"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 11 de junio de 2013

Qué me vas a contar... (¡Moñigos, morid!)




Tranquilos, no voy a dármelas de buen samaritano: ni lo he sido, ni lo soy, ni creo que lo seré nunca. En honor a la verdad, incluso me atreveré a decir que el motivo de esta entrada atiende a intereses propios. ¿Saben?, después de casi dos años desempleado y ya sin percibir ningún tipo de ingresos, me he visto obligado a aceptar uno de esos trabajos basura en los que casi tienes que poner dinero y dar las gracias por estar ocupado, aunque no te den de alta en la Seguridad Social y el contrato que firmas tengas que firmarlo en la calle, sentado en cualquier banco, un rato antes de empezar tu primer día de trabajo; un legajo repleto de cláusulas peregrinas  escritas con caracteres cercanos a resultar casi microscópicos, al más puro estilo trilero o pacto con el diablo. Vendo cupones para una empresa de marketing que se ocupa de distribuir y comercializar con boletos para el sorteo de una famosa ONG, cuyo nombre no mencionaré por no denostar su encomiable tarea, aunque los intermediarios con los que se aseguran alcanzar la recaudación deseada para alimentar a tanto desheredado sean sólo una bandada de buitres volando en círculos sobre un muladar. El precio que me pagan por cupón vendido es casi simbólico, aunque eso es lo de menos; al fin y al cabo, se trata de recaudar fondos para una buena causa, y no se debe obviar que el mismo trabajo que yo desempeño antes se hacía mediante voluntariado, sin ver un solo duro, o euro, o cualquiera que sea la maldita moneda con que nos timaron. Podría denunciar decenas de cosas de ese proceso de recaudación que pasa por manos avaras, aunque a veces el fin (pero sólo a veces) justifique los medios. Pero lo que yo he venido a denunciar aquí es otra cosa.

Aunque no lo parezca, y pese a que uno acabe su jornada laboral deseando apostarse en una cornisa armado con un rifle de mira telescópica para disparar desde allí al personal que pasa por la calle al grito de "¡Moñigos, morid!", trabajar con personas -esto es, a pie de calle, tratando con gente de muy diversa índole y condición- aporta grandes conocimientos o, si no tanto, al menos se pueden confirmar sospechas que uno ha ido albergando al cabo de los años hacia el ser humano, tanto buenas, como malas o peores. No tengo ni puta idea de marketing, ni falta que me hace -por promocionar, no sé ni promocionar esta malograda bitácora, incapaz de hacerme seguidor de blogs que no me gustan con el único fin de establecer extrañas alianzas y que así, de vuelta, se hagan seguidor del mío-, excepto que para vender bien tu producto debes ser lo más agresivo posible y abordar a la gente sin miramientos, de frente, sin darle opción a escapatoria, razón por la que yo no consigo pasar de los veinte cupones vendidos al día; me cansa o me aburre, o ambas cosas, entrarle a la banda y meterle por los ojos algo que no quieren o no les hace falta. Me compensa más el agradecimiento sin palabras, mediante una sonrisa, de ese tipo al que dejo pasar sin preguntarle porque es evidente que llega tarde al trabajo, donde sus opulentos jefes esperan que se retrase, frotándose las manos, para poder echarle a la puta calle alegando que el percal está fatal, que la crisis está llevando a la empresa a la ruina; o el de esa señora que te da los buenos días, también con una sonrisa, porque a sus noventa años no la has detenido con las piernas hinchadas y su malgastado bastón sosteniéndolas en mitad de la calle, bajo un sol de justicia. Hay infinidad de casos en los que es poco ético abordar a una persona en la calle y tratar de venderle tu producto, si uno posee ciertas dotes de fisonomista y una mínima sensibilidad: mujeres que van con su bolsa de rafia bajo el brazo y un mísero billete arrugado en el puño, síntoma inequívoco de que ese dinero es el único del que disponen para hacer la compra; jubilados que se deciden a entrar en el centro comercial sólo por echar la mañana a la sombra, huyendo del calor, mirando escaparates sin poder permitirse comprar nada; amables dependientas uniformadas que salen un momento a fumar un cigarrillo y que, pese a saber que con su sueldo jamás podrían formar una familia -sé de lo que hablo; conozco chicas que trabajan o han trabajado en establecimientos similares-, y sin que tú las hayas abordado, se acercan y te dicen que si esperas hasta el fin de su jornada podrán comprarte un cuponcito, aunque sea a medias con las compañeras, para ver si hay suerte; chavales que rondan la veintena conduciendo carricoches y cargando con otros infantes en los brazos, de los cuales no es difícil dilucidar que dejaron a sus novias casi adolescentes embarazadas y decidieron tirar para delante,  hombres maduros a pesar de su edad, valientes aunque asfixiados por los gastos, haciendo piña con sus parejas para que el máximo y mejor logrado fruto de su amor tenga un futuro próspero...

 Esa es la cara afable de este trabajo, cuando no me cuesta desenvainar mi mejor sonrisa y ofrecerla sin medida a lo más valioso que el ser humano posee. En momentos así, uno conserva la esperanza, se siente mejor persona, comienza a creer que el mundo podría llegar a ser un buen lugar para vivir... hasta que aparece el llorón. El llorón es un personajillo victimista y egoísta, pudiendo ser indistintamente hombre o mujer, que cuando le paras y le explicas en qué se van a invertir los euros que vale el cupón, te empieza a contar lo triste y miserable que es su vida, aunque sea una señora que acaba salir bien maqueada de una de las peluquerías de la cadena Marco Aldany, o no le quepan en las manos más bolsas de las firmas más prestigiosas, o sea un señor que, previo discurso autocompasivo y lastimero, se monta en su flamante BMW o Audi de pocas semanas de matriculación y salga de allí haciendo ruedas, putón desorejado veinte años más joven que él incluido en el lote, acompañándolo en el asiento del copiloto. Apariencias aparte, se les suele reconocer por su frase de respuesta a la explicación que les das sobre la enorme necesidad de ayudar en estos tiempos tan duros que corren: "Qué me vas a contar...". Con sus correspondientes variantes, por supuesto: "A mí me lo vas a contar...", "Dímelo a mí...", o incluso el enervante -aquí ya se me hincha la vena del cuello y es cuando me dan ganas de meterle la ristra de cupones hasta la glotis- "Estoy peor que tú..." Antes que a este personaje, prefiero al que directamente es brusco, borde e incluso grosero, al que te da una rotunda negativa de antemano pero no te hace perder el tiempo contándote los avatares farsescos de su vida, como aquel individuo trajeado frente al  hotel Palace de Madrid que, a mi pregunta simpática de si quería tres millones de euros -primer premio del cupón-, me respondió con un seco y tajante: "Ya los tengo." 

Así que, ya saben, si tienen la mala suerte de verme por la calle por donde transitan habitualmente y no quieren comprarme un cupón, ignoren el hecho de que me han leído por aquí, no se den falsos golpes de pecho, denme una negativa rotunda si no quieren comprarlo, en vez de contarme lo miserable que es su existencia -algún día yo les contaré la mía-, evitándome esa pérdida del tiempo que necesito para preguntar a otras personas que quizá sí estén interesadas. Y, sobre todo -por favor, se lo ruego-, no me toquen los cojones.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Cada día estoy más convencida de que el mundo apesta. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Hay de todo, nena, aunque ya sabemos que el tramo de calle donde se ubican los cubos de basura acaban por impregnar con su mal olor la calle entera. TE AMO.