"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 25 de abril de 2013

Inspiración, divino tesoro




Ya tenía yo ganas de abordar este tema en mi bitácora, que tanta cola ha traído siempre entre creadores de cualquier ámbito artístico (e incluso no artístico, en algunos casos), en un extenso debate que  ha tenido siempre muchas opiniones encontradas y que nunca acaba de cerrarse. Por lo que respecta a mi persona, mi posicionamiento queda muy claro: no creo en la inspiración, y las musas que a mí me interesa que vengan a visitarme son las del esfuerzo, la disciplina y la vocación, en contraposición a esas Piérides que unas veces eran hijas de Urano o Éter y Gea, y otras de Zeus y Mnemósine, Plusia, Moneta Minerva, además de la puta nodriza que las crió a todas, Eufeme. (Prevengo: no busquen documentarse sobre mitología en este blog, si no quieren cagarla; no me he pasado un buen rato metido en la Wikipedia para transcribirlo todo al pie de la letra, y soy demasiado vago y honesto como para hacer uso del copia y pega. Eso sin mencionar que, a veces, descreo tanto de ese portal como de un libro de historia escrito por nacionalistas vascos o catalanes.)

Atenea junto a las musas, Frans Florins (1560)
Y es que, escéptico como soy hasta de mi propio escepticismo, me niego a creer que, en parte o en su totalidad, mi trabajo esté regido por la visita impertinente de nueve féminas canónicas, por un estado de éxtasis o furor poeticus, o bien por la más simplona de las descripciones que  he podido leer acerca de la inspiración artística: la de un brote de creatividad irracional e inconsciente. ¿Irracional e inconsciente? Joder, que alguien haga el favor de explicarme esto; a ver si va a resultar que el trabajo que desempeño tanto en este blog como en mis proyectos personales es solamente un mero e insustancial ejercicio de escritura automática, el cual no atiende a ritmos ni a cadencias, a la búsqueda de la palabra más efectiva o de la métrica más adecuada, a la estructuración previa de una trama para una novela, a la cuidada selección de unos poemas o unos cuentos que incluir en un poemario o en un volumen de relatos,  entre otros muchos etcéteras... Con tales acepciones, no es de extrañar que algún sector agriado de la sociedad tome la creación artística como cosa de vagos y mercachifles. Así que si he de quedarme con alguna idea -eso sí, con reticencias- acerca de esa palabra más manoseada que la guarrilla de mi barrio, prefiero el modelo de John Locke de la mente humana, allá por el siglo XVIII en Inglaterra, que sugería que las ideas se asocian entre sí y que una cuerda en la mente podía ser alcanzada por una idea resonante, viniendo a decir que la inspiración es de alguna manera un proceso de azar, aunque completamente natural, de asociación de ideas y un repentino pensamiento unísono. También, con peros, puedo comprar los conceptos modernistas de Sigmund Freud y otros psicólogos de la época, que sitúan a la inspiración en la psiquis interna del artista, aunque no acabo de tragarme eso de que en todos los casos sea producto de un conflicto psicológico no resuelto o de algún trauma de la niñez, recurso éste muy socorrido y utilizado por cualquier aspirante a loquero  para poder alardear de profesionalidad. 

El concepto de la inspiración, tal como lo han entendido y/o defendido numerosos artistas a lo largo de la historia -Edgar Allan Poe o Samuel Taylor Coleridge, por mencionar sólo a algunos-, me parece más bien cosa de prestidigitador de una feria local. El genio en la botella (que sus deseos tienen precio, siempre acaban teniendo un precio), el artista a su obra y la inspiración, en caso de existir dentro de ese divino contexto que nos han ido vendiendo a lo largo de los siglos desde la antigua Grecia, solamente si es forzándola, que no me parece lo mismo ser un buscador de señales que un iluminado. Si hablo de mi propia experiencia, diré que nunca me he quedado en blanco, jamás me han faltado historias que escribir ni proyectos creativos en los que trabajar; las raras veces que me he quedado bloqueado, ese enervante estado no se ha visto condicionado por una ausencia de ideas, sino por otros múltiples factores ajenos a eso que muchos llaman "falta de inspiración": la astenia, la desgana, la pereza, la salud incluso, las dudas que me asaltan a veces sobre cuál es la mejor manera de abordar y dar cuerpo a una narración o un poema, y que no me permiten decidirme y entrar a trabajar a saco. Y, aun cuando esto me hubiese podido ocurrir, quedarme bloqueado y no saber en qué trabajar, siempre hay infinidad de recursos con los que forzar a esas nueve perras a que vengan a encenderte la bombilla o a rendirte la pleitesía propia de un dios: asomarse al trabajo de otras personas a las que se admire; buscar en el diccionario alguna palabra que se desconozca, que resulte llamativa y atractiva al oído, y empezar a desarrollar una frase a raíz de ella, un párrafo a raíz de la frase, una página a raíz del párrafo, un relato a raíz de la página; salir a la calle, mirar el mundo, contemplar a la gente, emborracharse, conducir sin rumbo fijo, hacer el amor, buscar pelea... Qué sé yo, cualquier cosa que desate un cúmulo de emociones que sean susceptibles de acabar reflejadas en una historia. Luego, la propia ejemplaridad que resulte de lo escrito dará prueba de si ha merecido la pena, o no, el tomarse tantas molestias.


Inspiración, por Jean-Honoré Fragonard
La inspiración, como la suerte, mejor si es trabajada. Dudo que exista, pero si ustedes también trabajan en procesos creativos y creen en ella, no la dejen escapar; sería una auténtica lástima que esa hembra se les metiera desnuda y receptiva en la cama, y a ustedes les cogiera la oportunidad roncando de espaldas, dándole motivos suficientes para reprocharles el ser unos pichaflojas creativos. Y si se piensan que por sentarse a contemplar un atardecer de colores fabulosos y semiapocalípticos frente al mar, y que la nostalgia resultante de esa contemplación va a servir de reclamo y cortejo para que ella aparezca, van listos: el sentarse lacrimosamente a esperar ese amor, es precisamente la constatación amarga de que no se presentará a la cita.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Muy buen artículo, amor. Yo no sé en que creo, lo que si se es que con inspiración o sin ella, si no se trabaja, si no se dedica tiempo a aquello que queremos conseguir, no tendremos nada. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Gracias, nena, pero el mérito es de la Wikipedia. Y sí, si no se trabaja no hay nada que hacer. Te amo.