"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 1 de noviembre de 2013

La mentira





Me huelen los pies; llevo fundas en los dientes que, a veces, gracias a la carísima chapuza de quince mil pavos, aproximadamente, que hicieron mis dentistas -odontólogos, implantólogos y los demás ólogos, me cago en su raza-, se me desprenden en los momentos menos afortunados, haciéndome parecer una vieja de noventa años, desdentada y brujeril; en un pasado menos lejano de lo que a mí me gustaría, cometí excesos de casi todo tipo; en ocasiones suelto faroles y bravatas que me salvaguardan el culo en situaciones hostiles -la suerte es favorable a los valientes, dijo Aquiles; y a los caraduras, añado yo-, aunque mis formas de defensa sean mucho menos efectivas que la bravuconería con que las promociono; solamente me atreví a dejar a mi ex pareja, madre de mi hija, cuando se me cruzó al paso otra mujer, aunque sabía desde hacía muchos años que debía haberla dejado al poco de comenzar nuestra relación (y aunque, rompiendo una lanza a mi favor, antes de tener que serle infiel, le contara que había comenzado a gustarme otra persona); soy un celoso empedernido, me tiro pedos cuando duermo, ronco como un mamut y por las mañanas sufro la alitosis propia de un tigre dientes de sable después de haberse pegado una pitanza con cuatro cromañones borrachos; defeco de tres a cuatro veces al día; padezco crisis muy severas de ansiedad, que con el tiempo se ha ido cronificando hasta el punto de atormentarme con mil y una aprensiones y fobias que me hacen sentir cada noche la sintomatología exacta de un infarto y me obligan a dormir con la luz encendida, si duermo solo; me miro demasiado en los espejos, aunque no por vanidad sino por asombro de mí mismo, porque a mis casi treinta y cinco primaveras aún no he conseguido acostumbrarme a calzar esta jeta que gasto y me siento más feo que guapo, y porque debo ser casi la única persona en el planeta que cree que el ser humano es feo de cojones, con protuberancias que le salen del tronco y de las cuales brotan otras protuberancias o pequeños tentáculos que llamamos dedos, por no hablar de los elementos viscosos y repugnantes de nuestra defectuosa anatomía, como son boca, ojos o genitales... Pero soy sincero, tan sincero como permite serlo el vivir en un mundo mentiroso.

Creo que fue un personaje de El padrino -no soy cinéfilo, nunca he visto la película y, aunque la tengo en algún estante de mi biblioteca personal, tampoco he leído la novela- quien dijo eso de que "aun cuando miento, digo la verdad". Esa frase es muy atribuible a mi persona; las veces que he tenido que mentir -y han sido muchas, no voy a dármelas de santurrón a estas alturas del cuento-, mis mentiras llevaban en su haber un ochenta por ciento de verdad. Lo malo de la verdad es no ser mentira alguna vez, y viceversa. Recuerdo cuando, de manera jocosa, ponía en el estado de mi perfil de las redes sociales que me iba a la cama a masturbarme... y nadie me creía, riéndose de la broma, aunque era totalmente cierto. A veces ocurre eso con la verdad: que es tan escandalizable (que no escandalosa) que nadie se atreve a creerla. Y también al contrario: nos conviene muchas veces creer las mentiras, hacernos pasar por ignorantes, callar nuestra verdadera opinión porque pensamos que no va a ser acorde con la opinión de la mayoría, que vamos a dar la nota, fenómeno que fue acuñado por no sé quién, en no sé qué siglo, con el término "ignorancia pluralista". Aun con todo, yo sigo pensando que es preferible una verdad que duele a una mentira que mata. (No aplaudan: la frase, afortunadamente, no es mía; la encontré en Google, a modo de leyenda o proverbio en una de esas fotos empachosas de amores despechados o imposibles, en blanco y negro, que incluyen a una mujer llorando a lágrima viva, con el rímel corrido, o a una pareja desnuda dándose la espalda el uno al otro. La escupidera la dejé por ahí, por si quieren vomitar.)

Fuera de coñas, lo cierto es que me aburre la mentira: da demasiado trabajo, y yo siempre me he jactado de ser un vago encantador. Se han puesto muy en auge esas empresas que preparan coartadas bien fundamentadas que respaldan a maridos puteros o infieles, a esposas promiscuas y a todo tipo de personaje al que no le conviene que sus secretos salgan a la luz; y no me extraño de su contundente éxito, aunque no me agrade su actividad. No voy a entrar a estas alturas de la noche en moralinas de sobremesa con café, puro y copa, pero a mí me molesta mentir porque requiere un esfuerzo exagerado de imaginación, logística y excelente memoria; mentir se me asemeja a hacer footing, y yo soy de los que opina que correr es de cobardes. Con tal de no sudar y no despeinarme, prefiero decir la verdad aun a riesgo de que le pese a quien sea. He mentido, por supuesto, pero, como ya he dicho antes, siempre he procurado que mis mentiras llevaran el mayor porcentaje posible de verdad, y cuando lo he hecho ha sido, o bien para proteger a alguien que lo mereciera, o bien a personas que no me importaban en absoluto, o sencillamente por el simple placer de mentir, por sacar en la vida cotidiana al narrador que llevo dentro y burlarme de esa persona que, a buen seguro, a su vez también estaba mintiéndome a mí, para demostrarme a mí mismo que yo también podía ser tan bueno en ese juego de contar historias falsas como el que más. En una ocasión, un maestro (que no profesor) del instituto -era de historia, y el cabrón era lúcido como pocos en este barco de locos que llamamos mundo- me preguntó por qué faltaba tanto a clase. Yo no me molesté en buscar excusas, y le respondí que porque me iba a la cafetería, a escribir. "Yo falto y usted me pone falta: estamos en paz", le dije. "Me parece justo", dijo él, y me abrió la puerta para que pudiera ausentarme del aula, si quería, aunque esa vez no me marché y atendí en clase, para mostrarle deferencia por su buen gesto. En otra, robé un par de postales para enviárselas a mis padres de una tienda de souvenirs, estando de viaje de fin de curso en Palma de Mallorca, y el dueño me pilló in fraganti. "¿Qué piensas hacer con eso?", me preguntó, y yo le dije que pedir un sobre para llevármelas, bromeando para quitarle hierro al asunto, aunque sin trabarme con excusas inútiles e innecesarias. El dueño mandó a una empleada -era rubia, puede que alemana; me acuerdo a la perfección, porque entonces no había chinos en España- que me las metiera en un sobre, y me las regaló.

Hace poco tiempo me han dicho dos allegados que la experiencia les ha enseñado que no hay que sincerarse del todo con la pareja. No sé, no llego a estar de acuerdo, no les compro la opinión... Puedo entender que cada persona de este mundo necesita tiempo y espacio para sí mismo, una pequeña parcela de intimidad, una trozo de isla en esta era donde todo es publicable, anunciable, presto a la delación y a los grandes titulares en negrita, al exhibicionismo de las redes sociales, incluso de las bitácoras como en esta que escribo. Pero creo que eso se puede pedir, consultar, sin necesidad de permitirnos licencias que tal vez puedan traernos problemas con la persona a la que amamos, no por el continente del secreto sino por la forma en que lo hemos convertido en eso, un secreto. Hay personas dignas de toda confianza que desbaratan ese rango privilegiado por culpa de una mentira piadosa o inofensiva; la forma en que uno ha forjado esa mentira, y el modo en que ha forjado más mentiras para tapar la mentira primera, las convierten en culpables, y en según qué circunstancias parecer sospechoso ya te convierte automáticamente en un sospechoso. Se despiertan así desorbitadas susceptibilidades por la persona que ha sido mentida (amén de perderse cierta pureza en la relación entre quien miente y quien ha sido mentido), y su imaginación se desata, siendo ésta más cruda y escandalosa que la propia verdad que tapa la mentira que le ha agraviado. Cuando dejé a la madre de mi hija con los motivos que ya he descrito al principio de esta entrada, no faltó quien me dijo que hubiera sido preferible mentir, que debería haber sido práctico, seguir con ella llevando una doble vida, que el ser sincero me estaba costando ahora juicios, abogados, custodias monoparentales, regímenes de visita insuficientes, toda una retahíla de fatigas y sufrimientos de poeta, en el sentido más venenoso de la palabra, que habrían acabado viviendo bajo su mismo techo, pero con amante, empresa de coartadas, viajes de trabajo, facturas de móvil enviadas a otra dirección o un segundo teléfono clandestino, piso alquilado o habitación de hotel y toda esa parafernalia agotadora que deben desplegar siempre los infieles... Pese a todo, pese a que día de hoy, casi seis años después de separarme, aún me encuentre pagando las consecuencias de mi sinceridad -hay una cosa aún más peligrosa que una mujer despechada, y es una mujer despechada sin escrúpulos-, estoy orgulloso de haber actuado así y no de la manera que me recomendaron. Me permito el lujo de dormir, cuando demonios de una índole muy diferente a la de la infidelidad o la deslealtad me lo permiten, y me siento orgulloso de ser una persona entregada, leal y diáfana con la persona a la que ahora amo. (Tome nota esa gente del pasado que en ocasiones ha tratado de ponerse en contacto conmigo, por si me leen.)

No creo que la mentira tenga las patas cortas, sino muy largas; pero su resistencia, como la del guepardo, es muy poca, aunque su velocidad sea prodigiosa, y con paciencia y tiempo puede dársele alcance. Tarde o temprano todo sale a la luz, todo aflora a la superficie, todo se oculta en el sumidero pero acaba por desembocar a alguna parte. Siempre hay alguien que nos quiere mal y que no tardará en delatarnos, siempre se dan olvidos, siempre existen despistes y, como escribió Antonio Muñoz Molina, en el descuido de un segundo está contenida entera una catástrofe... No quiero que me cojan en un renuncio, y odio que nadie me ponga colorado si no es por propia inocencia mía. Por eso procuro decir siempre la verdad, al menos con las personas a las que quiero y respeto, aunque les duela, aunque menten a mis desaparecidos y me monten una escenita de clásico del cine en blanco y negro. No tengo tiempo, ni medios, ni mucho menos ganas de mentir; ya me cuesta demasiado lidiar, en el espejo, con esta jeta imberbe que me gasto, como para tener que mirar por dentro, además, de las cuencas vacías de una máscara.


4 comentarios:

El infierno de Barbusse dijo...

Es cierto, amigo. Aunque habría que decir, con Twain, que "existen tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras, y las estadísticas".

Un saludo.

La Maga Lunera dijo...

La mentira es un lastre tanto para el que la dice, como para el que es mentido, es dañina y absurda, aún en el caso de las piadosas. Y todo eso en gran parte me lo has enseñado tú, otra cosa más que agradecerte. TE AMO CON TODA MI ALMA, Y NO TE HUELEN NI EL ALIENTO NI LOS PIES!

Raúl Viso dijo...

Es que Twain era un tipo muy lúcido. Gracias por comentar, saludos.

Raúl Viso dijo...

Jajajajajaja... Yo sé que me quieres mucho, nena, pero la autocrítica es muy necesaria. Sobre todo, en este país acrítico y soberbio. TE AMO, MI VIDA.