"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 4 de septiembre de 2013

No es lo mismo




Siempre he presumido de ser un hombre de ambiciones de corto alcance, de placeres pequeños, de deseos realistas. Tanto es así, que mi idea de la felicidad es tan sencilla como posible, en un mundo donde el concepto de felicidad está, por lo general, equivocado por sobredimensionado, por idealizado. Poco le pido (pero, en realidad, es tanto) a esa perra esquiva; tan sólo que mi pareja nunca deje de amarme como lo hace, que las personas a las que quiero no me sean desleales, disponer de una modesta independencia económica para no tener que rendirle cuentas a nadie y que nadie me las rinda a mí, guardarme algún lenitivo debajo de la almohada para cuando me asalte el insomnio -sí señores, la felicidad también tiene noches de imaginaria e insufribles vigilias, bendito e impagable aprendizaje- y conservar algún enemigo que me sea fiel al modo en que no puede lograr serlo ningún amigo, para que no se me entumezcan los sentidos y aportarle algo de chispa a la vida, manteniendo la guardia alta de cuando en cuando. Si necesitan un ejemplo mas gráfico de lo que les cuento, les diré que mi idea de la felicidad se visualiza imaginándome sentado en una mesa al aire libre, una mañana radiante de verano, con mi gata Anya o mi mastín, Duque, tumbados a mis pies, respirando profundo y tranquilo, con la certeza de que Paloma y mi hija están bien, durmiendo plácidamente aún en las habitaciones cercanas, y mi familia -mi padre, mi madre, mi hermana- bien cuidada por sus respectivas parejas, mientras me meto un soberbio desayuno continental entre pecho y espalda y me leo la prensa de cabo a rabo, sin prisas, a excepción de la sección de deportes, de cuyas páginas sólo me interesa el baloncesto y, como mucho, el tenis. Lo malo de esta ensoñación es que en este país no es posible leer la prensa y desayunar a la vez, porque a poco que uno se zambulle entre los titulares el café se le convierte en agua sucia, el azúcar se torna sal, la tostada viene a ser un ladrillo, la mermelada transmuta a chapapote y el zumo de naranja se agria hasta límites insoportables para el paladar.

Algo parecido me ocurrió este pasado mes de agosto, cuando vi la noticia del anciano aquél que mató a su mujer, enferma de alzheimer o demencia senil o lo que quiera que nos pase por la maldita cabeza a esas edades, sin medios a su disposición para cuidarla debidamente, y que tras su "crimen" optó por quitarse la vida, seguramente consciente de que una vida sin la mujer con la que has estado conviviendo durante décadas es lo menos parecido a una vida que pueda llegar a imaginarse. Hasta ahí, todo normal: el café seguía siendo mezcla natural, de Colombia, el azúcar era azúcar, la tostada seguía siendo de pan y no de barro cocido, la mermelada continuaba sabiendo a albaricoque, el zumo de naranja aún conservaba ese punto exacto de acidez que lo hace tan delicioso. "Cualquiera en su sano juicio hubiera hecho lo mismo", pensé, y para autoconvencerme de esa disquisición me visualicé cuidando de mi pareja, una sombra de lo que fue perdida en un mundo ingrato de fantasmas, viviendo indignamente, ella que todo me lo ha dado y yo sin poder ayudarla, apenas sin poder cubrir sus necesidades básicas indispensables, poco más que darle una conversación de la que no se percata, limpiarle la baba y cambiarle los pañales. El corte de digestión vino después, cuando -tonto de mí, por no haberlo previsto- comencé a leer términos como "violencia machista", "asesinato", "maltrato" y el ya consabido y largo etcétera. No supe si potar lo que acababa de ingerir, si darme de collejas por ingenuo o echarme otra vez a dormir, esperando que regresara la cordura y el sentido común a este país de merluzos.

Y es que no es lo mismo, oigan bien, por más que las "expertas feministas" tilden de monstruo a cualquier criatura a la que les cuelgue un pene entre las piernas, que los jueces se vean maniatados por leyes que, lejos de igualar, invierten los papeles, o por mucho que los políticos se apunten a ese carro demagógico para obtener los suculentos votos de un sector potencialmente influyente de la sociedad. No es lo mismo un hombre que mata a su mujer por conmiseración, que además luego se quita la vida por no verse capaz de vivir sin ella, que ése otro que no soporta que su mujer lo haya abandonado y la persigue y la acosa hasta que logra asesinarla. Tampoco es equiparable, aunque no sea justificable de ninguna de las maneras, un hombre como mi abuelo, por ejemplo, que por una educación arcaica y machista tenía inculcado que la mujer de uno debe respetarlo, siendo necesario a tal propósito, si no queda más remedio, pegarle un grito o darle una bofetada cuando quiera subirse a las barbas -insisto: esto no es una justificación, sino una consecuencia de la educación de esos tiempos, aunque la aclaración dé lo mismo y ya se me estén rifando para echárseme a la yugular por atreverme a decir esto, a pesar de que en el cine en blanco y negro hayamos visto esta escena miles de veces y todo el mundo nomine esas películas de inigualables y considere que eso eran historias de amor y no las que hay ahora-, sin que la cosa vaya más allá, que aquél que sube todas las noches borracho a casa, y día sí y día también, le propina una paliza a su mujer a la primera de cambio. No es lo mismo un hombre que levanta la voz para poder alzarse por encima de los gritos que le pega su mujer, en una simple discusión de pareja, que el hombre que constantemente humilla a su esposa y la ridiculiza tanto en privado como en público. No es lo mismo.

Si quieren cagarse en mis muertos por lo expuesto aquí, háganlo; yo mismo les levantaré la tapa del ataúd para que ustedes puedan presumir de haber plantado un pino en un retrete al más puro estilo vintage, algo que está tan de moda como tachar de machista cualquier acción emprendida por el hombre, aunque, como en el caso de ese pobre anciano, sea precisamente con la intencionalidad de proteger y otorgar la dignidad que la vida nos va restando en el ocaso de sus últimos momentos. Pero me niego en rotundo a apuntarme al carro del correctismo político y la gilipollez elevada al cubo, y ruego desde aquí que a mí también se me quite de en medio cuando la cabeza sólo me dé para balbucear palabras inconexas, para confundir pasado con presente y para cagarme en un pañal, aunque sea a la salud de tanto demagogo y tonto del culo.


2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

No, por supuesto que no es lo mismo, y quien no vea en esa acción un acto de amor puro, está completamente ciego. Nos gusta mucho poner etiquetas absurdas a todo porque en el fondo no tenemos ni puta idea de como es el mundo, y la mayoría, mucho menos, el amor. Yo tengo la suerte de saberlo, y de entender la valentía y el sacrificio que hay tras esta acción. Y quien quiera juzgar, que juzgue, y que la vida nunca le ponga en una situación así, porque a lo mejor, o probablemente, no tengan a nadie al lado preocupado por aliviar su sufrimiento. TE AMO CON TODA EL ALMA.

Raúl Viso dijo...

Amén. TE AMO, MI NIÑA.