"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 27 de junio de 2013

Nunca llegarás a nada




Ignoro si a ustedes les sucederá igual, pero a mí a veces me ha ocurrido que, al leer el título de un libro, una canción o una película, he sentido el efecto brutal de un contundente flechazo amoroso. A mí precisamente, que siempre he descreído de los amores a primera vista y considero que es harto difícil que un trabajo creativo nos dé de lleno en la patata sólo por la sonoridad de su título, aunque a esas pocas palabras de presentación haya que cuidarlas tanto como al resto de la obra y se deba trabajar  con  una cuidada dedicación tanto el titular como el contenido de lo que nos anuncia o nos adelanta el mismo. Este fin de semana, sin ir más lejos, me ha vuelto a pasar con un libro de relatos de Juan Benet (Madrid, 7 de octubre de 1927 - 5 de enero de 1993), cuya novela Volverás a Región está esperando en mi mesita de noche a ser leída. Asiduos como somos a rebuscar y estornudar entre el polvo de la única librería de viejo que existe en mi ciudad, mi pareja, con ojo avizor y congestionada por la alergia, me señaló el volumen del autor madrileño por si me interesaba. Aunque es una edición no venal, mal elaborada, antigua, con el emblema de la compañía aérea Iberia en la portada, parte de una colección de obras que antaño se debían repartir en los aviones para entretener durante los viajes transocéanicos a la tripulación (cuando todavía leer era una actividad tan socialmente aceptada como fumar hasta hace unos años, hasta que el  entonces presidente Zapatero y los defensores de la inmortalidad nos convirtieron en proscritos a aquéllos que desconfiamos de los completos abstemios), nada más leer el título quedé prendado: Nunca llegarás a nada. Sostuve el anacrónico volumen entre mis manos y, automáticamente, pensé: "Joder, la cantidad de veces que me habrán dicho esto a mí a lo largo de la vida..."

Se ha convertido ya en un hermoso ritual, en un guiño personal entre nosotros, el que mi chica y yo nos regalemos libros de baratillo de esa librería de viejo o de algún mercadillo solidario. Allí uno encuentra literatura con mayúsculas a un mísero euro -e incluso a veces hasta gratis, si pasado un tiempo el dueño de la librería ve que no logra deshacerse de esos volúmenes que no necesita ocupándole espacio-, y se puede conminar, por un precio ridículo, a autores como Conrad, Saramago o Steinbeck -entre otros muchos, muchísimos, a cual mejor- a formar filas en nuestras bibliotecas personales, desarmando así ese pretexto manido y peregrino de aquél que afirma no leer porque leer es caro, aunque haya fabulosas bibliotecas públicas donde el único precio a pagar sea presentar el documento nacional de identidad. Pero lo mejor de ese ritual entre nosotros ya no es, solamente, el convertirnos en propietarios de esos tesoros agobiados por el polvo, sino las charlas que mantenemos después de habernos regalado esos libros, sentados en cualquier jardinera frente al Palacio Arzobispal, mientras fumamos un cigarrillo y nos tomamos un bote de refresco. Los libros invitan al debate, abren torrenteras por donde el diálogo encuentra cauce; sobre todo para quien, además de leerlos, le gusta escribirlos. En esta ocasión, el tema a tratar fue el título del volumen de relatos de Benet. Le transmití a mi pareja lo que me identificaba con el título del libro, las numerosas veces que a mí se me han brindado esas palabras, "nunca llegarás a nada", o bien "nunca llegarás a ninguna parte". "Ya", me dijo mi chica, "los profetas del nunca llegarás a nada", legándome toda su comprensión.

Me han dado pocas veces palmaditas en la espalda a lo largo de esta vida; con una parte de la gente que me ha rodeado, me ha ocurrido que cuando he hecho las cosas mal se me ha lapidado, y cuando las he hecho bien nadie ha venido a reconocérmelo, adoptando esa gente una actitud similar a la de los políticos ineptos que han venido gobernándonos desde una u otra ideología, empeñados en hacernos creer, como si fuésemos imbéciles, que cuando un país entra en una crisis económica como la que nos acucia, la culpa es casi exclusiva del mal hacer de la ciudadanía, y cuando ese país al fin consigue salir del atolladero, el mérito es únicamente del partido político que lo gobierna. No me lamento, sin embargo, porque sé que muchos de los problemas en los que me he visto inmerso me los he buscado yo solito -o me lamento pero procuro no culpar a nadie-; pero también es cierto que una buena gestión de mis deberes y obligaciones, o de cualquiera de los otros numerosos aspectos de la vida, no ha despertado tampoco ningún tipo de elogio, y más bien ha caído la buena praxis en la más absoluta indiferencia. Y es que nunca estamos contentos con nada, sobre todo en este país envidioso y desleal: si somos humildes, se nos dice que tenemos que querernos más, que no tenemos autoestima, o bien que todo se debe a una falsa modestia; pero si afirmamos ser buenos en algo, aunque sea cierto que lo somos, automáticamente se nos tachará de soberbios, altivos y prepotentes. De cualquier modo, acostumbrado a los comportamientos de veleta que suelen acompañar los criterios y acciones de los seres humanos, nunca hice mucho caso a las críticas ni a las alabanzas, y cierto olfato me hizo desconfiar tanto de unas como de otras, que a menudo suelen ser cambiantes dependiendo de los intereses propios que no hayan podido satisfacer aquéllos que las hayan pronunciado.

En una ocasión, Valentino Rossi (Urbino, 16 de febrero de 1979) -tranquilos, no voy a hablarles de motos; o sí, pero está íntimamente asociado al tema que toco en esta entrada- contó una anécdota que se me quedó grabada a fuego en la memoria. El campeón no era muy buen estudiante, prefería la escuela que le aportaba la carretera, con lo que su profesora un día le dijo que nunca iba a ser nadie en la vida andando todo el día subido encima de esa moto. Cuando años después el famoso motorista ganó una importante competición, lo primero que hizo fue dirigirse a las cámaras para dedicarle el premio a esa profesora. Nada más lejos de mi intención el hacer aquí apología del absentismo escolar o una denostación del sistema educativo, pero sí creo que, a veces, el autodidactismo y la vocación, sumados a una perseverante disciplina para alcanzar un sueño, han hecho más por la formación de una persona que muchos rectores de universidad. Además, me irritan sobremanera esas personas incapaces de ver ningún tipo de talento en otras, tibios de corazón y frustrados en sus profesiones que no saben bucear entre las virtudes de sus congéneres para vislumbrar en ellos a la persona útil que todos llevamos dentro.

Así que, si al igual que a mí, alguien les ha brindado una ausencia total de fe en su talento, no se dejen amedrentar. Trabajen duro, por vocación y no por dinero, con disciplina, con el objetivo primordial de poder algún día taparle la boca a todas esas personas que no confiaron en su utilidad. Piensen, para espolear su motivación, que a veces el éxito es la forma más depurada de una venganza.

jueves, 20 de junio de 2013

El libro de Dalila (15): Como un edicto de fe




Hace ya casi tres décadas que no hablo con Dios, Dalila; la última vez que le solicité audiencia era un niño aprensivo, temeroso de la noche, cercano a tener la edad que tú tienes ahora. Digo que soy ateo cuando me preguntas, que no creo en Él, pero lo cierto es que, si radiografío con cuidado mi interior y me atengo estrictamente a las acepciones que recoge el diccionario de aquellas palabras que significan negar su existencia, el término que mejor me definiría sería el de agnóstico. Tú, en cambio, sí crees en lo divino: desde muy pequeña te adoctrinaron para creer en Dios, aunque yo traté de evitarlo a toda costa, y tengo constancia de que vas con tu abuela materna a la iglesia y a ver las procesiones, e incluso alguna vez me has comentado que sueles ver con ella las misas que se retransmiten por televisión. Durante un largo tiempo pensé que, aprovechando que no vivimos juntos, te habían bautizado sin mi consentimiento, de forma clandestina, tal vez entregándole al párroco, bajo cuerda, algún dinero para que eludiese la obligación de hacer que conste también la firma del padre en la partida bautismal. Cuando naciste, dejé claro que no quería que te bautizaran, que ésa era una decisión que debías tomar por ti misma cuando tuvieses la edad necesaria. Lo conseguí no sin desatar la polémica entre algunos miembros de la familia de tu madre, acostumbrados en su casa –la misma casa en la que tú vives- a la tenebrosa y constante presencia, en cualquier rincón imaginable, de imágenes divinas, estampitas, pequeños altares, cirios encendidos día y noche, cuya luz taciturna y funeral preside y hiere la oscuridad reinante cuando sus habitantes se van a dormir. No conseguí, en cambio, evitar que te apuntaran en el colegio a la asignatura de religión; entonces yo ya no vivía contigo, y resultó imposible convencer a tu madre de la importancia que tiene, para la completa libertad de una nación, el que un estado sea laico y que las religiones que se practiquen en él gestionen sus medios de forma privada.

En templadas tardes de asueto, cuando aún nos veíamos con regularidad y te llevaba a pasear por las calles del centro, alguna vez me hiciste entrar en la Magistral. Quizá te sorprendiera que, pese a mi agnosticismo, no me negase a entrar para que pudieras besar los pies del cristo que allí languidece con cara de boxeador noqueado, e incluso que supiera tanto sobre ese hermoso edificio que preside la Plaza de los Santos Niños, con su torre de estilo renacentista plagada de nidos de cigüeñas, porque te conté, aunque aún no entendías una palabra, algunas curiosidades sobre esa catedral, como que fue incendiada durante la Guerra Civil española, perdiendo la mayor parte de sus tesoros, o que es, junto con la iglesia de San Pedro de Lovaina, en Bélgica, el único templo en todo el mundo que posee el título de Iglesia Magistral, lo que exigía que todos sus canónigos debían ser doctores en teología. Que la vida, a la fuerza y por pura lógica, acabe por romper las religiones –no consigo recordar quién lo dijo-, no es óbice para que uno no pueda interesarse por su historia, su arte, sus motivos, sus orígenes; sería una enorme torpeza por mi parte el negarte ese legado, porque acabaría convirtiéndome en un inquisidor casi tan feroz y cerril como los propios inquisidores que perpetraron los crímenes más atroces entre los años 1480 y 1530. Muchos conocidos míos, no creyentes también, alguna vez me han reprendido amistosamente cuando he expuesto el interés que siento por leer la Biblia. Yo les digo que qué tendrá que ver la velocidad con el tocino; he leído a Melville y no creo en ballenas asesinas, a Poe y no creo en corazones delatores, a Saramago y no creo en cegueras colectivas.

Tal vez esto pasa por confundir creencia con espiritualidad. En cada ciudad o pueblo al que he ido de tu mano, me has hecho entrar en la iglesia de turno. Yo, resignado aunque de buena gana, mostrando una tolerancia mayor que la de aquellos que me criticaban por no querer cruces –tampoco velos- presidiendo las aulas de los colegios públicos de un estado laico (y también que la de esos otros que se manifiestan con muy mal acierto en las procesiones de Semana Santa diciendo que deberían quemarse iglesias como en el año 36), he comprobado cómo te arrodillabas ante un altar y te persignabas con una disciplina intachable, que no te he visto aplicar –al menos, de momento- con tanto tesón en ninguna otra tarea que ocupe tu vida, e incluso alguna vez me has pedido una moneda, no para gastarla en chucherías, sino para encenderle una vela a cualquiera de las numerosas vírgenes y numerosos santos que existen. Yo te dejo hacer, me mantengo al margen, me ocupo de disfrutar, tratando de hacer el menor ruido posible, con la arquitectura o con el arte pictórico de cada templo al que entramos, mientras tú cumples tus rituales y liturgias. Y es que mi ausencia de fe no me impide entenderte, comprender las razones por las que una persona pueda desarrollar un profundo sentimiento hacia ciertas disciplinas, ya sean religiosas o de otra índole; no se trata ya de creencia en algo, sino de espiritualidad y vocación, de darle un sentido, por incongruente que sea para algunos, a la existencia. Yo mismo he asistido a rituales similares, aunque mis templos siempre fueron otros: miradores que me ofrecían sus anchos territorios desde la altura, a vista de pájaro; la extensión plana y titánica de un océano o una estepa, su piélago y sus espejismos; la vida que bulle bajo la superficie muerta de un desierto, pugnando por salir y deshabilitar tanta desolación; una larga recta de carretera que va a perderse en la línea del horizonte, dándome las dimensiones de un viaje que tal vez nunca haga; el tránsito de muchos puertos que abren esclusas al mar, con sus simbólicos pañuelos de despedida; el fluctuar manso y umbrío de algunos ríos, metáfora infalible del transcurrir del tiempo… En lugares así, yo he sentido una idéntica emoción a la que tú has desarrollado hacia Dios, y el sentimiento iba cargado de tanta fuerza, era tan sumamente abrumador, se sentía tan adentro del pecho, que mirándolos he sentido a veces ganas de llorar sin ningún motivo aparente, ocurriéndome exactamente lo mismo que cuando me detengo a mirar fijamente a los ojos azules de Paloma o cuando me siento a los pies de la cama a contemplarte mientras duermes. Muchas veces me he acercado a esos lugares (y a esos ojos, y a ese rostro, que son la razón de mi vida) a la manera de aquellos edictos de gracia –más tarde, edictos de fe- que se autoinculpaban para lograr la salvación eterna, buscando quizá una forma de redención particular que no podía proporcionarme ningún otro aspecto o elemento de la vida, y también como una natural alternativa a los templos que tú visitas, en los que sentí mucho miedo cuando entraba de niño por culpa de todas esas imágenes sangrientas o fantasmales que ya anticipan los presbiterios.

No quiero que tu creencia en Dios te haga incurrir en la sumisión indigna y vejatoria de los fanatismos, pero tampoco me gustaría, ni consentiría, que nadie tratase de arrebatarte esa espiritualidad. Si puedes y te sientes convencida, aléjate de los dogmas y las religiones –de todas, sin excepción: entre todas se desacreditan unas a otras, y además traen la guerra, la intolerancia, el derramamiento de sangre en pos de la creencia en dioses burlones, en cuyos tableros divinos somos simples piezas de ajedrez a comer y manipular-; pero nunca te alejes de tu espiritualidad.


Hace no mucho te pregunté, mientras me pediste visitar la iglesia que hay en el pueblo donde vive mi madre, si querías hacer la primera comunión. Previsiblemente me respondiste que sí, a lo que yo te advertí que todavía tenías que bautizarte para poder hacerla. Es curiosa la forma en que me miras cuando hablamos de estos temas, con una mezcla de suspicacia e incredulidad. Aún no asimilas que yo no pueda creer en Dios, y en cuanto tienes oportunidad vuelves a repetirme la pregunta que me has ido haciendo desde que tenías tres años: “Papá, ¿tú no crees en Dios?” Te respondo por enésima vez que no, y entonces meneas la cabeza negativamente, con sobreactuado y cómico fatalismo, a la par que me miras con piedad, con la compasión propia de un pastor que debiera sacrificar a uno de sus mejores perros por culpa de una enfermedad, y me dices: “Pues deberías creer en Él y rezar, porque te irían mejor las cosas.” “Prefiero que reces tú por mí”, te respondo. Y entonces me coges de la mano con una ternura que cada vez es más inusual en ti, mientras seguimos paseando por el interior del templo, y dictaminas: “Ya lo hago. Todas las noches.”


Catedral Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor, Alcalá de Henares.

miércoles, 19 de junio de 2013

Con premeditación... y con ortografía




Los libros arden mal, pero arden aún peor los imbéciles. Sobre todo, aquellos que son aplaudidos y premiados por la cobardía y la falta de personalidad del resto. Y es que estamos en España, oigan, y eso de ampararnos en el rebaño para tratar de encontrar alguna traza del valor que no poseemos a solas, de manera individual, es muy nuestro, muy cañí, muy trending topic; casi tanto como hacer autos de fe de cualquier nimiedad o creer, ingenuamente esperanzados, que por reírle las gracietas al bufón de la clase evitaremos que él no se ría también, en un futuro próximo, de nosotros. 

Es el ejemplo que actualmente da una parte -espero que pequeña- de la comunidad bloguera, donde parece haberse extendido la pueril creencia de que el talento va intrínsecamente asociado al número de seguidores del que goce una bitácora, y que para tener el máximo de seguidores posibles vale todo, desde los arrodillamientos con ruidos de succión incluidos, hasta burlarse de terceros e incluso de cuartos para que un segundo nos acepte, nos dé su talentosa bendición y, ya de paso, se haga seguidor de nuestro propio blog. Así ocurre en las secciones de algunas bitácoras que conozco desde hace algunos años, cuando se me convencía de que un escritor sin un blog no era nadie (aunque luego descubrí que la mayoría de los escritores que a mí me interesan, a los que más respeto y admiro, no tienen uno), que deben su fama y sus numerosas visitas al ejercicio de lapidación que hacen de personas que, por el motivo que sea, no han podido adquirir una mínima cultura. En estas secciones se publican fotos de carteles o anuncios, todos ellos reales, en los que la persona que los ha colocado comete faltas de ortografía garrafales, lo que al parecer desata la carcajada colectiva y el aplauso unánime, por parte de los seguidores del blog en cuestión, al administrador del mismo que se encarga de colgarlos anexando un texto que ridiculiza al autor o los autores de los susodichos carteles y anuncios. No contentos con sentirse como esos adolescentes lameculos que graban con el móvil las palizas que el matón le propina al profesor o al pringaíllo de la clase (tal vez para hermanarse con el energúmeno en cuestión y, de ese modo, no convertirse también algún día en otra de sus víctimas), los propios seguidores le envían al administrador del blog fotografías de carteles y anuncios que han encontrado por sus lugares de residencia y que también sufren vistosas faltas de ortografía. De esta manera se aseguran un pequeño reconocimiento en la exitosa bitácora que siguen, disfrutan como monjitas en un chiste verde al ver sus nombres expuestos (previo agradecimiento por parte del administrador) en el texto despectivo, y todos ríen jovialmente al pensar que al fin han dejado de ser un pobre grupúsculo de follatabiques y don nadies. Lo paradójico de todo esto es que muchos de esos seguidores que se burlan de la incultura de otras personas también cometen faltas de ortografía al comentar las entradas, y alguien debiera recordarles que no están escribiendo por el teléfono móvil, que en español los signos de exclamación e interrogación se abren antes de cerrarlos en la frase y que a muchos de ellos les ha salvado el culo, pudiendo disfrazar con ellas su antigua incompetencia, las nuevas reglas ortográficas que la RAE estableció hace algún tiempo. 

Miren, no voy a dármelas de santurrón: reconozco que yo también me he reído alguna vez al ver por la calle un cartel mal escrito, e incluso, en alguna ocasión al principio de conocerlas, al ver algunas de las cosas publicadas en las secciones de las que hablo; leídas muy por encima, entonces yo no sabía que las entradas allí escritas se burlan indiscriminadamente de cualquiera, con independencia de que sea evidente que muchos de esos carteles y anuncios están escritos por personas que no han podido gozar de una educación, como un post publicado hace no mucho tiempo en el que aparecía el cartel de un huerto, con tantas faltas de ortografía que parecía hecho a propósito, obviamente escrito por una persona mayor, de campo, que seguramente no tuvo más opción que dejar el colegio y trabajar desde niño. La diferencia estriba en que mis risas no han estado nunca conminadas por el respaldo de la jauría, y he sabido de quien reírme: no me sonrojo al decir que, al verme atacado por algún listillo con ínfulas de académico o por algún perdonavidas de tres al cuarto, orgulloso de no haber agarrado un libro en su puta vida, yo también he participado de esa pedantería que nos hace referirnos a la incultura de otros como método de defensa. No ha sido así, sin embargo, con esas personas que, por circunstancias de la vida, no pudieron tener una buena educación. Entre ellas, mi propia madre, criada en una chabola en los años negros de la posguerra, a la que su analfabetismo no le ha impedido ser una de las lectoras más ávidas que he conocido, una de las personas que más me han inculcado la lectura, y cuya humildad y sentido del ridículo siempre la motivan a pedirme consejo cuando redacta algún papel de las administraciones públicas o cuando escribe un WhatsApp, porque sabe que tiene muchas faltas de ortografía y probablemente no quiere que se ría de ella gente como los seguidores o los administradores de los blogs a los que hago mención. 

Ya me huelo el percal después de publicar esta entrada, y es seguro que algún aludido se frotará las manos cual mosca ante un cerote de perro, lupa en mano, en busca de faltas de ortografía cometidas aquí con las que rebatirme lo expuesto. Ya le anticipo yo que las encontrará: en primer lugar, porque soy un ser humano y cometo errores; en segundo, porque me paso las nuevas reglas de la RAE por donde amargan los pepinos, por habérselo puesto tan fácil a los poetas del SMS. Lo mismo da: es probable que el aludido las recopile todas para entregárselas al amo, displicente y moviendo alegremente el rabo, secundado con el beneplácito del resto de la jauría. Y es que ya se sabe que las felaciones limpian, fijan y dan esplendor. 

"Una forma de resistencia", de Luis García Montero




No conocía la prosa de Luis García Montero (Granada, 4 de diciembre de 1958), uno de los poetas españoles que gozan de mejor salud en estos tiempos que corren de denuesto hacia la poesía, donde la novela copa prácticamente el noventa por ciento del espacio de las librerías. Me asomé a este autor allá por el año 2003, cuando -ávido lector de poesía como soy-, buscando poetas que no conociera y que consiguiesen emocionarme, me topé en una de las librerías de mi ciudad con su poemario La intimidad de la serpiente. Desde entonces, tras su lectura, me convertí en un asiduo del poeta granadino, y me agradó comprobar hace algún tiempo que también sabía cosechar éxitos escribiendo narrativa, primero con la novela Mañana no será lo que Dios quiera -Libro del Año según el Gremio de Libreros de Madrid- y luego con la obra que aquí nos ocupa. Ahora, gracias a la amabilidad de Punto de Lectura, he podido aplacar el ansia que sentía por acercarme a esta otra faceta de García Montero que tan buenos resultados está dando.

"Los banqueros cuentan sus beneficios, los políticos sus votos y los poetas sus cosas." Con esta frase inicial, el autor comienza un libro que abre puertas íntimas al debate. Pero el suyo es un debate privado, cordial, amistoso, respetuoso, cotidiano, entre copas y risas, más cercano al que mantiene consigo mismo el hombre solitario y lúcido que se atreve por un momento a dudar de sus propias convicciones, o a ésos otros que se producen entre los amigos que se toman unas cervezas en el bar, que a los mantenidos en  esos medios de comunicación donde las opiniones van intrínsecamente unidas a la ideología que presida el grupo de prensa o televisión. También, como es habitual ya en el poeta granadino, estas páginas componen una sólida defensa hacia la memoria y son una batalla contra lo perecedero. Aunque el baluarte aquí erigido no se cimenta a partir de una nostalgia usuaria de empalagosa cursilería, sino que es más bien una forma particular de mirar hacia el pasado, a aquello que fuimos con mayor o menor acierto, para tratar de entender quiénes podríamos ser en el futuro.

A través de una serie de pertenencias materiales, y mediante textos cortos donde se entreven los defectos profesionales y las fórmulas que tantas satisfacciones han dado a Luis García Montero como poeta, el autor nos abre las puertas de su hogar; no ese hogar que levantan una serie de paredes y una localización geográfica en concreto, con dirección postal y número telefónico, sino ése otro que el ser humano alza desde los fetiches que va acumulando a lo largo de los años y que definen en gran medida quiénes hemos sido, quiénes somos y quiénes podríamos ser. Un paquete de tabaco de una marca ya inexistente que perteneció al abuelo, el despertador, los espejos y su enorme e indudable carga mística, billetes de avión con destino a ciudades remotas y entradas para partidos de fútbol de la infancia extraviadas entre las páginas de los libros favoritos, un encendedor que fue seña de la rebeldía adolescente... A través de los objetos más queridos o con una mayor carga sentimental, el poeta nos hace partícipes de la acuciante necesidad que hay, ahora más que nunca, de no olvidar quiénes somos y lo que hemos conseguido, de conservar ciertos emblemas personales en unos tiempos en los que todo es desechable, de quita y pon, de usar y tirar. El suyo es un inventario intimista que conecta con el lector y lo invita a rebatir sus opiniones, a elaborar también un listado propio de pertenencias personales que serán, en buena medida, la herencia material que, tal vez contradictoriamente, mejor definirán nuestra espiritualidad y nuestras creencias a aquellos que quieran saber quiénes fuimos.

Una forma de resistencia -título certero donde los haya- es una obra empática con el lector, que se deja leer de corrido, entre dos rebanadas de pan con chocolate o escuchando uno de nuestros discos favoritos,  y que nos invita a reconocer el espíritu de las cosas de entre el resto de respiraciones que se sienten en el interior de una casa, nos conciencia a reciclarnos a nosotros mismos y nunca a desecharnos, sobre todo en esta época de severa austeridad donde no es difícil que la autoestima pueda acabar en el fondo del cubo de la basura.


Título: Una forma de resistencia

Autor: Luis García Montero

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2704-6

Nº de páginas: 216

miércoles, 12 de junio de 2013

El andaluz universal




De cuando en cuando, tal vez para darme aliento cuando dudo sobre mi talento y el oficio de escribir se convierte en una tarea ingrata, recuerdo, como si la hubiera vivido en primera persona, esa anécdota que le leí una vez a Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 10 de enero de 1956) acerca de la primera vez que una editorial decidió publicarle un libro. Si la memoria no me falla, la editorial era Seix Barral, y el editor que llamó al autor jaenense para decirle que habían recibido el manuscrito e iban a publicárselo, nada más y nada menos que el poeta y crítico literario Pere Gimferrer. "No podemos pagarte mucho...", dijo el poeta. A lo que Muñoz Molina respondió: "Ah, ¿pero encima me van a pagar?" Imagino la cara del autor de El invierno en Lisboa -esa cara algo rubicunda y rural, ingenua, que ha ido volviéndose más consistente e interesante con el paso de los años, gracias en parte al trabajo de asesoramiento de imagen que le hace su mujer, la escritora Elvira Lindo- al verse telefoneado inesperadamente por un escritor de renombre, y presupongo que jamás llegó a imaginar los éxitos que su escritura cosecharía en el futuro. En un tiempo en el que no existía aún Internet, las bitácoras virtuales ni las páginas de promoción en redes sociales, y cuando aún faltaban unos años para que algunas editoriales comenzasen a ofrecer a los autores la opción de la autofinanciación de sus obras, los escritores pertenecían a otro linaje más sólido y genuino. Hoy en día cualquiera escribe a sabiendas de que tendrá lectores, aunque a menudo sean pocos y virtuales, pero entonces un escritor era un tipo raro, excepcional, que debía curtirse primero en periódicos locales y gastar su dinero en sobres y sellos para enviar sus obras a las editoriales, esperando que el talento y el tesón -el primero es un arma encasquillada sin la muy necesaria detonación del segundo- acabasen por dar sus frutos.

Me alegré mucho cuando hace unos días, mientras hablaba por teléfono con mi pareja, vi en las noticias que le habían concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras; sentí esa saludable envidia, no exenta de orgullo por un escritor al que siempre admiré y defendí (más todavía considerando que desde hacía unas cuantas ediciones no se lo concedían a ningún autor español), de quien desea para sí mismo un destino similar. Este premio, como todos los que ha recibido a lo largo de su trayectoria, no es fruto de favoritismos ni sospechosas alianzas, sino la consecuencia lógica y merecida de su prosa depurada, de su capacidad de contemplación del mundo y las personas que lo habitan, de su humilde erudición, de su acérrima y bien argumentada defensa de la necesidad de contar historias que, desde tiempos ancestrales, ha desarrollado el ser humano. Según sus propias palabras, "el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida". Para mí, una de las cualidades de este "andaluz universal", en palabras de Juan Ignacio Zoido, que más han logrado que merezca este galardón, es ese convencimiento suyo de que "sólo se puede escribir de verdad desde un estado de absoluta libertad interior", ajeno a modas, tendencias literarias y presiones editoriales, pero sobre todo ajeno a esa ambición que lleva a creer a muchos escritores que son mejores que otros por los premios que han recibido: "Yo he visto a personas muy obsesionadas con recibir ciertos premios, enfurecerse cuando no se los daban y emborracharse de soberbia cuando se los daban. Y pasa el tiempo y piensas: ¿qué sentido tiene eso?" Porque este autor que vive a caballo entre Madrid y Nueva York no ignora que el factor de la suerte también juega un papel importante en el mundo de la literatura, y que cada nuevo libro a escribir debe abordarse como si fuera el primero, con las mismas dudas e inseguridades del principiante. Así, según él -no puedo estar más de acuerdo-, uno no debe escribir pensando en los reconocimientos que va a recibir, sino pensando primero en acabar su trabajo, luego en que alguien lo publique y, finalmente, en que esa novela tenga lectores. 

Muñoz Molina es un escritor a tomar como referente, ya no solamente por la belleza y la magistralidad con que desarrolla sus historias, sino por su convicción de la enorme necesidad de ser una persona humilde para poder disfrutar del oficio de la escritura. Le deseo todavía más éxitos, y no me cabe duda de que aún le quedan muchos cartuchos que disparar. Desde esta malograda bitácora, casi anónima, le deseo al maestro mi más sincera felicitación.


martes, 11 de junio de 2013

Sail those same oceans




Mira que la vida urde sus trampas para que tú y yo no encontremos asidero posible, y aun con ésas sonrío, miro hacia atrás y sonrío, porque lo poco que tengo es más de lo que jamás tuve antes de ti. No hay que desdeñar del poder de una sonrisa, perla a veces echada a los cerdos, más aún cuando la mía la edificas tú, tus progresos, tú, tus salvajes sorpresas, la evolución plausible que he visto en tu persona y que da una inmejorable calidad a tus palabras y tus actos, la dedicación con que tejes con hilo de oro el sol en los días más cinéreos, el tesón puesto en ganarte mi confianza y ofrendarme la tuya como el máximo tesoro que podrán escarbar estas manos pequeñas para ser de hombre y que tú nunca dejas de guardar dentro de las tuyas, aun cuando estamos durmiendo. Mi sonrisa es la que aporta el beneficio del trabajo bien hecho, la ambición encauzada hacia metas realistas, el orgullo que estalla en el pecho de quien siente sin reticencias que navega los mismos océanos que la persona a la que ama. Podremos, tú y yo, llegaremos a tiempo, llegaremos a puerto. Estoy orgulloso de ti, de nosotros.

Qué me vas a contar... (¡Moñigos, morid!)




Tranquilos, no voy a dármelas de buen samaritano: ni lo he sido, ni lo soy, ni creo que lo seré nunca. En honor a la verdad, incluso me atreveré a decir que el motivo de esta entrada atiende a intereses propios. ¿Saben?, después de casi dos años desempleado y ya sin percibir ningún tipo de ingresos, me he visto obligado a aceptar uno de esos trabajos basura en los que casi tienes que poner dinero y dar las gracias por estar ocupado, aunque no te den de alta en la Seguridad Social y el contrato que firmas tengas que firmarlo en la calle, sentado en cualquier banco, un rato antes de empezar tu primer día de trabajo; un legajo repleto de cláusulas peregrinas  escritas con caracteres cercanos a resultar casi microscópicos, al más puro estilo trilero o pacto con el diablo. Vendo cupones para una empresa de marketing que se ocupa de distribuir y comercializar con boletos para el sorteo de una famosa ONG, cuyo nombre no mencionaré por no denostar su encomiable tarea, aunque los intermediarios con los que se aseguran alcanzar la recaudación deseada para alimentar a tanto desheredado sean sólo una bandada de buitres volando en círculos sobre un muladar. El precio que me pagan por cupón vendido es casi simbólico, aunque eso es lo de menos; al fin y al cabo, se trata de recaudar fondos para una buena causa, y no se debe obviar que el mismo trabajo que yo desempeño antes se hacía mediante voluntariado, sin ver un solo duro, o euro, o cualquiera que sea la maldita moneda con que nos timaron. Podría denunciar decenas de cosas de ese proceso de recaudación que pasa por manos avaras, aunque a veces el fin (pero sólo a veces) justifique los medios. Pero lo que yo he venido a denunciar aquí es otra cosa.

Aunque no lo parezca, y pese a que uno acabe su jornada laboral deseando apostarse en una cornisa armado con un rifle de mira telescópica para disparar desde allí al personal que pasa por la calle al grito de "¡Moñigos, morid!", trabajar con personas -esto es, a pie de calle, tratando con gente de muy diversa índole y condición- aporta grandes conocimientos o, si no tanto, al menos se pueden confirmar sospechas que uno ha ido albergando al cabo de los años hacia el ser humano, tanto buenas, como malas o peores. No tengo ni puta idea de marketing, ni falta que me hace -por promocionar, no sé ni promocionar esta malograda bitácora, incapaz de hacerme seguidor de blogs que no me gustan con el único fin de establecer extrañas alianzas y que así, de vuelta, se hagan seguidor del mío-, excepto que para vender bien tu producto debes ser lo más agresivo posible y abordar a la gente sin miramientos, de frente, sin darle opción a escapatoria, razón por la que yo no consigo pasar de los veinte cupones vendidos al día; me cansa o me aburre, o ambas cosas, entrarle a la banda y meterle por los ojos algo que no quieren o no les hace falta. Me compensa más el agradecimiento sin palabras, mediante una sonrisa, de ese tipo al que dejo pasar sin preguntarle porque es evidente que llega tarde al trabajo, donde sus opulentos jefes esperan que se retrase, frotándose las manos, para poder echarle a la puta calle alegando que el percal está fatal, que la crisis está llevando a la empresa a la ruina; o el de esa señora que te da los buenos días, también con una sonrisa, porque a sus noventa años no la has detenido con las piernas hinchadas y su malgastado bastón sosteniéndolas en mitad de la calle, bajo un sol de justicia. Hay infinidad de casos en los que es poco ético abordar a una persona en la calle y tratar de venderle tu producto, si uno posee ciertas dotes de fisonomista y una mínima sensibilidad: mujeres que van con su bolsa de rafia bajo el brazo y un mísero billete arrugado en el puño, síntoma inequívoco de que ese dinero es el único del que disponen para hacer la compra; jubilados que se deciden a entrar en el centro comercial sólo por echar la mañana a la sombra, huyendo del calor, mirando escaparates sin poder permitirse comprar nada; amables dependientas uniformadas que salen un momento a fumar un cigarrillo y que, pese a saber que con su sueldo jamás podrían formar una familia -sé de lo que hablo; conozco chicas que trabajan o han trabajado en establecimientos similares-, y sin que tú las hayas abordado, se acercan y te dicen que si esperas hasta el fin de su jornada podrán comprarte un cuponcito, aunque sea a medias con las compañeras, para ver si hay suerte; chavales que rondan la veintena conduciendo carricoches y cargando con otros infantes en los brazos, de los cuales no es difícil dilucidar que dejaron a sus novias casi adolescentes embarazadas y decidieron tirar para delante,  hombres maduros a pesar de su edad, valientes aunque asfixiados por los gastos, haciendo piña con sus parejas para que el máximo y mejor logrado fruto de su amor tenga un futuro próspero...

 Esa es la cara afable de este trabajo, cuando no me cuesta desenvainar mi mejor sonrisa y ofrecerla sin medida a lo más valioso que el ser humano posee. En momentos así, uno conserva la esperanza, se siente mejor persona, comienza a creer que el mundo podría llegar a ser un buen lugar para vivir... hasta que aparece el llorón. El llorón es un personajillo victimista y egoísta, pudiendo ser indistintamente hombre o mujer, que cuando le paras y le explicas en qué se van a invertir los euros que vale el cupón, te empieza a contar lo triste y miserable que es su vida, aunque sea una señora que acaba salir bien maqueada de una de las peluquerías de la cadena Marco Aldany, o no le quepan en las manos más bolsas de las firmas más prestigiosas, o sea un señor que, previo discurso autocompasivo y lastimero, se monta en su flamante BMW o Audi de pocas semanas de matriculación y salga de allí haciendo ruedas, putón desorejado veinte años más joven que él incluido en el lote, acompañándolo en el asiento del copiloto. Apariencias aparte, se les suele reconocer por su frase de respuesta a la explicación que les das sobre la enorme necesidad de ayudar en estos tiempos tan duros que corren: "Qué me vas a contar...". Con sus correspondientes variantes, por supuesto: "A mí me lo vas a contar...", "Dímelo a mí...", o incluso el enervante -aquí ya se me hincha la vena del cuello y es cuando me dan ganas de meterle la ristra de cupones hasta la glotis- "Estoy peor que tú..." Antes que a este personaje, prefiero al que directamente es brusco, borde e incluso grosero, al que te da una rotunda negativa de antemano pero no te hace perder el tiempo contándote los avatares farsescos de su vida, como aquel individuo trajeado frente al  hotel Palace de Madrid que, a mi pregunta simpática de si quería tres millones de euros -primer premio del cupón-, me respondió con un seco y tajante: "Ya los tengo." 

Así que, ya saben, si tienen la mala suerte de verme por la calle por donde transitan habitualmente y no quieren comprarme un cupón, ignoren el hecho de que me han leído por aquí, no se den falsos golpes de pecho, denme una negativa rotunda si no quieren comprarlo, en vez de contarme lo miserable que es su existencia -algún día yo les contaré la mía-, evitándome esa pérdida del tiempo que necesito para preguntar a otras personas que quizá sí estén interesadas. Y, sobre todo -por favor, se lo ruego-, no me toquen los cojones.

lunes, 10 de junio de 2013

"Ciudad de cristal", de Paul Auster




Lo siento, lo he intentado con ahínco, pero es que hay autores que, por más que me los vendan como unos auténticos pesos pesados de las letras, siempre consideraré que están sobrevalorados. Ha vuelto a ocurrirme con Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947), del que ya he leído varias obras suyas -esta en particular, si no me falla la vetusta memoria, debe ser la cuarta; antes de ella fueron La noche del oráculo, Brooklyn foolies y Tombuctú, y sólo ésta última me pareció pasable, aunque sospecho que mi aprobado raspado se debe más a mi simpatía por el protagonista de la historia, un perro, que a una realista sensación de gozo al leerla- sin que llegue a entender muy bien a qué se debe tanto bombo y platillo con este autor. Tal vez mi capacidad comprensora se haya mermado seriamente por culpa de las múltiples distracciones a que la vida nos somete, pero lo cierto es que todas las novelas que he leído de Auster se me han acabado desinflando entre las manos. Si he de buscar una metáfora lo más gráfica posible para describir ese desamparo que siempre acabo sintiendo al leer al autor norteamericano, debería decir que sus obras vienen a ser como una erección portentosa en los preliminares de un acto sexual que, a medida que va llegándose al clímax, va languideciendo y perdiendo fuerza hasta malgastar el esfuerzo cometido y acabar convirtiéndose en un embarazoso gatillazo. Y es que de Paul Auster me gustan mucho sus ideas y temáticas, así como la manera de elaborarlas y presentarlas desde el principio hasta la mitad de la historia, pero ya pasado su meridiano pareciera que pierden fondo, se abandonan lo mismo que un ahogado que supiera que ya no tiene posibilidades de alcanzar la superficie, y acaban por resolverse con desenlaces que, a mi parecer, resultan algo peregrinos, sin hacerse valer de esa culminación que la magnífica idea inicial, sin lugar a dudas, merecería.

Se comienza con esta novela la llamada Trilogía de Nueva York (compuesta por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), un conjunto de thrillers posmodernos que, según los críticos -ha quedado patente de que discrepo con ellos, al menos con esta entrega-, marcan un nuevo punto de partida para la novela norteamericana. El protagonista, Quinn, poeta en otros tiempos cuya mujer e hijo murieron, vive en una absoluta soledad, aunque económicamente cómoda gracias a los ingresos que le aporta escribir de cuando en cuando novelas policíacas bajo el seudónimo William Wilson, uno de los personajes más afamados de Edgar A. Poe. Sin preocupaciones y retirado de toda vida social, su dedicación se ciñe exclusivamente a escribir estas novelas, pasear sin rumbo por Nueva York y tratar de que la añoranza resultante de la muerte de su esposa y su vástago no acabe por matarlo a él también. Tras varias noches recibiendo la llamada equivocada de alguien angustiado preguntando por un detective llamado Paul Auster, acaba por seducirle la idea de suplantar su identidad y aceptar el caso, quizá para probarse que él también es capaz de resolverlo con una eficacia idéntica a como lo resolvería el detective protagonista de las novelas que entrega cada seis meses a su editorial, en la que nunca han llegado a conocerle, ya que envía los manuscritos de una forma casi anónima y sin ningún agente literario que medie entre las dos partes. Quinn se embarcará, a partir de ese momento, en una aventura que le conducirá a proteger a un extraño personaje de la amenaza de su propio padre, sin llegar a imaginar que quizá también deba protegerse de sí mismo.

He creído entrever en esta obra un moderno homenaje al Quijote. Al igual que Alonso Quijano adoptó la identidad de los protagonistas de las novelas de caballería que leía, Quinn adopta en esta historia la identidad de un detective, similar al que protagoniza las novelas policíacas que escribe. Además, no son pocas las referencias que hace esta novela de la famosa obra de Cervantes, cuando el protagonista y el detective cuya identidad ha suplantado mantienen una larga conversación sobre la todavía existente vigencia que el libro probablemente más famoso después de La Biblia mantiene en el tiempo presente. Se agradece esa pequeña nota de erudición entre una prosa que se me antoja demasiado llana para desarrollar una idea que, en principio, me parece magistral, aunque tal vez sea el recurso de que el autor se sirve para no hacerla más farragosa de lo que ya es. En cualquier caso, con ciertas tramas muy complejas yo siempre agradezco recursos estilísticos más barrocos, más sustanciales para equipararse al alto nivel de la idea original a trazar en la historia. 

Me gustaría (sinceramente, con el corazón en la mano) que llegase el día en que, al leer una obra de este autor, idea y desarrollo se compaginen de tal modo que no me quede más remedio que quitarme el sombrero. Por el momento, me quedo con lo primero y desdeño lo segundo, aunque no descarto darle una quinta y hasta una sexta oportunidad. Mucho ruido y pocas nueces, aunque hay que reconocer que el ruido que hace suele resultar bastante agradable al oído.





Título: Ciudad de cristal

Autor: Paul Auster

Editorial: Anagrama

ISBN: 978-84-339-1476-7

Nº de páginas: 163

jueves, 6 de junio de 2013

"La civilización del espectáculo", de Mario Vargas Llosa




Tras un breve lapso de tiempo desaparecido por problemas personales, vuelvo a la carga con mi humilde, pequeño y disoluto espacio literario. Y no podría hacerlo de la mejor manera: de la mano de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) y gracias a la cortesía de la editorial Punto de Lectura. Agradezco enormemente que tuvieran la amabilidad de enviarme esta obra del famoso autor peruano, galardonado con el Nóbel de Literatura en el año 2010, porque he disfrutado a raudales leyéndolo, empapándome del enorme saber de este escritor que en los últimos tiempos ha cosechado cierta fama (inmerecida, a mi parecer) de tránsfuga, al criticar muchos desaciertos que ha cometido la política de izquierdas que él defendiera con tanto ahínco en el pasado. En cuanto a mi opinión se refiere a ese respecto, creo que hacen falta más personas con la suficiente carga de conciencia, honestidad y lucidez para criticar un trabajo mal hecho, independientemente de la ideología de la que proceda, y para no cometer el error de autocondenarnos con lealtades ciegas que sólo nos conducen a señalar a los demás con el dedo y así evitar toparnos de frente con nuestros propios errores y eludir responsabilidades, tan indispensables y necesarias para cuidar y proteger aquello que tanto esfuerzo nos costó conseguir. 

Este es un libro escrito a raíz de indicios, pequeñas sospechas y susceptibilidades que, no obstante, pese a su carácter intuitivo, mete profundamente el dedo en la llaga de una manera tan lúcida y acertada que no resulta difícil presagiar que no serán pocos los detractores que coseche, teniendo en cuenta que no deja títere con cabeza. No querrán reconocerse entre sus páginas tantos escritores de éxito contundente aunque efímero, artistas que enmascaran su falta de talento tras el manido argumento de la transgresión y la originalidad, aficionados al sexo promiscuo y desapegado, consumidores de realities y radiofórmulas, personajes políticos que se mueven como afamadas estrellas del rock..., todo un elenco de mercachifles y despreocupados que, valiéndose de esa democratización que se ha consolidado en la cultura, remarcan el mero entretenimiento como único y simple argumento para negar el empobrecimiento que las artes de todo ámbito han ido sufriendo en la última era. Religión, erotismo, literatura, pintura, Internet, política..., todo ha ido participando de una debacle cultural en la que ya no se sabe distinguir al verdadero gurú del mero charlatán. 

Vargas Llosa analiza meticulosamente los antecedentes de una sociedad que ha comenzado a usar la cultura como forma de evasión y no como medio para comprender el dolor, asumirlo y hacer uso de lenitivos intelectuales para combatirlo. En esta muy bien descrita civilización del espectáculo, el consumidor de cultura busca la anestesia y no el analgésico, formas efímeras de entretenimiento que lo liberen momentáneamente de los problemas del día a día y no le hagan pensar demasiado, alumbrando en consecuencia a individuos que confunden conocimientos con cultura, doña liendres que de nada saben y de todo entienden, embaucadores y farsantes que nos venderán como arte un montón de mierda de elefante expuesta en una galería, personas lobotomizadas ante el circo de una televisión banal, malos escritores y escritores buenos que, espoleados por las tendencias lectoras y las presiones de las editoriales, escriben historias llanas sin cabida a la experimentación, a la búsqueda de una voz y un sentir propios, entre otros muchos personajes. Tantos son, que es muy difícil para el lector no reconocerse en alguno; aunque si algún lector, tal como me ha ocurrido a mí leyendo esta obra, consigue reconocerse entre la fauna que el autor peruano nos describe con certero fisonomismo, significará que estas páginas han logrado concienciarle de que hace falta una renovación de los simplistas cánones de cultura que hemos ido imponiéndonos de a poco, huyendo de nosotros mismos.

Cada página a leer en este magnífico ensayo de Mario Vargas Llosa guarda un párrafo que subrayar y grabarse a fuego en la conciencia, si no queremos que la alta cultura acabe por perderse y los vendedores de humo acaben por condenar al olvido a esos individuos con auténtico talento. Un libro enormemente valioso, sobre todo para aquellos lectores que crean, al igual que yo, que al leerlo nos está enseñando algo que ya sabíamos, que sospechábamos pero que, por culpa del correctismo político y las presiones sociales, se nos hacía difícil denunciar. 



Título: La civilización del espectáculo

Autor: Mario Vargas LLosa

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2696-4

Nº de páginas: 226