es así, que mi idea de la felicidad es tan sencilla como posible, en un mundo donde el concepto de felicidad está, por lo general, equivocado por sobredimensionado, por idealizado. Poco le pido (pero, en realidad, es tanto) a esa perra esquiva; tan sólo que mi pareja nunca deje de amarme como lo hace, que las personas a las que quiero no me sean desleales, disponer de una modesta independencia económica para no tener que rendirle cuentas a nadie y que nadie me las rinda a mí, guardarme algún lenitivo debajo de la almohada para cuando me asalte el insomnio -sí señores, la felicidad también tiene noches de imaginaria e insufribles vigilias, bendito e impagable aprendizaje- y conservar algún enemigo que me sea fiel al modo en que no puede lograr serlo ningún amigo, para que no se me entumezcan los sentidos y aportarle algo de chispa a la vida, manteniendo la guardia alta de cuando en cuando. Si necesitan un ejemplo mas gráfico de lo que les cuento, les diré que mi idea de la felicidad se visualiza imaginándome sentado en una mesa al aire libre, una mañana radiante de verano, con mi gata Anya o mi mastín, Duque, tumbados a mis pies, respirando profundo y tranquilo, con la certeza de que Paloma y mi hija están bien, durmiendo plácidamente aún en las habitaciones cercanas, y mi familia -mi padre, mi madre, mi hermana- bien cuidada por sus respectivas parejas, mientras me meto un soberbio desayuno continental entre pecho y espalda y me leo la prensa de cabo a rabo, sin prisas, a excepción de la sección de deportes, de cuyas páginas sólo me interesa el baloncesto y, como mucho, el tenis. Lo malo de esta ensoñación es que en este país no es posible leer la prensa y desayunar a la vez, porque a poco que uno se zambulle entre los titulares el café se le convierte en agua sucia, el azúcar se torna sal, la tostada viene a ser un ladrillo, la mermelada transmuta a chapapote y el zumo de naranja se agria hasta límites insoportables para el paladar.

Algo parecido me ocurrió este pasado mes de agosto, cuando vi la noticia del anciano aquél que mató a su mujer, enferma de alzheimer o demencia senil o lo que quiera que nos pase por la maldita cabeza a esas edades, sin medios a su disposición para cuidarla debidamente, y que tras su "crimen" optó por quitarse la vida, seguramente consciente de que una vida sin la mujer con la que has estado conviviendo durante décadas es lo menos parecido a una vida que pueda llegar a imaginarse. Hasta ahí, todo normal: el café seguía siendo mezcla natural, de Colombia, el azúcar era azúcar, la tostada seguía siendo de pan y no de barro cocido, la mermelada continuaba sabiendo a albaricoque, el zumo de naranja aún conservaba ese punto exacto de acidez que lo hace tan delicioso. "Cualquiera en su sano juicio hubiera hecho lo mismo", pensé, y para autoconvencerme de esa disquisición me visualicé cuidando de mi pareja, una sombra de lo que fue perdida en un mundo ingrato de fantasmas, viviendo indignamente, ella que todo me lo ha dado y yo sin poder ayudarla, apenas sin poder cubrir sus necesidades básicas indispensables, poco más que darle una conversación de la que no se percata, limpiarle la baba y cambiarle los pañales. El corte de digestión vino después, cuando -tonto de mí, por no haberlo previsto- comencé a leer términos como "violencia machista", "asesinato", "maltrato" y el ya consabido y largo etcétera. No supe si potar lo que acababa de ingerir, si darme de collejas por ingenuo o echarme otra vez a dormir, esperando que regresara la cordura y el sentido común a este país de merluzos.

Y es que no es lo mismo, oigan bien, por más que las "expertas feministas" tilden de monstruo a cualquier criatura a la que les cuelgue un pene entre las piernas, que los jueces se vean maniatados por leyes que, lejos de igualar, invierten los papeles, o por mucho que los políticos se apunten a ese carro demagógico para obtener los suculentos votos de un sector potencialmente influyente de la sociedad. No es lo mismo un hombre que mata a su mujer por conmiseración, que además luego se quita la vida por no verse capaz de vivir sin ella, que ése otro que no soporta que su mujer lo haya abandonado y la persigue y la acosa hasta que logra asesinarla. Tampoco es equiparable, aunque no sea justificable de ninguna de las maneras, un hombre como mi abuelo, por ejemplo, que por una educación arcaica y machista tenía inculcado que la mujer de uno debe respetarlo, siendo necesario a tal propósito, si no queda más remedio, pegarle un grito o darle una bofetada cuando quiera subirse a las barbas -insisto: esto no es una justificación, sino una consecuencia de la educación de esos tiempos, aunque la aclaración dé lo mismo y ya se me estén rifando para echárseme a la yugular por atreverme a decir esto, a pesar de que en el cine en blanco y negro hayamos visto esta escena miles de veces y todo el mundo nomine esas películas de inigualables y considere que eso eran historias de amor y no las que hay ahora-, sin que la cosa vaya más allá, que aquél que sube todas las noches borracho a casa, y día sí y día también, le propina una paliza a su mujer a la primera de cambio. No es lo mismo un hombre que levanta la voz para poder alzarse por encima de los gritos que le pega su mujer, en una simple discusión de pareja, que el hombre que constantemente humilla a su esposa y la ridiculiza tanto en privado como en público. No es lo mismo.

Si quieren cagarse en mis muertos por lo expuesto aquí, háganlo; yo mismo les levantaré la tapa del ataúd para que ustedes puedan presumir de haber plantado un pino en un retrete al más puro estilo vintage, algo que está tan de moda como tachar de machista cualquier acción emprendida por el hombre, aunque, como en el caso de ese pobre anciano, sea precisamente con la intencionalidad de proteger y otorgar la dignidad que la vida nos va restando en el ocaso de sus últimos momentos. Pero me niego en rotundo a apuntarme al carro del correctismo político y la gilipollez elevada al cubo, y ruego desde aquí que a mí también se me quite de en medio cuando la cabeza sólo me dé para balbucear palabras inconexas, para confundir pasado con presente y para cagarme en un pañal, aunque sea a la salud de tanto demagogo y tonto del culo.


martes, 3 de septiembre de 2013

"Los libros arden mal", de Manuel Rivas




Primera y grata, aunque extraña, incursión que hago en la obra de Manuel Rivas (A Coruña, 24 de octubre de 1957), autor del que no conocía nada, a excepción de esa adaptación al cine de uno de sus relatos, La lengua de las mariposas. Reconozco que, a veces, mi forma de escoger lecturas es algo aleatoria e incluso infantil, y cuando doy con un libro de un autor que no conozco (o que conozco pero no puede darme garantías de una plena satisfacción leyéndolo) suelo dejarme convencer si la sonoridad de su título me resulta agradable al oído, si me sugiere imágenes o si hay algo en él con lo que pueda llegar a identificarme de alguna manera. Trabajé durante algunos años como jefe de equipo en un almacén perteneciente al Grupo Planeta, distribuidor líder en España que repartía novedades editoriales a las más importantes librerías y grandes superficies del país, y entre las múltiples tareas que desempeñaba estaba también la de cuidar e inculcar el cuidado de que los libros no sufrieran desperfectos; eso, y el dócil e inofensivo pirómano que me habita dentro -me encanta el fuego, hasta el punto de que puedo pasar horas mirándolo, completamente hechizado-, me hicieron saber hace mucho tiempo que los libros, efectivamente, arden mal. Ya lo sabía cuando me largaron de esa empresa de malas maneras, al comienzo de la crisis, y ese pueril conocimiento me hizo desistir de darle candela a las instalaciones, un acto de conmiseración que tuvo que ver más con el respeto que siento hacia la literatura que el que le guardaba a los puteros de mis jefes. De ahí que el título de esta novela me fascinase en el acto. 

Bromas aparte, este título tan contundente como poético es una magnífica presentación del contenido de la novela, que remarca la censura como eje principal de las numerosas historias que van ramificándose en sus páginas, convergiendo entre sí y dando lugar a humildes testimonios acerca de un capítulo oscuro de la historia de nuestro país. De hecho, esta historia de historias arranca con una espeluznante escena, tanto más horrible por lo veraz e histórico que hay en ella. Dársena de A Coruña, 19 de agosto de 1936, un mes después del estallido de la Guerra Civil. Un nutrido grupo de falangistas efectúa el saludo fascista, reunido frente a una hoguera. En ella arden los libros, se alimentan las llamas con siglos de reflexión y creación. Es la misma madrugada en que son asesinados Federico García Lorca y el editor gallego Ánxel Casal, y el fuego censor es vitoreado por la satisfacción de unos y maldecido en silencio por el desencanto de otros. Con este inicio, Manuel Rivas comienza a desplegar un cuantioso elenco de personajes, entre los que destacan el gigantesco y bonachón Curtis, alias Hércules, nueva promesa del boxeo; su mentor Arturo Da Silva, sabio campeón de Galicia cuya pericia en ese deporte no le impide tener muy presente que, a menudo, suele ser más efectivo el gancho de un libro que el de los puños; Ó, la lavandera soñadora que ve peligrar su profesión con la llegada de las nuevas tecnologías; el impertérrito juez Samos, ultraconservador coleccionista de biblias; Chelo Vidal, pintora esposa del juez, al que traicionará; Gabriel, hijo de ambos, amedrentado por el autoritarismo de su padre y cuya convivencia con las palabras será tortuosa y placentera a un mismo tiempo... Entre otros muchos.

La de esta novela quizá haya sido una de las lecturas más difíciles a las que me he enfrentado en lo que va de año, y no porque el estilo de Rivas sea enrevesado ni pomposo. Muy al contrario, su forma de narrar es sencilla, llana, accesible; aunque me consta que las comparaciones, por lo general, suelen ser despectivas, su prosa me recuerda a la de Ignacio Martínez de Pisón, pero armada con una sutil ironía de la que carece la manera de escribir historias del autor maño. Lo complicado de esta lectura han sido los constantes saltos temporales, las múltiples referencias de la tierra natal del escritor, el prolijo reparto de sus numerosos personajes, cuyas historias y vivencias se cruzan entre sí para componer un ambicioso mosaico. Tampoco ha ayudado a amenizar la lectura la forma de puntuar del escritor gallego, su predilección por las frases cortas y concisas y los párrafos escuetos, plagados de puntos seguidos, que me ha parecido una forma de ralentizar en demasía la historia para una novela que cuenta con casi seiscientas páginas. Aun así y con todo, sus metáforas me parecen de las más originales que uno pueda encontrar en la narrativa española actual, además de lograr un libro que no apoya su peso en el mero entretenimiento, sino que ilustra, que obliga al lector a consultar otros libros y lo abruma con conocimientos de mitología, historia y otros ámbitos.

Tengo muy claro que habrá relectura de esta novela y que volveré a acudir a este autor para asomarme un poco más a su obra, aunque con calma, sin prisas, sabiendo ya del enorme potencial que posee para hacerse un asiduo de mi biblioteca personal, donde los libros que arden lo hacen por la admiración de quien los abre, los consulta y los disfruta, y no por un ejercicio feroz de censura que durante muchos años avergonzó a un enorme sector de la sociedad española, tal como ocurre en esta historia, no por ambiciosa menos humilde.



Título: Los libros arden mal

Autor: Manuel Rivas

Editorial: Círculo de Lectores

ISBN: 978-84-672-2300-2

Nº de páginas: 587