"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 4 de julio de 2013

Mejor no es más




No invita el calor a leer, la verdad sea dicha. Al menos, en mi caso. Su más contumaz aliada, la pereza, le infiere a  cada uno de mis movimientos la lentitud y la desidia con que reposa la comida y hace la digestión una manada de leones tumbados a la sombra de una acacia o un baobab, y mi mano pasa con desgana las páginas, mis ojos vuelven una y otra vez al párrafo ya leído pero no asimilado, se superponen las palabras unas sobre otras, se cansa la vista y se nubla. En mi mesita de noche, detenidas aproximadamente a la mitad, tres novelas por acabar de leer: El hombre duplicado, de Saramago, Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, y la que más me urge leer de las tres, La pesquisa, de Juan José Saer, porque debo hacer una reseña para enviarla a la editorial Rayo Verde. Mis ojos ven pero mi mente no mira, mis ojos leen pero mi mente no retiene lo leído; y entonces pienso, contrario a tantos lectores que esperan los días estivales para ponerse al día con sus lecturas pendientes y se autoimponen marcas a batir de libros leídos, que para mí el verano nunca resultó propicio para esta tarea.

Mi chica y yo compartimos un pequeño cuaderno rojo donde apuntamos los títulos que vamos leyendo al cabo del año. Lectora mucho más voraz, y más arriesgada que yo en cuanto a leer a autores que no conoce, cuenta en su página del cuaderno con cuarenta títulos leídos; en la mía, con apenas una treintena en lo que va de año, predominan sobre todo esos autores que pueden aportarme alguna garantía, y hay mucha, muchísima poesía. Entretanto, leemos en algunos blogs la cifra de libros que se han propuesto leer este año sus administradores y nos echamos a reír. Entiendan que la nuestra no es una risa malintencionada: si nos reímos de esos propósitos no es porque creamos que nosotros leemos más o menos que otras personas, lo cual no nos importa, sino simplemente porque, tanto mi pareja como yo, tenemos la convicción de que no debe leerse con prisas. Mejor leer solamente tres libros al año, pero bien aprovechados, que muchos leídos con el propósito innecesario de cumplir con una cifra concreta anual. Cierto es que nosotros apuntamos y contamos las obras que vamos leyendo, pero en ese ejercicio nada tiene que ver la competitividad, ni siquiera entre ella y yo: nos gusta hacerlo para hacer un balance, a fin de año, de esos autores que más nos han marcado o que gratamente hemos descubierto, para comentar cuáles de esos libros se irán con nosotros a la tumba y por qué, para recomendarnos obras el uno al otro o comprobar qué autores hemos compartido y, de ese modo, barajar diferentes opiniones, bien argumentadas, sobre ellos.

Es indispensable leer sin prisas, sobre todo si también se escribe. Uno puede contar en su haber con la carrera de filología o de periodismo, ser profesor de literatura, apuntarse a un taller de escritura, ser tan soberbio -y tan estúpido, o embustero, además- de declarar que para su obra no necesita empaparse de influencias, pero un escritor no lo es si no es primero un lector acérrimo. A mí me gusta leer con mucho detenimiento, fijándome muy bien en el ritmo utilizado para cada historia, si leo narrativa -a veces, si me encuentro a solas, leo en voz alta, según un truco que Marcel Proust usaba para saber si lo que había escrito mantenía una cadencia apropiada al relato-, o contando sílabas si lo que consumo en ese momento es poesía, compruebo las diferentes maneras de utilizar los signos de puntuación dependiendo de cada autor, e incluso hago un listado mental de esas palabras fetiche que cada escritor reserva para sí y repite a lo largo de su obra, y que dependen de su ejemplaridad con las letras para que no acaben resultando redundantes ni pomposas. Es para mí imprescindible, cuando leo, tener un lápiz para subrayar y un diccionario a mano; si no puedo disponer de uno en ese instante, no faltan pequeñas libretas ni bolígrafos en los bolsillos interiores de mis chupas de cuero para apuntar palabras que no conozco, o que conozco pero de las que no acabo de saber con exactitud todas y cada una de sus posibles acepciones. Allí apunto también citas, fragmentos, frases, versos, e incluso ideas vagas o perfiles de personajes, aún no del todo definidos, para mis proyectos personales.

"Leer es el único acto soberano que nos queda", escribió magistralmente Antonio Muñoz Molina. Siéntanse entonces soberanos absolutos de esa actividad preciosa, de esa forma de ocio que no requiere de otros individuos para resultar placentera, que no puede ser recortada por las imposiciones hipócritas de austeridad de nuestros gobernantes, que no vale dinero si uno dispone de un carnet de identidad para presentar en una biblioteca pública. Sobre todo, no compitan al leer (ni siquiera con ustedes mismos), no sometan a presiones innecesarias un ejercicio tan ameno como instructivo, que es el más grande de cuantos pequeños placeres nos han dejado para sobrellevar esta crisis que, a muchos de nosotros, no nos permite tumbarnos en la playa, sombrilla en la arena, cerveza soldada al morro y libro en mano, a mirar serenamente el mar y pensar en el récord personal de lectura que vamos a batir este año.


2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Para mi leer es un acto íntimo y maravilloso, sin prisas ni presiones, empapandome de cada historia. Leer con rpisas no vale de nada, es como ver una película en modo rápido. Siempre nos quedarán los libros, amor. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Los libros nunca han faltado, ni en épocas de esplendor económico ni tampoco ahora, cuando esta crisis debería lograr al menos que la gente vuelva al hábito gratuito y saludable de leer, muchísimo más barato que ir al centro comercial o salir a tomar cañas.

TE AMO, MI NIÑA.