"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 27 de marzo de 2013

Auto de fe (inédito)




Y ahora estoy frente a vosotros,
la frente derrotada, la palabra
que no digo como pella de barro
contra el rostro, sin recibo,
deshaciéndose en mi boca,
sosteniendo mis errores
(aunque quién podrá atreverse
a deciros que vosotros sostengáis
los vuestros).
                              Tenedme entonces, usadme,
venced ya el pulso de esta vida
de la que desconocéis hasta el latido,
porque me dejaré morir
si así puedo daros la razón
que os molesta en otra boca
sucia si no es la vuestra.


Tened mi vida, sus hilos,
ponedle pronto un telón a la espalda
a ese guiñapo que incordia
vuestra acomodada seguridad,
tomad decisiones suyas,
mías pero no, vuestras sólo, vuestras
sin ningún conocimiento de causa,
ignorando que yo bebo la lluvia
que filtra una sed antigua en el alma,
ignorando el linchamiento,
el auto de fe, la hoguera en que no ardo
porque hay menos miedo en mí
que el miedo que se agazapa
entre las rocas de vuestras bravatas.

"Omnia", de Juan Manuel Muñoz Aguirre




Creo que es de justicia concederle honores a quien los merece; más aún si, como Juan Manuel Muñoz Aguirre (Madrid, 1959), se es un gran desconocido en el panorama poético actual en nuestro país no por falta de talento -les aseguro que a este poeta le sobra-, sino por apartarse del resto y no querer formar parte de grupúsculos ni promociones poéticas, ni menos todavía enaltecer o vilipendiar tendencias. El coste que hay que pagar por preferir ser un lobo solitario al que no le mueven intereses personales y que prescinde de promocionarse de ninguna manera -tanto es así, que en la red apenas he podido encontrar información sobre él; ni tan siquiera una fotografía suya con la que ilustrar esta reseña- en un mundo donde, como en tantísimos otros, no es tan importante la valía que se tenga como las amistades que uno atesore, el número de blogs de los que se haga seguidor y lo que interactúe con los administradores de cada uno de ellos, los recitales poéticos que ofrezca, las fiestas y reuniones sociales a las que acuda y un largo etcétera, sumado a las flacas intenciones por parte de  editoriales de querer vender material desconocido (pero de calidad), es muy caro, cercano casi al ostracismo. A todo esto hay que añadirle también la escasa producción del autor, que cuenta solamente con tres poemarios desde la publicación del primero en 1986, desbancándose  así, claramente, de un tiempo en el que proliferan los poetas y sus obras -lástima que no ocurra lo mismo con los lectores y consumidores de poesía-, gracias a la opción de autofinanciarse que ofrecen las pequeñas editoriales y a los innúmeros blogs que existen en la red, que otorgan la posibilidad de publicar sin necesidad de intermediarios, agentes literarios, editores e incluso imprentas. 

Ya he recalcado en entradas anteriores de esta bitácora que me cuido mucho de reseñar libros de poesía; me parece una tarea harto complicada, y tratándose de un género literario que da cabida a muchas interpretaciones -ese poema que a mí no puede decirme nada, a otra persona quizá le ilumine el día- se hace realmente trabajoso el meditar sobre la obra con imparcialidad, sin dejar que las pasiones lo muevan a uno y guíen sus dedos por el teclado, quedando no bien definida la línea que separa la crítica constructiva de la destructiva. Por tanto, solamente me atrevo a reseñar a poetas cuando no me cabe ninguna duda de que merecen algún tipo de promoción, por humilde que sea. Y Muñoz Aguirre, sólo por ser un poeta tan distinto a la mayoría en estos tiempos que corren, merece ser conocido.

Pero que no sea conocido, no quiere decir que no haya sido reconocido. Si bien es cierto que su carrera literaria ha pasado más bien desapercibida -unos pocos poemas suyos en revistas literarias y en alguna sigilosa antología de jóvenes poetas, sumado a sus tres únicos poemarios, el último, Hacia el viaje, con una distancia temporal de quince años respecto al anterior, Adiós, dijo el duende-, no es menos verdad que Omnia, la obra que aquí nos ocupa, fue galardonada con el Premio de Poesía Ciudad de Alcalá de Henares, en 1985. Asimismo, Adiós, dijo el duende, segundo poemario de su producción, recibió el VI Premio de Poesía Hiperión en 1991, un premio que era de los más anhelados por poetas de todo el país en esa época. Tras eso, el autor desapareció de la escena poética: ni lecturas, ni reseñas, ni publicaciones en revistas, ni actos públicos. Juan Manuel Muñoz Aguirre no pudo o no quiso aprovechar la coyuntura, siendo contrario a esos autores que, tras brillar fugazmente en algún momento de su carrera, se valen de un éxito momentáneo para tratar de vivir de él hasta el fin de sus días. Aun así, y tras su reaparición en 2006 con su último poemario, Hacia el viaje, hay que achacarle una gran parte de culpa a la negligencia distribuidora el Centro de Poesía José Hierro de Getafe, descuidando inexplicablemente su primer premio de poesía, que ni siquiera se encuentra registrado en el ISBN.

Omnia cuenta con un total de cuarenta poemas, estructurados en tres secciones tituladas Isla del norte, Interior y La voz del extranjero. No voy a dedicarme aquí a desentrañar el propósito y las claves de esta hermosa obra, en primer lugar porque no soy un estudioso, y en segundo por hacer mía esa frase con la que Pablo Neruda  respondió a un periodista que le preguntó acerca del significado de sus poemas: "No me preguntéis a mí por mis poemas; preguntad a mis poemas por mí." Lejos de complicados estudios, lo mejor para comprender a un poeta es leerlo, con lo que aquí les dejo con tres poemas de Omnia, uno de cada sección que estructura la obra. Grande, Juan Manuel Muñoz Aguirre.


DESAPEGO DE LOS FRUTOS DEL ACTO (De Isla del norte)

Y ahora diga el alba su noticia,
si alguien la oye, y traiga de nuevo
su cortejo de asombro. Dígalo todo,
también tu nombre, para que así
cumpla el olvido su tarea
como insiste el amor en ser abandono.

Árboles en sombra espesa,
viento de lejos como una palabra
murmurada, colores del agua
y aquel gesto indeciso: nada.

Cada mañana
busco en mi corazón
la renovada joya del miedo.

La voz, el sueño, la pétrea mirada.


V (De Interior)

Este cuarto es el mundo.

Fuera, lejos, arde la vida
en su tumulto
y un resto de ceniza, los otros,
nos buscan bajo sus cuerpos.

Arrodillado para la ofrenda
abro tus piernas como si abriese
un surco en la tierra.


FÁBULA IMPROPIA (De La voz del extranjero)

El dolor cura con dolor, se dijo,
y, como un niño aún no repuesto del arte,
corrió a copiar en su cuaderno
esa frase.
                          Aquí dispongo la cima,
volvió a decir, el nombre secreto,
y dejó pasar este atardecer
como si en verdad, indefenso,
nunca más fuera a contemplarlo.

Una raíz bajo la tierra, un árbol,
fueron sus emblemas: toda la fe
que alguien perdió hace tiempo
y, con la fe, el silencio.

Mas vinieron luego los años
como heraldos crueles
de un solo día inmerecido
y así desmintieron su breve sabiduría.

Absorto en la nada, el miedo es su risa.

Avaricia de la dicha: miseria del espíritu.




martes, 26 de marzo de 2013

"Los ahogados", de Richard Mason




Escrita cuando Richard Mason (Johannesburgo, Sudáfrica, 1978) sólo contaba con veintiún años de edad y cursaba su primer año en el New College de Oxford, Los ahogados es una novela con una fuerte carga lírica, extraña e intensa, que trata temas como el sentido de la culpa, la responsabilidad y la idealización de los primeros amores. Pero hay muchos datos más a destacar de la biografía de este autor, y no solamente lo inusual de su prematuro y acertado debut literario, como por ejemplo sus dos proyectos altruistas en un aparte de su aún breve trayectoria literaria: el primero es la Kay Mason Foundation, organización humanitaria que levantó en memoria de su hermana, fallecida cuando él todavía era un niño, que persigue un firme objetivo de lograr una mejor educación para los niños de Sudáfrica y cuenta con el patrocinio y beneplácito del Arzobispo Desmond Tutu, Premio Nóbel de la Paz; el segundo, es haber establecido el Proyecto Lulutho en treinta y seis hectáreas de terreno en Tunga Valley, situado en el Cabo Oriental de Sudáfrica, que ofrece transferencia de conocimientos, oportunidades de empleo y la restauración de un ecosistema devastado para proteger y preservar el paisaje del Cabo Oriental. Por estas actividades, Mason fue galardonado en 2010 con el Premio al Mérito en los Inyathelo Philanthropy Awards de Ciudad del Cabo.

Acertado debut literario, como digo, pues soy de los que suele desconfiar del talento de esos autores que se emperran en publicar antes de cumplida cierta edad. Creo que las prisas que tienen muchas jóvenes promesas literarias por publicar, sin dejar macerar un poco más su obra en la experiencia vital que les aporte la mirada idónea que su modo de entender la literatura necesita, y dejando sus  potencialmente valiosos manuscritos en editoriales que sólo buscan la autofinanciación del autor y no tienen un peso importante ni demasiado prestigio, ha acabado tempranamente con muy buenos escritores. Pero a Richard Mason parece que le salió bien la jugada; aunque Los ahogados no es de esos diez libros que me llevaría para acompañarme en el exilio, creo que es una novela bastante notable para la edad a la que fue escrita. 

En una gélida tarde de invierno, James Farrell, hombre de setenta años, se sienta a contemplar el atardecer frente al mar. Hace veinticuatro horas que Sara, su esposa, ha muerto en Seton Castle, la mansión que han compartido durante más de cuarenta años de convivencia. A medida que anochece, Farrell medita sobre el sentido de su vida y tratará de buscar respuestas a las cuestiones que le atormentan; no entiende que, siendo como es él un hombre bueno, haya sido capaz de asesinar a sangre fría a la persona con la que ha compartido casi medio siglo de vida en común. Buscará esa clave en su pasado y en el amor sin medida que sintió por Ella, prima de Sara, cuando él aún era un prometedor violinista que cosechó éxitos y vivencias únicas, preguntándose acerca de las pruebas desmedidas por las que pasó para conseguir su amor y las trágicas consecuencias que sucedieron.

Obra bastante notable, insisto, contando a la edad con la que se escribió, que habla de la tiránica exigencia de algunas mujeres y de la ciega sumisión a la que algunos hombres pueden entregarse para conseguir el amor de las primeras, del egoísmo de entregarlo todo a personas que no lo merecen y olvidar a otras que sí debieran ganarse nuestro amor y respeto, y también de lo absurdo y peligroso de idealizar en demasía el primer amor. Los ahogados, término que da título a la obra, hace referencia a esas personas asfixiadas por responsabilidades que no buscaron o por relaciones sentimentales que, por circunstancias de la vida, resultaron erróneas. Una historia entretenida, que nos hace meditar acerca del crédito que damos a según qué personas que quizá no lo merezcan y nos induce a ser responsables de nuestros actos, asumiendo sus consecuencias. Soberbia madurez con la que la escribió su autor, siendo tan joven como era en aquel entonces; aunque, como ya he dicho, no es uno de esos libros que quedarán indelebles en mi memoria, me ha despertado la sed de acercarme a sus otras obras, como son Una habitación iluminada, Us y Nosotros. Madurez al servicio de la joven literatura.

lunes, 25 de marzo de 2013

"Hacia rutas salvajes", de Jon Krakauer




Se abre de nuevo, con este libro y este personaje -a todas luces real-, el eterno debate entre temeridad y valentía, entre idealismo o simple locura.  En abril de 1992, Chris McCandless, de veinticuatro años de edad, se adentró solo, casi sin experiencia en montañismo y supervivencia, y apenas equipado, en las tierras salvajes de Alaska. Cuatro meses más tarde, unos cazadores encontraron su cuerpo sin vida. Lo que en primera instancia parecía ser una triste desgracia más de un enamorado de la Naturaleza y los deportes extremos, se convirtió en una agitada polémica a raíz del reportaje que del joven graduado hiciera Jon Krakauer (Brookline, Massachusetts, 12 de abril de 1954), experto alpinista cuyas colaboraciones en la revista Outside le convirtieron en escritor, o casi. Pero no es la primera vez que un temerario de esta índole escandaliza a la comunidad deportiva y naturalista internacional: podemos remitirnos a Timothy Treadwell -encontraréis más información de él en esta entrada de La Maga Lunera Bloghttp://lamagalunera.blogspot.com.es/2010/04/timothy-treadwell.html-, ese enamorado de los osos pardos americanos que acabó siendo descuartizado por un enorme grizzly, también en Alaska. Aunque por motivos diametralmente opuestos, en ambos casos se da el ardor de pasiones que pretendieron ejercerse sin disciplina y que obtuvieron nefastas consecuencias. 

Poco tiempo después del descubrimiento del cadáver, el editor de Outside encargó a Krakauer un reportaje acerca de las extrañas circunstancias de la muerte del muchacho. Así, el experimentado aventurero pudo descubrir que Christopher Johnson McCandless había crecido en un acomodado barrio residencial de Whasington D.C. y  había sido un estudiante brillante y un atleta excelente. Pese a estas papeletas para convertirse en un hombre de provecho y un triunfador, se especula que problemas en el entorno familiar respecto a una antigua relación sentimental de su padre y un divorcio que nunca acaba de culminarse entre sus progenitores, motivan a McCandless en el verano de 1990 para, tras graduarse en la Universidad Emory de Atlanta y rechazar un coche nuevo que éstos deciden regalarle por su graduación, hacer la maleta -es un decir, y a medida que vayan leyendo comprenderán ustedes por qué- y desaparecer sin ni siquiera avisar a su hermana, con la que mantenía una estrecha relación. Cambió de nombre, donó los 24.000 dólares que tenía en su cuenta corriente a una organización humanitaria, hizo pedazos todas sus tarjetas identificativas, abandonó su viejo coche en el desierto, donó la mayor parte de sus pertenencias y quemó todo el dinero que llevaba en los bolsillos. Después de eso, pasó algún tiempo vagando por las carreteras y paisajes de Estados Unidos, trabajando temporalmente allí y acá para subsistir, hasta que decidió emprender su aventura suicida hacia las tierras salvajes del norte del país. Su familia nunca tuvo paradero de él hasta que se dio noticia de su cadáver, en estado de descomposición.

Aun así, McCandless se hizo valer bastante bien durante algún tiempo, pese a no estar lo suficientemente preparado. Siempre me han causado mucho interés esas personas que, de un día para otro y sin motivos aparentes, deciden abandonarlo todo, marcharse y no dar paradero ninguno; el tema me parece, sin lugar a dudas, un buen filón literario, y siempre entreví una idea romántica en ese propósito tan egoísta a veces. Los que conocieron al muchacho, afirman que Chris ya daba señales de su marcha desde hacía tiempo, no siendo de extrañar que sintiera esa devoción por la obra del escritor León Tolstoi, cautivado por el modo en que éste decidió renunciar a su vida de riqueza y privilegios para vagar entre los indigentes. Ya en la universidad, Chris McCandless emuló el ascetismo del autor ruso hasta un punto alarmante para sus allegados. 

Jon Krakauer
El reportaje se convirtió en libro, y el libro, cómo no, en película. En 2007, el actor y director Sean Penn decide llevar la historia del incauto muchacho a la gran pantalla, con Emile Hirsch como protagonista y música a cargo de Eddie Vedder. Para quien no le gusten este tipo de libros de no ficción repletos de datos, nombres y coordenadas, le recomiendo la película; ciertamente, es un buen film, con una inmejorable caracterización -es apenas imposible distinguir entre el actor y las fotografías reales del verdadero McCandless- y una banda sonora que la voz única del líder de Pearl Jam convierte en hermosísima. Además, está bien narrada y uno puede disfrutar del variopinto, diverso y gigantesco paisaje norteamericano. 

Historia de un muchacho descontento con su entorno que decide emprender un viaje de no retorno. Tengo mi opinión personal acerca de lo temerario de sus decisiones, pero no la expondré por no extenderme demasiado en esta reseña; si leen el libro o ven la película, ustedes mismos podrán decidir si se ponen a favor o en contra de él, y si se convierten en admiradores o detractores. 

Chris McCandless



jueves, 21 de marzo de 2013

Día Mundial de la Poesía





Componen una sólida línea de defensa, una barricada hecha a medias de lucidez y desesperación, de misterio y pasión desaforada. Son un grito, una rebelión, a veces un pretil firme desde el que se me protegiera para no caer en aguas turbias, procelosas. Son el lenitivo y el consuelo, la repulsa al olvido, la contestación a la muerte, la denuncia a lo efímero, a lo superfluo, a lo banal. Son lo que el hombre debería ser cuando no se conforma con ser sólo hombre, sólo mujer, sólo criatura errabunda hozando en los muladares en busca de una perla perdurable que los salve de la pobreza de su levedad; los parias que le prenden fuego a la lluvia, los quijotes de lanza partida contra el muro de su propia fe inamovible, los perseguidores de la palabra exacta, los que aman amar, los que odian amar, los que aman odiar, los que odian odiar… Son los poetas de todo tiempo y toda condición, los que se alinean en la estantería de mi salón y a los que a veces tú les sacas el polvo de los ojos y la boca, los adecentas y los cuidas porque sabes que ellos me cuidan cuando tú no estás en casa, ellos miran mi mirada puesta en su mirada que hace tolerable la muerte, sacraliza el amor, construye desde las ruinas, y la tuya puesta en mí cuando los leo, lápiz en mano para subrayar cada milagro amanecido entre tantos versos propios y ajenos.

Sabes mucho de poesía aunque no lo sepas, pero es que nadie sabe todo lo que sabe realmente. Dices que no podrías escribirla, lo cual no es cierto, y aun así la declamas, la fomentas, te la chutas en las venas y caminas con una métrica que no es de este mundo de vivos muertos. Dos endecasílabos son tus piernas; tus ojos, el Mediterráneo en que soñó Homero. En el madrigal de tu pecho yo cuento sílabas cada noche. Tu sexo es elegía, canción de infierno hospitalario, casida de templada madrugada de final de verano; tus nalgas, la curva de ballesta en un poema de Machado. Sabes mucho de poesía aunque no lo sepas, y tu boca me acerca nombres como los de Octavio Paz, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Gabriela Mistral, Luis Cernuda, Blas de Otero y otros tantos… A veces oscura como Baudelaire o Valente; otras ingeniosa como muchos versos de Ángel González. Lleva tu nombre cada oda.

Me regalas poesía sin saber que la declamas a cada instante, a cada paso tuyo que das a mi lado por estas viejas calles empedradas que también pisó la impertinencia de Quevedo. Te detienes en los puestos a la puerta de esa librería de viejo del centro, y buscas libros de saldo, de poesía sobre todo, porque dices que quieres regalarme poesía, que a mi lado has aprendido mucho de poesía aunque tú ya sabías, porque nadie sabe que sabe lo que sabe realmente. En el último poemario que me regalaste encontré por casualidad unos versos que no teníamos muy claro de quién eran exactamente y que tú me brindaste al principio de conocernos; también, un lápiz que tú pusiste entre sus páginas, porque dices que te gusta verme subrayando mientras leo, contando sílabas con los dedos para ver con qué métrica solventan sus inquietudes los poetas a los que admiro.

Hoy, veintiuno de marzo, he sabido –despistable aprendiz de rimadero ajeno a modas y novedades- que es el Día Mundial de la Poesía. No sé qué actos se celebran, no sé a qué poetas se ensalza o se apedrea. Yo sólo sé de componer un tintero en la concavidad de tu ombligo, y de allí intentar sacar palomas y prodigios, una guirnalda de metáforas y oxímoron, un beso versificado, un verso besificado… Eso, y que alguien debería ponerle a este día tu nombre.



miércoles, 20 de marzo de 2013

"El tango de la Guardia Vieja", de Arturo Pérez-Reverte




Quien me conoce, sabe a la perfección que soy un ferviente admirador y un fiero defensor de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 25 de noviembre de 1951), y que, en otro tiempo, fueron sonadas mis batallas contra sus detractores en redes sociales como Facebook. Entiendo que cada cual se gana sus enemigos y que el polémico autor de la Real Academia Española no se ha quedado corto en este propósito -si es que es eso, un propósito, aunque sospecho que él, al igual que yo, es de los que piensa que hacer algún enemigo de cuando en cuando puede llegar a resultar saludable, tonificante-, pero la experiencia me enseñó, sobre todo en este país donde la envidia y el hijoputismo son deportes nacionales, que ése es un coste necesario que hay que sufragar por ser honesto con uno mismo, por no apuntarse al carro del oportunismo, por erigirse en honrado mercenario cuando uno no se decanta por uno u otro bando o por este o cual partido político si es a costa de faltar a la verdad, por tener una mirada lúcida que predice el futuro a partir de revisitar el pasado sin demasiado celo ni nostalgia, por decir las cosas sin tapujos y no estar todo el día pendiente de ser políticamente correcto, y, sobre todo, por parir una obra literaria que ha generado millones de lectores en todo el mundo. De todos modos, la objetividad en las críticas de sus detractores es bastante dudosa, cuando la mayor de las veces éstas se basan más en una antipatía hacia la persona que a una mirada imparcial hacia el escritor y su trayectoria y obra literaria, y además es muy fácil lapidar a alguien desde la impunidad que otorga el ocultarse tras la pantalla de un ordenador, o bien amparándose en la masa, amagando un golpe e inmediatamente regresando a esconderse entre el rebaño, con ese ansia de masivo linchamiento que padecen los cobardes. Esto no debería suponer ningún problema para el creador del capitán Alatriste -para mí no lo supondría-, cuando es sabido que a las personas de más talento, en una tónica general, se las odia o se las ama sin términos medios, y me consta que Pérez-Reverte ha cosechado muchos más seguidores que detractores. Las cifras hablan por sí solas; así pues, que el diablo reconozca a los suyos.

Dicho esto, y por si alguien pensaba que por ser admirador de él no iba a escribir una reseña literaria que fuese imparcial, la última novela del autor cartagenero -vigésimo segunda de su amplia producción, si contamos la serie de novelas protagonizadas por el famoso espadachín a sueldo, Alatriste- se me ha hecho un poco farragosa. Tal vez sea por su historia de amor intermitente y fragmentada en tres épocas distintas, por algunos capítulos que, pretendiendo ser eróticos, resultan sórdidos (algo a lo que el autor nos tiene tan poco acostumbrados, mencionando además que no me gusta su forma de escribir cuando decide meterse en el jardín del erotismo), por sus personajes guapísimos y millonarios, tan perfectos que resultan irreales, por sus engoladas frases que parecieran sacadas de una antigua película en blanco y negro, y por sus innúmeros y melancólicos atardeceres desde la cubierta de un transatlántico o desde las terrazas de hoteles de lujo, pero da la sensación de que el viejo corresponsal de guerra se ha ablandado un poco. Es cierto que en esta historia también se dan elementos característicos ya aparecidos en otras novelas suyas, tales como la guerra o su recuerdo, su particular visión hacia el mundo de la mujer, su pasión por el océano, el mundo como inmenso tablero de ajedrez donde corroborar consecuencias por cada ficha movida o por cada decisión tomada, pero son antiguos recursos que aquí sólo aparecen muy de pasada, y se hace extraño que, además, siendo Pérez-Reverte un escritor propenso a parir personajes que son lúcidos perdedores -héroes cansados, los llama él-, haya decidido que esta última novela suya sea protagonizada por personas que, en un cómputo general, son enormes triunfadores.

El tango de la Guardia Vieja es la historia de amor entre Max Costa y Mecha Inzunza. El primero es un guapo gigoló, bailarín a sueldo, ladrón de guante blanco, antiguo soldado y vividor; la segunda, una hermosa multimillonaria que acumula dos matrimonios a sus espaldas y un hijo pronto a ser campeón del mundo de ajedrez, cuyo inmenso poder adquisitivo le permite cultivar ciertas aficiones a la depravación, guiada de la mano del lujo más ostentoso. Su breve e intenso idilio se desarrolla en tres épocas y tres lugares geográficos distintos, con devaneos intermitentes y casualidades no imposibles aunque bastante improbables. El primer encuentro de la pareja se da durante una travesía del Cap Polonio, transatlántico de lujo donde Max trabaja de bailarín de salón y animador de pudientes señoras; ella y él bailarán un tango que les marcará de por vida, bajo la atenta mirada del marido de Mecha, Armando de Troeye, compositor de éxito que mantiene una apuesta con un colega de oficio y que solicitará los favores del bailarín mundano para que lo guíe por Buenos Aires y lo instruya en los arrabales más peligrosos del tango puro y de la degeneración, sin importarle ofrecer a su señora como premio. El segundo encuentro ocurre en Niza, con Mecha distanciada de su marido por la guerra que ha estallado en España, y el antiguo bailarín mundano ejerciendo de ladrón de guante blanco para los fascistas italianos. El tercero, ya algo más cerca del ocaso de sus vidas, se produce en Sorrento, donde Max asume la identidad del millonario para el que trabaja como chófer y Mecha acude a respaldar a su hijo en una partida de ajedrez contra el campeón del mundo, Sokolov, que acabará siendo una compleja trama de espionaje, KGB incluida, para la que Mecha recurrirá a las antiguas habilidades del viejo bailarín mundano y así conseguir que su hijo pueda optar al campeonato mundial de ajedrez. 

La historia es bastante lenta y redundante, y no será del agrado de las mentes más puritanas. Además, si no se está atento se corre el riesgo de confundirse con el constante recurso de la analepsis, que guía al lector de una época a otra y de un lugar geográfico a otro, en un incesante flashback que empalaga por sus frases susceptibles de haber salido del cine, por la impoluta hermosura de sus personajes y por esa propensión que tiene el autor, enervante a veces, de documentarse hasta de las marcas de ropa y complementos que los millonarios de aquellas épocas usaban. Y es que da la sensación de que toda la trama se nutre de una melancolía anticipada que no es propia de Arturo Pérez-Reverte, tan hecho a ver en primera línea de fuego las aberraciones más deplorables de las que participa el ser humano. ¿Se nos estará haciendo mayor el escritor con más cojones de este país? 

martes, 19 de marzo de 2013

El libro de Dalila (14): Día del Padre





Me sobran horas en la tarde, en el día, hoy, en este día, el Día del Padre. Qué terca propensión la del hombre en inventar días para todo: hay días del padre, de la madre, de la mujer trabajadora, de la paz, del cáncer, del Orgullo Gay, de San Valentín…; un larguísimo etcétera de efemérides a tener en cuenta, durante las cuales algunos espabilados devaluarán el sentimiento o el homenaje tratando de hacer dinero, o campaña electoral, o promulgando consignas y derechos que, a menudo o casi siempre, acaban donde empiezan otros derechos. No debería importarme, porque quien es padre o madre lo es todos los días, y lo seguirá siendo aun más allá de la escisión de la muerte, de la ausencia, de la distancia física o puramente afectiva; pero me sobran horas en este día, en esta tarde de luz cinérea con lluvia en los cristales, y trato de llenar ese tiempo vacío de ti, fumando, escuchando canciones en las que reconocernos, escribiéndote, mirando por la ventana para ver si te localizo en la calle, andando de la mano de tu abuela, con quien has preferido estar en este día en vez de conmigo.  Prendo el enésimo cigarrillo de la sobremesa y no entiendo tu volubilidad, y luego me culpo por condenar íntimamente tus vaivenes de veleta, siendo como eres sólo una niña de siete años. Hace apenas unos días, saliste del colegio corriendo para abrazarme y darme anticipadamente el regalo que me hiciste en clase para el Día del Padre, a pesar del llamado de atención que te hicieron tus compañeros, diciéndote que ese regalo era una sorpresa y no deberías habérmelo dado con antelación. Te podían las ganas, y yo lo acepté en el día que no era porque no quería parecer desagradecido, porque habría aceptado la horca o la hoguera o las mil y una fatigas del infierno con tal de no borrar de tu rostro esa sonrisa de expectación ante mi sorpresa y mi reacción al dármelo, esa mirada acuosa de perrillo leal que posa su cabeza en la rodilla de su amo para solicitar la caricia de aprobación.

 Un poema escrito y recitado por tu propia voz, una tarjeta de felicitación coloreada con esmero –“Para un PAPÁ”, así, en mayúsculas, ponía en la tarjeta, “con todas las letras, ¡feliz día!”-, una fotografía tuya, en la que sales en el mismo aula, encerrada en un marco de contrachapado, hecho a mano, que representa un sol y una luna y varias estrellas… Tengo el regalo delante de mí, y un puñado de horas a llenar con nada hasta que me vaya a dormir. Aún no le he quitado el precinto y el lazo donde va envuelto, aunque luzca menos, porque me da pena desbaratar el recuerdo de hace unos días. Ayer, sin embargo, cuando te llamé, me dijiste que no pasara a buscarte hoy, y hoy he vuelto a llamarte esperanzado, creyendo que habrías cambiado de opinión; pero nada más descolgarme el teléfono, antes incluso de saludarme, has vuelto a repetirme que preferías pasar la tarde con tu abuela y con tu prima, con esa prima de la que siempre te estás quejando, que siempre se mete contigo, que cuando nos la encontramos por la calle y te detienes para mostrarle a tu padre y presentarle a la novia de tu padre hace un gesto de desdén demasiado amargo para su edad, demasiado amargamente adulto, antipático, como una vieja desencantada de la vida encerrada en el cuerpo de una niña de siete años, porque tiene tu misma edad. ¿Eres tú, Dalila, o alguien te conmina a no verme? ¿He hecho algo mal, o acaso te disgusta la figura de autoridad que ejerzo contigo con más ahínco cada vez, porque me obliga la propia dejadez de tu madre y su familia, incapaces de inculcarte que hagas los deberes, de ir a hablar con tu profesor, de ver que ha bajado tu nivel académico y cada día que pasa pareces más desencantada, más aburrida de todo, más apática?

Vivo en una constante posición de desventaja, porque si no ejerzo la autoridad contigo, buscando así que estés a gusto conmigo y quieras verme a menudo, es muy probable que eches tu inteligencia a perder y tu capacidad de sacrificio, y si la ejerzo lo más seguro es que no te apetezca verme, para que no te dé la tabarra con los estudios y tus otras responsabilidades. Preferiría que no me vieras, si eso a mí me aportase garantías acerca del buen puerto al que iría encauzada tu vida, si tuviera plena seguridad en que, si no yo, tu madre o al menos algún miembro de su familia te explicase los beneficios de trabajar duro para alcanzar tus objetivos, para ir barriendo de tu camino obstáculos innecesarios que pueden llegar a malograr tu futuro, más aún en los tiempos negros que corren, en los que la palabra futuro más bien viene a ser una broma pesada. Para mí resultaría más cómodo soltarte de la mano, dejar que sean otros los que se ocupen o no se ocupen de tu educación, permitir que te estrelles, que caigas, y luego esperar a que me pidas que acuda en tu ayuda, que te levante o que te salve; de todos modos, por más desplantes que me hagas, voluntaria o involuntariamente, yo siempre estaré ahí, insomne de tu desarrollo, centinela de sueños, inquietudes, decisiones y consecuencias, y no debes dudar nunca de que, como dice la canción, mientras tu padre viva tú nunca estarás sola.

¿Qué te ocurre, Dalila? ¿A quién ves en mí, o quién te ha condicionado a verme de una manera tan desvirtuada, tan errónea? Sentirte tan lejana, tan aburrida, es como estar asistiendo a una larga y dolorosa despedida que nunca acaba de producirse ni culminarse. No hay nada en mi vida que en ti pueda generar interés; te aburres a cada instante, aun incluso en los ratos de ocio que pasas conmigo, y yo ya no sé cómo llenar tu tiempo irrevocable, tan valioso, con la motivación que supongo para alguien de tu edad, que todavía tiene toda la vida por delante para llegar a ser quien quiere ser, para perseguir sus sueños, para tomar el mundo y querer aspirar a lo máximo. No te dejes vencer nunca, pero sobre todo no te dejes vencer ahora que aún no hay marcadas cicatrices en tu alma, que eres demasiado pequeña para que nada de lo vivido hasta ahora te surta de males insolubles, de feroces melancolías, ahora precisamente que eres demasiado pequeña para que un error, por grande que sea, se torne incorregible. Yo estaré allí para lamer tus heridas, que siempre acaban llegando, leves o graves, incurables o no, para mostrarte que hay cicatrices que, aunque se resientan de cuando en cuando, pueden lucirse con orgullo, con honor, y aportan una lucidez y una serenidad de espíritu que ni siquiera los libros pueden otorgarte. Si alguna vez necesitas un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas, mírame a los ojos y dime que te cuente, tómame a mí aunque pienses que es demasiado tarde, siéntate a mi lado y posa tu cabeza en mi hombro, repróchame si lo prefieres, dame todo tu rencor como un divino tesoro, tu rabia, que yo sabré gestionarla por ti. Mientras que viva tu padre, no estás en el mundo sola.



martes, 12 de marzo de 2013

"La lluvia amarilla", de Julio Llamazares




Está visto que no es necesario ser anglosajón ni calzar sonoros nombres como Jack London o Cormac McCarthy para dar a luz historias que hablen sobre la magnificencia y la crueldad de la Naturaleza (con mayúsculas) y sobre la valía de hombres íntimamente vinculados a ella, que deben sudar cada palmo de la tierra que heredaron y que les alimenta -espiritualmente, sobre todo- para preservar la memoria del paisaje que los vio crecer. Así lo demuestran escritores españoles como el que aquí me ocupa, Julio Llamazares (Vegamián, León, 28 de marzo de 1955), o más recientemente Jesús Carrasco, que se ha convertido en una de las revelaciones del año con su  primera novela, Intemperie, que ya va por la quinta edición y que estoy deseando que caiga en mis manos, a juzgar por un opúsculo que cogí en una librería de mi ciudad y en el que pude leer los dos primeros capítulos, muy prometedores.

La lluvia amarilla -término que da título a esta novela y que servirá de hilo conductor- hace referencia al oro viejo de los otoños, a esa luz mortecina, languideciente, que va bañando la memoria e infiriendo en el alma extrañas aprensiones; es el preludio de la muerte, de todo lo que ha de perecer, de todo lo vivo que está preparándose a morir con la llegada de los primeros fríos o a permanecer oculto, en un estado de animación suspendida, hasta que la primavera, de nuevo, haga resurgir la vida y colme de colores otra vez los montes y los bosques; es el manto de las hojas caídas de los chopos y los robles, el color de la fruta podrida en los árboles que nadie recogerá porque cuelga junto a los ahorcados, la tintura del cielo opresivo de las pesadillas, la taciturna fase del ocaso para quien ya no dispone de más patrimonio que su memoria, ni más insuficiente consuelo que una constante remembranza, entregado contra su voluntad a la más funesta de las melancolías; es el tono que adquiere la piel pétrea de los muertos, dejados a la espalda, que acarrea toda trayectoria vital y que tal vez nos vigilen para esperarnos en el viaje último o protegernos... Con esta idea de enorme carga simbólica, el autor leonés acomete una de sus ya conocidas obsesiones, que ya tratara en otras obras de su producción como es El río del olvido: la importancia que tiene el paisaje para el hombre romántico y lo crucial de preservar la memoria -la de un territorio particular, incluso- para cuando la vejez lo asista con su incomprensión y su soledad.

Andrés es el último habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo aragonés que ha ido quedando abandonado, bien por la progresiva muerte de sus vecinos o por la partida de muchos de ellos hacia lugares más prósperos. El viejo asiste a la degradación del paisaje que sus padres y sus abuelos cuidaron con tanto esfuerzo, negándose a abandonar el lugar donde nació y vivió y tomando como alta traición la decisión de esos habitantes que prefirieron marcharse de allí, incluido uno de sus propios hijos. Junto a su mujer, Sabina, será testigo de los indicios de la decadencia a la que se ven sometidas las casas colindantes a las suya, en rápido deterioro por culpa del abandono, hasta el punto de derrumbarse solas en mitad de la noche con gran estrépito. Pero el deterioro no sólo es arquitectónico: desesperada por la pronunciada soledad a la que están sometidos ella y su marido, que en parte la ha condicionado a esa situación de desamparo, Sabina terminará por ahorcarse de un árbol. Así, entonces, Andrés comprenderá con gravedad que es el último habitante de un lugar cada vez más anegado por las zarzas del olvido, y su falta de cordura, quizá, le hará erigirse en protector de una tierra de nadie, de la que sabe con certeza que no saldrá si no es con los pies por delante, librando una guerra particular que sólo podrá ganar el viento, la nieve y el silencio.

Sabe muy bien de lo que habla Julio Llamazares; Vegamián, el pueblo leonés donde nació, también desapareció. De hecho, Ainielle existe -al menos existía cuando el autor publicó esta novela en 1988-: quedó completamente abandonado en 1970, aunque asegura el escritor que sus casas aún resisten la acción degenerativa del tiempo y sus inclemencias, pudriéndose de a poco entre la nieve de las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto. No es de extrañar que esta historia se antoje como una tácita denuncia del abandono al que se ven sometidos tantos pueblos de España. Yo mismo he visitado algunas aldeas ya pasto del olvido, en la provincia de Guadalajara, y la atmósfera que allí se respira es la de una geografía herida, una región amputada que a nadie interesa restablecer al país, en cuyos muros y casas derruidas y abandonados cementerios queda patente la orfandad de una memoria que ya nadie protegerá, sólo custodiada por los gatos vagabundos y los perros semisalvajes que recorren sus callejas vacías y sus establos con techumbres hundidas.

Novela muy notable, pues, que le deja a uno meditando acerca de la frágil supervivencia de todas esas cosas que nos definieron y que quedarán sin dueño cuando ya no estemos en el mundo. Sin testigos que corroboren nuestro paso por la vida, no hay memoria; sin memoria, la vida bien podría ser un simple sueño.

martes, 5 de marzo de 2013

"El día de mañana", de Ignacio Martínez de Pisón




Vuelve a confirmarse esa ternura, no exenta de una bien dosificada sobriedad, con que Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) elabora y trata a los personajes de sus novelas. Ya hace algunos años, cuando cayó en mis manos la primera obra que leí de él -Carreteras secundarias, llevada al cine en dos ocasiones, en versión española por Emilio Martínez Lázaro y con guión del propio escritor zaragozano, y en versión francesa por Manuel Poirier, aunque bajo el título Caminos cruzados (Chemins de traverse)-, pude advertir que ése era uno de los grandes rasgos estilísticos de Pisón: personajes que tienen mucho de cómicos de la legua, en un peregrinaje constante por dar alcance a sus ambiciones y realizar sueños que, en apariencia, son muy sencillos, aunque las trabas de su propia incompetencia para poder llegar a cumplirlos hace que se tornen casi utópicos. 

¿Qué saben los demás de nosotros? ¿Puede realizarse la radiografía fidedigna de una persona a raíz de lo que las demás personas cuentan de ella? ¿Cuántas de las personas que nos conocen podrán hablar bien o mal de nosotros cuando ya no estemos, cuánto habrá de cierto en lo que digan admiradores y detractores de nuestra persona, y cuál será la nota media que sacaremos del cómputo total de todas esas declaraciones y testimonios? ¿Qué imagen veraz es la que ofrecemos al mundo, fuera de nosotros mismos? ¿Será nuestro recuerdo el mismo para todas las personas que se cruzaron en nuestro camino a lo largo de la vida? Éstas y otras muchas son las preguntas que parece ofrecernos esta novela, narrada fragmentariamente por una docena de personajes que irán desentrañando los años más convulsos del protagonista, Justo Gil, joven emigrante recién afincado en Barcelona, ambicioso, ávido de prosperar, al que no le temblará la mano al traicionar a sus allegados con tal de llevar a buen puerto sus infructuosas empresas y que, finalmente, acabará por convertirse en un patético confidente de la Brigada Social, la policía política del régimen franquista. 

Con esta novela, narrada apenas sin ardides literarios ni malabarismos dialécticos, Martínez de Pisón ha cosechado numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de la Crítica, el Premio Ciudad de Barcelona, el Premio Espartaco de Novela Histórica y el Premio de las Letras Aragonesas. Mediante las idas y venidas de su protagonista, el autor maño nos acerca etapas fundamentales de ese capítulo crucial de nuestra historia reciente que fue la Transición. Con la que está cayendo últimamente en España, se agradece leer de una forma amena, tristemente cómica o cómicamente triste, algunos de los episodios en sepia a los que podríamos regresar si no comienza a cuidarse de nuevo, como se debiera, nuestra democracia. Justo Gil nos explica, con su comportamiento, que no estaba ya todo logrado con la muerte del dictador, que hubo más clandestinidad y cainismo de lo que se daba a entender en aquellos años, y que en materia humana uno nunca puede fiarse de nadie, con esa facilidad pasmosa que tenemos en callar y otorgar y en cambiar de bando según muten nuestros intereses personales. 

Obra cargada con grandes dosis de ternura y frustración a partes iguales, muy amena de leer por su estructura construida a partir de fragmentos testimoniales y su sencillez, que intercala historia y relatos personales para enseñarnos una parte no del todo esclarecida de nuestro país, en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte del general Franco. Queda confirmado: Ignacio Martínez de Pisón no defrauda.