"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 13 de agosto de 2013

Pecios tierra adentro




Soy, por lo general, una persona fácilmente despistable; no es difícil encontrarme embebido con cualquier nimiedad, absorto en cualquier cosa como el tonto del pueblo con una minifalda que le saliese al paso. Y el no tan tonto, también. Eso es algo que sabe sobre todo mi pareja, que suele reprocharme, al irnos a dormir, que no me lave los dientes con ella porque otra vez me he quedado ensimismado contemplando los libros que, cada vez más y más numerosos, vamos acumulando en la que ahora ya no es mía, ni tampoco suya, sino nuestra biblioteca personal. Oigo de fondo un refriego enérgico de cerdas espumosas contra el esmalte de incisivos y molares, pero yo continúo barriendo con la mirada los volúmenes que atestan los anaqueles y que muy pronto ya no sé dónde podré meter. Y entonces sueño con una casa más grande, con un cuarto inmenso, particular, al que amueblar con enormes estanterías, hechas a medida por un buen carpintero, que puedan soportar todo el peso de esa cultura, de esa lucidez. Una habitación propia, como bien declamaba Virginia Woolf, donde acumular esos pecios tierra adentro, repletos de tesoros su interior, similar a un viejo cementerio de barcos.

Qué quieren que les diga, a mí me gusta que el saber ocupe lugar. Me gusta el espacio llenado por la forma física de un libro, por su peso y su volumen, también por su olor, el del polvo de sus tapas o ése otro difícilmente descriptible que brota de entre sus páginas. No concibo que todo el cómputo total de la literatura universal pueda compactarse en la planicie y la delgadez de un libro electrónico, y aunque alabo la practicidad y la funcionalidad que un lector viajero o consumidor de bitácoras virtuales pueda encontrar en este invento, siempre me decantaré por el formato del papel, por la fiesta de los sentidos, de cada uno de ellos, cuando uno pasa la página de un libro, infinitamente más difícil de lograr en un aparato tecnológico, porque la pantalla no tiene aroma y su tacto es frío y nada poroso, llano, laxo. Así ocurre que, cada vez que mi pareja y yo visitamos una librería -sobre todo, si es de viejo-, yo siento que mi alma es de papel: porosa, maleable, absorvente, reciclable, no impenetrable como el plástico o el cristal, no hermética como el habitáculo donde se ocultan las tripas de un circuito interno, sino permeable, accesible, espoleada por los sentidos, expuesta al polvo y la intemperie, al frío, a la lluvia, a cualquiera de los elementos que pueden hacer correr la tinta o deshacer la celulosa del papel, pero bien cosida, sin embargo, bien protegida por tapas de piel que acaben conteniendo, algún día, ese título con caracteres dorados, en mayúscula y relieve, que contengan mi vida entera cuando yo ya no transite por este mundo de vivos. 

Contemplo todos los libros que he ido acumulando desde que era un niño y me conforta pensar que algún día le servirán a alguien cuando yo ya no esté aquí. Los libros deberían heredarse; algunos de ellos, al menos. Hay volúmenes que, por su aspecto y contenido, deberían legarse solamente a ciertas personas en concreto. Aún conservo el primer libro que leí en mi vida, Gran-Lobo-Salvaje, de un autor francés, y que espero que algún día sea para mi hija, y que a su vez ella se lo entregue a sus hijos cuando los tenga. Para Paloma tengo reservado el primer libro "adulto" que consideré de mi posesión, un volumen de relatos de Edgar Allan Poe, culpable principal de que yo quisiera dedicarme a la escritura, que le arrebaté a mis padres de una colección de libros de misterio y serie negra, y cuyos autores -Arthur Conan Doyle, Patricia Highsmith, Ágatha Christie, George Simenon, Edgar Wallace, Rex Scout, Ruth Rendell, el propio Poe- aún siguen fortificando, a día de hoy, el antiguo, arcaico y descomunal mueble que preside el salón. Hay otros muchos que me gustaría legar a las personas adecuadas, antes de que tras mi muerte puedan acabar en cualquier librería de viejo o mercadillo solidario, poseyéndolos personas a las que no conozco que deberán leer las dedicatorias que se escribieron en las primeras páginas cuando me los regalaron. Por ejemplo, esa magnífica y solemne edición que me regaló mi novia de Al este del edén, de Steinbeck, o ésa otra que me compró hace unos días de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, porque sabía que siempre había querido leer esa novela y conoce mi pasión por las historias del sur de los Estados Unidos, por autores como Faulkner, Carson McCullers o el propio John Steinbeck

Como suele decirse, no son todos los que están ni están todos los que son, pero me extendería demasiado si me pusiera ahora a hacer un listado de esos libros con una enorme carga sentimental que me gustaría dar en herencia cuando expire y pese veintiún gramos menos, que es mucho considerando lo delgado que ya estoy. Sólo añadiré, como colofón a esta entrada, que los libros electrónicos no pueden heredarse, porque se averían, o quedan desactualizados y se convierten en antiguallas, porque en ellos no pueden leerse emotivas dedicatorias escritas con la mejor caligrafía de que se vale el amor, ni hay fechas, ni anotaciones a pie de página, ni dobleces ni subrayados. Me gustan las cosas sometidas a un desgaste natural, como las cartas amarillas de amor, como los marcapáginas de bordes comidos, como el corazón temerario de los hombres, como esos pecios tierra adentro, surgidos de entre las arenas de un desierto que fuera en otro tiempo un inmenso océano.


2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Es una entrada preciosa, creo que todo buen lector tiene esos tesoros privados, cargados de significación que dotan al libro de un doble valor. Como muchos de los que tú me has regalado. TE AMO CON TODA MI ALMA.

Raúl Viso dijo...

El verdadero valor de esos tesoros radica en compartirlos contigo, en haber encontrado (o que me encontrase) la persona perfecta para dar rienda suelta a esa pasión. TE AMO, MI DEIDAD.