"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 28 de agosto de 2013

La noria



A Palo Rodríguez Ortega



La risa vence al miedo
y agosto tiene frío,
pero agradezco esta noche de feria
que tiembles contra mí en un abrazo
más hondo aún que el abismo dócil
que pone la ciudad a nuestros pies,
más próspero e intenso todavía
que el advenimiento del otoño
ganándole a la brisa
ocasos prematuros.


Que cualquier amenaza sea esta:
la altura y sus colores en sutura
que es la costura con que se reúnen
los labios de una herida,
tu cintura bebida por mi mano,
tus ojos riéndole a la noche
con la sonrisa que asocio a tu infancia
y esa dulce advertencia que me haces
de amarme más allá
del tiempo en que caminen por la Tierra
los hijos que alumbrarán nuestros hijos.


(Agárrate a mí y gira conmigo;
este cielo de agónico verano
te ha coronado al fin reina del baile.
Y luego te hago una fotografía.)


No quiero que bajemos de esta noria,
porque a cada vuelta
que nos resta por pisar suelo firme
este cielo que se abre
podría no volver a repetirse
otro año, y otro más,
y tu unidad no tendría ese abrazo
con que temblar así contra mi miedo,
ni agosto reiría de frío
si no cumplieras tu dulce advertencia
de amarme más allá
del tiempo en que la muerte irreprochable
levante, de esta verbena, un osario.






martes, 13 de agosto de 2013

"Santuario", de William Faulkner




Resulta cuanto menos curioso que una novela como esta, concebida en su día con el único propósito de ganar dinero, sea considerada hoy como una de las mejores obras de su autor y, además, un hito en el desarrollo de la novela contemporánea. Sin embargo, no es de extrañar que William Faulkner (New Albany, Misisipi, 25 de septiembre de 1897 - Byhalia, 6 de julio de 1962) obtuviera ese logro sin proponérselo, teniendo en cuenta la férrea disciplina que guardaba para con la escritura: podía pasarse tres y cuatro horas bebiendo bourbon todas las noches, acostarse borracho, y aun así estar ya escribiendo a las ocho de la mañana hasta el mediodía, comer a las doce, y tras la comida seguir escribiendo hasta las cuatro de la tarde. 

Leyendas aparte, sean ciertas o no, la capacidad fabuladora de Faulkner -en realidad, Falkner; más tarde añadiría la u que uno de sus antepasados eliminó del apellido por desavenencias con otra rama de la familia- estaba espoleada por numerosas historias y anécdotas que había oído en boca de familiares y conocidos. Con todo ello, más su imaginación, el autor sureño levantó de la nada el ficticio condado de Yoknapatawpha, escenario principal de sus obras más emblemáticas y laureadas. Para prueba, un botón: precisamente uno de los personajes principales de esta novela, el duro y repulsivo Popeye, está basado en un personaje real que utilizaba el mismo apodo. Una noche, tomando una copa con un acompañante, se les unió una chica que les hizo algunas confidencias. Nacida en un pueblo de Tenessee, durante su juventud se había trasladado a Memphis, donde muy pronto se vio asociada a un joven gángster, un individuo llamado Neal Kerens Pumphrey que atendía al apodo de Popeye ("ojos saltones"). Pese a su aparente virilidad, de este maleante se decía que era impotente y que para poder consumar sus relaciones sexuales utilizaba todo tipo de objetos extraños con las mujeres, hasta el punto de que violó a una con un objeto especialmente sorprendente y había mantenido a la joven secuestrada en un lupanar durante varios meses. Con todo esto, Faulkner escribiría un relato breve titulado The big shot, en el que desarrolló un primer esbozo del sórdido personaje protagonista de Santuario.

Con una entramada galería de personajes pintorescos, entre los que se cuentan el abogado Horace Benbow, la víctima -no del todo inocente- Temple Drake y el ya citado Popeye, cuyas vidas se cruzan entre sí con actos terribles, William Faulkner profundiza en los aspectos más sombríos y repulsivos del alma humana. Contrabando de alcohol, prostitución, asesinato, hipocresía, malas artes..., elementos que, en su combinación, conforman una compleja bomba de relojería dispuesta a estallar y corromper cualquier vestigio de moralidad en una región donde ni los senadores -noticia fresca, tratándose de políticos- están limpios. 

Lo más meritorio a destacar en esta novela, a mi parecer, es el buen gusto con que el autor acomete ciertas partes que podrían herir la sensibilidad de algunos lectores, como las violaciones, donde omite información justo en el momento oportuno y sólo sugiere, de una forma inteligente en suma, en vez de contar y describir con todo lujo de detalles, recurso que hubiera sido el más fácil y cómodo para un escritor de menos talento. Santuario es una novela dura, violenta, implacable, donde Faulkner desarrolla una fidedigna radiografía del alma humana y de las trapacerías a las que puede entregarse con vehemencia, a la manera magistral en que lo hacía John Steinbeck, aunque sin caer en su mismo sentimentalismo. Hay autores que, nos gusten o no, deben estar en una biblioteca que se precie como tal, y William Faulkner, sin rastro de duda, es uno de ellos.



Título: Santuario

Autor: William Faulkner

Editorial: Espasa

ISBN: 978-84-670-2577-4

Nº de páginas: 293

Pecios tierra adentro




Soy, por lo general, una persona fácilmente despistable; no es difícil encontrarme embebido con cualquier nimiedad, absorto en cualquier cosa como el tonto del pueblo con una minifalda que le saliese al paso. Y el no tan tonto, también. Eso es algo que sabe sobre todo mi pareja, que suele reprocharme, al irnos a dormir, que no me lave los dientes con ella porque otra vez me he quedado ensimismado contemplando los libros que, cada vez más y más numerosos, vamos acumulando en la que ahora ya no es mía, ni tampoco suya, sino nuestra biblioteca personal. Oigo de fondo un refriego enérgico de cerdas espumosas contra el esmalte de incisivos y molares, pero yo continúo barriendo con la mirada los volúmenes que atestan los anaqueles y que muy pronto ya no sé dónde podré meter. Y entonces sueño con una casa más grande, con un cuarto inmenso, particular, al que amueblar con enormes estanterías, hechas a medida por un buen carpintero, que puedan soportar todo el peso de esa cultura, de esa lucidez. Una habitación propia, como bien declamaba Virginia Woolf, donde acumular esos pecios tierra adentro, repletos de tesoros su interior, similar a un viejo cementerio de barcos.

Qué quieren que les diga, a mí me gusta que el saber ocupe lugar. Me gusta el espacio llenado por la forma física de un libro, por su peso y su volumen, también por su olor, el del polvo de sus tapas o ése otro difícilmente descriptible que brota de entre sus páginas. No concibo que todo el cómputo total de la literatura universal pueda compactarse en la planicie y la delgadez de un libro electrónico, y aunque alabo la practicidad y la funcionalidad que un lector viajero o consumidor de bitácoras virtuales pueda encontrar en este invento, siempre me decantaré por el formato del papel, por la fiesta de los sentidos, de cada uno de ellos, cuando uno pasa la página de un libro, infinitamente más difícil de lograr en un aparato tecnológico, porque la pantalla no tiene aroma y su tacto es frío y nada poroso, llano, laxo. Así ocurre que, cada vez que mi pareja y yo visitamos una librería -sobre todo, si es de viejo-, yo siento que mi alma es de papel: porosa, maleable, absorvente, reciclable, no impenetrable como el plástico o el cristal, no hermética como el habitáculo donde se ocultan las tripas de un circuito interno, sino permeable, accesible, espoleada por los sentidos, expuesta al polvo y la intemperie, al frío, a la lluvia, a cualquiera de los elementos que pueden hacer correr la tinta o deshacer la celulosa del papel, pero bien cosida, sin embargo, bien protegida por tapas de piel que acaben conteniendo, algún día, ese título con caracteres dorados, en mayúscula y relieve, que contengan mi vida entera cuando yo ya no transite por este mundo de vivos. 

Contemplo todos los libros que he ido acumulando desde que era un niño y me conforta pensar que algún día le servirán a alguien cuando yo ya no esté aquí. Los libros deberían heredarse; algunos de ellos, al menos. Hay volúmenes que, por su aspecto y contenido, deberían legarse solamente a ciertas personas en concreto. Aún conservo el primer libro que leí en mi vida, Gran-Lobo-Salvaje, de un autor francés, y que espero que algún día sea para mi hija, y que a su vez ella se lo entregue a sus hijos cuando los tenga. Para Paloma tengo reservado el primer libro "adulto" que consideré de mi posesión, un volumen de relatos de Edgar Allan Poe, culpable principal de que yo quisiera dedicarme a la escritura, que le arrebaté a mis padres de una colección de libros de misterio y serie negra, y cuyos autores -Arthur Conan Doyle, Patricia Highsmith, Ágatha Christie, George Simenon, Edgar Wallace, Rex Scout, Ruth Rendell, el propio Poe- aún siguen fortificando, a día de hoy, el antiguo, arcaico y descomunal mueble que preside el salón. Hay otros muchos que me gustaría legar a las personas adecuadas, antes de que tras mi muerte puedan acabar en cualquier librería de viejo o mercadillo solidario, poseyéndolos personas a las que no conozco que deberán leer las dedicatorias que se escribieron en las primeras páginas cuando me los regalaron. Por ejemplo, esa magnífica y solemne edición que me regaló mi novia de Al este del edén, de Steinbeck, o ésa otra que me compró hace unos días de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, porque sabía que siempre había querido leer esa novela y conoce mi pasión por las historias del sur de los Estados Unidos, por autores como Faulkner, Carson McCullers o el propio John Steinbeck

Como suele decirse, no son todos los que están ni están todos los que son, pero me extendería demasiado si me pusiera ahora a hacer un listado de esos libros con una enorme carga sentimental que me gustaría dar en herencia cuando expire y pese veintiún gramos menos, que es mucho considerando lo delgado que ya estoy. Sólo añadiré, como colofón a esta entrada, que los libros electrónicos no pueden heredarse, porque se averían, o quedan desactualizados y se convierten en antiguallas, porque en ellos no pueden leerse emotivas dedicatorias escritas con la mejor caligrafía de que se vale el amor, ni hay fechas, ni anotaciones a pie de página, ni dobleces ni subrayados. Me gustan las cosas sometidas a un desgaste natural, como las cartas amarillas de amor, como los marcapáginas de bordes comidos, como el corazón temerario de los hombres, como esos pecios tierra adentro, surgidos de entre las arenas de un desierto que fuera en otro tiempo un inmenso océano.