"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 12 de marzo de 2013

"La lluvia amarilla", de Julio Llamazares




Está visto que no es necesario ser anglosajón ni calzar sonoros nombres como Jack London o Cormac McCarthy para dar a luz historias que hablen sobre la magnificencia y la crueldad de la Naturaleza (con mayúsculas) y sobre la valía de hombres íntimamente vinculados a ella, que deben sudar cada palmo de la tierra que heredaron y que les alimenta -espiritualmente, sobre todo- para preservar la memoria del paisaje que los vio crecer. Así lo demuestran escritores españoles como el que aquí me ocupa, Julio Llamazares (Vegamián, León, 28 de marzo de 1955), o más recientemente Jesús Carrasco, que se ha convertido en una de las revelaciones del año con su  primera novela, Intemperie, que ya va por la quinta edición y que estoy deseando que caiga en mis manos, a juzgar por un opúsculo que cogí en una librería de mi ciudad y en el que pude leer los dos primeros capítulos, muy prometedores.

La lluvia amarilla -término que da título a esta novela y que servirá de hilo conductor- hace referencia al oro viejo de los otoños, a esa luz mortecina, languideciente, que va bañando la memoria e infiriendo en el alma extrañas aprensiones; es el preludio de la muerte, de todo lo que ha de perecer, de todo lo vivo que está preparándose a morir con la llegada de los primeros fríos o a permanecer oculto, en un estado de animación suspendida, hasta que la primavera, de nuevo, haga resurgir la vida y colme de colores otra vez los montes y los bosques; es el manto de las hojas caídas de los chopos y los robles, el color de la fruta podrida en los árboles que nadie recogerá porque cuelga junto a los ahorcados, la tintura del cielo opresivo de las pesadillas, la taciturna fase del ocaso para quien ya no dispone de más patrimonio que su memoria, ni más insuficiente consuelo que una constante remembranza, entregado contra su voluntad a la más funesta de las melancolías; es el tono que adquiere la piel pétrea de los muertos, dejados a la espalda, que acarrea toda trayectoria vital y que tal vez nos vigilen para esperarnos en el viaje último o protegernos... Con esta idea de enorme carga simbólica, el autor leonés acomete una de sus ya conocidas obsesiones, que ya tratara en otras obras de su producción como es El río del olvido: la importancia que tiene el paisaje para el hombre romántico y lo crucial de preservar la memoria -la de un territorio particular, incluso- para cuando la vejez lo asista con su incomprensión y su soledad.

Andrés es el último habitante de Ainielle, un pueblo del Pirineo aragonés que ha ido quedando abandonado, bien por la progresiva muerte de sus vecinos o por la partida de muchos de ellos hacia lugares más prósperos. El viejo asiste a la degradación del paisaje que sus padres y sus abuelos cuidaron con tanto esfuerzo, negándose a abandonar el lugar donde nació y vivió y tomando como alta traición la decisión de esos habitantes que prefirieron marcharse de allí, incluido uno de sus propios hijos. Junto a su mujer, Sabina, será testigo de los indicios de la decadencia a la que se ven sometidas las casas colindantes a las suya, en rápido deterioro por culpa del abandono, hasta el punto de derrumbarse solas en mitad de la noche con gran estrépito. Pero el deterioro no sólo es arquitectónico: desesperada por la pronunciada soledad a la que están sometidos ella y su marido, que en parte la ha condicionado a esa situación de desamparo, Sabina terminará por ahorcarse de un árbol. Así, entonces, Andrés comprenderá con gravedad que es el último habitante de un lugar cada vez más anegado por las zarzas del olvido, y su falta de cordura, quizá, le hará erigirse en protector de una tierra de nadie, de la que sabe con certeza que no saldrá si no es con los pies por delante, librando una guerra particular que sólo podrá ganar el viento, la nieve y el silencio.

Sabe muy bien de lo que habla Julio Llamazares; Vegamián, el pueblo leonés donde nació, también desapareció. De hecho, Ainielle existe -al menos existía cuando el autor publicó esta novela en 1988-: quedó completamente abandonado en 1970, aunque asegura el escritor que sus casas aún resisten la acción degenerativa del tiempo y sus inclemencias, pudriéndose de a poco entre la nieve de las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto. No es de extrañar que esta historia se antoje como una tácita denuncia del abandono al que se ven sometidos tantos pueblos de España. Yo mismo he visitado algunas aldeas ya pasto del olvido, en la provincia de Guadalajara, y la atmósfera que allí se respira es la de una geografía herida, una región amputada que a nadie interesa restablecer al país, en cuyos muros y casas derruidas y abandonados cementerios queda patente la orfandad de una memoria que ya nadie protegerá, sólo custodiada por los gatos vagabundos y los perros semisalvajes que recorren sus callejas vacías y sus establos con techumbres hundidas.

Novela muy notable, pues, que le deja a uno meditando acerca de la frágil supervivencia de todas esas cosas que nos definieron y que quedarán sin dueño cuando ya no estemos en el mundo. Sin testigos que corroboren nuestro paso por la vida, no hay memoria; sin memoria, la vida bien podría ser un simple sueño.

4 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Esperando leerlo y comentarlo contigo. Me tiene enganchada ya antes de leerlo. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Creo que te va a gustar, aunque hay ciertas partes que flirtean con un género en el que tú eres, como tu nombre bien indica, una maga, con lo que considero que tú podrías haberlas escrito mucho mejor.
Te amo, mi niña.

Anónimo dijo...

TE AMO, TE AMO, TE AMO Y TE AMO!! (tu Maga lentejera!!)

Raúl Viso dijo...

Jajajaja... Y yo a ti, bichillo. Pero ¿por qué no lo has puesto con tu perfil de Blogger? TE AMO.