"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 20 de junio de 2013

El libro de Dalila (15): Como un edicto de fe




Hace ya casi tres décadas que no hablo con Dios, Dalila; la última vez que le solicité audiencia era un niño aprensivo, temeroso de la noche, cercano a tener la edad que tú tienes ahora. Digo que soy ateo cuando me preguntas, que no creo en Él, pero lo cierto es que, si radiografío con cuidado mi interior y me atengo estrictamente a las acepciones que recoge el diccionario de aquellas palabras que significan negar su existencia, el término que mejor me definiría sería el de agnóstico. Tú, en cambio, sí crees en lo divino: desde muy pequeña te adoctrinaron para creer en Dios, aunque yo traté de evitarlo a toda costa, y tengo constancia de que vas con tu abuela materna a la iglesia y a ver las procesiones, e incluso alguna vez me has comentado que sueles ver con ella las misas que se retransmiten por televisión. Durante un largo tiempo pensé que, aprovechando que no vivimos juntos, te habían bautizado sin mi consentimiento, de forma clandestina, tal vez entregándole al párroco, bajo cuerda, algún dinero para que eludiese la obligación de hacer que conste también la firma del padre en la partida bautismal. Cuando naciste, dejé claro que no quería que te bautizaran, que ésa era una decisión que debías tomar por ti misma cuando tuvieses la edad necesaria. Lo conseguí no sin desatar la polémica entre algunos miembros de la familia de tu madre, acostumbrados en su casa –la misma casa en la que tú vives- a la tenebrosa y constante presencia, en cualquier rincón imaginable, de imágenes divinas, estampitas, pequeños altares, cirios encendidos día y noche, cuya luz taciturna y funeral preside y hiere la oscuridad reinante cuando sus habitantes se van a dormir. No conseguí, en cambio, evitar que te apuntaran en el colegio a la asignatura de religión; entonces yo ya no vivía contigo, y resultó imposible convencer a tu madre de la importancia que tiene, para la completa libertad de una nación, el que un estado sea laico y que las religiones que se practiquen en él gestionen sus medios de forma privada.

En templadas tardes de asueto, cuando aún nos veíamos con regularidad y te llevaba a pasear por las calles del centro, alguna vez me hiciste entrar en la Magistral. Quizá te sorprendiera que, pese a mi agnosticismo, no me negase a entrar para que pudieras besar los pies del cristo que allí languidece con cara de boxeador noqueado, e incluso que supiera tanto sobre ese hermoso edificio que preside la Plaza de los Santos Niños, con su torre de estilo renacentista plagada de nidos de cigüeñas, porque te conté, aunque aún no entendías una palabra, algunas curiosidades sobre esa catedral, como que fue incendiada durante la Guerra Civil española, perdiendo la mayor parte de sus tesoros, o que es, junto con la iglesia de San Pedro de Lovaina, en Bélgica, el único templo en todo el mundo que posee el título de Iglesia Magistral, lo que exigía que todos sus canónigos debían ser doctores en teología. Que la vida, a la fuerza y por pura lógica, acabe por romper las religiones –no consigo recordar quién lo dijo-, no es óbice para que uno no pueda interesarse por su historia, su arte, sus motivos, sus orígenes; sería una enorme torpeza por mi parte el negarte ese legado, porque acabaría convirtiéndome en un inquisidor casi tan feroz y cerril como los propios inquisidores que perpetraron los crímenes más atroces entre los años 1480 y 1530. Muchos conocidos míos, no creyentes también, alguna vez me han reprendido amistosamente cuando he expuesto el interés que siento por leer la Biblia. Yo les digo que qué tendrá que ver la velocidad con el tocino; he leído a Melville y no creo en ballenas asesinas, a Poe y no creo en corazones delatores, a Saramago y no creo en cegueras colectivas.

Tal vez esto pasa por confundir creencia con espiritualidad. En cada ciudad o pueblo al que he ido de tu mano, me has hecho entrar en la iglesia de turno. Yo, resignado aunque de buena gana, mostrando una tolerancia mayor que la de aquellos que me criticaban por no querer cruces –tampoco velos- presidiendo las aulas de los colegios públicos de un estado laico (y también que la de esos otros que se manifiestan con muy mal acierto en las procesiones de Semana Santa diciendo que deberían quemarse iglesias como en el año 36), he comprobado cómo te arrodillabas ante un altar y te persignabas con una disciplina intachable, que no te he visto aplicar –al menos, de momento- con tanto tesón en ninguna otra tarea que ocupe tu vida, e incluso alguna vez me has pedido una moneda, no para gastarla en chucherías, sino para encenderle una vela a cualquiera de las numerosas vírgenes y numerosos santos que existen. Yo te dejo hacer, me mantengo al margen, me ocupo de disfrutar, tratando de hacer el menor ruido posible, con la arquitectura o con el arte pictórico de cada templo al que entramos, mientras tú cumples tus rituales y liturgias. Y es que mi ausencia de fe no me impide entenderte, comprender las razones por las que una persona pueda desarrollar un profundo sentimiento hacia ciertas disciplinas, ya sean religiosas o de otra índole; no se trata ya de creencia en algo, sino de espiritualidad y vocación, de darle un sentido, por incongruente que sea para algunos, a la existencia. Yo mismo he asistido a rituales similares, aunque mis templos siempre fueron otros: miradores que me ofrecían sus anchos territorios desde la altura, a vista de pájaro; la extensión plana y titánica de un océano o una estepa, su piélago y sus espejismos; la vida que bulle bajo la superficie muerta de un desierto, pugnando por salir y deshabilitar tanta desolación; una larga recta de carretera que va a perderse en la línea del horizonte, dándome las dimensiones de un viaje que tal vez nunca haga; el tránsito de muchos puertos que abren esclusas al mar, con sus simbólicos pañuelos de despedida; el fluctuar manso y umbrío de algunos ríos, metáfora infalible del transcurrir del tiempo… En lugares así, yo he sentido una idéntica emoción a la que tú has desarrollado hacia Dios, y el sentimiento iba cargado de tanta fuerza, era tan sumamente abrumador, se sentía tan adentro del pecho, que mirándolos he sentido a veces ganas de llorar sin ningún motivo aparente, ocurriéndome exactamente lo mismo que cuando me detengo a mirar fijamente a los ojos azules de Paloma o cuando me siento a los pies de la cama a contemplarte mientras duermes. Muchas veces me he acercado a esos lugares (y a esos ojos, y a ese rostro, que son la razón de mi vida) a la manera de aquellos edictos de gracia –más tarde, edictos de fe- que se autoinculpaban para lograr la salvación eterna, buscando quizá una forma de redención particular que no podía proporcionarme ningún otro aspecto o elemento de la vida, y también como una natural alternativa a los templos que tú visitas, en los que sentí mucho miedo cuando entraba de niño por culpa de todas esas imágenes sangrientas o fantasmales que ya anticipan los presbiterios.

No quiero que tu creencia en Dios te haga incurrir en la sumisión indigna y vejatoria de los fanatismos, pero tampoco me gustaría, ni consentiría, que nadie tratase de arrebatarte esa espiritualidad. Si puedes y te sientes convencida, aléjate de los dogmas y las religiones –de todas, sin excepción: entre todas se desacreditan unas a otras, y además traen la guerra, la intolerancia, el derramamiento de sangre en pos de la creencia en dioses burlones, en cuyos tableros divinos somos simples piezas de ajedrez a comer y manipular-; pero nunca te alejes de tu espiritualidad.


Hace no mucho te pregunté, mientras me pediste visitar la iglesia que hay en el pueblo donde vive mi madre, si querías hacer la primera comunión. Previsiblemente me respondiste que sí, a lo que yo te advertí que todavía tenías que bautizarte para poder hacerla. Es curiosa la forma en que me miras cuando hablamos de estos temas, con una mezcla de suspicacia e incredulidad. Aún no asimilas que yo no pueda creer en Dios, y en cuanto tienes oportunidad vuelves a repetirme la pregunta que me has ido haciendo desde que tenías tres años: “Papá, ¿tú no crees en Dios?” Te respondo por enésima vez que no, y entonces meneas la cabeza negativamente, con sobreactuado y cómico fatalismo, a la par que me miras con piedad, con la compasión propia de un pastor que debiera sacrificar a uno de sus mejores perros por culpa de una enfermedad, y me dices: “Pues deberías creer en Él y rezar, porque te irían mejor las cosas.” “Prefiero que reces tú por mí”, te respondo. Y entonces me coges de la mano con una ternura que cada vez es más inusual en ti, mientras seguimos paseando por el interior del templo, y dictaminas: “Ya lo hago. Todas las noches.”


Catedral Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor, Alcalá de Henares.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Considero que es saludable tener en esta vida algo en que creer, ya sea una religión, un sueño, o cualquier otra cosa. Porque tenemos la capacidad de hacer nuestra propia religión a base de nuestras creencias y nuestra fe. En mi caso, mi religión eres tú. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Y tú la mía, mi deidad. TE AMO.