"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 19 de junio de 2013

Con premeditación... y con ortografía




Los libros arden mal, pero arden aún peor los imbéciles. Sobre todo, aquellos que son aplaudidos y premiados por la cobardía y la falta de personalidad del resto. Y es que estamos en España, oigan, y eso de ampararnos en el rebaño para tratar de encontrar alguna traza del valor que no poseemos a solas, de manera individual, es muy nuestro, muy cañí, muy trending topic; casi tanto como hacer autos de fe de cualquier nimiedad o creer, ingenuamente esperanzados, que por reírle las gracietas al bufón de la clase evitaremos que él no se ría también, en un futuro próximo, de nosotros. 

Es el ejemplo que actualmente da una parte -espero que pequeña- de la comunidad bloguera, donde parece haberse extendido la pueril creencia de que el talento va intrínsecamente asociado al número de seguidores del que goce una bitácora, y que para tener el máximo de seguidores posibles vale todo, desde los arrodillamientos con ruidos de succión incluidos, hasta burlarse de terceros e incluso de cuartos para que un segundo nos acepte, nos dé su talentosa bendición y, ya de paso, se haga seguidor de nuestro propio blog. Así ocurre en las secciones de algunas bitácoras que conozco desde hace algunos años, cuando se me convencía de que un escritor sin un blog no era nadie (aunque luego descubrí que la mayoría de los escritores que a mí me interesan, a los que más respeto y admiro, no tienen uno), que deben su fama y sus numerosas visitas al ejercicio de lapidación que hacen de personas que, por el motivo que sea, no han podido adquirir una mínima cultura. En estas secciones se publican fotos de carteles o anuncios, todos ellos reales, en los que la persona que los ha colocado comete faltas de ortografía garrafales, lo que al parecer desata la carcajada colectiva y el aplauso unánime, por parte de los seguidores del blog en cuestión, al administrador del mismo que se encarga de colgarlos anexando un texto que ridiculiza al autor o los autores de los susodichos carteles y anuncios. No contentos con sentirse como esos adolescentes lameculos que graban con el móvil las palizas que el matón le propina al profesor o al pringaíllo de la clase (tal vez para hermanarse con el energúmeno en cuestión y, de ese modo, no convertirse también algún día en otra de sus víctimas), los propios seguidores le envían al administrador del blog fotografías de carteles y anuncios que han encontrado por sus lugares de residencia y que también sufren vistosas faltas de ortografía. De esta manera se aseguran un pequeño reconocimiento en la exitosa bitácora que siguen, disfrutan como monjitas en un chiste verde al ver sus nombres expuestos (previo agradecimiento por parte del administrador) en el texto despectivo, y todos ríen jovialmente al pensar que al fin han dejado de ser un pobre grupúsculo de follatabiques y don nadies. Lo paradójico de todo esto es que muchos de esos seguidores que se burlan de la incultura de otras personas también cometen faltas de ortografía al comentar las entradas, y alguien debiera recordarles que no están escribiendo por el teléfono móvil, que en español los signos de exclamación e interrogación se abren antes de cerrarlos en la frase y que a muchos de ellos les ha salvado el culo, pudiendo disfrazar con ellas su antigua incompetencia, las nuevas reglas ortográficas que la RAE estableció hace algún tiempo. 

Miren, no voy a dármelas de santurrón: reconozco que yo también me he reído alguna vez al ver por la calle un cartel mal escrito, e incluso, en alguna ocasión al principio de conocerlas, al ver algunas de las cosas publicadas en las secciones de las que hablo; leídas muy por encima, entonces yo no sabía que las entradas allí escritas se burlan indiscriminadamente de cualquiera, con independencia de que sea evidente que muchos de esos carteles y anuncios están escritos por personas que no han podido gozar de una educación, como un post publicado hace no mucho tiempo en el que aparecía el cartel de un huerto, con tantas faltas de ortografía que parecía hecho a propósito, obviamente escrito por una persona mayor, de campo, que seguramente no tuvo más opción que dejar el colegio y trabajar desde niño. La diferencia estriba en que mis risas no han estado nunca conminadas por el respaldo de la jauría, y he sabido de quien reírme: no me sonrojo al decir que, al verme atacado por algún listillo con ínfulas de académico o por algún perdonavidas de tres al cuarto, orgulloso de no haber agarrado un libro en su puta vida, yo también he participado de esa pedantería que nos hace referirnos a la incultura de otros como método de defensa. No ha sido así, sin embargo, con esas personas que, por circunstancias de la vida, no pudieron tener una buena educación. Entre ellas, mi propia madre, criada en una chabola en los años negros de la posguerra, a la que su analfabetismo no le ha impedido ser una de las lectoras más ávidas que he conocido, una de las personas que más me han inculcado la lectura, y cuya humildad y sentido del ridículo siempre la motivan a pedirme consejo cuando redacta algún papel de las administraciones públicas o cuando escribe un WhatsApp, porque sabe que tiene muchas faltas de ortografía y probablemente no quiere que se ría de ella gente como los seguidores o los administradores de los blogs a los que hago mención. 

Ya me huelo el percal después de publicar esta entrada, y es seguro que algún aludido se frotará las manos cual mosca ante un cerote de perro, lupa en mano, en busca de faltas de ortografía cometidas aquí con las que rebatirme lo expuesto. Ya le anticipo yo que las encontrará: en primer lugar, porque soy un ser humano y cometo errores; en segundo, porque me paso las nuevas reglas de la RAE por donde amargan los pepinos, por habérselo puesto tan fácil a los poetas del SMS. Lo mismo da: es probable que el aludido las recopile todas para entregárselas al amo, displicente y moviendo alegremente el rabo, secundado con el beneplácito del resto de la jauría. Y es que ya se sabe que las felaciones limpian, fijan y dan esplendor. 

4 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Es que cualquier pintamonas que escribe más de cuatro palabras seguidas o se auto publica un libro que no vale ni para limpiarse el culo, ya se cree más culto que cualquiera, cuando lo primero que entra dentro de la cultura, es el respeto hacia los demás, y la empatía por todos aquellos que no han tenido la suerte de poder estudiar porque se han pasado la vida entera trabajando. Estas personas si merecen mi admiración, los cuatro gilipollas que necesitan de la aprobación de los demás para sentirse alguien, aun a costa de ridiculizar a otras personas, se merecen mi desprecio. Porque hay que ser pequeño y penoso... Te AMO.

Raúl Viso dijo...

Las personas más incultas que me han rodeado -mi abuelo y mi abuela maternos, por citar a algunos- han leído más libros que la mayoría de las personas con carrera que conozco, y han sido los que con más ahínco me inculcaron el placer de la lectura, voluntaria o involuntariamente, bien porque me lo dijeran o porque siempre viese un buen libro en sus mesitas de noche. Quizá no supieran escribir, pero puedo asegurar que su gusto lector era exquisito y elegían bien a quien leían. TE AMO.

El infierno de Barbusse dijo...

"En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas." (El gran Gatsby)

Una cosa es, querido Raúl, el analfabeto que lo es porque, lamentablemente, no tuvo oportunidades, y otra el analfabeto funcional con título, carrera e incluso prestigio. De esos está el mundo lleno.

Esto es lo que hay.

Un abrazo.

Raúl Viso dijo...

A mí me irrita aún más el analfabeto que secunda y le aplaude las gracias al analfabeto al que tú haces referencia, porque a su analfabetismo se le añade la cobardía, tema extenso para otro texto.

Saludos.