"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 29 de abril de 2013

Capacidad lectora, capacidad comprensora




La verdad, no me sorprende: ya sabía yo que la entrada que escribí hace no mucho acerca de los oportunistas y las modas, y en la que hacía referencia a esa tendencia, repentinamente emergente al menos en la literatura, de la práctica sexual BDSM -aquí la tienen, por si quieren saber de lo que hablo: http://adeshorasraulviso.blogspot.com.es/2013/04/modas-oportunistas-enmascarados-y.html-, iba a atraer a algún mendrugo incapaz de leerla, retener las palabras en su embotado cerebro, asimilarlas, y por último comprenderlas. Que no es lo mismo leer que comprender, oigan. Aunque haya personas que no sepan que lo uno debería ser inherente a lo otro.

Pero al lío, que no quiero darle más importancia de la que tiene ni más promoción de la que merece a este asunto. El caso es que, al acceder a mi cuenta de Blogger, me encuentro en el Escritorio un comentario pendiente de moderación. Como esta malograda bitácora está muy falta de comentarios -no me comentan demasiado porque yo no suelo comentar en otros blogs, y cuando alguien lo hace es para empalagarme con mensajes de paz interior y amor universal y otras ñoñeces estilo Paulo Coelho-, corro a abrirlo comido por la curiosidad, y ya el ver que está firmado como anónimo me echa para atrás; es un viejo instinto el que me advierte de que esa palabra, anónimo, a menudo suele ser sinónimo de cobardía. No me equivoco: el desconocido firmante, no sé si jambo o jamba, despotrica sobre la entrada de la que les hablo, argumentando que no tengo ni idea de lo que es la sumisión -lo cual es cierto, y así se lo hago saber en mi comentario de respuesta; porque ésa es otra: mi moderador de comentarios no me impide publicar también las críticas, en contraposición a esas bitácoras en que sólo quieren escuchar, o leer, lo buen escritores que son sus administradores, sin mencionar ya que cuando yo hago una crítica desfavorable en otros blogs no lo hago firmando como anónimo, sino con mi perfil, que tiene foto, ubicación geográfica y datos personales-, que mi novia y yo somos unos reprimidos (en este punto me descojono vivo, a solas, delante de la pantalla de mi ordenador, mientras me llega el delicioso olor de las sábanas que a ella la envolvieron la última vez que estuvo en casa) y que debería follar (otra ristra de carcajadas) más. Le respondo como merece, me masturbo en honor de sus muertos más recientes e investigo, a través del buscador de visitas, cómo ha accedido a esa entrada en concreto. Tras mis pesquisas, doy con que el merluzo en cuestión iba buscando videos porno de sumisa follada y vejada por varios hombres -lo cual me parece chupi piruli; cada cual se busca sus consuelos, aunque tiene gracia que un individuo (ahora ya no me cabe duda de que es un jambo) vaya llamando reprimidos a otros y les diga que tienen que follar más, cuando él está buscando con qué pajearse, probablemente a solas y a escondidas de su mujer o, lo que es peor, su madre-, a juzgar por los famosos portales pornográficos que aparecen en los resultados de búsqueda, eso sí, por debajo del nombre de mi blog, de lo cual estoy bastante orgulloso. Después de eso, me pongo a meditar acerca de qué es más malo: que la gente lea poco, o que lo poco que lea, para colmo, lo lea mal.

Este pobre pajillero no debió entender, al leer la entrada, que yo no estaba criticando la práctica sexual en cuestión -creo que queda muy clara mi postura al respecto en las primeras líneas-, sino las modas, casposas, efímeras, volátiles, laxas, que surgen en la literatura. En la literatura y en cualquier otro ámbito; pero a mí, como juntaletras, lo que me compete es lo primero. También criticaba el afán de oportunismo que hay en el mundo, y condenaba a esos autores que buscan polémicas facilonas para ingresar de una forma poco trabajada en el alto pedestal del arte. Ni sé, ni tengo porqué saber de sumisión. Si supiera de eso, agacharía las orejas, no estaría escribiendo esta entrada ahora mismo y me dejaría achantar por cualquier imbécil -y cobarde, firmando como anónimo- que entrase a comentar en este espacio literario. No se lo tengo en cuenta, porque es comprensible: atado de pies y manos, amordazado, con una máscara sobre los ojos y unos azotes en la espalda, además de tener a varios o varias por detrás dejándole el culo como un bebedero de patos, es totalmente imposible coger un diccionario. Porque ésa es otra: cómo escribe el portento, qué clase magistral de ortografía. Pasen y vean.

domingo, 28 de abril de 2013

"Claraboya", de José Saramago




Menos es más. Claraboya, la novela en parte póstuma de José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010), parece confirmar esta máxima que todos debiéramos seguir a rajatabla, así en la literatura como en la vida. Tan diferente de lo que he leído del autor con anterioridad, esta joya encuadernada nos revela su despertar literario y nos da pruebas consistentes de esa grandeza de la que después se investiría el escritor portugués. Ya se traslucen, en esta maravillosa obra, los recursos estilísticos, los guiños, la lucidez, la originalidad, los "defectos" profesionales, la abrumadora fuerza de la voz narrativa de quien acabaría convirtiéndose en un Nóbel de literatura. Hasta tal punto es así, que casi siento lástima de esos editores que, en 1953, cuando Saramago era un joven desconocido que trabajaba de día en empleos nada fáciles y eludía el cansancio por las noches, invirtiendo sus horas de descanso en escribir y labrarse un futuro como escritor, ignoraron durante treinta y seis años el manuscrito que él les enviara tal vez pletórico de esperanzas.

Novela póstuma, pero no porque se encontrase el manuscrito después de la muerte del portugués, rebuscando en sus cajones, como muchas veces se hace despreciativamente con escritores de mucho renombre, de los que se publican cosas post mortem que los propios autores, de encontrarse con vida, se hubieran negado a publicar nunca. Cuando, en 1989, se dio el hallazgo fortuito por motivo de una mudanza en sus instalaciones, una editorial llamó a Saramago para decirle que sería un honor publicar su manuscrito -manuscrito que el autor dio por perdido durante décadas, porque era la única copia de la que disponía y cuando la envió no tuvieron los editores siquiera la deferencia de remitirle una cordial nota de rechazo-, éste se negó, dejando claro que la novela no se publicaría, al menos, hasta que él muriera. Así, no negándose del todo a que algún día viese la luz, y ya devuelta a su legítimo dueño, Saramago la abandonó sobre su escritorio, perdida entre papeles, y ni siquiera cuando su esposa, Pilar del Río -presidenta de la fundación que lleva el nombre del autor-, encargó que la encuadernasen en piel, desistió de su decisión de no verla publicada en vida. 

Para fortuna de los lectores, hoy podemos disfrutarla y reservarle un lugar de honor en nuestras bibliotecas personales. No dejará indiferentes, a esos devoradores de libros más exquisitos, la inteligencia con que se desarrollan todos y cada uno de los diálogos de la novela, pronunciados con la voz particular de cada uno de los diferentes personajes, cuidadosamente elaborados desde una maestría que me ha resultado similar a la que disfrutaba John Steinbeck cuando construía los sólidos y humanos protagonistas de sus novelas. Un zapatero que, pese al humilde oficio que desempeña, es más sabio que muchos hombres de carrera; Abel, huésped en casa del zapatero, al que su propósito de no atarse a nada ni a nadie en esta vida le convierte en prisionero de sí mismo; dos hermanas que comparten una vida lacónica junto a su madre y su tía, y que tendrán que esconder un escabroso secreto; Lidia, mujer atractiva y prostituta soterrada, que soporta a su amante tan sólo por el alto tren de vida que éste le ofrece; María Claudia, jovencita con ganas de expandirse profesional y sentimentalmente, a la que el amante de Lidia da trabajo y trata de seducir; un matrimonio que asiste tediosamente al declive de su relación amorosa y usa al hijo en común como arma arrojadiza; Justina, esposa de un ser despreciable, putañero y maltratador encubierto, por el que, no obstante, después de muchos años, comienza a sentir un atractivo sexual más cercano al sadismo que al amor... Una exhaustiva red de historias individuales, sencillas en su cotidianidad pero repletas de giros y traiciones, que irán cruzándose unas con otras, hasta dar fuerza y veracidad a la cita de Raul Brandao que abre el libro: "En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido." 

Aunque al abrir la novela resulta chocante encontrarse con una voz narrativa diferente a la que Saramago nos tenía -nos tiene- acostumbrados, una vez que se comienza a leer uno ya no puede detenerse. Escrita con una sencillez que no está reñida con la profundidad, y con un dinamismo asombroso pese a tratar temas tan lánguidos, he devorado esta magnífica obra paladeando cada una de sus palabras, de sus lúcidos e inteligentísimos diálogos, de esa cadencia que guía a la trama y esa nostalgia de la que se nutren sus frases, que aporta una sensación parecida a la de escuchar un hermoso y triste fado a solas, varado en la barra de un bar ya a punto de cerrar.


Título: Claraboya 

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2687-2

Nº de páginas: 415

sábado, 27 de abril de 2013

"No puede a veces", de José Ángel Valente




No puede a veces alzarse al canto lo que vive.

La noche tiene sombras, clausurados lugares,
infranqueables rostros,
el seco golpe, la caída de un cuerpo
o el relámpago acerbo de la hoja homicida,
la ensangrentada calle del amor,
su oscuro y largo llanto,
el repentino busto hiriente de la hembra,
la venganza de inagotables fauces secas,
los dioses abatidos,
a medio devorar por un can macilento,
y sus despojos y el humo en las ruinas.

No es posible volver a la palabra
ni puede a veces alzarse al canto lo que vive,
pues hay sólo tambores apagados
con luctuosos paños, calles deshabitadas,
pisadas que se alejan, conversaciones rotas,
la solidificación del tibio
fluido seminal en los lechos vacíos,
vastos salones preparados
para un ceremonial que no veremos.

Cuanto aún debiera de nacer parece
negarse al tiempo.

Tiene la noche ríos,
avenidas que arrastran
una espesa materia
dolorosa y ardiente.
                                         Y la memoria,
irreparable, hunde su raíz en lo amargo.



jueves, 25 de abril de 2013

"Criptomemorias", de José Ángel Valente




Debiéramos tal vez
reescribir despacio nuestras vidas,
hacer en ellas cambios de latitud y fechas,
borrar de nuestros rostros en el álbum materno
toda noticia de nosotros mismos.


Debiéramos dejar falsos testigos,
perfiles maquillados,
huellas rotas,
irredentas partidas bautismales.


O por toda memoria,
una ventana abierta,
un bastidor vacío, un fondo
irremediablemente blanco para el juego infinito
del proyector de sombras.
                                                  Nada.
De ser posible, nada.





Inspiración, divino tesoro




Ya tenía yo ganas de abordar este tema en mi bitácora, que tanta cola ha traído siempre entre creadores de cualquier ámbito artístico (e incluso no artístico, en algunos casos), en un extenso debate que  ha tenido siempre muchas opiniones encontradas y que nunca acaba de cerrarse. Por lo que respecta a mi persona, mi posicionamiento queda muy claro: no creo en la inspiración, y las musas que a mí me interesa que vengan a visitarme son las del esfuerzo, la disciplina y la vocación, en contraposición a esas Piérides que unas veces eran hijas de Urano o Éter y Gea, y otras de Zeus y Mnemósine, Plusia, Moneta Minerva, además de la puta nodriza que las crió a todas, Eufeme. (Prevengo: no busquen documentarse sobre mitología en este blog, si no quieren cagarla; no me he pasado un buen rato metido en la Wikipedia para transcribirlo todo al pie de la letra, y soy demasiado vago y honesto como para hacer uso del copia y pega. Eso sin mencionar que, a veces, descreo tanto de ese portal como de un libro de historia escrito por nacionalistas vascos o catalanes.)

Atenea junto a las musas, Frans Florins (1560)
Y es que, escéptico como soy hasta de mi propio escepticismo, me niego a creer que, en parte o en su totalidad, mi trabajo esté regido por la visita impertinente de nueve féminas canónicas, por un estado de éxtasis o furor poeticus, o bien por la más simplona de las descripciones que  he podido leer acerca de la inspiración artística: la de un brote de creatividad irracional e inconsciente. ¿Irracional e inconsciente? Joder, que alguien haga el favor de explicarme esto; a ver si va a resultar que el trabajo que desempeño tanto en este blog como en mis proyectos personales es solamente un mero e insustancial ejercicio de escritura automática, el cual no atiende a ritmos ni a cadencias, a la búsqueda de la palabra más efectiva o de la métrica más adecuada, a la estructuración previa de una trama para una novela, a la cuidada selección de unos poemas o unos cuentos que incluir en un poemario o en un volumen de relatos,  entre otros muchos etcéteras... Con tales acepciones, no es de extrañar que algún sector agriado de la sociedad tome la creación artística como cosa de vagos y mercachifles. Así que si he de quedarme con alguna idea -eso sí, con reticencias- acerca de esa palabra más manoseada que la guarrilla de mi barrio, prefiero el modelo de John Locke de la mente humana, allá por el siglo XVIII en Inglaterra, que sugería que las ideas se asocian entre sí y que una cuerda en la mente podía ser alcanzada por una idea resonante, viniendo a decir que la inspiración es de alguna manera un proceso de azar, aunque completamente natural, de asociación de ideas y un repentino pensamiento unísono. También, con peros, puedo comprar los conceptos modernistas de Sigmund Freud y otros psicólogos de la época, que sitúan a la inspiración en la psiquis interna del artista, aunque no acabo de tragarme eso de que en todos los casos sea producto de un conflicto psicológico no resuelto o de algún trauma de la niñez, recurso éste muy socorrido y utilizado por cualquier aspirante a loquero  para poder alardear de profesionalidad. 

El concepto de la inspiración, tal como lo han entendido y/o defendido numerosos artistas a lo largo de la historia -Edgar Allan Poe o Samuel Taylor Coleridge, por mencionar sólo a algunos-, me parece más bien cosa de prestidigitador de una feria local. El genio en la botella (que sus deseos tienen precio, siempre acaban teniendo un precio), el artista a su obra y la inspiración, en caso de existir dentro de ese divino contexto que nos han ido vendiendo a lo largo de los siglos desde la antigua Grecia, solamente si es forzándola, que no me parece lo mismo ser un buscador de señales que un iluminado. Si hablo de mi propia experiencia, diré que nunca me he quedado en blanco, jamás me han faltado historias que escribir ni proyectos creativos en los que trabajar; las raras veces que me he quedado bloqueado, ese enervante estado no se ha visto condicionado por una ausencia de ideas, sino por otros múltiples factores ajenos a eso que muchos llaman "falta de inspiración": la astenia, la desgana, la pereza, la salud incluso, las dudas que me asaltan a veces sobre cuál es la mejor manera de abordar y dar cuerpo a una narración o un poema, y que no me permiten decidirme y entrar a trabajar a saco. Y, aun cuando esto me hubiese podido ocurrir, quedarme bloqueado y no saber en qué trabajar, siempre hay infinidad de recursos con los que forzar a esas nueve perras a que vengan a encenderte la bombilla o a rendirte la pleitesía propia de un dios: asomarse al trabajo de otras personas a las que se admire; buscar en el diccionario alguna palabra que se desconozca, que resulte llamativa y atractiva al oído, y empezar a desarrollar una frase a raíz de ella, un párrafo a raíz de la frase, una página a raíz del párrafo, un relato a raíz de la página; salir a la calle, mirar el mundo, contemplar a la gente, emborracharse, conducir sin rumbo fijo, hacer el amor, buscar pelea... Qué sé yo, cualquier cosa que desate un cúmulo de emociones que sean susceptibles de acabar reflejadas en una historia. Luego, la propia ejemplaridad que resulte de lo escrito dará prueba de si ha merecido la pena, o no, el tomarse tantas molestias.


Inspiración, por Jean-Honoré Fragonard
La inspiración, como la suerte, mejor si es trabajada. Dudo que exista, pero si ustedes también trabajan en procesos creativos y creen en ella, no la dejen escapar; sería una auténtica lástima que esa hembra se les metiera desnuda y receptiva en la cama, y a ustedes les cogiera la oportunidad roncando de espaldas, dándole motivos suficientes para reprocharles el ser unos pichaflojas creativos. Y si se piensan que por sentarse a contemplar un atardecer de colores fabulosos y semiapocalípticos frente al mar, y que la nostalgia resultante de esa contemplación va a servir de reclamo y cortejo para que ella aparezca, van listos: el sentarse lacrimosamente a esperar ese amor, es precisamente la constatación amarga de que no se presentará a la cita.

Prefacio de "El porvenir de mi pasado", de Mario Benedetti




EL PORVENIR DE MI PASADO


Eso fui. Una suerte de botella echada al mar. Botella sin mensaje. Menos nada. Nada menos. O tal vez una primavera que avanzaba a destiempo. O un suplicante desde el Más Acá. Ateo de aburridos sermones y supuestos martirios.

Eso fui y muchas cosas más. Un niño que se prometía amaneceres con torres de sol. Y aunque el cielo viniera encapotado, seguía mirando hacia adelante, hacia después, a renglón seguido. Eso fui, ya menos niño, esperando la cita reveladora, el parto de las nuevas imágenes, las flechas que transcurren y se pierden, más bien se borran en lo que vendrá. Luego la adolescencia convulsiva, burbuja de esperanzas, hiedra trepadora que quisiera alcanzar la cresta y aún no puede, viento que nos lleva desnudos desde el suelo y quién sabe hasta (y hacia) dónde.

Eso fui. Trabajé como una mula, pero solamente allí, en eso que era presente y desapareció como un despegue, convirtiéndose mágicamente en huella. Aprendí definitivamente los colores, me adueñé del insomnio, lo llené de memoria y puse amor en cada parpadeo.

Eso fui en los umbrales del futuro, inventándolo todo, lustrando los deseos, creyendo que servían, y claro que servían, y me puse a soñar lo que se sueña cuando el olor a lluvia nos limpia la conciencia.

Eso fui, castigado y sin clemencia, laureado y sin excusas, de peor a mejor y viceversa. Desierto sin oasis. Albufera.

Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir, los angustiosos lapsus de la espera, el desengaño en cuotas, la alegría ficticia, el regocijo a prueba, lo que iba a ser verdad, la riqueza virtual de mi pretérito.

Resumiendo: el porvenir de mi pasado tiene mucho a gozar, a sufrir, a corregir, a mejorar, a olvidar, a descifrar, y sobre todo a guardarlo en el alma como reducto de última confianza.


MARIO BENEDETTI


(A Palo Rodríguez Ortega, el amor de mi vida, y a mi hija Dalila. No hay porvenir sin vosotras, y espero que siempre, cualquier día, no sé cómo ni sé con qué pretexto, siempre me necesitéis como yo os necesito a vosotras.)

"Balada de Caín", de Manuel Vicent




Relectura de esta original historia de Manuel Vicent (La Vilavella, Castellón, 1936), uno de los escritores más eclécticos, sin lugar a dudas, que ha dado este país. La leí por primera vez en el año 2005, y luego, en un torpe descuido, dejé el libro en la guantera de una de las puertas del coche y se me debió caer a la calle al abrirla, sin darme cuenta. Me dolía haberla perdido y no tener esta obra en mi biblioteca, así que me la regalaron estas navidades, en una edición mejor que la que yo tenía, para que pudiera volver a disfrutarla. 

La experiencia me confirma que, muchas veces, cuando uno pone una considerable distancia temporal entre la primera lectura de una obra y su consiguiente relectura algunos años después, puede hallar nuevos juicios a los que someter a las páginas leídas. Releer es para mí sumamente placentero, y no me cansaré de citar eso que dijo Jorge Luis Borges acerca de que a él le gustaría que le juzgaran más por lo que releyó que por lo que leyó; pero con las relecturas uno se arriesga a que una obra que en su momento le gustó mucho ya no le guste tanto, o deje directamente de gustarle. También, obviamente, puede suceder justo lo contrario: que se confirme la magistralidad que uno encontró entre las páginas durante la primera lectura tiempo atrás. La tercera consecuencia de una relectura sería que la obra siguiera gustando, pero se encontrasen peros en ella, cierta insostenibilidad a la que el tiempo transcurrido sometiera a la obra, puesto que nuestros gustos, valores y tendencias, afortunadamente y a Dios gracias, no son los mismos a unas edades que a otras.

En parte -sólo en parte-, esto último es lo que me ha ocurrido con Balada de Caín. La obra para mí no ha perdido su frescura ni su originalidad, pero en su relectura he hallado pequeñas cosas que no me gustan y en las que no había recalado la primera vez que la leí. Aunque considero que sigue siendo una gran novela, a día de hoy le encuentro ciertas faltas, cómo decirlo, estéticas. Las descripciones me parecen tan prolijas como hermosas, pero Vicent cae en ciertos clichés, por así decirlo, geográficos: Nueva York, uno de los escenarios donde se desarrolla la historia, se presenta siempre con sus lugares más emblemáticos, más conocidos por todo el mundo -el famoso Hotel Chelsea, la canalla calle 42, el Soho, etcétera-, y eso causa la desconfianza que despierta el viajero que, mediante las descripciones que ha sacado de guías y postales, presume de haber estado en un lugar en el que, en realidad, nunca ha estado. Faltas menores éstas -quede claro- que para mí no devalúan la novela.

Desde el desierto del Génesis hasta las convulsas calles de Manhattan, esta es la narración del primer asesino de la Historia. Contada en primera persona por el inmortal fraticida, su relato trasciende en el tiempo y el espacio, y es mucho más que ése otro que nos cuenta la Biblia; los paraísos perdidos, las antiguas y míticas ciudades y las más modernas metrópolis se superponen en el tiempo, en una reencarnación continua de siglos que ha conducido a Caín por diversos y numerosos vericuetos, ejerciendo diferentes oficios, tales como experto en semillas, fabricante de máscaras, grabador de puñales, guía de caravanas, manipulador de venenos y limpiador de letrinas, hasta llegar a convertirse en un afamado saxofonista que gasta las madrugadas tocando en un club de jazz. A través del cero sagrado grabado en su frente, Caín se mueve en un orden temporal propio, donde pasado y futuro se superponen, donde surgen nidos de ametralladoras y cazas americanos sobrevuelan el desierto antiquísimo de su niñez, acompañando a sus padres Adán y Eva en su destierro del paraíso.

Escrita con sensualidad y lirismo, y galardonada con el Premio Nadal en su edición de 1986, esta novela consagró a Manuel Vicent. Más allá de su originalidad y del exuberante despliegue de imaginación que se da entre sus páginas, lo más destacable es el eclecticismo con que el autor valenciano nos acerca mundos diametralmente opuestos, y ese latido apócrifo que palpita en cada una de las palabras que nos cuentan el enamoramiento de Caín por su hermano Abel y el motivo de haber perpetrado el crimen más famoso de la Historia.


Título: Balada de Caín (Primera edición: marzo de 2012)

Autor: Manuel Vicent

Editorial: Backlist

ISBN: 9788408003687

Nº de páginas: 186




miércoles, 24 de abril de 2013

"Las intermitencias de la muerte", de José Saramago




Cada vez que cae entre mis manos un libro de José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010), no puedo evitar tirarme de los pelos por la imperdonable torpeza de no haberme acercado antes a su obra. En un mundo donde ya está todo dicho, donde ya se han tocado todas las historias habidas y por haber, todos los géneros literarios, todas las temáticas, el portugués se eleva por encima del resto y nos lega una originalidad que, además, es capaz de sostener con magistralidad literaria, con un dominio meticuloso de la palabra escrita, hasta el punto de tornar como nuevos los lugares comunes más oídos, los tópicos al uso, las frases manidas y trilladas, los dichos populares, otorgándoles una frescura de significado como si él mismo los acabase de crear de su propia pluma. 

Las intermitencias de la muerte, segunda novela que leo del autor, no hace sino confirmar lo que ya sintiera leyendo Ensayo sobre la ceguera, reseñada también en esta bitácora. Si ya es bastante difícil -por no decir imposible- ser original al escoger un tema sobre el que escribir, el mérito se duplica cuando esa originalidad se sostiene con coherencia, cuando el argumento va fluyendo de una manera tan aparentemente natural que podríamos creer que la historia, por increíble que resulte, puede llegar a suceder en verdad. De lo contrario, la originalidad puede transformarse, automáticamente, en inverosimilitud, y ya se sabe que la inverosimilitud, llevada a la literatura, bien puede traducirse en mediocridad. Al fin y al cabo, el objetivo del farsante que, en última instancia, es cualquier escritor, es precisamente el de hacer verosímiles sus historias y que el lector las sienta como suyas. 

En un país cuyo nombre no es mencionado en ningún momento, la muerte abandona sus funciones y la gente deja de morir. Esto, que en un principio desata la euforia colectiva, acaba por resultar un problema gravísimo, una crisis de primera orden: la muerte ha dejado de actuar, pero el tiempo no se ha detenido y los habitantes del país están condenados a una vejez eterna. Muy pronto, los recursos no serán suficientes para todos: la gente no muere, el índice de natalidad sigue creciendo sin ser contrarrestado por un índice de mortandad, los viejos acaban por ser un estorbo, la economía no tardará en verse gravemente mermada por la caída de gremios como el de la sanidad, las residencias de ancianos, las funerarias, los seguros de decesos, y hasta la Iglesia Católica verá peligrar su imperio, contando con que, sin el recurso de la muerte y el chantaje de ofrecer una vida eterna después de ésta, la religión ya no existe. El gobierno tendrá que tomar medidas poco ortodoxas, hasta el punto de sobrepasar ilegalmente los límites territoriales con los países colindantes e incluso contratar a la propia mafia para forzar a la muerte a que actúe de nuevo. Hasta que un día, la muerte decide retomar sus funciones...

Hay, aunque en ningún momento el libro se secciona, dos partes muy claras en esta novela. En la primera, Saramago aborda el debate sobre hasta qué punto una sed de eternidad acaba resultando nociva para cualquier ser vivo, y para ello despliega magistralmente con su pluma toda la cadena de acontecimientos nefastos a la que una población puede verse sometida en caso de no morir nunca. Esta primera parte parece escrita en clave de crónica periodística, de un modo objetivo, imparcial, en la que no hay personajes individuales con los que el lector pueda confraternizar y sentirse allegado, sino tan sólo la masa, la población que no muere, y lo más meritorio de ella es cómo describe magistralmente las incidencias que van ocurriendo en esa nación, sin dejar ningún cabo suelto, sin que se le escape el más mínimo pormenor ni la más ínfima consecuencia que acarree el no morir nunca. En la segunda, dos personajes sólidos, un músico y la propia muerte hecha carne y hueso, ente humano, nos darán las claves del porqué del abandono de las funciones de ésta última. Reconozco que, al principio de bifurcarse la narración, comencé a sentir que la historia iba perdiendo veracidad; no me gustaba la muerte convertida en personaje principal, en individuo. Pero, ya luego, el desarrollo de su historia personal enfrentado al desarrollo de la historia del país donde no muere nadie, y un desenlace tan tierno como inesperado, hacen que la trama se cierre perfectamente, sin dejar tras de sí ningún cabo suelto.

Hay autores con los que uno se entretiene, y otros, los menos, con los que, además de disfrutar de buenos ratos lectores, se aprende. José Saramago, para mí, ha pasado a engrosar la lista de esos escritores a los que me gustaría parecerme. Su prosa abigarrada y densa al servicio de la originalidad, da garantías de una obra de peso, meticulosamente elaborada, para satisfacer a esos lectores más exquisitos. La muerte actuará siempre, más por fortuna que por desgracia; pero Saramago seguirá siendo igualmente eterno.


Título: Las intermitencias de la muerte (Cuarta edición: julio de 2010)

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de lectura

ISBN: 978-84-663-1895-2

Nº de páginas: 251

"La leyenda de Perpintres", de Julio García Robles




Debo aclarar, en primer lugar, que nunca he estado muy ducho en los géneros literarios que engloban la ciencia ficción y la fantasía épica. Así pues, y salvando parte de las obras de algunos autores muy famosos, como pueden ser J.R.R. Tolkien o Isaak Asimov, esta es prácticamente mi primera incursión en este tipo de lecturas; pero Éride Ediciones tuvo la amabilidad de enviarme la nueva novela de Julio García Robles, y pensé que nunca es tarde para sumergirse en nuevos universos literarios e investigar tendencias novedosas para mí. Además, durante gran parte de mi vida fui un compulsivo devorador de cómics -a mí me gusta más el término español tebeos-, así que al ver la ilustración de  la portada del libro, con un primer plano de las protagonistas indiscutibles de la novela, me retrotraje en el tiempo y pensé en Jean Grey, de La Patrulla X, a punto ya de abrazar su lado más pasional y perverso y convertirse en Fénix oscura, y se me abrió el apetito de leer aventuras dinámicas, cargadas de acción, con las que pasar un rato ameno sin necesidad de andar consultando un diccionario cada dos por tres o sin que la lectura me suscite a incurrir en preguntas de orden existencial y otras melopeas filosóficas de índole similar.

Apenas empezada la lectura de esta novela, uno se percata enseguida de toda la labor que García Robles desempeña dentro y al margen de la literatura. Por sus artículos de biodiversidad y gestión de recursos en revistas, guías y periódicos, además de por sus libros de naturaleza Amigo lobo, Devoradores de hombres y Font de vida, no es de extrañar de dónde ha sacado el autor esa cantidad de imaginación para crear la exótica y terrible fauna del planeta Zafiro, escenario principal donde se desarrolla La leyenda de Perpintres. Termitas extraterrestres que devoran tripulaciones enteras de cruceros espaciales, feroces felinos que acechan desde la espesura de bosques inhóspitos para el ser humano, antropófagos cazadores letales que, pese a su primitivismo, muestran una inteligencia progresiva y unas desenfrenadas ansias de evolucionar dignas de ser temidas por los desdichados que han ido a aterrizar en aquel lugar, y un exuberante y extraño ecosistema donde vuelven a respirarse los vientos de una antigua guerra.

Tiempo después de la cruenta batalla de La Roca, la Unión Interestelar de Naciones Democráticas consolidó una paz imperial en todo el universo conocido. Sin embargo, la élite rebelde, armada con los temibles centuriones de Orión, prepara una ofensiva. Ajenos al soterrado conflicto, los pasajeros del lujoso crucero interestelar Senator disfrutan de un agradable viaje, lleno de esperanzas e ilusiones, desde la Tierra hacia el lejano planeta Pangea. El descubrimiento de una cápsula de salvamento en la que va una niña con unos pequeños seres de otro planeta, alterará la ruta y desatará el horror. Varada en el planeta Zafiro, tras el obligado "naufragio" del crucero, la capitán Selene, en otros tiempos conocida como la temible Loba Roja por haber sido azote del bando rebelde, se empeñará en tratar de proteger a la niña y al nutrido reparto de personajes que la acompañan de las numerosas amenazas que acechan desde cada metro de tierra de ese planeta hermosísimo y terrible. 

Literatura dirigida a un público muy concreto, aunque accesible a todo el mundo, que hará las delicias de los amantes de las aventuras dinámicas, repletas de acción e inesperados giros de la trama. Mientras leía la novela, no me ha costado imaginarme sus escenas en explosivas y coloridas viñetas. Lo más meritorio de ella, a mi parecer, es la imaginación que el autor despliega a la hora de crear seres de otro mundo, y la flora y fauna extraterrestre. Buen libro para iniciar a los niños (y no tan niños) de la casa en la lectura: las nociones de política son sencillas de entender, y alucinarán con las descripciones de las luchas libradas contra la élite rebelde, los cazadores y la diversidad zoológica del planeta zafiro, tan hermosa como letal. Luego, si les gusta, pueden continuar con la saga Uma Soona, la novela de terror Sarima Vamp y el cuento El pequeño Budy y el Dragón Blanco, del mismo autor. Nunca sobran libros de este género en una biblioteca, para entretener a esos lectores que únicamente buscan desconectar y pasar un buen rato leyendo, sin más pretensión que la del puro entretenimiento.



Título: La leyenda de Perpintres (Primera edición: abril de 2013)

Autor: Julio García Robles

Editorial: Éride Ediciones

ISBN: 978-84-15883-01-2

Nº de páginas: 233





martes, 23 de abril de 2013

Enhorabuena, J.M. Caballero Bonald




Este año no ha sido tan fastidioso ser alcalaíno o complutense, en un día como hoy, y moverse por esta ciudad con la que guardo una intensa relación de amor-odio, pese a las calles cortadas y a los numerosos controles policiales en cada rotonda, en cada esquina, en cada rincón, por motivo de la presencia del rey o el príncipe -el primero no ha acudido por segundo año consecutivo, debido a sus problemas de salud-, invisible para la mayoría de los ciudadanos pero tan patente por el despliegue policial habido, helicóptero incluido volando en las inmediaciones.  Y es que la entrega del famoso Premio Cervantes -el galardón de más prestigio de la lengua castellana y acto central del  Día del Libro, en el que se conmemoran la muerte de Cervantes y Shakespeare-, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá, siempre suscita que esta ciudad al nordeste de la Comunidad de Madrid en la que vivo, cuna de Miguel de Cervantes Saavedra, se revolucione más de la cuenta. No ha sido tan fastidioso porque creo que este año el galardón ha sido muy merecido, aunque en honor a la verdad diré que llevo ya algunos años contento con la decisión que el jurado ha venido tomando en ediciones anteriores, en que el ansiado premio para cualquier escritor español o hispanoamericano que se precie como tal fue a parar en manos de personajes de una enorme calidad literaria, tales como Juan Marsé o Ana María Matute.

No obstante, este año el evento me toca más de cerca, y a finales del 2012 ya celebré, como si fueran a dármelo a mí, que el premio se lo concedieran a J.M. Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1926). Quien me conoce lo sabe, y quien no me conoce, pero me lee (o al menos se asoma de cuando en cuando por esta malograda bitácora), ha podido darse perfecta cuenta de que las promociones poéticas de los años 50 y 60 -dos promociones de una misma generación- son con las que más identificado me he sentido y a las que más he acudido para incentivar mis propios versos. Por eso ha resultado tan gratificante para mí que este año el famoso galardón se lo haya llevado uno de sus máximos exponentes; digamos que, a título personal, la mayor parte de los poetas integrados en estas promociones han sido como maestros para mí, y nunca me dolieron prendas a la hora de reconocer influencias. 

De José Manuel Caballero Bonald conozco su trabajo poético, pero aún no he tenido tiempo de asomarme a su obra narrativa, aunque la mayoría de su obra, tanto en verso como en prosa, descansa en un lugar privilegiado de mi biblioteca personal. Quizá el barroquismo con que aborda sus poemas me echa un poco para atrás cuando se trata de leer su obra narrativa, y, a ojos vista y a vuelapluma, la fórmula que funciona con su poética no me atrae tanto en su trayectoria novelística.

En cualquier caso, esta entrada sólo tiene el propósito de hacerle mi particular homenaje, en expreso agradecimiento por haberme dado tantos buenos ratos leyendo títulos de su producción poética como Las adivinaciones, Manual de infractores o ese magnífico volumen que hace un exhaustivo recorrido de su obra, Somos el tiempo que nos queda. Del muy celebrado día de hoy, me quedo con las palabras -no sé si ciertas, pero muy hermosas- que ha pronunciado en su discurso de la entrega del premio, convencido de que "la poesía puede corregir las erratas de la historia" y servir de paliativo contra la zozobra de estos tiempos duros que vivimos, además de la mención que ha hecho de sus compañeros de generación fallecidos, de la que él, junto a Francisco Brines, son los únicos supervivientes. Enhorabuena, J.M. Caballero Bonald.

martes, 16 de abril de 2013

"Del hombre aquel que fui cuando callaba", de Jesús J. Nebreda




Se agradece, de cuando en cuando, encontrar a un poeta realista, sencillo, humilde, que no trata de desbancarse del resto haciendo infumables experimentos literarios y que conoce a la perfección sus limitaciones. En definitiva, se agradece encontrar a un poeta que no esté acomodado en la fácil excusa de su supuesta transgresión, innovación y originalidad para poder parir obras que son meras frases versificadas, sin emoción ni menos aún trascendencia alguna para quien las lee. La propuesta de Jesús José Nebreda, arandino afincado en Granada desde 1981, es simple y concisa: llegar al consumidor de poesía sin una palabra de más ni una palabra de menos, mediante una sencillez que suscita una cálida ternura de hombre sensible y vulnerable que se desnuda ante el resto, tratando siempre de dar lo mejor de sí y dando cuenta de la difícil tarea que es lograr una poética en la que un público mayoritario se reconozca. Así lo confirma el autor en el prólogo inicial: "Alguien dejó dicho que uno escribe para que lo quieran los amigos. Espero que mis amigos me sigan queriendo después de esto. Y mis esperanzas se atreven a pensar que quizá gane alguno más." 

Con un título exquisito que emula un verso muy famoso de Blas de Otero, el cómputo de este poemario es el resultado de once años de trayectoria poética; con lo que, como bien dice el propio autor, este es un libro que en realidad son al menos cuatro y medio. Los cinco bloques de poemas que seccionan la obra, comprendida entre 1969 y 1980, hacen suponer que cada uno de ellos pertenece a un linaje distinto, y atienden a los cambios y necesidades a los que, de una manera lúcida por natural, el poeta debió verse sometido en las distintas épocas en las que abordó su escritura. Prueba de ello es el sutil hilo argumental que guardan los poemas incluidos en una misma sección. Así, en la primera sección, De silencio y palabras, Nebreda trata el tema de la relación íntima que la poesía guarda con el hallazgo de la palabra exacta, pero, también y sobre todo, del sustento que a todo poema, sublime o mediocre, aporta el silencio bien escogido. La segunda sección, Animal errabundo, viene a ser como una nostálgica hoja de ruta, un extenso mapa trazado verso a verso que unifica el  recorrido de esos pueblos y ciudades que marcaron al poeta. En la tercera, Historias de un españolito, el autor arandino nos habla de posguerra y de ese infundado sentimiento de inferioridad que hemos arrastrado siempre por el mundo los españoles. Del hombre aquel que fui cuando callaba es quizá la sección que más despliega la ternura característica en la poética de Nebreda, donde mediante salmos y coplillas el poeta nos acerca capítulos de la infancia. Del amor y otras soledades, quinta y última sección del poemario, nos acerca a la elevación del sentimiento amoroso y a la lucidez de amar, ante todo, las cosas pequeñas. 

Hay, en cada una de las secciones, un poema a atesorar o un verso que guardar en el bolsillo para cuando sea necesario sacarlo y airear con él, como si de un abanico se tratase, las fatigas de la vida. Es la ternura, sin lugar a dudas, el mayor exponente de esta obra sencilla, humilde, que no trata de ganar al lector con la grandilocuencia propia del poeta que en realidad es un farsante. Así entonces, no esperen encontrar una lectura de Jesús J. Nebreda en ningún círculo underground. Ahora bien, si lo que ustedes buscan es leer a alguno de sus hijos antes de dormir y que vayan aficionándose a la poesía, o si les gusta la poesía accesible, sin malabarismos innecesarios, esta obra es muy recomendable. Palabras de talla humana, dice un verso de este poemario; y qué acertado estuvo el autor al escribirlo, contando con que este poemario está plagado de ellas.


Título: Del hombre aquel que fui cuando callaba

Autor: Jesús J. Nebreda

Editorial: Alfar

ISBN: 84-7898-061-x

Nº de páginas: 143







"Idilio con perro ahogándose", de Michael Köhlmeier




Gracias a la cortesía de Rayo verde editorial, que me envió un ejemplar, he podido leer la valiente novela de Michael Kohlmeier -disculpen la diéresis- (Hard, 1949), escritor y músico austriaco que comenzó su andadura literaria allá por el año 1982 y que ha cosechado galardones como el Rauris de Salzburgo, el Johann-Peter-Hebel o el Manès-Sperber. Además, de paso, gracias a la Colección Relámpago, he podido comprobar de primera mano el bien engrasado engranaje de inconformismo que mueve su maquinaria editorial y el claro objetivo de ofrecer a los lectores títulos de calidad, dando cobertura a las nuevas voces de la literatura y rescatando el enorme talento de  algunos autores noveles o autores que, hasta el momento, eran desconocidos en nuestro país. 

Extraño aunque gráfico título el de esta obra que, como ya he dicho al principio, es muy valiente, con marcados tintes autobiográficos. Creo haber mencionado ya en esta bitácora -si no lo he hecho , lo hago ahora- que un título llamativo u original puede no decir nada acerca de la mucha o poca calidad habida en el interior de las páginas de un libro, aunque nadie que alguna vez haya barajado un proyecto artístico entre sus manos podrá negarme que hay que procurar cuidarlo tanto como el resto de la obra; a fin de cuentas, un título no viene a ser otra cosa que una breve carta de presentación. En el caso de la novela del autor austriaco, título y obra se conjugan a la perfección; y el primero, ya desde sus caracteres en la portada, da buena muestra de la originalidad con que Kohlmeier acomete en sus páginas una trama aparentemente sencilla,   pero que trata temas de tanta complejidad como son la lucha por la vida, la manera en que un individuo puede gestionar el dolor y tratar de normalizar el hecho de una ausencia desgarradora, así como el combate interior que la mayoría de los escritores libran cuándo deben decidir cuánto de autobiográfico y cuánto de ficción habrá en su obra.

Esta es la historia de un escritor y de su editor, el Dr. Beer, un individuo de agudísima inteligencia aunque algo estrafalario. Con el motivo de revisar juntos su último manuscrito antes de la publicación, el escritor, junto a su esposa Monika, recibe en su casa al Dr. Beer durante tres días. En el transcurso de esas setenta y dos horas, un suceso más importante de lo que parece actuará como medio para abordar un desgarro personal que estaba enquistado desde que, tiempo atrás, la hija del matrimonio muriese en trágicas circunstancias.

Son muy originales los recursos con los que Michael Kohlmeier aborda la eterna lucha del narrador contra la nada, y de si esa nada -esto es, el papel en blanco- debe combatirse a cualquier precio, incluido el de destripar su vida íntima en las páginas de una novela. Más aún si consideramos que, en última instancia, también se trata de una lucha contra el olvido. A poco que uno se informe del escritor y músico austriaco y lea Idilio con perro ahogándose, dará buena cuenta del homenaje que, con esta novela de inusual y sorprendente cotidianidad, el autor le hace a su hija Paula.


  Pocos escritores habrían sabido crear una novela tan sólida desde hechos casi puramente autobiográficos, con un estilo tan peculiarmente llano, y saber trastocar lo más cotidiano de las vidas de tres individuos dejando aflorar el dolor que bulle bajo los rituales de la rutina, sin hacer uso de grandes dramatismos. 




Título: Idilio con perro ahogándose (Primera edición: septiembre de 2012)

Autor: Michael Kohlmeier

Editorial: Rayo verde editorial

ISBN: 978-84-15539-07-0

Nº de páginas: 96

viernes, 12 de abril de 2013

No me arrepiento



Hoy más que nunca, en estos tiempos durísimos en los que vivimos, uno necesita recordar por qué está aquí, por qué cada mañana se levanta y cierra los puños y grita. Ahora, cuando la autoestima es sólo un libro calzando una mesa coja, necesito reafirmarme, mostrarle al mundo mi valía y buscar los antecedentes de los hechos acontecidos en mi vida para no olvidar quién soy y por qué no pienso rendirme. 


He vivido para ver
muchas cosas que recordar.
He conocido la frustración:
me ha servido de voluntad.
Me han querido convencer
a quien tengo que jurar.
He probado a confiar
y he tenido que abandonar,
y no pensar
en nada más:
creer en mí...
en mi verdad.

Creer en mí...

He cruzado la línea gris
que dibujan con la invención.
He tenido que soportar
las historias del vividor.
He borrado de mi mente esa voz
que me llama perdedor.
He soñado que el hambre es pan
y he tenido que despertar,
y llorar,
y mirar atrás,
y respirar
para comprender.
Todo este tiempo que llevo aquí
me da la fuerza para poder
seguir luchando por lo que yo
siempre he querido llegar a ser.

Ahora sé lo que creer...
Y no me arrepiento.
Seguiré creyendo en mí...
Y no me arrepiento.
Todo este tiempo.

miércoles, 10 de abril de 2013

Modas, oportunistas, enmascarados y sumisas




No me considero una persona cínica, menos aún escandalizable, y siempre he estado abierto a casi cualquier propuesta o tendencia, mientras ésta no atente contra los derechos de los demás. Esto es aplicable tanto a las prácticas sexuales como a la literatura o a cualquier otro ámbito de la vida. De las primeras, por sádicas y bizarras que sean, todas me parecen lícitas a excepción de la pedofilia y la zoofilia, por una sencilla cuestión de consenso: si a ti te gusta darme de hostias y a mí recibirlas, o viceversa, no veo ningún problema; pero ni los niños ni los animales tienen conciencia suficiente para decidir sobre su sexualidad, para explicar si quieren tener sexo, con quién, cuándo y de qué manera tenerlo. En materia de literatura me ocurre lo mismo, o casi, si se considera que soy de los que opina que en este mundillo no hay reglas establecidas para llegar hasta el lector; cualquier género, cualquier temática a tratar puede convertir un libro en una obra maestra -o, si no tanto, al menos en un éxito de ventas-, y el consenso al que hago referencia con las prácticas sexuales lo asocio aquí con la empatía y la acogida que el lector despierte hacia la obra escrita: lo mismo da si la obra es bizarra, soez, ñoña, si el argumento es pobre y los personajes poco creíbles, si no está bien documentada, si se utiliza en ella los signos de puntuación de una  forma caprichosa o si tiene más faltas de ortografía que el escaso vocabulario de la bruja de mi ex suegra; si alguien publica eso y el lector lo recibe con los brazos abiertos, no hay nada más que decir. Punto en boca, y para gustos, los colores.

Anais Nin
Por lo que ya no paso es por las modas (de las que, parece, aún no nos hemos dado cuenta de que son efímeras, volátiles), ni tolero esas obras que, sean del ámbito artístico que sean, buscan la polémica deliberada y fácil, amparadas en la presunta trasgresión y originalidad de su propuesta. Oigan, llevo ya un rato en este barco de locos que llamamos mundo y he visto, oído, probado y leído de todo: no me vengan ahora con el coñazo de la trasgresión y la originalidad, que ya no cuela. Ya hay demasiada bohemia en el mundo (en el sentido más venenoso de la palabra), demasiado escritor que pretende pasar por un literato canalla y maldito acodándose a la barra de un cabaret, un puticlub o un local de striptease -los he pisado todos, y la experiencia me dice que se escribe más y mejor en casa, a ser posible en silencio, rodeado de libros, sin ir ciego de ron y sin que un culo o las borlitas de unos cubrepezones te estén bailando en la jeta o una ucraniana andrógina te esté pidiendo que la invites a un benjamín o que la lleves al reservado-, demasiado Bukowski de medio pelo con gafas oscuras y perillita de chivo intelectualoide, demasiada tía que plasma en el papel la insatisfacción afectiva y sexual con su pareja e imagina historias clandestinas, de infidelidad, pasión desaforada y sexo sucio, demasiada Anais Nin -disculpen las diéresis que falten; mi portátil está en su lecho de muerte- que languidece en su entorno familiar y laboral para luego, por las noches, emputecerse debidamente y citarse mediante las redes sociales con desconocidos de los que aún no sabe si se la tirarán o la descuartizarán, o ambas cosas, y si de todo eso sacará la inspiración necesaria -la excusa manida de la inspiración, tema extenso para otra entrada- para escribir otro Incesto u otro 50 sombras de Grey, demasiadas historias de adolescentes confundidos entregados a las drogas, el onanismo o la autolesión, demasiado poetucho fumeta, demasiada cantante con pelo de colorines y cinturón por falda, demasiados pintores y escultores sinverguenzas que dan a luz a auténticos cerotes excusándose con la supuesta incomprensión que la sociedad ha desarrollado hacia el arte moderno, demasiado fotógrafo que suelta peroratas que no se cree ni él sobre encuadre, ángulo y luz, cuando la mejor foto que ha echado en toda su puta vida le salió de chiripa, tras numerosísimos intentos y manipulándola con photoshop. La trasgresión y la polémica me gustan cuando no se buscan adrede, tratando de lograr una fama rápida o apuntándose al carro de las modas y el oportunismo, imitando a otros artistas que en su día sí fueron auténticos trasgresores; cuando, movido por convicciones poderosas y la lealtad a sí mismo, un autor decide parir una obra que de pronto se ve envuelta en una vorágine de entusiastas alabanzas y críticas feroces, apenas sin término medio, y no cuando algunos oportunistas ven en esa obra u autor en concreto un filón a explotar y deciden imitarlo, a menudo exagerando su propuesta con mal gusto y mucho menos talento.

Todo esto viene a colación porque no hago otra cosa que ver últimamente, en blogs y librerías, muchos textos y volúmenes que tocan el tema del erotismo, sobre todo de esa práctica que ahora se conoce como BDSM y que antes, los más comunes de los mortales como yo, que no estamos duchos en estos temas, conocíamos simplemente como sadomasoquismo. (Ya, ya sé, es muy probable que ahora me salgan al paso numerosos enmascarados, dominadoras, sumisas, sumisos y toda la fauna autóctona del cuero y el látex a escupirme que soy un inculto y que no me he documentado sobre el tema antes de escribir esta entrada, que no es lo mismo, que lo uno es una subtendencia de lo otro, o cosas por el estilo, etcétera... Cojan sus látigos y sus cachivaches, señoras y señores, y hagan el favor de flagelarse por este desinformado servidor, y además disfruten.) Parece ser que, a raíz de 5o sombras de Grey, de E.L. James -no he leído las novelas, con lo que hablo un poco gratuitamente, así que si hay antecedentes de obras más pioneras, ruego a cualquiera que pase por esta bitácora que me lo comunique-, todo el mundo se ha apuntado, tanto en blogs como en el mundo puramente editorial, a escribir y publicar erotismo. Incluso a practicarlo o a presumir de, aunque me huelo que muchos no llegarán ni a consumar el acto y todo atiende a fantasías personales de frustradillos cansados ya del portal Pornhurb y de no comerse una rosca. Si hace algún tiempo pude comprobar que muchos seguidores de bitácoras sustituyeron las fotos de sus perfiles por otras de vampiros -parece que ya está cayendo en el olvido la saga Crepúsculo, sombra mediocre de las grandes obras de Anne Rice-, ahora proliferan en los blogs los seguidores enmascarados, los amos, las sumisas, los nazarenos salidos de un videoclip de Motorhead, los aspirantes a protagonizar la próxima Semana Santa erótica, las escritoras que fantasean con encontrar al hombre que sea un perfecto caballero fuera de la cama y lo más cercano a un depredador sexual dentro de ella o los poetas que presumen ser más trasgresores por utilizar un lenguaje soez y excesivo, ignorando que una palabrota puesta a tiempo en un texto literario es más llamativa que muchas seguidas, y que cualquier cosa sometida a un constante exceso devalúa sus cualidades.

Charles Bukowski

Miren, si escribo todo esto es precisamente porque siento un profundo respeto por el género erótico, sobre todo en la literatura. Como juntaletras, considero que parir un buen texto erótico sólo le está concedido a unos pocos elegidos repletos de talento; si no se sabe abordar bien, uno se arriesga a meterse en jardines y a que su experimento le salga demasiado flojo o excesivamente fuerte. No me sean intrusos en un género que merece cuidado y respeto; yo mismo he querido acercarme a él algunas veces, pero la autocrítica y cierto olfato lector me han advertido de que lo que estaba a punto de escribir era una auténtica bazofia. Tal vez todo lo que yo escribo lo sea, pero al menos me siento en terreno seguro con lo que publico en esta bitácora y con los proyectos personales en los que trabajo en privado. Y, sobre todo, partiendo una lanza a mi favor, yo no atiendo a modas, a polémicas que me aseguren el Olimpo literario ni a una sed de oportunismo. En cuanto al sexo, soy tan marrano en la cama como el que más; pero si llevo una máscara cuando lo practico, o si a mi pareja o a mí nos pone dar hostias o recibirlas, es algo que nadie sabrá. Que otros se queden mirando a la stripper desde su lugar en la barra, embutiéndose en el ya muy usado papel del escritor canalla y maldito; yo me quedo aquí, practicando la desnudez sobre el papel en blanco. Escribiendo, en definitiva, que es lo que hacen los escritores, sean malditos o benditos. Y que a Bukowski, Henry Miller, Anais Nin y similares (cuyas obras de algunos de ellos disfruté leyendo en otro tiempo) les pongan un antifaz y unas correas, y que les vayan dando.

martes, 9 de abril de 2013

Palabra temida (del poemario "Algo sagrado")




Vivir amadrigado en tu pecho,
solícita la mejilla a la suma
protección de tu latido
por debajo de la ropa, la carne,
el hueso, y allí en el tórax
tu pulso nítido que impulsa
tu vida y mi ternura,
si es así como la habilita
y la atesora;
                                pues nunca un abrazo tuyo
acogiera tanta y tan pura certeza de amor
como la que ahora yo te ofrezco,
nunca uno mío fuera tan constrictor y entregado,
propicio a la dicha de saberse
al fin, en la albura del regazo, siempre ser único.


Vestido con tu piel, vivo un trance
de puro prodigio:
ya no soy paria, ya no acorralo
frases de filósofo ebrio.
Aun así, protégeme de mí mismo,
levanta tus defensas
en las postrimerías
de mi fatalismo, y hazme saber
que soy tuyo, que soy perro,
tuyo, que eres propietaria
incluso de mis aprensiones,
que no abandonarás la suscripción
a mi mirada, que soy tuyo,
que eres mía, que la posesión
es palabra temida por el resto
pero condición tan indispensable
de nuestras pasiones hechas bloque único.


Aíslame del mundo, isla azul
y recogida, o repliégame en tu seno
como a un billete introducido en un escote.
Custódiame:
                                no quiero más ángel
que el ala desmayada de tu cabello
cuando lo cepillo.

jueves, 4 de abril de 2013

"Antología popular", de Pablo Neruda





Neruda visto por Neruda, pone acertadamente en la portada de esta maravilla encuadernada; y yo adopto la frase como gran titular con el que iniciar esta reseña. En primer lugar, quisiera alabar el buen hacer de la editorial Edaf, que siempre consigue colocar entre las manos del lector joyas literarias a un precio bastante asequible y de cuando en cuando nos sorprende con obras hasta el momento inéditas de autores magistrales -aún ando goteando baba de cuando sacaron la novela El diario de Julius Rodman, obra inédita de Edgar Allan Poe publicada por primera vez en España, que me acercó a una faceta desconocida del autor bostoniano, abordando el género de aventuras al más puro estilo de su coetáneo Fenimore Cooper-, o bien saca a la luz espléndidas ediciones revisadas que son una delicia para los que amamos la lectura. Así ocurre con esta Antología popular, del maestro Pablo Neruda (Parral, 1904 - Santiago de Chile, 1973), seudónimo que consagró a Neftalí Ricardo Reyes Basoalto como la voz lírica más admirada de la literatura hispanoamericana del siglo XX. 

Tiene historia a sus espaldas esta antología, la única que hizo el poeta de su propia obra. Neruda, en una carta enviada a Salvador Allende fechada en París el 6 de septiembre de 1972 e incluida en esta edición, propone al presidente publicar una antología popular de su poesía con una tirada de un millón de ejemplares, destinados a ser regalados, renunciando el autor a todos sus derechos. El proceso de selección de los poemas a incluir en la edición lo realizó el propio Neruda, en colaboración con Homero Arce, en el mismo mes de septiembre de 1972, desde la aldea Condé-Sur-Iton, en la Normandía francesa, donde residía el autor. La obra se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos García, el 20 de noviembre de ese mismo año, y el editor fue el propio Ministerio de Educación Pública de Chile, tirando finalmente tan sólo 150.000 ejemplares. Así, el libro se imprimió antes de la llegada de Neruda al país, a principios de diciembre. Tal vez el motivo de que cayera en el olvido se debió a las muertes del poeta, el 23 de septiembre de 1973, y del presidente Allende, producida doce días antes; no estaba el percal para antologías poéticas, aunque fueran del mayor representante literario del país e incluso de latinoamérica.

¿Cómo llega esta obra hasta nuestros días? En el verano de 2003, un almonedista gallego pone un libro en las manos de Manuel Márquez de la Plata, resultando ser un maravilloso hallazgo: una antología de Pablo Neruda que resultó ser una rareza considerable. Para el editor era totalmente desconocida, y por lo que se sabe no era el único en ignorar su existencia. 

Presupongo que debió ser titánica, ardua y apasionante la tarea de seleccionar los sesenta poemas que contiene la obra, de los treinta y dos libros de poesía publicados por Neruda en vida, desde que en 1923 apareciera su primer poemario, Crepusculario. De todos ellos, doce se libran de extraer contenido de sus páginas. El orden de los poemas seleccionados por el autor siguen un estricto sentido cronológico, con tres excepciones importantes, y están sacados de sus libros Memorial de Isla Negra (1964), Crepusculario (1924), el conocidísimo 20 poemas de amor y una canción desesperada (1924), Residencia en la tierra (1935) -uno de mis favoritos-, Tercera residencia (1947), Canto general (1950), Los versos del capitán (1952), Las uvas y el viento (1954), Odas elementales (1954), Nuevas odas elementales (1956), Tercer libro de las odas (1957), Estravagario (1958), Navegaciones y regresos (1959), Cien sonetos de amor (1959), Canción de gesta (1960), Las piedras de Chile (1961), Plenos poderes (1962), Las manos del día (1968), Aún (1969) y Geografía infructuosa (1972). La selección resume a la perfección las que fueron siempre las inquietudes del poeta: el amor en primer lugar, y luego el continente americano.

Lo más valioso de esta edición es que, a pesar de su indudable interés, no fue reeditada ni ha habido conocimiento de ningún estudio sobre ella, amén de ser la única antología poética realizada por el propio poeta. Los autores de las completísimas bibliografías habidas de Neruda no la citan y mencionan en ningún lado, y su importancia radica en el cuidado con que el poeta seleccionó los poemas con los que el público más se identificaría, negándose a parir una antología para minorías. Por lo tanto, este libro es idóneo para aquellos lectores que aún no hayan tenido la ocasión de acercarse al grandísimo Pablo Neruda; en sus páginas, encontrarán condensada todo el cómputo de su amplia obra y toda la esencia y la fuerza abrumadora de su poética. 


Si morir (del poemario "Algo sagrado")





Si ahora me dejases, si volvieras
el rostro en despecho hacia otro futuro
del que yo no participo, voluble
como pluma erigida en torbellino,
sin mirarme, sin pronunciar mi nombre
que se hace identidad en tu boca,
trazaría altos ecos funerales
en la abrasión de todos mis poemas.


Si te apartases de mí, de mi ruina,
si decidieras no acompañarme
en esta pobreza y este desespero,
fugada de mi abrazo y mi erección,
devastando la página tan pura
en que te escribo o haciéndola pedazos,
regresaría al hábito de muertes
que me hizo absurdo en cada despedida.


Volvería a mi soledad de antes,
a cubrir los días con un bostezo
de irrefragable fatalidad,
azul en desvarío las semanas
transmigrando hacia el cielo de tu ausencia.
No habría ya denuedo, objetivo
a alcanzar por mis alas de madera;
tu desavío sería avería
llamando mi latido a la ruptura.


Si ahora me dejases, si tus ojos
ya me mirasen de otra manera,
si tu estela borrase el horizonte
y no se me permitiera ya el paso
a los cerros que en tu pecho fulguran,
fulguran en tu pecho y mi memoria,
sobre un mirador que tú bautizaste
con la olorosa especia de tu nombre.


Por eso permanece, sobrevíveme,
conduce mis rarezas a los éxitos
de una vida puesta a secar sus lágrimas
en el tibio asilo de tu regazo.
No te vayas, mi niña, no te vayas,
no rompas ese mapa de mi cuerpo,
no seas cláusula y sí anexo
que establece una regla de lealtad
cuando suspira mi hogar en tu boca.