"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 24 de julio de 2013

Custodia compartida




No hay formas de consenso ideales, y eso es algo que deberían saber las asociaciones de padres y madres y las expertas feministas -así lo pone en un titular, aunque a mí me gustaría que alguien me explicase qué es ser una "experta" feminista- que han criticado el proyecto de ley que ha presentado Alberto Ruiz Gallardón, contemplando una reforma del Código Civil que equipare la custodia compartida a la monoparental en los casos de separación o divorcio. Lo ideal sería poder alejarte de aquella persona con la que no quieres estar sin que tus hijos se conviertan en moneda de cambio o arma arrojadiza; lo ideal sería dejar de sentir amor, y que el despecho de la persona de la que te has desenamorado no se extienda como un cáncer y convierta tu vida en un infierno, conminada al chantaje, el acoso y el derribo (los mismos elementos que son tan condenables en el maltratador, si es varón); lo ideal sería que el menor pudiera ejercer su pleno y universal derecho a querer disfrutar tanto de su madre como de su padre; lo ideal es que el cónyuge que tiene la guardia y custodia del menor no use ese privilegio para manipular los sentimientos de su hijo, adoctrinándolo y usándolo de perro de presa contra el desalmado o la desalmada que le abandonó; lo ideal sería que un proceso de separación o divorcio no se convierta en un rentable negocio. Pero lo ideal es relativo, y para las "expertas" feministas lo ideal sería que las leyes continuaran como hasta ahora, y así poder seguir disfrutando del monopolio del pastel.

Y es que ya sienten peligrar su imperio, aunque esta reforma de ley tampoco sea del completo agrado de los hombres separados o divorciados. Es sólo un arribo a alcanzar esa verdadera igualdad que nada tiene que ver con la que nos han vendido hasta ahora, en la que el hombre está capacitado para compartir las tareas del hogar pero, contradictoriamente, no para cuidar de sus hijos, aunque sí pueda cambiar pañales y dar biberones a horas intempestivas si vive bajo el mismo techo que la mujer, y en la que sólo se contempla y reconoce la paternidad si se tiene una opulenta cartera y no mete demasiado las narices en la educación y el bienestar de los hijos, delegando esas decisiones a su ex pareja. La última palabra la tendrá el juez que lleve el proceso de separación, y los hombres que hemos vivido, vivimos y viviremos bajo el yugo de nuestras ex mujeres, arriesgándonos además a ganarnos inmerecidamente el desprecio de nuestros hijos, sospechamos que todavía se encontrarán maniatados por el correctismo político y por esos complejos que arrastramos en este país, donde siempre actuamos con el miedo al qué dirán. Según los últimos datos, sólo el 12% de las custodias que se dictan en España son compartidas, mientras que en el 81% de los casos se asigna el cuidado a las madres y se establece un régimen de visitas para los padres. Muchas de las madres que gozan de la custodia monoparental saben que los hijos -nunca mejor dicho- vienen con un pan debajo del brazo. Y con una casa, y con un coche, y con una cuantiosa pensión alimenticia que sufraga con mucho las necesidades y gastos del menor. Pero ellas alegan que es una compensación por renunciar al ascenso laboral por cuidar de sus hijos -no se puede tener todo, al igual que no hay formas de consenso ideales, y en todo caso esa lucha deberían dirigirla contra las empresas y no contra los padres de sus hijos- y que dictar custodias compartidas puede traer infinitos problemas al menor. Se les olvidó citar, quizá, que casi tantos como los causados de no poder disfrutar de esa figura de protección que es un padre, y que el hombre no solicita compensación ninguna por cuidar de su familia: la compensación es la propia satisfacción de saber que tu familia está siendo cuidada por ti. 

Habría que revisar cada caso individualmente, pero las "expertas" feministas exigen que la custodia compartida sea concedida solamente en el caso de estar de acuerdo las dos partes, eso sí, sin mencionar que son ellas habitualmente las que se niegan a que haya acuerdo, en muchas ocasiones conminadas por sus propios abogados a denunciar falsamente y así sacar mayores beneficios del proceso. Claro, lo ideal sería un acuerdo por ambas partes, muacks, muacks, que te vaya muy bonito y que seas muy feliz con Benito, y tú a Cádiz y yo a California de vacaciones, en julio el nene para ti y en agosto la nena para mí, y mucha foto familiar en la playa, haciendo castillos en la arena con tus hijos. Pero saben de sobra que los acuerdos no ceden casas, ni coches, ni pagan la mitad de la hipoteca de la vivienda común que sólo ellas disfrutan, ni dan pensiones alimenticias, ni les aseguran lealtades ciegas que ellas mismas imponen a sus hijos. Los acuerdos impiden que sean ellas quienes elijan a qué colegio deben ir sus hijos, qué comer, con quién deben juntarse, impiden dictaminar cuál es la abuela buena y cuál la mala, impiden mentir sobre los padres porque los menores pueden contrastar de propia mano lo que sus madres han dicho de ellos. En definitiva, impiden tener ese comportamiento tiránico que poseyó el hombre durante mucho tiempo y que ahora es de su absoluta competencia, viniendo a convertirse en algo parecido a esos vigilantes judíos asignados por los nazis para controlar a otros judíos y denunciarlos al Reich. No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió, decía mi abuelo. El machismo tiene ahora pechos, y vagina, y se viste de Prada, aunque ellas se hagan llamar "expertas" feministas. 

martes, 23 de julio de 2013

"Meridiano de sangre", de Cormac McCarthy




"Lo que une a los hombres, dijo, no es compartir el pan sino los enemigos." Con esta frase contundente, Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1933) concluye y resume esta novela árida, dura, violenta, cruda, fronteriza, donde el autor nos acerca temas que ya son de sobra conocidos en su trayectoria literaria. Nadie mejor que el autor estadounidense para lograr las más altas cotas de belleza a raíz de la violencia más irracional, para conformar, de entre la más desoladora devastación, paisajes cuya hermosura surge de esos ojos que los miran con la espiritualidad y la lucidez de quien sabe que no hay vector más fundamental que el dolor para alcanzar la suma sabiduría; conocer es sufrir y viceversa, pero quién sería capaz de reconocer una recompensa, aunque sea tan parca que no parezca una recompensa, si ignorase que en cada uno de los pasos que ha cometido en la vida ha debido pagar un precio. 

Se ha criticado muchas veces, duramente, la forma sincopada y vertiginosa de narrar de McCarthy. Si bien es cierto que su prosa carece de las pausas necesarias que harían más cadenciosas sus historias, no lo es menos que esa manera de narrar es la más adecuada al tipo de personaje que utiliza en sus novelas, la que mejor se adapta al modo de vida de hombres desarraigados de sus orígenes, que deben permanecer en constante movimiento para que el enfriamiento de un descanso no les haga, de pronto y sin previo aviso, conocedores de sus miedos más íntimos y ancestrales, de su desamparo, de la ausencia de Dios en sus vidas. Creerse fuerte es a veces tan efectivo como serlo, y los personajes que transitan en su obra novelística saben sin remisiones que deben permanecer en movimiento o reventar, que es preferible, como dice aquella canción, caminar que parar y ponerse a temblar. Más aún cuando el descanso por un objetivo alcanzado puede llegar a hacerse más insoportable y doloroso que el propio cansancio sufrido mientras se trata de alcanzar ese objetivo, lo mismo que cuando uno está tan cansado que no puede dormir y se le niega el sueño que  precisamente acabaría con su cansancio, y así parece constatarlo el autor en este fragmento: "[...] Si Dios pretendiera interferir en la degeneración del género humano, ¿no lo habría hecho ya? Los lobos se matan selectivamente. ¿Qué otra especie podría hacerlo? ¿Acaso la raza humana no es más depredadora aún? El mundo nace y florece y muere pero en los asuntos de los hombres no hay mengua, el mediodía de su expresión señala el inicio de la noche. Su espíritu cae rendido en el apogeo de sus logros. Su meridiano es a un tiempo su declive y la tarde de su día."

Un chaval despojado de sus orígenes y su familia, cuyo pasado parece tan ficticio como lo es la prosperidad de su futuro, se alista en el grupo Glanton, un nutrido grupo de hombres rudos y despiadados que son contratados por las autoridades mexicanas y del estado de Texas para organizar una expedición paramilitar que acabe con todos los indios de la región. Como líder espiritual tienen al juez Holden, un hombre repulsivo, cruel y violento, estrafalario, alto como una torre, sin pestañas, sin cejas, sin un solo pelo en todo su cuerpo, que viola y asesina niños y perros, parece no dormir nunca y afirma que nunca morirá. Las reglas del juego dan un giro inesperado cuando los carniceros de Glanton y Holden dejan de matar indios y muerden la mano que les da de comer, exterminando a los mismos mexicanos que les pagan. 

Nunca un western fue tan sumamente imaginativo. El de estas dinámicas páginas es un wild west apócrifo, apocalíptico, soberbiamente alzado desde un basamento documentado de Historia, pero en el que, no obstante, se dan tintes y elementos propios del género de terror y aun incluso el de la ciencia ficción. Como es costumbre ya en el autor norteamericano, se nos brinda en esta novela fabulosas descripciones de tierras inhóspitas, hostiles, semiapocalípticas, cuya belleza apoya la frente en el desastre, como si Adán y Eva, tras ser expulsados del Paraíso, hubieran decidido cabalgar calándose sobre los ojos sendos sombreros de ala ancha, consecuentes (si no orgullosos) de su pecado original. La violencia surge aquí sin concesiones, a la manera de un desastre natural que, pese a los muertos y los damnificados, nos enseñase que la destrucción es hermosa, que la belleza radica en el acto de tirar las fichas del dominó y no en colocarlas, y como resultado de ello es el desamparo y la soledad que el personaje principal siente una vez acabadas las numerosas contiendas, donde, muy a su pesar, debe reconocerle razones al repulsivo y odiado juez Holden, cuando en un tramo de la novela el mercenario afirma que "Los hombres nacen para jugar. Para nada más. Cualquier niño sabe que el juego es más noble que el trabajo. Y sabe que el incentivo de un juego no es intrínseco al juego en sí sino que radica en el valor del envite. [...] ya sea de azar o de excelencia, todo juego aspira a la categoría de guerra [...] La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios."

No es la que aquí me ocupa una novela para recomendar a quien no haya leído antes nada de McCarthy. Para asomarse a este autor por primera vez, es preferible leer otras obras de su producción. Densa, profunda y contundente, podría espantar a ese lector que leyese por primera vez a este autor que, en mi opinión, está llamado a convertirse en una de las grandes figuras futuras de la literatura universal. No obstante, aunque no sea la primera vez que se lee a McCarthy, conviene agarrarla con cuidado, como agarra un revólver cargado aquél que no está habituado a manipular armas, y disfrutarla en total intimidad, sin ruidos, sin distracciones, dejándose hipnotizar de a poco por la fuerza abrumadora que sus páginas despliegan. Quién sabe qué cosas horrendas conoceremos de nosotros mismos después de leerla.


Título: Meridiano de sangre

Autor: Cormac McCarthy

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9793-900-3

Nº de páginas: 397 

jueves, 18 de julio de 2013

Hoja de ruta




Está la noche perfecta en su quietud. Abre esclusas invisibles el verano a la esperanza, y la fragancia conciliadora a ozono que penetra en el habitáculo del coche a través de la ventanilla abierta viene a ser una carta de presentación de esa tormenta que he divisado por casualidad en el horizonte. En este preciso instante me gustaría sentir tu mano cerca de la mía, posada en el pomo de la palanca de cambios o refugiada en la cálida bisectriz de tu entrepierna, que me pidieras que acelere para ir a su encuentro, para acumular kilómetros en nuestro contador y atrapar esa luz eléctrica que estalla en la distancia con el color de tus ojos. Quién cazase un relámpago para ti, un haz de belleza fulmínea que pudiera desintegrar tu tristeza; quién pudiese desbastar el trueno y el relámpago, hacerlos herramienta para pulir con ellos un espejo fidedigno en el que pudieras reflejarte vista por mis ojos… Hay deidades atrapadas en mármoles y granitos opacos que no son conscientes de esa mirada absorta que les admira desde fuera de sí mismas.

Yo conduzco, conduzco, sereno, calmo, escucho esas canciones en que solemos reconocernos, atestiguo el sueño vetusto de los pueblos dormidos a ambos lados de la Autovía del Nordeste, comparto vocación con esos camioneros a los que adelanto, con esos dependientes que presienten el decurso del amanecer tras la modorra y las cristaleras de las estaciones de servicio abiertas toda la noche. Poética del cuentakilómetros, retrospectiva hacia el nómada que todos fuimos. Pero el mío es un trayecto de poca duración, de apenas veinticinco kilómetros: un viaje demasiado corto para soñar el mar tras la próxima curva; un viaje demasiado largo si en el camino interceden el cansancio, el sueño, la distracción, la imprudencia, la temeridad. El mar tras la próxima curva… Precisamente acabo de pasar el desvío hacia Meco, que antaño se creía que era la población de la península más alejada de la costa. Hoy sabemos que no, que la población más alejada de la costa está en Toledo, pero eso no reduce mis ansias de prometerte el mar y revalorizar, durante el viaje, ese fuego que estalla en el horizonte.

Al menos, en mi presente colisiona la certeza de saber que ya nunca más conduciré solo. Te siento a mi lado, pidiéndome precaución al volante, ofreciéndome agua o encendiéndome un cigarrillo, esa mirada por la que se iniciaron guerras en la Historia prendida de la noche en la autopista, recorriendo ciudades de paso, tal vez rogando tierra de promisión al cabo de un fin de destino. Tus ojos ya son mi hoja de ruta; hay una línea roja trazando estelas en tu pecho, nominando campos, estepas, poblaciones, montañas, bahías que esperan sentirte enamorada, calles solitarias y recién lavadas al amanecer que esperan tu primer paso al bajar del coche, mientras yo espero que me pidas que te lleve el equipaje, que me des la mano, que me enseñes el mar por vez primera, porque ya no lo recuerdo antes de ti.




miércoles, 17 de julio de 2013

"El hombre duplicado", de José Saramago




A cada nueva lectura de su obra, José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010) no hace sino confirmarme que él es el autor predilecto al que hay que recurrir cuando lo que se busca en literatura es una originalidad a rabiar y un prisma diferente desde el que disfrutar de una visión novedosa de los lugares comunes que, normalmente, habita el ser humano en su cotidianidad. Y es que el autor portugués tenía -tiene, estando tan viva su obra- la prodigiosa virtud de tallar el carbón hasta convertirlo en diamante, de tratar los refranes más manidos y trillados del sentir popular y dotarles de un sentido insospechado, genuino, así como de ofrecer nuevas aportaciones a temáticas que ya han sido muy usadas en la historia de la literatura.

Así ocurre con esta novela. No es nuevo el tema de los dobles y los impostores en literatura; numerosos antecedentes -por citar sólo a algunos, remitiré al lector a relatos como William Wilson, de Edgar A. Poe, o El otro, del maestro Borges- corroboran que es una temática que da mucho juego y ofrece infinitas posibilidades y satisfacciones para quien, recurriendo a ella, decide escribir una historia. Saramago nos la presenta entre estas páginas de una manera que no por más mundana es menos enigmática, aportando ese sello tan personal a que nos tiene acostumbrados el cómputo de su magnífica obra. Hay quien afirma que odiamos a aquéllos que más se parecen a nosotros, y en esta novela ésa parece ser una verdad incontestable y brutal, tanto más inquietante y opresiva cuando nuestra más terrible némesis es un calco de nosotros mismos, dispuesta a destruirnos para que no existan dos seres iguales en el universo conocido.

Tertuliano Máximo Afonso, profesor de Historia que no vive sus días de más bonanza, hombre en parte acomplejado por su ridículo nombre, cansado de las insatisfacciones de su oficio e incapaz de atreverse a comenzar una vida en común con su novia por los traumas que arrastra de su divorcio, siente de repente peligrar toda su existencia al visionar una película de videoclub que le ha recomendado un colega de profesión. En ella aparece Daniel Santa-Clara, actor secundario que es, de un modo más perfecto aún que si se tratase de un gemelo, la viva imagen del depresivo profesor. Atormentado por la presencia en el mundo de ese actor desconocido pero tan prolijo, Tertuliano decide seguir su trayectoria y realizar una serie de pesquisas hasta lograr contactar con él. Lejos de aclarar dudas, la toma de contacto sólo servirá para despertar una absurda rivalidad que traerá nefastas consecuencias en la vida de ambos y en la de las personas que les rodean.

Como de costumbre, a Saramago no se le escapa ni el más mínimo detalle que pudiera arriesgar la historia a resultar inverosímil, cuidando meticulosamente de atar cualquier cabo, aunque sería de justicia advertir al lector de que esta novela pudiera haberse escrito con la mitad de páginas, y que sólo es a partir de su meridiano cuando realmente se despierta el interés por las visicitudes del abúlico profesor de Historia. Hay infinitas disertaciones que el autor podría haberse ahorrado, aunque sin temor a equivocarme puedo afirmar que el desenlace, crudo y tierno a un mismo tiempo, donde resulta muy difícil demarcar la frontera entre destrucción y salvación, no puede ser más redondo e inusitado y sorprenderá incluso a los lectores más impasibles. Definitivamente, José Saramago, una vez más, lo ha vuelto a conseguir.


jueves, 11 de julio de 2013

"El Sunset Limited", de Cormac McCarthy



Recién acabo de terminar El Sunset Limited, el último trabajo literario -¿novela? ¿obra de teatro?- de Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1953), uno de los pocos escritores actuales que han conseguido sorprenderme en los últimos años. No tenía conocimiento -ya he advertido en alguna otra ocasión que soy un completo inculto en materia de cine, y que el considerado séptimo arte, por norma general, suele aburrirme más que una sinagoga a un putero, por no precisar de ese hambre de imágenes que suele acuciar a todo el mundo, devaluadas a fuerza de usarlas- de que se había hecho una película con esta obra, dirigida por Tommy Lee Jones e interpretada por él mismo y Samuel L. Jackson -maldita sea, ese tío moja pan en todas las salsas, si es que no se le adelanta Morgan Freeman-; ha sido al buscar imágenes con que ilustrar esta reseña que me he encontrado con la portada del film, al que algún traductor tuercebotas ha tenido la desfachatez de llamar en español Al límite del suicidio, como si se tratase de uno de esos telefilms infumables y casposos con que rellenan sus contenidos esos burdeles de baja estofa que conocemos por el nombre de cadenas de televisión.

Vuelve a confirmarse en estas páginas que la brevedad no está reñida con la intensidad; he consumido el libro en apenas un rato por la mañana, sentado en el retrete tras el primer café y el primer cigarrillo del día, y otro rato por la tarde, sentado en cualquier banco de esta ciudad con forma de cepo. Su estructura, en forma de largo diálogo u obra de teatro, se hace muy ameno de leer, aunque su contenido acabe por conminar a quien lo lee a llevarse el cañón de una nueve milímetros parabellum a la sien o al cielo de la boca. Sin embargo, no hay nada condenable en ello: al fin y al cabo, el propósito de esta obra es abrir un debate acerca de si la fe o el positivismo son suficientes para salvar al género humano de sus múltiples carencias, dudas, incertezas y contradicciones, o si, por el contrario, hay que tomar al pie de la letra las palabras que dijo alguien al afirmar que un optimista sólo es un pesimista mal informado. Parece que el autor norteamericano lo tiene bastante claro, y no es la primera vez (ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta...) que se siente un completo absentismo de Dios en su prosa.

El Sunset Limited es el nombre que recibe el tren del metropolitano al que el hombre blanco de esta historia ha decidido arrojarse, un profesor de universidad que, pese a su cultura y su posición acomodada, vive sumido en la desesperación. Un hombre negro, contertulio del profesor y ex convicto, que ha llevado una vida marcada por la violencia y las adicciones, es quien lo detiene y le da asilo en su casa por unas horas, con la convicción de que acabará convenciendo al profesor de la necesidad de aferrarse a la vida y escuchar a Dios. Se inicia así una batalla dialéctica, uno sentado frente al otro, entre la luz y la oscuridad, entre la fe y el escepticismo, entre la esperanza y la desesperación.

Confieso que, al gozar de este tipo de estructura, y habiendo comprobado anteriormente, en otras obras suyas como Todos los hermosos caballos y No es país para viejos, la enorme capacidad de la que se hace gala McCarthy para alumbrar diálogos inteligentísimos, pensé que iba a tener que subrayar con mi lápiz la mayor parte del libro. No ha sido así, por desgracia, y además se echan en falta sus prolijas y hermosas descripciones y esa forma de narrar, original y sincopada, que tanto ha sido criticada por esos autores que sólo pueden contar con sus vivencias, tan personales como soporíferas, para parir una historia, ignorantes de que la capacidad de fabulación debe ser una de las mayores virtudes a la que deba aspirar cualquier escritor que se precie como tal. 

Aun así y con todo, la obra no deja de ser rica en cuestión de planteamiento, y ya presagio que el autor norteamericano está llamado a ser uno de esos escritores que permanecerán incólumes, disfrutando de una salud indestructible, entre los más grandes autores de la literatura universal. Los de mi generación y los de generaciones anteriores tuvimos a Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad y William Faulkner; nuestros hijos y nuestros nietos tendrán a Cormac McCarthy.



Título: El Sunset Limited

Autor: Cormac McCarthy

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9032-118-8

Nº de páginas: 94

A la sombra de una mentira




Una sensación de merecer
me persigue sin cesar,
un exceso de valoración;
me pudiera confundir.

¿Dónde estás,
que tan poco se te ve?

¿Cómo admitir como deformidad
lo que no es repetición,
si la maldita lección, la posibilidad,
es la sola solución?

Y todo lo que consigo
es que nadie entienda que
a la sombra de una mentira
moriré.

Por fin la idea original
se funde con la piel,
puesta en escena con tal precisión
que me llega a convencer.

¿Dónde estás,
que tan poco se te ve?

Es una forma de mediocridad
que me niego a poseer.
No tengo nada que perder,
para mal o para bien.

Y todo lo que consigo
es que nadie entienda que
a la sombra de una mentira
moriré.

Me puedo abandonar 
y olvidar que estoy aquí,
gesticular, descomponer,
aunque no pueda dormir.

Y todo lo que consigo
es que nadie entienda que
a la sombra de una mentira
moriré.

miércoles, 10 de julio de 2013

"La pesquisa", de Juan José Saer




Primera incursión que hago en la obra de Juan José Saer (Serodino, provincia de Santa Fe, 28 de junio de 1937 - París, Francia, 11 de junio de 2005), autor del que se dice que no solamente es uno de los mejores escritores argentinos, sino también uno de los ensayistas y novelistas más influyentes del siglo XX. Gracias a la deferencia de Rayo Verde editorial he podido leer La pesquisa, aunque ya adelanto que no resulta fácil escribir una reseña de esta novela. Los sentimientos que he albergado respecto a esta obra son un tanto contradictorios, y como bien señala una crítica de Le Monde éste es un libro para leer varias veces; tal vez una segunda lectura me diera unas proporciones más claras de sus virtudes, unas directrices más rectas de cómo la historia se desarrolla hasta desembocar en un final que, en realidad, incidiendo más en los recursos de que se vale para forjar una interpretación veraz, son dos.

Lo soberbio de esta novela dentro de una novela es la invitación que le hace al lector de desplegar sus dotes más intuitivas. Su prosa, elitista y cuidadosamente tejida, deambula con una extraña lírica por los elementos externos que rodean a los personajes para así dar una medida más exacta de su interior, aunque a veces sus descripciones, tan prolijas que se antojan algo gratuitas, corran el riesgo de distraer del núcleo de la historia y aburrir al lector menos aventajado o más despistable. Con todo, si se presta total atención, uno sabrá al leer esta novela que cada elemento a incluir tiene su porqué, explicado en un desenlace -en realidad, dos- que adolece un poco de ser demasiado redondo, como si el autor hubiera temido que el lector no iba a ser capaz de entenderlo. Como ya he dicho, una segunda lectura me serviría para saber hasta qué punto lo que digo es cierto, mera elucubración o incomprensión por mi parte, pero a mí me quedó la sensación, al cerrar el libro, de que se me había explicado el sentido de un chiste muy bueno que pierde la gracia al ser explicado. Quizá un final abierto, donde los cabos sueltos quedasen en competencia del lector para atarlos, hubiera logrado mantener esa belleza decadente y esa sensación de abandono que rezuman en estas páginas.

Morvan, policía taciturno y silencioso cuyos demonios interiores lo convierten en un firme enemigo de las falsas apariencias, busca por toda la ciudad a una bestia que ya ha asesinado brutalmente a veintiocho ancianas, ganándose primero su confianza. El radio de acción del asesino se irá estrechando de una manera tan opresiva y descarada, que el atormentado investigador llegará a dudar incluso de su propia cordura. Paralela a esta investigación, tres amigos, mediante el discurso literario, deberán averiguar la autoría de una novela inédita atribuida a un cuarto amigo suyo ya fallecido y legada por su hija. Mediante diálogos, los tres amigos acabarán desentrañando las peripecias del investigador Morvan y esclareciendo el macabro juego de apariencias y traiciones en el que se ha visto involucrado.

Libro con una extraña y hermosa prosa que hará las delicias de los lectores amantes de la palabra exacta, y que -intuyo-, pasado un tiempo después de leído, requiere de una concienzuda revisión por parte del lector para sacarle todo el jugo posible. La de Juan José Saer es una prosa que requiere de los cinco sentidos, compleja e inteligente, no apta para lectores que sólo busquen un mero entretenimiento.

Por último, hacer mención del buen criterio editorial que ofrece Rayo Verde a sus lectores, y cuya cuidada selección de títulos huye de las modas y de los éxitos facilones y fugaces. Desde esta malograda bitácora les recomiendo asomarse a su web y bucear por su magnífico contenido y su filosofía de publicación.

Título: La pesquisa

Autor: Juan José Saer

Editorial: Rayo Verde editorial

ISBN: 978-84-15539-00-1

Nº de páginas: 175


martes, 9 de julio de 2013

Entonces duerme




Por una sola frase, por una sola página o por un solo verso, una canción, una novela o un poema pueden convertirse en una sólida línea de defensa, en una trinchera, en un lúcido lenitivo que sacar a airear en las noches donde el infierno más cerca se siente de la tierra. Esta canción, firmada por Rosendo Mercado pero, en mi opinión, mejorada en la versión que de ella hicieron Los Enemigos, siempre me gustó por esa frase que dice: "No me molesta: hay un rincón donde sabré defenderme." Que no me falte nunca ese rincón para defenderme de los demagogos y de los ofendidos por cualquier memez, que hasta en los círculos más íntimos abundan. Hoy decido estar cansado, hoy decido que un escritor debe saber cuándo no escribir, hoy decido no tomar decisiones precipitadas que estén influenciadas por la ira o el entusiasmo, hoy decido envainármela, en definitiva, y dormir. Me voy a mi rincón, que nunca me faltó ni en los momentos más duros que nadie pueda merecer. 

jueves, 4 de julio de 2013

Orgullo de macarra




Me lo han llamado tantas veces a lo largo de la vida, que ya siento un cariño especial por ese apelativo. En muchas ocasiones ha sido de manera cariñosa, en plan coña marinera, mi chica, mis amigos o algún que otro compañero o compañera de trabajo, legándome sin saberlo una impresión exterior de mí que yo no alcanzo a ver porque no puedo salirme de mí mismo y que se trasluce, quizá, en mi incorrectismo político a la hora de opinar sobre según qué asuntos, en mis gustos musicales, en la manera que tengo de llevarme el pitillo a los labios o de conducir, en mi indumentaria sobre todo, que ya me asoman algunas canas en la barba pero sigo llevando aros en las orejas y luzco tatuajes y visto con chupas de cuero y botas de cowboy porque soy un viejo rockero, a mucha honra. En otras tantas ocasiones, el apelativo se me ha brindado de modo despectivo, acompañado de no pocas amenazas de muerte -eso sí, pronunciadas tras el arranque repentino e inusitado de esa valentía entrecomillada que otorga el saberse amparado por el anonimato de detrás de la tecla, vía Internet-, cuando he dado una opinión contrapuesta a la opinión unánime que se compartía en algún foro o sobre algún asunto en particular a debatir en las redes sociales que gozan de más prestigio por los usuarios. Sea como fuere, repito que le he cogido cariño al apelativo: si me lo han llamado amistosamente, he agradecido el gesto de complicidad; si lo que se ha buscado era hacerme daño al escupírmelo, he hinchado el pecho a lo palomo, alzado la cabeza, y me he reafirmado en mis formas de conducta. Con orgullo. Orgullo de macarra. Que aquí un servidor no es un camorrista, pero lo de poner la otra mejilla me gusta sólo si es para recibir un segundo beso de esas personas a las que quiero y venero, y además considero que el pacifismo, ejercido a cualquier precio, suele ser cosa de pusilánimes, hipócritas o masoquistas.

macarra. (Del cat. macarró, y este del fr. maquereau). adj. Dicho de una persona: agresiva, achulada. U. t. c. s. // 2. Vulgar, de mal gusto. Apl. a pers., u. t. c. s. // 3. m. Rufián (// hombre que hace el tráfico de mujeres públicas). Si me atengo estrictamente a la definición que recoge del término el diccionario de la RAE -no tengan en cuenta la tercera acepción, aunque he de reconocerles que me he reído lo mío al leerla-, yo soy un macarra rarito; no un macarra de infantería, al uso, corriente y moliente, de ésos con coche tuneado -también llamado coche-condón, porque el capullo siempre va dentro- y choni cogida del brazo tatuado con el nombre de los sobrinos, sino un macarra leído, sensible al arte, que hacía novillos en el instituto para tirarse en cualquier parque a leer a Edgar Allan Poe o contestaba a los docentes por no estar de acuerdo con algunas formas de adoctrinamiento -enseñanza lo llamaban algunos profesores, que no maestros-, que no prestaba atención en las clases por estar demasiado embebido dibujando, que se sentía más identificado con Las flores del mal, a esas edades, que con el Cantar de Mio Cid, que emprendía peleas con auténticos macarras (de ésos que define el diccionario, ahora sí) y acababa con ojos a la funerala y sangrando por la boca o la nariz por defender quijotescamente a esas chicas que no me hacían ni puto caso o a esos amigos que nunca contaban conmigo para las cosas divertidas. ¿Rebeldía? Bah, ese argumento está ya muy trillado, y siempre me gustó más el James Dean de Gigante que el que aparece en Rebelde sin causa. Lo mío era más bien aburrimiento, apatía, abulia, desgana, un cansancio interior que desde muy niño desarrollé hacia el mundo y su forma de involucionar, y que me conminó a cometer errores garrafales que nunca volvería a cometer. Buscaba, no sé el qué, pero buscaba: una canción o un poema que consiguiera estremecerme, algún maestro que supiera identificar en mí una mínima traza de talento, algún lenitivo que guardar en mi caja de galletas para hacer soportable ciertos rasgos detestables de la existencia. Y aun a día de hoy creo que todavía sigo buscando esa esencia, aunque de una forma más comedida y recatada porque ahora dependen de mí otras personas. 

Esa dualidad -el binomio chulería-sensibilidad- me ha traído a veces no pocos problemas y, a menudo, me ha hecho sentirme desubicado y fuera de lugar en cualquier parte. No encajaba con los auténticos macarras y malotes del instituto o de mi barrio, porque no aprobaban ciertos rasgos de sensibilidad e incluso de erudición, aunque fuese en un término muy general, ni yo aprobaba del todo su modo de vida; tampoco con las personas sensibles y saludables, porque me veían demasiado agresivo, tóxico y reivindicativo, y a mi vez yo les veía a ellas demasiado correctas y aburridas. Y sin embargo, esas trabas a mi vida social, con el paso del tiempo, me han salvado el culo en numerosas ocasiones: cuando ninguno de los aspirantes a un puesto de trabajo pensaba que yo pudiera ser seleccionado por mi aspecto, cierto dominio del vocabulario y ciertas aspiraciones personales reflejadas en mi currículum se han ganado la simpatía de los seleccionadores; y al contrario: cuando me he visto en terreno hostil, enfrentado a gente que no atiende a palabras, ciertas formas gallardas y chulescas han conseguido achantar al perdonavidas de turno. No niego que aún debo pulir muchos aspectos de mi personalidad, pero si quieren que les diga la verdad, y aunque haya aprendido a despreciarme con tanta pasión como a veces (pero sólo a veces) me quiero -soy más cuando me quiero menos, dice un verso magistral de Pedro Salinas-, me siento bastante orgulloso de ser como soy. Me enredo a veces con bravatas innecesarias y entro al trapo con más facilidad de la que me gustaría admitir, pero a cambio soy honesto y leal; tengo la sangre caliente, pero esa ebullición de mi pulso sirve tanto para la guerra como para dar todo mi amor y mi lealtad sin medida a quien sabe ganarse mi respeto y mi confianza; soy un perfecto bocazas, pero esa voz en grito también defiende las causas que todo el mundo da por perdidas. Y, sobre todo, puede que a veces acabe alguna pelea, pero les aseguro que nunca, nunca las empiezo.

Lo que temo ahora es que alguien busque en la barra de su buscador la palabra macarra y aparezca mi fotografía en sus resultados de búsqueda, esa misma que he colgado al principio de esta entrada a falta de otra mejor, porque las que he encontrado en la red no acababan de reflejar verazmente el significado de ese adjetivo. En cualquier caso, y en lo venidero, piénsenlo detenidamente antes de llamar macarra a alguien en un enfrentamiento; tal vez sea cierto eso de que no ofende quien quiere, sino quien puede, y quizá sólo consigan, con ese apelativo que algunos de ustedes consideran despectivo, henchir a la persona de orgullo. Orgullo de macarra.














Mejor no es más




No invita el calor a leer, la verdad sea dicha. Al menos, en mi caso. Su más contumaz aliada, la pereza, le infiere a  cada uno de mis movimientos la lentitud y la desidia con que reposa la comida y hace la digestión una manada de leones tumbados a la sombra de una acacia o un baobab, y mi mano pasa con desgana las páginas, mis ojos vuelven una y otra vez al párrafo ya leído pero no asimilado, se superponen las palabras unas sobre otras, se cansa la vista y se nubla. En mi mesita de noche, detenidas aproximadamente a la mitad, tres novelas por acabar de leer: El hombre duplicado, de Saramago, Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, y la que más me urge leer de las tres, La pesquisa, de Juan José Saer, porque debo hacer una reseña para enviarla a la editorial Rayo Verde. Mis ojos ven pero mi mente no mira, mis ojos leen pero mi mente no retiene lo leído; y entonces pienso, contrario a tantos lectores que esperan los días estivales para ponerse al día con sus lecturas pendientes y se autoimponen marcas a batir de libros leídos, que para mí el verano nunca resultó propicio para esta tarea.

Mi chica y yo compartimos un pequeño cuaderno rojo donde apuntamos los títulos que vamos leyendo al cabo del año. Lectora mucho más voraz, y más arriesgada que yo en cuanto a leer a autores que no conoce, cuenta en su página del cuaderno con cuarenta títulos leídos; en la mía, con apenas una treintena en lo que va de año, predominan sobre todo esos autores que pueden aportarme alguna garantía, y hay mucha, muchísima poesía. Entretanto, leemos en algunos blogs la cifra de libros que se han propuesto leer este año sus administradores y nos echamos a reír. Entiendan que la nuestra no es una risa malintencionada: si nos reímos de esos propósitos no es porque creamos que nosotros leemos más o menos que otras personas, lo cual no nos importa, sino simplemente porque, tanto mi pareja como yo, tenemos la convicción de que no debe leerse con prisas. Mejor leer solamente tres libros al año, pero bien aprovechados, que muchos leídos con el propósito innecesario de cumplir con una cifra concreta anual. Cierto es que nosotros apuntamos y contamos las obras que vamos leyendo, pero en ese ejercicio nada tiene que ver la competitividad, ni siquiera entre ella y yo: nos gusta hacerlo para hacer un balance, a fin de año, de esos autores que más nos han marcado o que gratamente hemos descubierto, para comentar cuáles de esos libros se irán con nosotros a la tumba y por qué, para recomendarnos obras el uno al otro o comprobar qué autores hemos compartido y, de ese modo, barajar diferentes opiniones, bien argumentadas, sobre ellos.

Es indispensable leer sin prisas, sobre todo si también se escribe. Uno puede contar en su haber con la carrera de filología o de periodismo, ser profesor de literatura, apuntarse a un taller de escritura, ser tan soberbio -y tan estúpido, o embustero, además- de declarar que para su obra no necesita empaparse de influencias, pero un escritor no lo es si no es primero un lector acérrimo. A mí me gusta leer con mucho detenimiento, fijándome muy bien en el ritmo utilizado para cada historia, si leo narrativa -a veces, si me encuentro a solas, leo en voz alta, según un truco que Marcel Proust usaba para saber si lo que había escrito mantenía una cadencia apropiada al relato-, o contando sílabas si lo que consumo en ese momento es poesía, compruebo las diferentes maneras de utilizar los signos de puntuación dependiendo de cada autor, e incluso hago un listado mental de esas palabras fetiche que cada escritor reserva para sí y repite a lo largo de su obra, y que dependen de su ejemplaridad con las letras para que no acaben resultando redundantes ni pomposas. Es para mí imprescindible, cuando leo, tener un lápiz para subrayar y un diccionario a mano; si no puedo disponer de uno en ese instante, no faltan pequeñas libretas ni bolígrafos en los bolsillos interiores de mis chupas de cuero para apuntar palabras que no conozco, o que conozco pero de las que no acabo de saber con exactitud todas y cada una de sus posibles acepciones. Allí apunto también citas, fragmentos, frases, versos, e incluso ideas vagas o perfiles de personajes, aún no del todo definidos, para mis proyectos personales.

"Leer es el único acto soberano que nos queda", escribió magistralmente Antonio Muñoz Molina. Siéntanse entonces soberanos absolutos de esa actividad preciosa, de esa forma de ocio que no requiere de otros individuos para resultar placentera, que no puede ser recortada por las imposiciones hipócritas de austeridad de nuestros gobernantes, que no vale dinero si uno dispone de un carnet de identidad para presentar en una biblioteca pública. Sobre todo, no compitan al leer (ni siquiera con ustedes mismos), no sometan a presiones innecesarias un ejercicio tan ameno como instructivo, que es el más grande de cuantos pequeños placeres nos han dejado para sobrellevar esta crisis que, a muchos de nosotros, no nos permite tumbarnos en la playa, sombrilla en la arena, cerveza soldada al morro y libro en mano, a mirar serenamente el mar y pensar en el récord personal de lectura que vamos a batir este año.


miércoles, 3 de julio de 2013

Aniversario



A Palo Rodríguez Ortega



Será trazo firme la luz de julio
con que escribiré a pulso
que aún me faltan años
para asirte a esa frase exacta
que consiga describirte como eras.
Diría ahora: "Eras
saciedad prometida a mi impaciencia",
y aún no sería suficiente.
Diría entonces: "Eras
designio en esplendor, como al futuro
su relámpago en el horizonte",
y aún sería insustancial el verso
que tratara así de nominarte.


El pájaro que es
el diccionario abierto,
posado con frío sobre mi almohada,
no alcanzará la altitud necesaria
para atrapar en su sombra tu nombre:
la plenitud, ese animal esquivo
que una noche cazaste para mí,
no puede describirse.