"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 10 de junio de 2013

"Ciudad de cristal", de Paul Auster




Lo siento, lo he intentado con ahínco, pero es que hay autores que, por más que me los vendan como unos auténticos pesos pesados de las letras, siempre consideraré que están sobrevalorados. Ha vuelto a ocurrirme con Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 3 de febrero de 1947), del que ya he leído varias obras suyas -esta en particular, si no me falla la vetusta memoria, debe ser la cuarta; antes de ella fueron La noche del oráculo, Brooklyn foolies y Tombuctú, y sólo ésta última me pareció pasable, aunque sospecho que mi aprobado raspado se debe más a mi simpatía por el protagonista de la historia, un perro, que a una realista sensación de gozo al leerla- sin que llegue a entender muy bien a qué se debe tanto bombo y platillo con este autor. Tal vez mi capacidad comprensora se haya mermado seriamente por culpa de las múltiples distracciones a que la vida nos somete, pero lo cierto es que todas las novelas que he leído de Auster se me han acabado desinflando entre las manos. Si he de buscar una metáfora lo más gráfica posible para describir ese desamparo que siempre acabo sintiendo al leer al autor norteamericano, debería decir que sus obras vienen a ser como una erección portentosa en los preliminares de un acto sexual que, a medida que va llegándose al clímax, va languideciendo y perdiendo fuerza hasta malgastar el esfuerzo cometido y acabar convirtiéndose en un embarazoso gatillazo. Y es que de Paul Auster me gustan mucho sus ideas y temáticas, así como la manera de elaborarlas y presentarlas desde el principio hasta la mitad de la historia, pero ya pasado su meridiano pareciera que pierden fondo, se abandonan lo mismo que un ahogado que supiera que ya no tiene posibilidades de alcanzar la superficie, y acaban por resolverse con desenlaces que, a mi parecer, resultan algo peregrinos, sin hacerse valer de esa culminación que la magnífica idea inicial, sin lugar a dudas, merecería.

Se comienza con esta novela la llamada Trilogía de Nueva York (compuesta por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), un conjunto de thrillers posmodernos que, según los críticos -ha quedado patente de que discrepo con ellos, al menos con esta entrega-, marcan un nuevo punto de partida para la novela norteamericana. El protagonista, Quinn, poeta en otros tiempos cuya mujer e hijo murieron, vive en una absoluta soledad, aunque económicamente cómoda gracias a los ingresos que le aporta escribir de cuando en cuando novelas policíacas bajo el seudónimo William Wilson, uno de los personajes más afamados de Edgar A. Poe. Sin preocupaciones y retirado de toda vida social, su dedicación se ciñe exclusivamente a escribir estas novelas, pasear sin rumbo por Nueva York y tratar de que la añoranza resultante de la muerte de su esposa y su vástago no acabe por matarlo a él también. Tras varias noches recibiendo la llamada equivocada de alguien angustiado preguntando por un detective llamado Paul Auster, acaba por seducirle la idea de suplantar su identidad y aceptar el caso, quizá para probarse que él también es capaz de resolverlo con una eficacia idéntica a como lo resolvería el detective protagonista de las novelas que entrega cada seis meses a su editorial, en la que nunca han llegado a conocerle, ya que envía los manuscritos de una forma casi anónima y sin ningún agente literario que medie entre las dos partes. Quinn se embarcará, a partir de ese momento, en una aventura que le conducirá a proteger a un extraño personaje de la amenaza de su propio padre, sin llegar a imaginar que quizá también deba protegerse de sí mismo.

He creído entrever en esta obra un moderno homenaje al Quijote. Al igual que Alonso Quijano adoptó la identidad de los protagonistas de las novelas de caballería que leía, Quinn adopta en esta historia la identidad de un detective, similar al que protagoniza las novelas policíacas que escribe. Además, no son pocas las referencias que hace esta novela de la famosa obra de Cervantes, cuando el protagonista y el detective cuya identidad ha suplantado mantienen una larga conversación sobre la todavía existente vigencia que el libro probablemente más famoso después de La Biblia mantiene en el tiempo presente. Se agradece esa pequeña nota de erudición entre una prosa que se me antoja demasiado llana para desarrollar una idea que, en principio, me parece magistral, aunque tal vez sea el recurso de que el autor se sirve para no hacerla más farragosa de lo que ya es. En cualquier caso, con ciertas tramas muy complejas yo siempre agradezco recursos estilísticos más barrocos, más sustanciales para equipararse al alto nivel de la idea original a trazar en la historia. 

Me gustaría (sinceramente, con el corazón en la mano) que llegase el día en que, al leer una obra de este autor, idea y desarrollo se compaginen de tal modo que no me quede más remedio que quitarme el sombrero. Por el momento, me quedo con lo primero y desdeño lo segundo, aunque no descarto darle una quinta y hasta una sexta oportunidad. Mucho ruido y pocas nueces, aunque hay que reconocer que el ruido que hace suele resultar bastante agradable al oído.





Título: Ciudad de cristal

Autor: Paul Auster

Editorial: Anagrama

ISBN: 978-84-339-1476-7

Nº de páginas: 163

1 comentario:

La Maga Lunera dijo...

Me quedo con Tombuctú, aunque quizá mas por la tematica que toca que porque realmente sea una gran obra. Pero como bien dices, seguiremos dándole oportunidades. Y creo que El libro de las ilusiones te gustaría. TE AMO.