"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 12 de junio de 2013

El andaluz universal




De cuando en cuando, tal vez para darme aliento cuando dudo sobre mi talento y el oficio de escribir se convierte en una tarea ingrata, recuerdo, como si la hubiera vivido en primera persona, esa anécdota que le leí una vez a Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 10 de enero de 1956) acerca de la primera vez que una editorial decidió publicarle un libro. Si la memoria no me falla, la editorial era Seix Barral, y el editor que llamó al autor jaenense para decirle que habían recibido el manuscrito e iban a publicárselo, nada más y nada menos que el poeta y crítico literario Pere Gimferrer. "No podemos pagarte mucho...", dijo el poeta. A lo que Muñoz Molina respondió: "Ah, ¿pero encima me van a pagar?" Imagino la cara del autor de El invierno en Lisboa -esa cara algo rubicunda y rural, ingenua, que ha ido volviéndose más consistente e interesante con el paso de los años, gracias en parte al trabajo de asesoramiento de imagen que le hace su mujer, la escritora Elvira Lindo- al verse telefoneado inesperadamente por un escritor de renombre, y presupongo que jamás llegó a imaginar los éxitos que su escritura cosecharía en el futuro. En un tiempo en el que no existía aún Internet, las bitácoras virtuales ni las páginas de promoción en redes sociales, y cuando aún faltaban unos años para que algunas editoriales comenzasen a ofrecer a los autores la opción de la autofinanciación de sus obras, los escritores pertenecían a otro linaje más sólido y genuino. Hoy en día cualquiera escribe a sabiendas de que tendrá lectores, aunque a menudo sean pocos y virtuales, pero entonces un escritor era un tipo raro, excepcional, que debía curtirse primero en periódicos locales y gastar su dinero en sobres y sellos para enviar sus obras a las editoriales, esperando que el talento y el tesón -el primero es un arma encasquillada sin la muy necesaria detonación del segundo- acabasen por dar sus frutos.

Me alegré mucho cuando hace unos días, mientras hablaba por teléfono con mi pareja, vi en las noticias que le habían concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras; sentí esa saludable envidia, no exenta de orgullo por un escritor al que siempre admiré y defendí (más todavía considerando que desde hacía unas cuantas ediciones no se lo concedían a ningún autor español), de quien desea para sí mismo un destino similar. Este premio, como todos los que ha recibido a lo largo de su trayectoria, no es fruto de favoritismos ni sospechosas alianzas, sino la consecuencia lógica y merecida de su prosa depurada, de su capacidad de contemplación del mundo y las personas que lo habitan, de su humilde erudición, de su acérrima y bien argumentada defensa de la necesidad de contar historias que, desde tiempos ancestrales, ha desarrollado el ser humano. Según sus propias palabras, "el escritor continúa el oficio inmemorial de los narradores de cuentos, que daban forma mediante relatos orales a la experiencia compartida del mundo. Contar y escuchar historias no es un capricho, ni una sofisticación intelectual: es un rasgo universal de la condición humana, que está en todas las sociedades y arranca en la primera edad de la vida". Para mí, una de las cualidades de este "andaluz universal", en palabras de Juan Ignacio Zoido, que más han logrado que merezca este galardón, es ese convencimiento suyo de que "sólo se puede escribir de verdad desde un estado de absoluta libertad interior", ajeno a modas, tendencias literarias y presiones editoriales, pero sobre todo ajeno a esa ambición que lleva a creer a muchos escritores que son mejores que otros por los premios que han recibido: "Yo he visto a personas muy obsesionadas con recibir ciertos premios, enfurecerse cuando no se los daban y emborracharse de soberbia cuando se los daban. Y pasa el tiempo y piensas: ¿qué sentido tiene eso?" Porque este autor que vive a caballo entre Madrid y Nueva York no ignora que el factor de la suerte también juega un papel importante en el mundo de la literatura, y que cada nuevo libro a escribir debe abordarse como si fuera el primero, con las mismas dudas e inseguridades del principiante. Así, según él -no puedo estar más de acuerdo-, uno no debe escribir pensando en los reconocimientos que va a recibir, sino pensando primero en acabar su trabajo, luego en que alguien lo publique y, finalmente, en que esa novela tenga lectores. 

Muñoz Molina es un escritor a tomar como referente, ya no solamente por la belleza y la magistralidad con que desarrolla sus historias, sino por su convicción de la enorme necesidad de ser una persona humilde para poder disfrutar del oficio de la escritura. Le deseo todavía más éxitos, y no me cabe duda de que aún le quedan muchos cartuchos que disparar. Desde esta malograda bitácora, casi anónima, le deseo al maestro mi más sincera felicitación.