"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 6 de noviembre de 2013

La comodidad de lo acrítico




¿Saben? Últimamente me encuentro en una encrucijada, vivo en un dilema; siento cierto malestar general que se traduce en una suerte de sentimiento de culpabilidad y de disgusto conmigo mismo, y aunque esto ocurre en dosis muy pequeñas, a veces no puedo evitar pensar que estoy vulnerando lo más preciado, probablemente, que pueda poseer una persona: su dignidad. Más aún, cuando no hace ni una semana que escribí una entrada hablando sobre la mentira. Otros en mi pellejo -más prácticos, por no decir cómodos- no le darían excesiva importancia al asunto que lleva rondándome ya varios días por la chola, pero yo soy un tipo sesudo y siempre ando analizándome, tratando de encontrar una correspondencia entre lo que digo y/o escribo y lo que hago. Quizá debiera plantearme la publicación de esta nueva entrada como una especie de fe de erratas, y con ella resarcirme de mis errores o mi pusilanimidad, que a buen seguro otros cometen del mismo modo que yo (y sin una mínima traza de arrepentimiento, para más inri), hecho de sobra probado, en el día a día, que a mí no consigue aliviarme ni logra otorgarme la redención. "Mal de muchos, consuelo de tontos", dice nuestro, a veces, sabio refranero. Así que para no ser un tonto, en éstas me veo: escribiendo una entrada que, de una forma absolutamente exclusiva, va dirigida contra mi propia persona, pero que sin duda es extensible al mundo que nos rodea; sobre todo, a este país con un antiquísimo e infundado complejo de inferioridad.

Como les ocurre a muchos escritores o aprendices de -entre éstos últimos me encuentro yo- en la amplia esfera bloguera, colaboro con editoriales escribiendo reseñas literarias que publico en mi espacio, y que luego ellas, las editoriales, se preocupan de difundir, a modo de promoción, por las diferentes redes sociales. Al menos yo -no sé si a otros les pagarán por desempeñar esa tarea-, no cobro nada; pero, a cambio de ello, las editoriales con las que colaboro me envían gratuitamente sus novedades editoriales, y eso me permite no gastarme un dinero que no tengo (o que debo emplear en cosas más indispensables) en libros. Cierto es que leer resulta barato, que uno siempre puede encontrar lecturas magníficas a un precio insignificante en las librerías de viejo, o bien hacerlo por la patilla, a poco que uno disponga de un documento nacional de identidad para presentar en el mostrador de cualquiera de las fabulosas bibliotecas públicas que hay por todo el país. Pero esta actividad, además de asegurarme que mi biblioteca personal vaya creciendo, me permite hacer nuevos descubrimientos, leer a autores a los que no había leído nunca antes e incluso, ya atendiendo a intereses profesionales -por así decirlo-, me permite saber cuáles son las inquietudes del mercado editorial, qué busca el lector de nuestros días, qué tipo de literatura se estila más entre la plebe, y así hacerme eco de aquellos proyectos personales míos que podrían tener aceptación, o no, entre el público. Es una tarea magnífica, que a un parado de larga duración como yo le proporciona mucho entretenimiento, y que, de cuando en cuando, me exhime de darles demasiadas vueltas a mis fatigas y problemas personales. Sin embargo, otras veces esta actividad puede resultar muy nociva, y esto pasa por habernos convertido en seres acríticos, temerosos de hablar por no ofender a nadie o para que la masa no nos dé la espalda, para que no nos encontremos en una especie de exclusión social intelectual, incurriendo en eso que alguien denominó sabiamente como "ignorancia pluralista", y que no es otra cosa que darle la razón a la gran mayoría, aunque no estemos de acuerdo, por temor a parecer bichos raros. 

Ya he dicho que esta entrada va dirigida exclusivamente contra mi persona, así que no voy a detenerme a mirar a mi alrededor, en busca de culpables. Haberlos, claro, haylos; pero eso no amortigua mi propia culpa, así que sería un ejercicio de soberbia justificar mis faltas señalando las faltas de otros. Ninguna de las editoriales con las que colaboro me ha dicho nunca (al menos, abiertamente) que escribir una reseña negativa de uno de sus productos significaría, automáticamente, el prescindir de mi tarea como colaborador suyo. No obstante, he leído en otras bitácoras a personas a las que sí han dejado de enviar libros tras haber escrito una crítica negativa, aunque decir crítica es decir mucho, o demasiado, teniendo en cuenta que ése es un término que prácticamente ha desaparecido, no sé si solamente en este país o también en el resto del planeta. Con esa inquietud -fundada o infundada- a que no quieran que colabore más con ellos, me he visto en la tesitura, últimamente, de tener que mentir como un político al escribir reseñas de novedades que me han enviado, o bien disfrazar convenientemente mi rechazo a la obra leída, buscando las virtudes de la misma donde no las hay, utilizando adjetivos que no resulten ofensivos para el autor, la editorial, o incluso para esos lectores que sí hayan logrado ver esas virtudes que yo no he conseguido atisbar o que no me parecen tales. Donde debería decir que una prosa es llana y simplona, debo decir sencilla; cuando un autor acribilla sus textos con tópicos manidos y trillados, escribo que es alguien consecuente con su tiempo; al encontrarme una trama sincopada, fragmentaria y coja, decido poner en la reseña que se trata de un argumento dinámico... Podría poner muchos más ejemplos, muchísimos, pero creo que ya se hacen a la idea de lo agotador que resulta tener que escribir condicionado. 

De acuerdo, ya sé que vendrá alguien a decirme que hay críticas y críticas, críticas constructivas y críticas destructivas, críticas respetuosas y críticas ofensivas, y me consta que ése es uno de los criterios con que algunas editoriales permiten al colaborador "criticar" el libro que le han enviado. Es algo que queda muy bonito y dicharachero en la teoría -"dime lo que no te gusta de mí que yo me lo tomaré bien y trataré de mejorar, y luego te invito a unas cañas"-, pero a la práctica es casi imposible de conseguir. El nivel de aceptación del ser humano es menor cada vez, y se ha vuelto muy difícil de conseguir que una crítica, aun pronunciada con el mayor respeto del mundo, no resulte ofensiva para quien la recibe. Lo más habitual, en este barco de locos donde nuestro desmesurado afán por reivindicar la tolerancia y los derechos humanos nos ha conducido a cotas de imbecilidad sin parangón -aunque por ello nos saltemos a la torera derechos más fundamentales todavía, como los de las víctimas con la reciente y polémica abolición de la doctrina Parot, por poner un ejemplo drástico-, en pos de un correctismo político que nos condiciona a no llamar las cosas por su nombre, es que la persona criticada no consiga reconocerse en las taras que se le asignan, y que, además, pese a que esa crítica que se le ha hecho con tacto y respeto pueda ayudarla en un futuro a mejorar, tome un consejo como una afrenta y un ataque personal. Un día escribiré una segunda parte de esta entrada hablándoles de lo que los loqueros, sociólogos y demás expertos en decirnos que haya paz y amor por doquier vienen llamando la "crítica asertiva", explicado incluso con el gráfico ejemplo de un bocadillo -sí, sí, como leen, un buen bocata de ibéricos o de lo que ustedes gusten-, que, como ya he dicho unas líneas más arriba, en la teoría o con personas de mucha confianza de nuestro círculo más íntimo (y aun así no las tengo yo todas conmigo de que no se ofendan también) puede resultar muy eficiente, pero que en la práctica hace más aguas que una parturienta fuera de cuentas en un vagón de metro durante la hora punta.

Vivimos en un mundo acrítico, conformado por una relatividad en cada cosa que nos impide posicionarnos con convicción, donde hemos perdido la capacidad de analizarnos y vernos desde fuera de nosotros mismos. Antaño, la crítica espoleaba la carrera de un artista, la hundía en el cieno u obligaba al creador a cambiar de fórmula, a renovarse, a querer dar lo mejor de sí mismo. Pero es más cómodo decir eso de para gustos, los colores, tirar de mentiras piadosas y creer que la impericia de alguien que se dedica a un proceso creativo no se debe a su propia mediocridad, sino al consumidor que no ha entendido su obra. Es fácil no tener problemas con nadie, y cómodo, al precio de dar la razón que no se tiene, o de aprobar cosas que no aprobamos en nuestro fuero interno. En este país más que en ningún otro sitio, pero también en el resto del mundo, la consecuencia lógica de ello ha sido una crisis brutal, gobernada por el poco sentido común de la ciudadanía que pedía créditos que no podía pagar, por la infame avaricia de los bancos que han venido siendo la serpiente colgando del árbol de la ciencia del bien y del mal, con el fruto prohibido bien expuesto y reluciente en las fauces, y por políticos incompetentes que nunca toleraron una crítica, que rápidamente han depurado responsabilidades, y que justifican sus taras mostrando las taras de la oposición de turno. Ninguno de ellos culpable; incapaces todos -ciudadanos, banqueros, políticos, artistas- a la humildad, a mirarnos en un espejo que no sea el de las aguas de Narciso, a permitir que nadie nos venga a decirnos: "Chaval, no vayas por ahí..."

A partir de ahora, confío en que algún lector habitual (si es que en esta malograda bitácora hay alguno, que lo dudo, aunque lo prefiero a cualquier seguidor, que la mayor de las veces no es lo mismo lo uno y lo otro; algo estaré haciendo mal) sepa separar el trigo de la paja cuando lea alguna de mis reseñas, y deseo que tenga la intuición suficiente para dilucidar cuando he escrito una con ganas y cuando he mentido impunemente. Si me leen haciendo una crítica abiertamente negativa, tengan por seguro que el libro reseñado es de mi biblioteca personal, que no me lo ha enviado ninguna editorial, permitiéndome así el poner a caer de un burro, si no me gusta (o aplaudiéndola, si ocurre lo contrario) la obra que yo he pagado de mi propio bolsillo. Que también tengo derecho, coño. 


7 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Sabes que te entiendo mejor que nadie porque todo esto lo estamos viviendo juntos. A cualquiera puede parecerle una tontería la encrucijada en la que nos encontramos, pero yo también me siento mal, falsa, cuando alabo, o más bien, maquillo, libros que no recomendaría a nadie o a los que encuentro fallos por todas partes. Tú se y escribe como eres, sincero a más no poder. Nunca nos faltarán libritos, te lo prometo. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Lo de menos son los libros... Al fin y al cabo, una editorial es un negocio, ni más ni menos. Es que se ha vuelto preocupante el tener que medir cada palabra, el que a nadie le falte el sueño por la noche, el que depuremos tantas responsabilidades. Con tal falta de autocrítica, el arte acabará por ser tan laxo como superfluo. TE AMO, MI VIDA.

Raúl Viso dijo...

Lo de menos son los libros... Al fin y al cabo, una editorial es un negocio, ni más ni menos. Es que se ha vuelto preocupante el tener que medir cada palabra, el que a nadie le falte el sueño por la noche, el que depuremos tantas responsabilidades. Con tal falta de autocrítica, el arte acabará por ser tan laxo como superfluo. TE AMO, MI VIDA.

José Ramon Gomez Díaz-Rullo dijo...

Hallo Raúl:
Pues tienes toda la razón en lo que comentas. Pero como siempre, está la contraparte, ésa que dice que no hay libro que no tenga algo bueno. Yo creo que quien se adentra en el proceloso de la publicación debe olvidarse de la crítica. De la buena y de la mala, y disfrutar del camino, que para eso está. En cuanto a la labro de los que reseñan, pues que sean lo más objetivos posible, y aquí paz y después gloria. En todo caso saludos y también a tu sosia La Maga. Me tiene maravillado cómo lo lleváis.

El infierno de Barbusse dijo...

Yo te animo a no aceptar ni un solo obsequio. Así lo hago yo, salvo los que explícitamente pido para algún sorteo y porque yo ya considero que son buenas obras, nunca para hacer reseñas laudatorias. Así gano libertad y no tengo que agradar a nadie, salvo a mi mismo. De lo que no me gusta, sencillamente no hablo. Pero sumisiones, ninguna. Estaría mintiendome a mi mismo y eso sería lo peor. Ese es mi norma en mi blog. Y te animo a que también la apliques. Ganarás.

Un saludo.

Raúl Viso dijo...

Hola, José Ramón.

Quien me conoce en persona sabe que yo siempre trato de sacarle las virtudes a lo que leo, por mediocre que sea el libro. Creo que de cualquier obra, de cualquier canción, poema, cuadro, novela, etcétera, por floja que sea, se puede sacar algo de provecho.

Muchas gracias por visitar este espacio. Me paso por el tuyo.

Raúl Viso dijo...

Estoy completamente de acuerdo contigo, Barbusse. Creo que en la independencia radica la verdadera libertad; mi definición de ésta sería estar donde yo quiera, cuando yo quiera y con quien yo quiera, y esto es extensible a la opinión personal que tenga de una u otra obra. Hasta ahora, yo también gozaba de esa independencia. El problema es que nadie me envía obsequios; los libros que me mandan los elijo yo mismo, dentro del catálogo de novedades, y claro, uno no siempre acierta con lo que espera encontrar. Como digo en la entrada, nadie me ha dicho abiertamente que no pueda hacer una reseña objetiva, pero mi intuición me dice que ése es un camino lleno de baches. En cualquier caso, me propongo ser más valiente aun a riesgo de que tenga que volver a tirar de biblioteca pública o relecturas, que después de todo son las lecturas más sustanciales.

Por cierto, gracias a esa máxima tuya (entre otros muchos elementos, no menos talentosos) tu bitácora goza de tan buena salud y es un espacio al que da gusto asomarse.

Gracias, saludos.