"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 23 de julio de 2013

"Meridiano de sangre", de Cormac McCarthy




"Lo que une a los hombres, dijo, no es compartir el pan sino los enemigos." Con esta frase contundente, Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1933) concluye y resume esta novela árida, dura, violenta, cruda, fronteriza, donde el autor nos acerca temas que ya son de sobra conocidos en su trayectoria literaria. Nadie mejor que el autor estadounidense para lograr las más altas cotas de belleza a raíz de la violencia más irracional, para conformar, de entre la más desoladora devastación, paisajes cuya hermosura surge de esos ojos que los miran con la espiritualidad y la lucidez de quien sabe que no hay vector más fundamental que el dolor para alcanzar la suma sabiduría; conocer es sufrir y viceversa, pero quién sería capaz de reconocer una recompensa, aunque sea tan parca que no parezca una recompensa, si ignorase que en cada uno de los pasos que ha cometido en la vida ha debido pagar un precio. 

Se ha criticado muchas veces, duramente, la forma sincopada y vertiginosa de narrar de McCarthy. Si bien es cierto que su prosa carece de las pausas necesarias que harían más cadenciosas sus historias, no lo es menos que esa manera de narrar es la más adecuada al tipo de personaje que utiliza en sus novelas, la que mejor se adapta al modo de vida de hombres desarraigados de sus orígenes, que deben permanecer en constante movimiento para que el enfriamiento de un descanso no les haga, de pronto y sin previo aviso, conocedores de sus miedos más íntimos y ancestrales, de su desamparo, de la ausencia de Dios en sus vidas. Creerse fuerte es a veces tan efectivo como serlo, y los personajes que transitan en su obra novelística saben sin remisiones que deben permanecer en movimiento o reventar, que es preferible, como dice aquella canción, caminar que parar y ponerse a temblar. Más aún cuando el descanso por un objetivo alcanzado puede llegar a hacerse más insoportable y doloroso que el propio cansancio sufrido mientras se trata de alcanzar ese objetivo, lo mismo que cuando uno está tan cansado que no puede dormir y se le niega el sueño que  precisamente acabaría con su cansancio, y así parece constatarlo el autor en este fragmento: "[...] Si Dios pretendiera interferir en la degeneración del género humano, ¿no lo habría hecho ya? Los lobos se matan selectivamente. ¿Qué otra especie podría hacerlo? ¿Acaso la raza humana no es más depredadora aún? El mundo nace y florece y muere pero en los asuntos de los hombres no hay mengua, el mediodía de su expresión señala el inicio de la noche. Su espíritu cae rendido en el apogeo de sus logros. Su meridiano es a un tiempo su declive y la tarde de su día."

Un chaval despojado de sus orígenes y su familia, cuyo pasado parece tan ficticio como lo es la prosperidad de su futuro, se alista en el grupo Glanton, un nutrido grupo de hombres rudos y despiadados que son contratados por las autoridades mexicanas y del estado de Texas para organizar una expedición paramilitar que acabe con todos los indios de la región. Como líder espiritual tienen al juez Holden, un hombre repulsivo, cruel y violento, estrafalario, alto como una torre, sin pestañas, sin cejas, sin un solo pelo en todo su cuerpo, que viola y asesina niños y perros, parece no dormir nunca y afirma que nunca morirá. Las reglas del juego dan un giro inesperado cuando los carniceros de Glanton y Holden dejan de matar indios y muerden la mano que les da de comer, exterminando a los mismos mexicanos que les pagan. 

Nunca un western fue tan sumamente imaginativo. El de estas dinámicas páginas es un wild west apócrifo, apocalíptico, soberbiamente alzado desde un basamento documentado de Historia, pero en el que, no obstante, se dan tintes y elementos propios del género de terror y aun incluso el de la ciencia ficción. Como es costumbre ya en el autor norteamericano, se nos brinda en esta novela fabulosas descripciones de tierras inhóspitas, hostiles, semiapocalípticas, cuya belleza apoya la frente en el desastre, como si Adán y Eva, tras ser expulsados del Paraíso, hubieran decidido cabalgar calándose sobre los ojos sendos sombreros de ala ancha, consecuentes (si no orgullosos) de su pecado original. La violencia surge aquí sin concesiones, a la manera de un desastre natural que, pese a los muertos y los damnificados, nos enseñase que la destrucción es hermosa, que la belleza radica en el acto de tirar las fichas del dominó y no en colocarlas, y como resultado de ello es el desamparo y la soledad que el personaje principal siente una vez acabadas las numerosas contiendas, donde, muy a su pesar, debe reconocerle razones al repulsivo y odiado juez Holden, cuando en un tramo de la novela el mercenario afirma que "Los hombres nacen para jugar. Para nada más. Cualquier niño sabe que el juego es más noble que el trabajo. Y sabe que el incentivo de un juego no es intrínseco al juego en sí sino que radica en el valor del envite. [...] ya sea de azar o de excelencia, todo juego aspira a la categoría de guerra [...] La guerra es el juego definitivo porque a la postre la guerra es un forzar la unidad de la existencia. La guerra es Dios."

No es la que aquí me ocupa una novela para recomendar a quien no haya leído antes nada de McCarthy. Para asomarse a este autor por primera vez, es preferible leer otras obras de su producción. Densa, profunda y contundente, podría espantar a ese lector que leyese por primera vez a este autor que, en mi opinión, está llamado a convertirse en una de las grandes figuras futuras de la literatura universal. No obstante, aunque no sea la primera vez que se lee a McCarthy, conviene agarrarla con cuidado, como agarra un revólver cargado aquél que no está habituado a manipular armas, y disfrutarla en total intimidad, sin ruidos, sin distracciones, dejándose hipnotizar de a poco por la fuerza abrumadora que sus páginas despliegan. Quién sabe qué cosas horrendas conoceremos de nosotros mismos después de leerla.


Título: Meridiano de sangre

Autor: Cormac McCarthy

Editorial: Debolsillo

ISBN: 978-84-9793-900-3

Nº de páginas: 397 

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Es maravilloso observar como las novelas trascienden a la vida. Cada día lo haces mejor. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Hay quien dijo que se sabe cuando uno es un lector consumado si en todas las obras que lee siente de algún modo que hablan de sí mismo, y yo suscribo cada una de esas palabras. Gracias, mi vida. TE AMO.