"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de noviembre de 2013

No future




Quien lleva ya algún tiempo contemplando el fascinante crecimiento de sus uñas en la cola del paro -en este país, por desgracia, somos unos cuantos millones-, sabe a la perfección la ardua y abrumadora tarea en que se ha convertido agradar a una empresa o, en su defecto, a un responsable de Recursos Humanos -antaño a eso se le conocía, sencillamente, como jefe de personal; pero el término, que debió ser considerado un pelín agresivo por esos defensores de la idiotez en nombre del talante, la tolerancia desmedida y el buen rollito a toda costa, quedó ya obsoleto- en una entrevista de trabajo. Estoy convencido de que no es necesario que les haga un croquis del percal y que la escena, a buen seguro, ustedes la han vivido en sus propias carnes en algún momento de sus vidas. Y si no la han vivido, tal como pinta el horizonte, es muy probable que acaben viviéndola en breve.

En ésas me vi yo el otro día, cuando a las tres de la tarde me llamaron de una ETT para personarme en sus oficinas, ipso facto, si quería tener una mínima oportunidad de trabajar dos días. (Sí, como lo leen: dos días, cuarenta y ocho horas, dos mil ochocientos ochenta minutos, ciento setenta y dos mil ochocientos segundos, y un buen palo del fisco a principios de verano por haber tenido más de un pagador en el mismo año, aunque uno continúe yendo a sellar su cartilla de parado mientras se cisca en las barbas del presidente, en la familia real y en el policía municipal -mal rayo te parta, pitufo de mierda- que no tiene otro lugar, de entre millares que existen en una ciudad de ciento sesenta mil habitantes, para ir a enriquecer a sus amos del ayuntamiento poniendo multas en la cola del paro o decirte que quites el buga aparcado en doble fila, aunque no estorbes a nadie.) Y yo, que me encanta cerrar bocas y no quiero que me cojan en un renuncio, ni parecer un vago ni un maleante, ni permitir a ningún fascistoide casposo que me diga que se está más cómodo en casa, ahí agarré el coche y conduje a lo Vin Diesel, muy bravo y aguerrido, sobrepasando por tres el límite de velocidad establecido, profiriendo improperios a los demás usuarios de la vía e incluso saltándome algún semáforo, con tal de llegar a tiempo a la entrevista. A una de ellas, al menos. Porque, como pude saber al llegar allí, primero debía pasar un proceso de selección con la empresa de trabajo temporal, y ya luego, si saltaba la liebre y mi currículo convencía, debía realizar una segunda entrevista con la empresa usuaria (es decir, en el lugar donde me tendría que dejar la espalda cogiendo peso como un borrico, tras firmar un irrisorio contrato de dos días), todo en la misma tarde. Ya son las cinco, y regreso a casa tras la primera entrevista. Me encuentro aparcando todavía, cuando la señorita que me ha entrevistado hace quince minutos escasos me llama al móvil y me dice que he pasado el proceso de selección, que a las cinco y media debo personarme en el área de carga y descarga del aeropuerto para realizar la segunda entrevista, pero que -esto lo dice muy jovial y divertida, la muy pava- se le ha olvidado hacerme un test imprescindible que la empresa usuaria solicita a aquellos afortunados a los que conceden audiencia, así que tengo que volver a las oficinas antes de salir como un misil hacia el aeropuerto. No he colgado todavía, cuando ya me encuentro haciendo cábalas y previsiones: hora punta, tráfico por doquier, tres o cuatro kilómetros por plena ciudad hasta las oficinas de la ETT (con sus semáforos, sus rotondas y sus gilipollas al volante) y otros veinte o veinticinco hasta el aeropuerto (teniendo en cuenta que no sé dónde coño está el área de carga y descarga, y que si no tengo ni mierda en las tripas, mucho menos un GPS que me indique la ubicación exacta). Me abro la camisa (que es del día anterior y está arrugada, pero no me han dado tiempo ni de maquearme para causar buena impresión) y compruebo que no tengo debajo el traje de supercapullo, ni mucho menos gozo del don de la ubicuidad, así que vuelvo a salir chirriando ruedas, doy vueltas hasta que encuentro aparcamiento, entro en las oficinas y hago el maldito test, y ya por fin -son ya las cinco y doce minutos- me echo a la autopista a ciento cincuenta kilómetros por hora, en dirección al aeropuerto. "Si tengo suerte", me digo, crédulo de mí, mientras hago adelantamientos temerarios, "mañana a las seis y media de la mañana estoy currando. Aunque sea sólo durante dos días."

Hasta ahí todo normal, más o menos; no es la primera vez que me hacen un contrato ridículo para luego darme la patada, ni que me obligan a conducir muchos kilómetros, mareándome de un lado para otro, con el gasto de gasolina que le supone a un parado de larga duración como yo, solamente para decirme al final del día que lo sienten muchísimo, que otra vez será, que tienes talento, chaval, pero sigue mendigando un subsidio. Entiendo la precariedad laboral, y la necesidad de pasar por el aro para poder meter cabeza en una empresa; tal vez en esos dos días alguien consigue percatarse de la pasta de la que está uno hecho, o caes en gracia, o el jefe quiere que seas su próximo acompañante en la cabalgata del orgullo gay, y te alargan el contrato y te dan un puesto de trabajo estable. Lo que ya no me pareció tan normal, e incluso me asqueó profundamente, fueron las preguntas del test que tuve que responder.

¿Se siente usted mal en compañía de gente? ¿Le irrita el ser humano? ¿Ha padecido usted alguna vez ansiedad o algún tipo de angustia en lugares muy concurridos? ¿Le gusta la poesía? ¿Se emociona usted al leer un poema o al estar delante de alguna obra de arte? ¿Se siente usted inferior al resto? Todas estas preguntas (y muchas más), en apariencia perfectamente normales, estaban formuladas desde un contexto global que parecía condenar, como si de criminales se tratase, a las personas altamente emocionales, sensibles al arte o que hubieran padecido alguna vez alguna crisis personal, algún capítulo de ansiedad o una depresión. En definitiva, parecía dar la impresión de querer localizar a un perfil concreto de persona -profunda, sensible, culta, introvertida- para excluirlo del proceso de selección. Ustedes dirán quizá que debía tratarse de una apreciación mía, sin fundamento para creer que la empresa pretendía, efectivamente, marginar a ese tipo de personas. Pero la prueba más contundente de que yo no me equivocaba, fue que lograse pasar el proceso de selección... tras mentir como un bellaco en la mayoría de respuestas. Sí, por norma general me gusta estar con la menor cantidad de gente posible; pienso que el ser humano, en términos generales, es un potencial hijo de la gran puta; sí, padezco a veces ansiedad y me dan pavor los centros comerciales, las colas de los supermercados y la espera en la puerta del colegio de mi hija, rodeado de otros padres; me encanta la poesía; lloro como un niño ante ciertos poemas y ciertos cuadros; no me siento inferior al resto: ustedes son, ahora mismo, los que me están haciendo sentirme inferior... Eso es lo que debía haber contestado y no contesté, porque cierta intuición -bendita sea, no me faltes nunca- me puso en preaviso de que dando esas respuestas no lograría pasar de la primera entrevista. Dije lo contrario a lo que sentía, y eso me ayudó a ser seleccionado.

Al final, después de haberme jugado todos los puntos del carné de conducir para llegar a tiempo al área de carga y descarga del aeropuerto, no me cogieron para el puesto. Sin embargo, ya me quedé el resto de la tarde cavilando, confirmando las antiquísimas sospechas que albergaba acerca de un mundo que, cada vez más, condena cualquier tipo de ejercicio sentimental y pone veda a las emociones, al pensamiento genuino, a objetivos más sustanciales y vitales que el de querer ganar mucho dinero, o querer parecerse a los personajes mediáticos, o ascender a cualquier precio en la escala social, metiéndonos miedo con la idea del futuro. Y yo, que siempre he sido un poco punkarra, que a lo mejor mañana estoy muerto o me he apuntado a una secta, que veo que en unos años no existirán las pensiones, ni el estado de bienestar tal como lo hemos entendido hasta ahora, pienso que no hay futuro.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Por asqueroso que pinte el futuro, y por mucho que vayamos a contracorriente del mundo enfermo en que vivimos, no cambies nunca, porque eres la persona más excepcional que he conocido en mi vida, y estas lleno de todos esos valores que cada día escasean más. Habrá mas suerte. TE AMO CON TODA EL ALMA.

Raúl Viso dijo...

Gracias por tanto. TE AMO, MI SUEÑO.