"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 28 de abril de 2013

"Claraboya", de José Saramago




Menos es más. Claraboya, la novela en parte póstuma de José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2010), parece confirmar esta máxima que todos debiéramos seguir a rajatabla, así en la literatura como en la vida. Tan diferente de lo que he leído del autor con anterioridad, esta joya encuadernada nos revela su despertar literario y nos da pruebas consistentes de esa grandeza de la que después se investiría el escritor portugués. Ya se traslucen, en esta maravillosa obra, los recursos estilísticos, los guiños, la lucidez, la originalidad, los "defectos" profesionales, la abrumadora fuerza de la voz narrativa de quien acabaría convirtiéndose en un Nóbel de literatura. Hasta tal punto es así, que casi siento lástima de esos editores que, en 1953, cuando Saramago era un joven desconocido que trabajaba de día en empleos nada fáciles y eludía el cansancio por las noches, invirtiendo sus horas de descanso en escribir y labrarse un futuro como escritor, ignoraron durante treinta y seis años el manuscrito que él les enviara tal vez pletórico de esperanzas.

Novela póstuma, pero no porque se encontrase el manuscrito después de la muerte del portugués, rebuscando en sus cajones, como muchas veces se hace despreciativamente con escritores de mucho renombre, de los que se publican cosas post mortem que los propios autores, de encontrarse con vida, se hubieran negado a publicar nunca. Cuando, en 1989, se dio el hallazgo fortuito por motivo de una mudanza en sus instalaciones, una editorial llamó a Saramago para decirle que sería un honor publicar su manuscrito -manuscrito que el autor dio por perdido durante décadas, porque era la única copia de la que disponía y cuando la envió no tuvieron los editores siquiera la deferencia de remitirle una cordial nota de rechazo-, éste se negó, dejando claro que la novela no se publicaría, al menos, hasta que él muriera. Así, no negándose del todo a que algún día viese la luz, y ya devuelta a su legítimo dueño, Saramago la abandonó sobre su escritorio, perdida entre papeles, y ni siquiera cuando su esposa, Pilar del Río -presidenta de la fundación que lleva el nombre del autor-, encargó que la encuadernasen en piel, desistió de su decisión de no verla publicada en vida. 

Para fortuna de los lectores, hoy podemos disfrutarla y reservarle un lugar de honor en nuestras bibliotecas personales. No dejará indiferentes, a esos devoradores de libros más exquisitos, la inteligencia con que se desarrollan todos y cada uno de los diálogos de la novela, pronunciados con la voz particular de cada uno de los diferentes personajes, cuidadosamente elaborados desde una maestría que me ha resultado similar a la que disfrutaba John Steinbeck cuando construía los sólidos y humanos protagonistas de sus novelas. Un zapatero que, pese al humilde oficio que desempeña, es más sabio que muchos hombres de carrera; Abel, huésped en casa del zapatero, al que su propósito de no atarse a nada ni a nadie en esta vida le convierte en prisionero de sí mismo; dos hermanas que comparten una vida lacónica junto a su madre y su tía, y que tendrán que esconder un escabroso secreto; Lidia, mujer atractiva y prostituta soterrada, que soporta a su amante tan sólo por el alto tren de vida que éste le ofrece; María Claudia, jovencita con ganas de expandirse profesional y sentimentalmente, a la que el amante de Lidia da trabajo y trata de seducir; un matrimonio que asiste tediosamente al declive de su relación amorosa y usa al hijo en común como arma arrojadiza; Justina, esposa de un ser despreciable, putañero y maltratador encubierto, por el que, no obstante, después de muchos años, comienza a sentir un atractivo sexual más cercano al sadismo que al amor... Una exhaustiva red de historias individuales, sencillas en su cotidianidad pero repletas de giros y traiciones, que irán cruzándose unas con otras, hasta dar fuerza y veracidad a la cita de Raul Brandao que abre el libro: "En todas las almas, como en todas las casas, además de fachada, hay un interior escondido." 

Aunque al abrir la novela resulta chocante encontrarse con una voz narrativa diferente a la que Saramago nos tenía -nos tiene- acostumbrados, una vez que se comienza a leer uno ya no puede detenerse. Escrita con una sencillez que no está reñida con la profundidad, y con un dinamismo asombroso pese a tratar temas tan lánguidos, he devorado esta magnífica obra paladeando cada una de sus palabras, de sus lúcidos e inteligentísimos diálogos, de esa cadencia que guía a la trama y esa nostalgia de la que se nutren sus frases, que aporta una sensación parecida a la de escuchar un hermoso y triste fado a solas, varado en la barra de un bar ya a punto de cerrar.


Título: Claraboya 

Autor: José Saramago

Editorial: Punto de Lectura

ISBN: 978-84-663-2687-2

Nº de páginas: 415

4 comentarios:

El lector Indiscreto dijo...

Excelente reseña. Me has motivado para leer este libro a futuro. Aunque sé que me voy con un boleto seguro: soy seguidor de Saramago desde que leí su ensayo sobre la ceguera.

Saludos!

Raúl Viso dijo...

Muchas gracias. Yo sólo llevo leídos tres libros de él, pero también me hice seguidor a partir de la novela que tú dices. También está reseñada "Las intermitencias de la muerte", por si te interesa.

Saludos.

La Maga Lunera dijo...

Muy buena reseña, amor, como todas las que haces. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Muchas gracias, mi niña. TE AMO.