"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 27 de junio de 2013

Nunca llegarás a nada




Ignoro si a ustedes les sucederá igual, pero a mí a veces me ha ocurrido que, al leer el título de un libro, una canción o una película, he sentido el efecto brutal de un contundente flechazo amoroso. A mí precisamente, que siempre he descreído de los amores a primera vista y considero que es harto difícil que un trabajo creativo nos dé de lleno en la patata sólo por la sonoridad de su título, aunque a esas pocas palabras de presentación haya que cuidarlas tanto como al resto de la obra y se deba trabajar  con  una cuidada dedicación tanto el titular como el contenido de lo que nos anuncia o nos adelanta el mismo. Este fin de semana, sin ir más lejos, me ha vuelto a pasar con un libro de relatos de Juan Benet (Madrid, 7 de octubre de 1927 - 5 de enero de 1993), cuya novela Volverás a Región está esperando en mi mesita de noche a ser leída. Asiduos como somos a rebuscar y estornudar entre el polvo de la única librería de viejo que existe en mi ciudad, mi pareja, con ojo avizor y congestionada por la alergia, me señaló el volumen del autor madrileño por si me interesaba. Aunque es una edición no venal, mal elaborada, antigua, con el emblema de la compañía aérea Iberia en la portada, parte de una colección de obras que antaño se debían repartir en los aviones para entretener durante los viajes transocéanicos a la tripulación (cuando todavía leer era una actividad tan socialmente aceptada como fumar hasta hace unos años, hasta que el  entonces presidente Zapatero y los defensores de la inmortalidad nos convirtieron en proscritos a aquéllos que desconfiamos de los completos abstemios), nada más leer el título quedé prendado: Nunca llegarás a nada. Sostuve el anacrónico volumen entre mis manos y, automáticamente, pensé: "Joder, la cantidad de veces que me habrán dicho esto a mí a lo largo de la vida..."

Se ha convertido ya en un hermoso ritual, en un guiño personal entre nosotros, el que mi chica y yo nos regalemos libros de baratillo de esa librería de viejo o de algún mercadillo solidario. Allí uno encuentra literatura con mayúsculas a un mísero euro -e incluso a veces hasta gratis, si pasado un tiempo el dueño de la librería ve que no logra deshacerse de esos volúmenes que no necesita ocupándole espacio-, y se puede conminar, por un precio ridículo, a autores como Conrad, Saramago o Steinbeck -entre otros muchos, muchísimos, a cual mejor- a formar filas en nuestras bibliotecas personales, desarmando así ese pretexto manido y peregrino de aquél que afirma no leer porque leer es caro, aunque haya fabulosas bibliotecas públicas donde el único precio a pagar sea presentar el documento nacional de identidad. Pero lo mejor de ese ritual entre nosotros ya no es, solamente, el convertirnos en propietarios de esos tesoros agobiados por el polvo, sino las charlas que mantenemos después de habernos regalado esos libros, sentados en cualquier jardinera frente al Palacio Arzobispal, mientras fumamos un cigarrillo y nos tomamos un bote de refresco. Los libros invitan al debate, abren torrenteras por donde el diálogo encuentra cauce; sobre todo para quien, además de leerlos, le gusta escribirlos. En esta ocasión, el tema a tratar fue el título del volumen de relatos de Benet. Le transmití a mi pareja lo que me identificaba con el título del libro, las numerosas veces que a mí se me han brindado esas palabras, "nunca llegarás a nada", o bien "nunca llegarás a ninguna parte". "Ya", me dijo mi chica, "los profetas del nunca llegarás a nada", legándome toda su comprensión.

Me han dado pocas veces palmaditas en la espalda a lo largo de esta vida; con una parte de la gente que me ha rodeado, me ha ocurrido que cuando he hecho las cosas mal se me ha lapidado, y cuando las he hecho bien nadie ha venido a reconocérmelo, adoptando esa gente una actitud similar a la de los políticos ineptos que han venido gobernándonos desde una u otra ideología, empeñados en hacernos creer, como si fuésemos imbéciles, que cuando un país entra en una crisis económica como la que nos acucia, la culpa es casi exclusiva del mal hacer de la ciudadanía, y cuando ese país al fin consigue salir del atolladero, el mérito es únicamente del partido político que lo gobierna. No me lamento, sin embargo, porque sé que muchos de los problemas en los que me he visto inmerso me los he buscado yo solito -o me lamento pero procuro no culpar a nadie-; pero también es cierto que una buena gestión de mis deberes y obligaciones, o de cualquiera de los otros numerosos aspectos de la vida, no ha despertado tampoco ningún tipo de elogio, y más bien ha caído la buena praxis en la más absoluta indiferencia. Y es que nunca estamos contentos con nada, sobre todo en este país envidioso y desleal: si somos humildes, se nos dice que tenemos que querernos más, que no tenemos autoestima, o bien que todo se debe a una falsa modestia; pero si afirmamos ser buenos en algo, aunque sea cierto que lo somos, automáticamente se nos tachará de soberbios, altivos y prepotentes. De cualquier modo, acostumbrado a los comportamientos de veleta que suelen acompañar los criterios y acciones de los seres humanos, nunca hice mucho caso a las críticas ni a las alabanzas, y cierto olfato me hizo desconfiar tanto de unas como de otras, que a menudo suelen ser cambiantes dependiendo de los intereses propios que no hayan podido satisfacer aquéllos que las hayan pronunciado.

En una ocasión, Valentino Rossi (Urbino, 16 de febrero de 1979) -tranquilos, no voy a hablarles de motos; o sí, pero está íntimamente asociado al tema que toco en esta entrada- contó una anécdota que se me quedó grabada a fuego en la memoria. El campeón no era muy buen estudiante, prefería la escuela que le aportaba la carretera, con lo que su profesora un día le dijo que nunca iba a ser nadie en la vida andando todo el día subido encima de esa moto. Cuando años después el famoso motorista ganó una importante competición, lo primero que hizo fue dirigirse a las cámaras para dedicarle el premio a esa profesora. Nada más lejos de mi intención el hacer aquí apología del absentismo escolar o una denostación del sistema educativo, pero sí creo que, a veces, el autodidactismo y la vocación, sumados a una perseverante disciplina para alcanzar un sueño, han hecho más por la formación de una persona que muchos rectores de universidad. Además, me irritan sobremanera esas personas incapaces de ver ningún tipo de talento en otras, tibios de corazón y frustrados en sus profesiones que no saben bucear entre las virtudes de sus congéneres para vislumbrar en ellos a la persona útil que todos llevamos dentro.

Así que, si al igual que a mí, alguien les ha brindado una ausencia total de fe en su talento, no se dejen amedrentar. Trabajen duro, por vocación y no por dinero, con disciplina, con el objetivo primordial de poder algún día taparle la boca a todas esas personas que no confiaron en su utilidad. Piensen, para espolear su motivación, que a veces el éxito es la forma más depurada de una venganza.

4 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Tampoco quisiera llegar a donde esos "profetillas" consideran lo que es ser algo. La vida va cerrando bocas. Muy buen texto. Llegarás adonde quieras. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Al final, lo menos importante es donde llegue uno. Con éxito o sin él, lo que define la calidad de una persona es el tesón y el esfuerzo y el modo en que se ha dejado la piel para tratar de ser bueno en algo. Hay muy poca vocación en casi nada. Lleguemos o no lleguemos, mi vida, será a tu lado; y siempre nos quedará la satisfacción personal y el orgullo de haber trabajado duro. TE AMO.

El infierno de Barbusse dijo...

Me encanta tu texto. Y desde luego el placer por aprender, por saber más sobre lo que a uno le gusta, le apasiona, han podido, pueden y podrán más que los, en muchas ocasiones, polvorientos rectores de universidades,

Un abrazo.

Raúl Viso dijo...

Muchísimas gracias. Saludos.