"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 25 de enero de 2013

"Nada del otro mundo", de Antonio Muñoz Molina




Dos apuntes a tener en cuenta antes de comenzar a reseñar este volumen con la obra breve de ficción de Antonio Muñoz Molina. El primero y más importante, es que la edición que poseo de esta colección de relatos cortos es la antigua publicada por Espasa Calpe, y no la nueva que hace no mucho tiempo publicase Seix Barral, revisada y con dos relatos más añadidos, uno publicado por el periódico El País en 1999 (Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad), y el otro, último del volumen, escrito en 2011 (El miedo de los niños); la que yo tengo en mis manos consta solamente de doce relatos, aunque si bien suple esa mínima carencia un delgadísimo librito, también de mi posesión, publicado por la Biblioteca del periódico El Sol y titulado Te golpearé sin cólera, que recoge tres relatos -el primero es el que da título al volumen-, dos de los cuales son inéditos y no se incluyen en ninguna de las ediciones aparecidas de Nada del otro mundo. La segunda, y como mera anécdota a compartir con los lectores de A DESHORAS, es que este libro es más bien una relectura, porque ya hace algunos años leí gran parte de su contenido cuando lo saqué de la biblioteca municipal, no pudiendo finalizarlo por falta de tiempo.

Como ocurre con la obra breve de muchos escritores -sobre todo, si son principalmente novelistas-, los relatos aquí reunidos fueron escribiéndose poco a poco, a lo largo de diez años, entre 1983 y 1993, en los intervalos de tiempo neutro que existían entre las publicaciones de las otras obras del autor andaluz, sin propósito pero logrando en su cómputo total la unidad de un libro. El relato más antiguo de este libro, El hombre sombra, fue escrito en 1983 con la esperanza de ganar un concurso muy célebre en aquel entonces; el más reciente de esta edición, La gentileza de los desconocidos -permítanme la licencia gratuita de decir que me encanta la sonoridad y la fuerza de este título-, fue escrito a pocos meses de cerrar la edición y se publicó en el suplemento dominical de El País

Soy un gran defensor del relato corto, en un tiempo donde el gran número de lectores lo conforman los consumidores de novelas, si excluimos el centro y sur del continente americano, donde a ese propósito nos llevan muchísimos años de adelanto y saber hacer. Creo firmemente que es el género literario que mejor encaja con nuestro modo actual de vida; con él se busca y se consigue la comodidad, la inmediatez, la momentánea evasión de la realidad, elementos que precisamente tratamos de poseer en nuestro día a día vertiginoso. Y no estoy de acuerdo con lo que dice Muñoz Molina, en la nota preliminar del volumen, acerca de que escribir un relato o un cuento "impone menos" que escribir una novela y "parece más propicio a la tentativa y la aventura". Muy al contrario, creo que la novela permite ciertas disgresiones, a veces o muchas veces gratuitas, que el relato corto o el cuento no toleran por la economía de medios con que deben escribirse, y que raras veces una obra tan breve permite finales abiertos que pueden dar una sensación, fundada o no, de mediocridad. El relato corto ha de quedar absolutamente cerrado, con todos los cabos bien atados, procurando que el final sea un fogonazo instantáneo que trastoque (al menos, en el relato fantástico) la realidad, lo que no ocurre con muchísimas novelas. Otra ventaja a tener en cuenta en un libro de relatos es que uno puede prescindir del orden establecido que la novela impone con el seguimiento riguroso de unos capítulos, puede empezarlo por el principio o por el final, o leer sólo aquellos relatos que crean que le van a gustar; una novela te llega o no te llega, pero en un libro de relatos, por mediocre que sea, siempre se acaban encontrando cosas interesantes, y es prácticamente imposible que, de entre el cómputo de pequeñas obras allí reunidas, no haya al menos un relato que nos sorprenda, nos emocione o nos deje pensando. 

Así ocurre en Nada del otro mundo, donde hay temáticas variadas y relatos para todos los gustos. Creo que la obra, en global, es bastante notable, aunque también hay algún que otro relato -son los menos, pero los hay- de los que yo llamo "de relleno", como puede ser a mi parecer El cuarto del fantasma, protagonizado por un personaje con tintes cómicos, Lorencito Quesada, que los seguidores más aventajados del autor jaenense reconocerán de la novela Los misterios de Madrid. Y es que si a los relatos de Muñoz Molina hay que buscarles un denominador común, éste es el humor. No estoy diciendo con esto que los relatos aquí reunidos sean cómicos -nada más lejos de la realidad-, aunque sí se da una tendencia a crear personajes apocados, acomplejados, que pueden verse en las situaciones más inverosímiles a causa de su falta de carácter y su ausencia de autoestima, susceptibles más de causar risa que ternura o compasión. En el relato que abre el libro y que le da título, Nada del otro mundo, un escritor que pasa desapercibido en las críticas de los diarios se ve de pronto acosado por antiguos compañeros de juventud, que viven en un anacronismo casposo y siniestro de militantes de izquierdas con barbas espesas y prendas de pana gruesa; en El hombre sombra, una llamada fortuita dará la opción a un hombre de conocer a una mujer a la que, en otras circunstancias, jamás se hubiera atrevido a intentar seducir; un misterioso río marca la frontera de la desmemoria en Las aguas del olvido; en La poseída se trata el tema de los amores que son prisión, en un juego de apariencias que compara el amor sin medida con las adicciones; Las otras vidas es otro de esos relatos, bajo mi criterio, de relleno, tal vez porque no pude entender nada, al igual que me ocurrió con el ya mencionado relato El cuarto del fantasma y con La colina de los sacrificios; Extraños en la noche es una triste historia de soledad y desamparo en un hotel de Madrid; se trata en Si tú me dices ven la temática de las infidelidades; Un amor imposible relata la condición de un hombre patético enamorado de su compañera en un trabajo sórdido; en Borrador de una historia, un escritor de noveluchas baratas se ve atrapado en su propia ficción mediocre; y, para terminar, La gentileza de los desconocidos -uno de mis relatos favoritos del volumen- habla de la profunda soledad en la que viven algunas personas y de las que otras intentan sacar partido despiadadamente. 

 Como ya he dicho, el resultado final del libro es muy notable, y salvando los tres relatos que ya he señalado, el volumen me parece muy entretenido y original. Idóneo para leer entre parada y parada del autobús o el metro y conocer otra faceta diferente del autor de El jinete polaco. Presumo suponer que habrá más obras breves de Antonio Muñoz Molina en el futuro, aunque, como bien dice el autor al principio del libro, tal vez ya pertenezcan a otro linaje, por la distancia temporal que existirá entre estos relatos y los nuevos que quizá irá escribiendo. 

jueves, 24 de enero de 2013

"Señora de rojo sobre fondo gris", de Miguel Delibes




No deja de asomarse a mi cara una irónica sonrisa cada vez que decido leer a Miguel Delibes (Valladolid, 17 de octubre de 1920 - Valladolid, 12 de marzo de 2010). Y es que quién iba a decirme a mí que aquel autor que tanto detesté durante mis años escolares, a fuerza de que me obligasen en las aulas a leer El camino -entonces yo pensaba que leer a Jack Kerouac me haría menos provinciano, adjetivo que entonces creía despectivo aunque todavía no alcanzara a entender que no hay nada más provinciano que un escritor estadounidense, y que era de vital importancia remarcar la preposición en para que quedasen bien  diferenciados los títulos de los dos autores: El camino, del escritor vallisoletano, En el camino, del mayor representante de la Generación Beat-, iba a aportarme tantos buenos ratos veinte años después. Esto confirma mi hipótesis de que hay lecturas para edades, lecturas que deben macerar en el polvo de un olvido transitorio hasta alcanzar la madurez necesaria -esto es, tal vez, la experiencia- para acceder a ellas y aprender a amarlas.

 En cualquier caso, tanto si uno es precoz al escoger esas lecturas como si no, y aunque todavía hoy me produzca más pereza asomarme a las aventuras de Daniel el Mochuelo que a las de Dean Moriarty, la obra de Delibes, para quien quiera asomarse a ella, siempre es síntoma de buena salud lectora y una de las más hermosas que pueda albergar la literatura española.

Ése, precisamente, es el calificativo más acertado que se me ocurre para describir la novela que aquí me ocupa hoy: hermosa. No dejo de advertir en ella, mediante una serie de similitudes entre la ficción de la historia y la realidad de la vida de Delibes, tintes marcadamente autobiográficos, siendo así que no me resulta descabellado pensar que el principal propósito del autor vallisoletano al escribir este largo monólogo fuera el de homenajear a su mujer, Ángeles, que al igual que la protagonista de la historia, Ana, también tuvo numerosos hijos y murió en circunstancias parecidas. Es sabido que el fallecimiento de su inseparable compañera y esposa, a los cincuenta años, en 1974, marcó profundamente al autor, y esta novela, así como otras de su producción como Cinco horas con Mario o la galardonada con el Premio Nadal en 1947, La sombra del ciprés es alargada, se hacen eco del temor que Miguel Delibes sentía hacia la muerte, tanto la de sus seres queridos como la suya propia.

Un prestigioso pintor, que está sumido en una profunda crisis creativa, va formando a partir de sus recuerdos un bellísimo retrato de su mujer con palabras dirigidas a su hija, presa junto con otro hijo en Carabanchel por oposición al régimen franquista, en una larga carta o monólogo que es un hermoso homenaje, aunque también una forma de exorcizar su dolor. El protagonista entiende que, fallecida Ana, su inseparable compañera, a la vez mecenas y motor primordial en su vida, no podrá volver a pintar. Ella suplía todas sus carencias, y con su enorme vitalidad y alegría compensaba el carácter taciturno de su marido, curándole sus miedos, mostrándole lo mejor de sí mismo, y así lo refleja en un fragmento que me parece sublime, cuando lo alcanza la certeza de que Ana va a morir: Ella era ahora la razón de mi miedo y el miedo mismo no podía proporcionarme el antídoto.  Con tal argumento, Delibes nos muestra la que fue su valía y su enorme sabiduría al mostrarnos la íntima vinculación que existe entre el amor y la creación artística, y hay pasajes a mi parecer tan sumamente hermosos y bien escritos que han logrado despertar en mí sentimientos encontrados, como los celos enconados que experimenté cuando en un tramo de la novela un amigo en común del matrimonio pinta a Ana -de ese lienzo proviene el título de la obra-, ya que su marido se muestra incapaz de realizar un retrato fidedigno de ella, tal como si yo fuese incapaz de escribir a mi novia y un amigo mío lo hiciera con más pericia que yo.

Cualquiera que haya amado de verdad, amará a su vez esta novela. Hermosa de principio a fin, sabia, alegre y triste a un tiempo (aunque sin caer en esos absolutismos sentimentales que nunca se dan en la vida real, la absoluta felicidad o la absoluta fatalidad), elaborada magistralmente, limpia, sana, con marcados valores cada vez más denostados en nuestra sociedad actual, tales como la fidelidad, la lealtad, la familia y la verdadera amistad de alguien que decide permanecer a tu lado con todas las consecuencias. Pocas veces tan pocas pinceladas, aunque sólo sean dialécticas, crearon algo tan bello.

miércoles, 23 de enero de 2013

"Carlota Fainberg", de Antonio Muñoz Molina




Creo haber mencionado ya en esta bitácora que soy un fiel lector de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), y no es esta la primera reseña que hago de un libro suyo. Ni será la última: próximamente aparecerá una de su volumen de relatos Nada del otro mundo. Desde que allá por el 2005 leyera su novela El invierno en Lisboa y quedase prendado de sus cualidades narrativas, confirmándolas algún tiempo después tras la ávida lectura de Beatus Ille -novela, bajo mi punto de vista, a ser llamada como una de las mejores escritas de todos los tiempos en este país, y ojalá el tiempo lo corrobore y me dé la razón-, no he parado de seguir muy de cerca el magnífico trabajo de un autor que me parece de los más lúcidos, saludables y consistentes del panorama literario actual. Lejos de premios y reconocimientos -ha cosechado numerosos de ellos, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica, y es miembro de la Real Academia Española-, la gran hondura y la capacidad de fabulación de Muñoz Molina hace que sus obras no necesiten apoyarse en temáticas excepcionales u originales para ganarse la expectación de los lectores. Al contrario que otros autores de peso, que muestran su valía literaria por la originalidad de la que son capaces para escoger temas que abordar en sus obras, quedando a veces en un segundo plano la pericia con que vayan desentrañando las tramas de sus novelas o relatos de ficción, Antonio Muñoz Molina no necesita de historias originales y nunca leídas para mantener al lector asido a la página, pues su ojo crítico y sus cualidades de buen fisonomista (sobre todo, útil para describir con una incisiva exactitud al español medio, de a pie), además de su prosa densa plagada de adjetivos inusitados pero muy efectivos, consigue que los actos más mundanos y corrientes se conviertan en sucesos excepcionales, así sea simplemente caminar por Nueva York e ir describiendo con todo lujo de detalles las costumbres de sus ciudadanos y el modo de vida americano, como ya hiciera en Ventanas de Manhattan.

Desgraciadamente, ése no es el efecto que causa con Carlota Fainberg. Tanto es así, que de no ser por el profundo respeto que siento hacia el autor andaluz y por los buenos ratos que me ha hecho pasar con tantas otras obras suyas, no habría acabado este libro. Creo que es una de esas novelas -corta, recalca Muñoz Molina en la Nota del autor preliminar, aunque no estoy de acuerdo con eso: la novela es de una extensión que me parece normal, ni corta ni larga, como para pasar a denominarla novela corta, olvidándosele quizá al autor que otras obras suyas, aún más breves, como es En ausencia de Blanca, no han sido englobadas por su parte en ese tipo de género narrativo- que de no haber sido escritas por un autor consagrado no hubieran sido publicadas por ninguna editorial, al menos de prestigio. La historia es predecible como el alba casi desde las primeras páginas, y uno asiste a su soporífero transcurso sabiendo de antemano lo que va a ocurrir, sin cabida a la sorpresa. Esto (que en la pluma de Muñoz Molina, por norma general, no habría sido un obstáculo para que la trama no perdiera interés), sumado a los constantes y cansinos anglicismos utilizados por el personaje que narra la historia -un tipo pedante en extremo, santurrón y aburrido-, hacen de esta obra mero relleno de una trayectoria literaria que es de las más consistentes que existen en este país. 

Dos hombres, con personalidades muy diferentes y contrapuestas, mantienen un encuentro fortuito en una sala del aeropuerto de Pittsburgh. Uno de ellos es Claudio, profesor de literatura apocado y fácilmente escandalizable que se dirige a Buenos Aires a dar una conferencia; el otro es Marcelo, ejecutivo competente y elocuente, de una extroversión rayana en la impertinencia, que espera un vuelo para Miami. Allí mismo, mientras una tormenta de nieve ha retrasado y cancelado la mayoría de los vuelos y mantiene sitiados a los dos hombres en el aeropuerto, Marcelo le cuenta a Claudio una historia secreta, de pasión y adulterio, con una mujer turbadora en el hotel Town Hall de Buenos Aires, que más tarde el pusilánime profesor de literatura podrá constatar, llegado a destino, en ese mismo hotel, aunque debiendo descubrir los límites entre la ficción y la realidad.

Obra a olvidar, desde mi punto de vista, de un grandísimo narrador, y que habrá tal vez que disimular en las estanterías de mi biblioteca, oculta entre otros magníficos libros de Muñoz Molina. Tratándose de él, es un mal menor, una pequeña debilidad entre la grandeza de títulos como El invierno en Lisboa, Beatus Ille, Plenilunio o su más reciente novela, La noche de los tiempos, reseñada también en esta bitácora.

domingo, 6 de enero de 2013

El libro de Dalila (13): Noche de contrición y Reyes Magos





Te dejé anoche dos mensajes en el móvil, vía WhatsApp, que decían: “Hola, mi niña. ¿Qué tal la cabalgata?” y “Te quiero mucho, mi vida. Ojala que los Reyes Magos te traigan muchas cosas, porque eres la niña más buena del mundo. Estoy muy orgulloso de ti.” Pero no hubo respuesta, y yo no me acostumbro a que a tu edad, seis años o ya casi siete –el 21 de febrero cumplirás ya tu séptimo año-, te hayan comprado un teléfono móvil. Creo que es un grandísimo error, más aún cuando tienes acceso gratuito a Internet en tu factura y no es un móvil básico, de ésos que ahora fabrican para los niños, en los que el acceso a la red está vedado y sólo se tiene la opción de recibir llamadas y poder telefonear únicamente a los números de tus padres y de emergencias, en caso de urgencia, sino que es uno de esos aparatos de última generación, con pantalla táctil y full equipe, para entendernos. También, íntimamente, ese artefacto del diablo supone para mí la embarazosa constatación de todo lo que yo no puedo darte y tu madre sí. No me resulta difícil imaginar la razón de que te lo comprasen, ella o tu abuela: de ese modo, se ahorran el tener que escuchar mi voz cuando llamo a tu casa para hablar contigo, dos veces al día. Al menos, a mi vez yo me ahorro el tener que escuchar sus voces cuando responden al teléfono, puedo tenerte localizada siempre que lo necesite y, ya de paso, vía SMS o WhatsApp, enseñarte toda la ortografía que no te estarán enseñando, porque me dices que en tu casa no te ponen a leer, a pesar de que tu profesor dejó clara la importancia –no es necesario decir que eso yo ya lo sabía- de leer al menos, a tu edad, quince minutos diarios, no ya para ir introduciéndote en el saludable hábito de la lectura, sino para tener la suficiente capacidad lectora que te permita solucionar problemas de otro orden, como por ejemplo entender el enunciado de un problema de matemáticas o desenvolverte con soltura en el metro o el autobús, descifrando los carteles de las paradas o de las calles y pudiendo dar una localización concreta en caso de perderte. A pesar de que en mi casa muestras interés por la lectura, te gusta y te pones a ello por cuenta propia, e incluso me pides que te lea antes de ir a dormir, habituada desde muy pequeña a ver mi entorno macizado de libros. Así que procuro escribirte correctamente los mensajes, sin desmembrar palabras y colocando todas las tildes en su debido lugar, confiando en que, niña inteligente como eres, vayas fijándote en cómo se debe escribir.

Desconfío de todo y de todos, es un gran problema que tengo, en parte creado por las innumerables veces que se me ha mentido a lo largo de la vida, por las traiciones y el escarnio al que me he visto sometido por parte de muchísimas personas, antiguas parejas y amigos muy íntimos incluidos. Tanto es así, que he tenido que tratármelo en el psicólogo, aunque no me dio ninguna solución fehaciente y sólo se limitó a decirme que mi desconfianza es absolutamente normal, dadas todas las trapacerías a las que me he visto expuesto a lo largo de la vida, que es muy corriente que un perro que ha sido maltratado huya de los palos o les muestre los colmillos. El verdadero problema radica en que a veces desconfío de personas que –debería saberlo- no me van a fallar en la vida, incluida tú misma. O eso espero y le pido a ese dios en el que no creo. Soy plenamente consciente de que desconfiar de un hijo es la mayor afrenta que un padre puede reservarle a su más hermosa obra; pero muchas veces no contestas a las llamadas o a los mensajes, alegando que se te había olvidado el teléfono o lo tenías con el sonido bajado, cuando segundos antes he visto que estabas conectada o siempre tienes el móvil a mano cuando estás conmigo, sin dejar de contestar a un solo mensaje de tu madre o de los miembros de su familia. No quiero desconfiar pero desconfío, y en verdad esto me está causando muchos tormentos, más de los que suelo admitir o reconocer a mis allegados y a mi pareja. Ayer sin ir más lejos pensé que habías visto los mensajes y que no te apetecía responderme, pero ya esta mañana me llamaste a casa para contarme lo que te habían traído los Reyes Magos en casa de tu madre, y eso hizo que aumentara mi confusión, también mi vergüenza; vergüenza porque no hayan podido pasar aún por mi casa, para dejarte tus regalos.

Sé de sobra que no te hacen falta; probablemente seas la niña con más juguetes que haya conocido, porque al estar mis propios padres separados y cada uno con su respectiva pareja, tienes seis abuelos en total, contando con el padre de tu madre, hace mucho tiempo fallecido. Eso sin mencionar a mi hermana, tu tía. Con lo que la suma de regalos que te llueven tanto en Navidad como en la Noche de Reyes, así como en tu cumpleaños, es ingente, e incluso me atrevería a decir que poco saludable para tu buena educación. Me asusta pensar que puedas llegar a convertirte en la típica hija de padres separados, a la que para suplir sus carencias afectivas se la compra con regalos y cualquier capricho material. No quiero que te conviertas en una hija tirana, o en una de esas mujeres que, siendo ya adultas, se enamoran más de los hombres cuanto mayor es su poder adquisitivo. Aun así, la actitud que conservan algunos miembros de tu familia frente a este respecto me posiciona en una situación de desventaja, estando en el paro como estoy, viviendo a salto de mata, y muy pronto procesado por impago de pensión alimenticia. Me resulta absolutamente imposible pagar tu pensión, Dalila, cobrando el subsidio que cobro, que me da únicamente para pagarme el alimento y la gasolina del coche, tan necesario para poder encontrar un trabajo. Todo lo que ves a mi alrededor  –el piso en el que vivo, la luz que gasto, la ropa que visto, la conexión a Internet, el agua, el teléfono, los gastos de comunidad- no es mío, no lo abono yo, sino mi familia, a la que para poder devolverle todo lo que están haciendo por mí debería vivir durante mil años. Ya ni siquiera puedo pagar la hipoteca de la casa que adquirí con tu madre, y tanto ella como el banco han hecho oídos sordos a la opción de alquilarla para poder afrontar ese pago. Sólo espero que sepas perdonarme… Tú y todos. Tú, porque cuando seas mayor y eches la vista atrás quizás decidas abrir tu propio proceso contra mí por no haberte dado lo que tu madre sí te da; mi familia, por todos los problemas que les estoy causando, aunque yo no lo haya elegido, sobre todo económicos; Paloma, mi novia, porque a veces debe aguantar mis humores, muchas veces amargos por la tensión a la que vivo sometido, por ver tan cercano el juicio y la toga oscura, sombría de los jueces, que a un mismo tiempo me asustan y sacan de mí la gallardía necesaria, la altivez si se quiere, para decir: “Afeitadme la cabeza y ejecutadme de una vez.”

Así que ya ves, no han venido los Reyes Magos a mi casa. Tal vez porque soy malo, tal vez porque me lo merezco, tal vez para mostrarte que no mereces a un padre que, a veces, desconfía de todos, también de ti.

"La perla", de John Steinbeck





Última lectura de este año 2012 que recién ha salido por la puerta. O, mejor dicho, penúltima, porque leí parte de Camposanto, de Iker Jiménez, sin poder llegar a finalizarlo; aunque la historia me parece original y el personaje que la inspira interesantísimo -nada menos que el pintor Jeroen Anthoniszoon van Aeken, más conocido como Hieronymus Bosch, o El Bosco-, creo que le viene un tanto grande a la capacidad narrativa del periodista del misterio, tal vez por no saber separar, en su obra literaria, al locutor de radio y televisión de su faceta de escritor. Me pregunto qué excelentes resultados habría tenido una historia de tal envergadura de haber sido tratada en manos de Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo, o de Javier Sierra, sin ir más lejos, que es precisamente colaborador de Iker Jiménez en el programa Cuarto Milenio que este último dirige en la cadena de televisión Cuatro. Pero vamos ya con la reseña.

Novela corta, en clave de fábula india, que viene a decirnos lo que yo llevaba tiempo sospechando: que hay que ser muy inteligente, muy responsable y muy prudente cuando, de pronto, de la noche a la mañana, uno posee una gran riqueza económica. ¿Cuántas veces hemos oído eso de que "a mí el dinero no me cambiaría"? Seguro que cualquiera de los que se asomen a esta bitácora y lean esta reseña han oído idénticas palabras de algún amigo o familiar, cuando el tema de la conversación ronda en torno a la posibilidad de una lotería premiada, fantaseando sobre qué se haría con ese dinero azarosamente ganado. Pero el dinero, cuando no cambia a las personas, cambia las circunstancias de éstas, y las circunstancias que mutan en la vida de una persona acaban, en última instancia, cambiando a la propia persona. ¿Seguiríais viviendo en el mismo barrio de clase obrera, exponiendo a vuestros hijos y a vosotros mismos a posibles secuestros y extorsiones por no vivir en un lugar con las adecuadas medidas de seguridad, en caso de que os tocara una cantidad ingente de millones de euros en el Euromillón? ¿Podríais disimular que no tenéis ese dinero? ¿No sería ese enorme poder adquisitivo, en caso de ser personas propensas a los excesos, como un arma en vuestras manos? ¿Os mirarían, a partir de entonces, de igual manera vuestros vecinos? Me remito al caso de un conocido, que tras haberle tocado una cuantiosa cifra de dinero -más que de sobra para no volver a trabajar en la vida- tuvo que dejar su barrio y no volver a ver más a sus amigos y vecinos, porque cuando se reunía con éstos cualquier gesto de buena voluntad y de generosidad por su parte era tomado como un síntoma de altivez y chulería, de superioridad frente al resto, y cuando decidió no ayudarles más por no ofenderles, fue automáticamente tachado de tacaño y avaro.

Pero, al contrario del mensaje que yo haya podido sacar de este relato, la novela carece por completo de moraleja; es una historia rotunda, dura, sin concesiones, que no cae en moralinas, aunque a la par también es muy lírica y sofisticada. Steinbeck, obsesionado en la mayoría de sus obras con la pobreza del sur norteamericano -se salvan solamente de esta obsesión sus novelas históricas-, expone los hechos sin hacer juicios personales ni suscitar ánimos en el lector. 

Esta es la historia de Kino y Juana, y de su hijo Coyotito, indios mejicanos y pescadores, prácticamente indigentes, que hallan en una inmersión una enorme perla de gran valor. Al principio, ese hallazgo supone para la pareja una apertura diáfana al futuro, porque con los beneficios que saquen de la perla podrán darle una educación a su hijo que le aparte para el resto de sus días de la pobreza y la indigencia; pero pronto darán cuenta del grado de maldad que esa riqueza hallada posee, de los oscuros intereses que mueven a muchas de las personas que les rodean, y todo acabará tornando en tragedia, obligando a Kino a abandonar su condición de presa y convertirse en cazador, para salvar a su familia con nefastos resultados. 

Una historia cruda y violenta, con marcados valores como el de la familia, que bien podría haber utilizado Federico García Lorca, de haber sido España su escenario, para parir una de sus navajeras obras de teatro. 




sábado, 5 de enero de 2013

Las mujeres que no amaban a los hombres (ni a otras mujeres)




Parece que está muy en boga en estos tiempos que corren, donde lo políticamente correcto y el ya agotador “qué dirán” –tan nuestro, tan cañí, tan de esta esperpéntica España levantada siempre desde un blando cimiento de complejos absurdos- priman sobre la saludable autocrítica y la más aún revitalizante libertad de expresión, propagar y ensalzar esa dicotomía impuesta que viene a querer mostrar, contradictoriamente, que la mujer siempre es una víctima y, por consiguiente, el hombre un verdugo. Contradictoriamente, repito, porque esas feministas feroces que han tomado ese lema (generalizando a seres humanos de uno y otro sexo como a meros borregos de un redil, y aun incluso cosificándolos) como estandarte de orgullo y honor a lucir en primera línea de fuego, son las mismas que no toleran bajo ningún concepto los términos “sexo débil” y “sexo fuerte”.
Yo tampoco tolero esas etiquetas manidas y arcaicas. He tenido la fortuna –también la desgracia, en algunos casos- de tratar con muchísimas mujeres a lo largo de mi vida (parejas, amigas, compañeras de clase o de trabajo, camareras, dependientas, incluso prostitutas o mujeres que, sin serlo, llevaban vidas oscuras y disolutas) y ninguna me ha parecido, realmente, que entrase de lleno en ese término. Muy al contrario, siempre me parecieron muy superiores al hombre, si exceptuamos la fuerza física, y me gustó más tratar con ellas que con mis congéneres masculinos, no por los probables intereses sexuales que alguna de esas feministas de las que he hablado puedan querer atribuirme –les asombraría las escasas, escasísimas veces que me he acercado a una mujer por interés sexual, y la rara vez que lo he hecho ése no era el único y exclusivo interés que me ha conminado a conocer a una chica, que aquí un servidor quizá no pueda dárselas de caballero, pero tampoco es un simio obsceno y primario-, sino porque sus temáticas de conversación siempre son más ricas, más variadas, más inteligentes en suma, y con una mayor sensibilidad. Pero de ahí a reconocer, como les ocurre a muchos hombres temerosos de decir lo que piensan y arriesgarse a que muchos colectivos se les lancen a la yugular, que los varones somos por naturaleza insensibles, egoístas, machistas y agresivos, va un paso muy largo. El hombre está sometido a una presión muy grande que, por estar soterrada en la sociedad y aun muchas veces eclipsada por las innumerables necesidades de la mujer, muy poca gente parece advertir. Amaia Beranoagirre, psicóloga, explica esto mejor que yo en el magnífico artículo que transcribiré de ella a continuación, pero aun así me permito la libertad de hacer algunos añadidos:
-Aun con todo nuestro progresismo y modernidad, todavía está muy mal visto que a un hombre se le vea llorar, aunque luego se le tache de insensible.
-Para un grandísimo número de mujeres, si el hombre quiere tener sexo es un salido y siempre piensa en lo mismo, o es lo único que le importa, pero si no tiene ganas es claro síntoma de que ya no ama a su mujer, probablemente le es infiel con otra o, directamente, “no da la talla” o “no se le levanta” (esto último lo he oído yo de la propia boca de muchas mujeres conocidas).
-No han sido una ni dos las mujeres que, amparadas por el anonimato de la masa en un pub o discoteca, me han tocado el culo. Me pregunto qué hubiera pasado de haber hecho yo lo mismo. Yo tampoco soy un objeto sexual.
-Muchos hombres son maltratados físicamente, sin que tengan opción de denunciar los hechos o responder a la agresión, porque si denuncian serán automáticamente ridiculizados por muchos otros hombres y mujeres, y si se defienden irán directos a la cárcel, por cauces judiciales distintos –más rápidos, más agresivos- que si fuese la mujer la agresora.
-Se nos acusa de que impedimos a nuestras parejas ver a sus familias y amigos, pero hay estudios comprobados que dictaminan que el hombre se distancia más de su familia de origen que la mujer, y que ésta a menudo arrastra al hombre a vivir en el entorno de la suya propia y de su propia vida social.
Podría explayarme aún más, pero mejor publico el artículo de la psicóloga Amaia Beranoagirre, que no tiene desperdicio:


¿Y los hombres...?
Amaia Beranoagirre*
En estos momentos se necesita una revisión seria y científicamente contrastada de cómo se están tomando los datos y como se hacen las encuestas sobre el maltrato, (pero por gente independiente, cuyos puestos de trabajo no dependan de que la violencia de género exista). Sanahuja1 fue la primera en decir que ha habido un aumento de denuncias falsas; datos que se confirmaron cuando se publicó que el 30 por ciento de las denuncias en el País Vasco se desestiman.

Un porcentaje de las denuncias falsas o infladas se debe a que algunos abogados incitan a las mujeres a poner denuncias de maltrato para facilitar la separación legal; en muchos juicios vale todo con tal de ganar. Otro porcentaje de mujeres está utilizando la facilidad actual para poner denuncias sin que nadie lo compruebe y arropadas por lo políticamente correcto, como instrumento de agresión y dominio de sus parejas: ``si no funcionas como yo digo, te denuncio''; los hombres frente a esto no tienen ninguna defensa.

Cuando llega una mujer a una institución diciendo que es maltratada, se cuenta como tal, sin que se contraste la veracidad de lo que dice (frente a la actual presión social, nadie se atreve a probar la veracidad o no del planteamiento de una mujer que dice sufrir maltrato).

Otro de los instrumentos que se toman como referencia del maltrato es la encuesta del Instituto de la Mujer, cuando no se sostiene la metodología empleada, puesto que sólo se pasó a mujeres. ¿Cuántas de las preguntas de dicha encuesta no darían positivo en caso de pasarla también a hombres? Ejemplo de algunas preguntas:
1. ``Le impide ver a su familia o tener relaciones con sus amigos.'' Los hombres se distancian más de sus familias de origen que las mujeres; éstas arrastran hacia sus familias. En cuanto a los amigos, ¿cuántas mujeres se enfadan y montan la bronca cuando sus parejas vienen de estar con los amigos, en lugar de hacer ellas lo mismo, esto es, cultivar su vida social?
2. ``Le quita el dinero que Ud. gana o no le da lo suficiente para mantenerse.'' ¿Cuántas mujeres controlan todo el dinero que entra en casa, dándoles una paga a los hombres?
3. ``Hace oídos sordos a lo que Ud. le dice, no tiene en cuenta su opinión, no escucha sus peticiones.'' ¿Cuántas mujeres no quieren oír hablar de los temas que a sus maridos les interesan? ¿Cuántas toman decisiones sobre toda la familia, incluida la economía, sin tener en cuenta la opinión de sus parejas? ¿Cuántas mujeres no saben, ni les importa, lo que sus parejas quieren, les gusta...?
13. ``Se enfada sin que sepa la razón.'' Que pregunten a los hombres cuántas veces se enfadan sus parejas sin que sepan la razón.
14. ``Delante de los hijos dice cosas para no dejarle a Vd. en buen lugar.'' Que pregunten a los hombres cuántas veces lo hacen las mujeres: ``inútil, vago...''. Y en las separaciones, son mayoría las mujeres que, teniendo la custodia, van alejando a sus hijos/as de los padres, descalificándolos; son mayoría los hombres que son alejados de sus hijos/as por sus ex en el llamado síndrome de alineación parental.
Bueno, todo el mundo podríamos pasar las preguntas del cuestionario a los hombres que conocemos, padres, maridos, hermanos, amigos...; si se pasara ese cuestionario a los hombres, podría dar como resultado que las mujeres también maltratan a los hombres. A mi entender creo que es un cuestionario que tipifica como maltrato conductas de la vida cotidiana que no lo son (las relaciones no son fáciles, y no existen relaciones sin conflicto). Se debe diferenciar el nivel de conflicto existente en toda pareja, del maltrato. Discusiones, salidas de tono... hay en todas las relaciones; actualmente todo es maltrato. Esto habría que revisarlo y diferenciarlo.

Así como los hombres tienen mayor fuerza física para bien y para mal, creo que las mujeres tenemos más recursos psíquicos y emocionales también para bien y para mal; lo prueban los fenómenos del mobbing [acoso moral] laboral, en el que el porcentaje mayor de verdugos para con las mujeres lo constituyen las propias mujeres. Y en el bullying [acoso escolar] adolescente, en el que los datos muestran cómo los/as agresores son tanto chicos como chicas; la diferencia es que los chicos tienden más al ataque físico, y las chicas al psíquico (difamar, aislar...). En el mobbing laboral y en el bullying, que son ataques psíquicos sobre todo, se observa que mujeres y hombres no se diferencian en el porcentaje de ataques, diferenciándonos en que unos usan la agresión física y las otras la psíquica.

Sabiendo que las consecuencias del mobbing laboral --acoso psíquico-- son las enfermedades somáticas, los suicidios... Los hombres presentan una tasa de suicidios tres veces mayor que las mujeres. La tasa de suicidios en hombres separados es seis veces superior a la de casados, mientras que la separación o divorcio no incide en la tasa de suicidios de las mujeres.

Sabemos que en el ámbito laboral, público, es muy difícil obtener pruebas del acoso moral; mucho más difícil lo es en el ámbito privado; si a esto se añade el actual tratamiento de mujeres y hombres frente a la Ley, y la presión socio-política y mediática que, a fuerza de repetir el mensaje --mujeres víctimas, hombres maltratadores--, se ha convertido en una verdad incuestionable, los hombres tienen muy difícil probar que también sufren maltrato. Además de la presión social por la que están muy mal vistos los hombres como víctimas.

En 15 años de trabajo con mujeres he podido observar cómo la mayor parte de las mujeres que he atendido manifiestan una opinión desvalorizada de los hombres, solucionan las diferencias de género desvalorizando y despreciando lo diferente. Una tendencia humana frecuente: ataque a lo diferente de uno/a mismo/a. Un porcentaje importante de mujeres desvalorizan, desprecian, intentan controlar a sus maridos, pero sin ninguna conciencia de que estén haciendo daño. Es tal la presión social sobre la actual visión de maltrato (mujeres víctimas - hombres verdugos), que nubla la posibilidad de autocrítica por parte de las mujeres; ``lo que ellas hacen siempre está justificado''. Muchas mujeres ya consideran maltrato el simple hecho de que la pareja se niegue a hacer las cosas como ellas dicen.

Hombres y mujeres maltratan y son maltratados/as, aunque las mujeres resulten con mayor número de lesiones físicas por la mayor fuerza física del hombre. ¿Cómo conocer la incidencia del maltrato en los hombres que posiblemente sea principalmente psíquica y con armas de mujer, como el victimismo, la culpabilización del otro, y que se tienden a no ver como acoso psíquico en la actual corriente social, en la que se tiende a instaurar como verdad social lo que en realidad no es más que lo políticamente correcto?

Una mujer que se muestra como sufridora o víctima, aunque lo esté empleando para machacar a la pareja, hijas/os... al mostrarse como víctima se la toma como tal; no se ve el victimismo como arma. Cuando en la historia de las mujeres el sufrimiento es un arma que las madres frecuentemente usan para supeditar a las hijas sobre todo. La dicotomía "mujeres = víctimas / hombres = verdugos", una vez más, reproduce la organización social patriarcal de la que estamos imbuidos/as, a la cual contribuyen cada vez más mujeres.

Dicotomía que perjudica tanto a mujeres como a hombres; a los hombres, porque en estos momentos están indefensos frente a la ley y la sociedad; y a las mujeres, porque una vez más, se nos identifica en nuestro rol de víctimas, olvidando una de las reivindicaciones de la psicología femenina que es el que las mujeres puedan integrar la agresividad manifiesta como parte de su identidad personal y social: agresividad necesaria para poner límites, autoafirmarse, hacerse respetar...

Entiendo la protección positiva a las mujeres, frente a la desigualdad física entre hombres y mujeres. Pero en el caso del maltrato psíquico, las mujeres parece que psíquicamente somos más poderosas: mayor capacidad empática, mejor manejo y verbalización de las emociones, tanto propias como de los demás... tanto para bien como para mal. ¿No sería necesario tomar medidas de acción positiva para proteger a los hombres del maltrato psicológico, dada la desigualdad a favor de las mujeres?

Copyright © 2005 Amaia Beranoagirre
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Amaia Beranoagirre Arteaga es psicóloga. Este artículo apareció publicado en papel en la revista vasca Hika, núm. 171-172, noviembre-diciembre 2005.
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Se refiere a Maria Sanahuja, la juez decana de Barcelona que alertó hace unos meses del posible abuso en las denuncias sobre violencia doméstica. En concreto, Sanahuja dijo: ``da la sensación de que algunas personas usan la fase de instrucción para tener mejor situación en la separación y se está abusando de las denuncias en los juzgados". Esta afirmación desató el inmediato rechazo de las asociaciones de mujeres maltratadas y del Instituto Catalán de la Mujer. Sin embargo, Jueces para la Democracia apoyó a Sanahuja y una portavoz declaró: ``Una de cada cuatro órdenes de protección que se solicitan por violencia doméstica no es admitida porque no se justifica. Existen casos en los que [estas denuncias] son sólo un instrumento que pretende ser utilizado en un proceso de familia.'' [N. del E.]