"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 15 de septiembre de 2013

La eterna soledad del héroe


Ya he mencionado alguna que otra vez en esta malograda bitácora que, en un pasado remoto en el que cada vez me cuesta más reconocerme, fui un ferviente lector de cómics. O tebeos, que me gusta más ese término que el anglicismo tan defendido por esos sabelotodo consumidores de viñetas, coleccionistas de figuritas articuladas y empedernidos jugadores de rol. Además de despertarme una saludable y productiva afición al dibujo y la pintura -algún día me animaré a publicar por aquí mis trabajos, que están muy lejos de ser profesionales pero, por qué no decirlo, tienen su aquél-, la lectura de tebeos me sirvió de puente para cruzar a la orilla de la literatura universal y para comprender la enorme necesidad que hay de cuidar ciertos valores cada vez más denostados en la sociedad actual. Aprendí, al comparar la realidad que nos circunda con esas ficciones que yo leía de superhéroes, que se ha abolido de nuestras virtudes más puramente humanas la capacidad de sacrificio, que la lealtad es una perla cada vez más preciosa que languidece en el fondo de océanos insondables, que a todo el mundo se le llena la boca afirmando que mataría por tal o cual persona, eso sí, mientras la cruzada no le cueste levantarse del sillón o le depare demasiados quebraderos de cabeza, que durante demasiado tiempo nos han convencido de que el cementerio está lleno de héroes, y que con esa premisa fácil en la mente nos ha convenido creer, para nuestra propia seguridad y acomodo, que la generosidad es dar solamente lo que no queremos o nos sobra, que es valiente el que no tiene miedo, que es débil quien es sensible y un misántropo arrogante la persona que elige ser solitaria. Aprendí, de esos frikis en calzones largos, hombres y mujeres con cuerpos de infarto embutidos en ajustados, coloridos y, a menudo, ridículos trajes, enmascarados a veces como un sadomasoquista (puedo imaginarme la escena, a todo color, en la vida real: un montón de envidiosos e hijos de puta señalando al cielo o a lo alto de un rascacielos y diciendo: "Mira al ridículo ése. ¿Quién se creerá que es marcando abdominales con esa horterada que lleva puesta?" O bien: "Menuda zorra. A ver si se piensa que por lanzar rayos por las manos y convocar lluvias que salven nuestras cosechas puede ir enseñándolo todo con ese bikini de látex, que a mi Pepe le engaña pero a mí no: se las dará de superheroína pero sólo es una guarra."), que el esfuerzo solamente puede denominarse como tal cuando nos quitamos cosas para dárselas al otro, que el silencio prudente es preferible a la bravata que no puede sostenerse con actos, que creerse fuerte, aunque no lo seas, es a veces tan efectivo como serlo. Por sobre todo, aprendí que hay que atreverse a querer marcar la diferencia, y que ésta se marca no eludiendo responsabilidades, no señalando los errores de los demás cuando se han descubierto los nuestros propios -tienen tantos tebeos que leer los políticos de este país-, no recurriendo, a la primera de cambio, a la ley del Talión, ley que está muy bien -somos de índole vengativa, no cabe duda; al fin y al cabo, la justicia no es más que una forma de venganza cívica- siempre y cuando no se use para enmascarar nuestras propias faltas con la condena hacia las faltas de los otros. También, y más importante, que la mayoría de las veces marcar la diferencia significa pagar un alto precio, y ese precio no es otro que la soledad. 

No es un elemento gratuito, salido de la imaginativa pluma de tantos magistrales guionistas, que el refugio donde Superman se retira a descansar o a meditar sobre su destino se llame la Fortaleza de la Soledad. Tampoco es un argumento peregrino el que todo el mundo ande apaleando a Spiderman: la novia que no muere a manos de un supervillano que ha descubierto su identidad secreta, le abandona por no poder estar atento a ella y satisfacer así sus innumerables necesidades de mujer, mientras él se está partiendo la jeta con un montón de atracadores o jugándose la vida intentando meter en la trena a un malote de ridículo seudónimo al que le salen tentáculos de la chepa, trata de no quedarse dormido durante las clases en la universidad y trabaja por las tardes para pagar las facturas del hospital de su tía, venerable anciana que es la única traza de vida social que posee, porque hasta sus amigos le hacen el vacío por no poder irse con ellos a trasegar cubatas al pub de la esquina y su jefe no hace más que racanearle, putearle y, además, iniciar campañas de desprestigio, acoso y derribo hacia su alter ego. Son sólo dos casos entre muchos,  muchísimos, pero el mundo de los superhéroes está lleno de solitarios, de hombres y mujeres que un día decidieron marcar la diferencia, ser responsables con los dones que les habían concedido y pagar por ello un precio altísimo. 

La eterna soledad del héroe siempre ha estado muy en auge en el mundo del tebeo. A pesar de salvar el universo, de sacrificar todo su mundo personal en pos del bienestar y la seguridad de otras personas -eso sí que es proteger y servir, y no lo de algunos policías-, de pasarse las noches de imaginaria vigilando la ciudad e incluso, en muchos casos, la totalidad del galaxia, el héroe siempre encontrará quien trate de devaluar sus esfuerzos, y eso es algo muy instaurado en la sociedad que los guionistas no han dejado escapar para dar veracidad a sus historias. Tendemos a simplificar el trabajo de los demás, es sabido. ¿Quién no ha oído de boca de otros, o lo ha dicho con su propia boca: "Eso puede hacerlo cualquiera."? Y es que basta que alguien cometa algunas acciones intachables con buen tino, para que siempre aparezca un segundo o un tercero a buscarle trasfondos oscuros a esos logros, para teorizar diciendo que algo buscará a cambio el buen samaritano o para acusarle de creerse mejor que los demás. El gobierno estadounidense del Universo Marvel ha decretado una ley antimutantes, que obliga a la Patrulla X ha actuar en la clandestinidad, convirtiendo a héroes en criminales; Spiderman es dilapidado en los medios de comunicación y tildado de amenaza; a Lobezno le borran la memoria, le chutan en el cuerpo unos cuantos kilos extra de adamantium y lo convierten en un proyecto militar; Bruce Banner se encuentra en busca y captura por convertirse en un mamotreto verde y en el tío más fuerte y con más mala hostia sobre la faz de la Tierra, en alegato por dejar hecho fosfatina el patrimonio del país, aunque toda esa destrucción suele ser la consecuencia de haber salvado miles de vidas humanas.

Tal vez esto pase por no tener una conciencia nítida de nuestra fragilidad, de nuestra vulnerabilidad. No puede cuantificar el precio del sacrificio aquél que ha llevado una vida acomodada, ni despertarse una mínima traza de altruismo en el interior de esa persona que nunca ha necesitado ayuda de nadie. Los héroes saben que todo en la vida tiene un precio, y ser conocedores de esa máxima es lo que hace que defiendan la existencia con gadgets, rayos, garras, escudos o telarañas. Por eso, generalmente, al héroe se le perfila en los guiones como a una persona herida, que lleva un dolor íntimo en su alma que trata de paliar ayudando a los otros. Batman asistió al brutal asesinato de sus padres, cuando era un niño; Spiderman es un huérfano que sufre buying en el instituto; Superman llegó a la Tierra después de que su planeta y todos sus habitantes, familiares incluidos, fuese aniquilado; Tormenta, huérfana también, sobrevivió de niña siendo una pequeña ladrona en El Cairo, para luego erigirse en supuesta diosa que convocaba monzones en las colinas de África y así ayudar en sus cosechas a las tribus locales, hasta que el Profesor X le dio una vida decente; Magneto (que, aunque supervillano, es de los personajes más lúcidos a mi parecer que pueda hallarse en los tebeos) fue un testigo privilegiado -si es que es lícito ese adjetivo para este caso- del genocidio nazi, y pasó su infancia en un campo de concentración, viendo como sus padres eran convertidos por el autoritarismo de Hitler en pastillas de jabón; el Castigador decide calzarse una camiseta ceñida con una calavera en la pechera, además de un buen par de uzis y una M-60, después de ver cómo matan a bocajarro a su mujer y sus hijos.

¿A cuento de qué viene esta entrada?, se preguntarán ustedes. Acabo de ver, por cuarta vez, Watchmen (que, aunque no he leído nunca el cómic, me parece la mejor película de superhéroes que haya podido hacerse nunca) y, rendido por su magistral historia, amén de quedar encandilado con el personaje de Rorschach -uno de esos personajes que me gustan tanto, de los que queda difusa su moralidad y según quien los mire pueden ser buenos o malos-, me ha hecho pensar una vez más que los tebeos también son literatura y que no hay un héroe magistral -esto es bien creado, bien escrito- que no haya sentido esa eterna soledad de quienes se atreven a marcar la diferencia. La eterna soledad del héroe. 

4 comentarios:

El infierno de Barbusse dijo...

Magnífica entrada.

Yo también fui (soy) lector de cómics.

Y "Watchmen" es sencillamente magistral.

Un saludo.

Raúl Viso dijo...

Muchas gracias. Saludos.

La Maga Lunera dijo...

Una entrada grandiosa y muy bien elaborada. Sabes que yo no soy lectora de tebeos, pero he crecido entre ellos y tú también me has enseñado mucho sobre ellos, y lo que tengo claro es que enseñan más valores que la escuela. La soledad es el precio a pagar en esta vida de mierda en muchas ocasiones, y eso bien lo sabemos. Pero yo ya no la quiero. No dejes de escribir, que eres muy grande. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Yo tampoco la quiero ya, por eso nos tenemos el uno al otro. Tú tampoco dejes de escribir, mi vida; ya sabes lo que me gusta que lo hagas. TE AMO CON TODA MI ALMA.