"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 20 de marzo de 2013

"El tango de la Guardia Vieja", de Arturo Pérez-Reverte




Quien me conoce, sabe a la perfección que soy un ferviente admirador y un fiero defensor de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 25 de noviembre de 1951), y que, en otro tiempo, fueron sonadas mis batallas contra sus detractores en redes sociales como Facebook. Entiendo que cada cual se gana sus enemigos y que el polémico autor de la Real Academia Española no se ha quedado corto en este propósito -si es que es eso, un propósito, aunque sospecho que él, al igual que yo, es de los que piensa que hacer algún enemigo de cuando en cuando puede llegar a resultar saludable, tonificante-, pero la experiencia me enseñó, sobre todo en este país donde la envidia y el hijoputismo son deportes nacionales, que ése es un coste necesario que hay que sufragar por ser honesto con uno mismo, por no apuntarse al carro del oportunismo, por erigirse en honrado mercenario cuando uno no se decanta por uno u otro bando o por este o cual partido político si es a costa de faltar a la verdad, por tener una mirada lúcida que predice el futuro a partir de revisitar el pasado sin demasiado celo ni nostalgia, por decir las cosas sin tapujos y no estar todo el día pendiente de ser políticamente correcto, y, sobre todo, por parir una obra literaria que ha generado millones de lectores en todo el mundo. De todos modos, la objetividad en las críticas de sus detractores es bastante dudosa, cuando la mayor de las veces éstas se basan más en una antipatía hacia la persona que a una mirada imparcial hacia el escritor y su trayectoria y obra literaria, y además es muy fácil lapidar a alguien desde la impunidad que otorga el ocultarse tras la pantalla de un ordenador, o bien amparándose en la masa, amagando un golpe e inmediatamente regresando a esconderse entre el rebaño, con ese ansia de masivo linchamiento que padecen los cobardes. Esto no debería suponer ningún problema para el creador del capitán Alatriste -para mí no lo supondría-, cuando es sabido que a las personas de más talento, en una tónica general, se las odia o se las ama sin términos medios, y me consta que Pérez-Reverte ha cosechado muchos más seguidores que detractores. Las cifras hablan por sí solas; así pues, que el diablo reconozca a los suyos.

Dicho esto, y por si alguien pensaba que por ser admirador de él no iba a escribir una reseña literaria que fuese imparcial, la última novela del autor cartagenero -vigésimo segunda de su amplia producción, si contamos la serie de novelas protagonizadas por el famoso espadachín a sueldo, Alatriste- se me ha hecho un poco farragosa. Tal vez sea por su historia de amor intermitente y fragmentada en tres épocas distintas, por algunos capítulos que, pretendiendo ser eróticos, resultan sórdidos (algo a lo que el autor nos tiene tan poco acostumbrados, mencionando además que no me gusta su forma de escribir cuando decide meterse en el jardín del erotismo), por sus personajes guapísimos y millonarios, tan perfectos que resultan irreales, por sus engoladas frases que parecieran sacadas de una antigua película en blanco y negro, y por sus innúmeros y melancólicos atardeceres desde la cubierta de un transatlántico o desde las terrazas de hoteles de lujo, pero da la sensación de que el viejo corresponsal de guerra se ha ablandado un poco. Es cierto que en esta historia también se dan elementos característicos ya aparecidos en otras novelas suyas, tales como la guerra o su recuerdo, su particular visión hacia el mundo de la mujer, su pasión por el océano, el mundo como inmenso tablero de ajedrez donde corroborar consecuencias por cada ficha movida o por cada decisión tomada, pero son antiguos recursos que aquí sólo aparecen muy de pasada, y se hace extraño que, además, siendo Pérez-Reverte un escritor propenso a parir personajes que son lúcidos perdedores -héroes cansados, los llama él-, haya decidido que esta última novela suya sea protagonizada por personas que, en un cómputo general, son enormes triunfadores.

El tango de la Guardia Vieja es la historia de amor entre Max Costa y Mecha Inzunza. El primero es un guapo gigoló, bailarín a sueldo, ladrón de guante blanco, antiguo soldado y vividor; la segunda, una hermosa multimillonaria que acumula dos matrimonios a sus espaldas y un hijo pronto a ser campeón del mundo de ajedrez, cuyo inmenso poder adquisitivo le permite cultivar ciertas aficiones a la depravación, guiada de la mano del lujo más ostentoso. Su breve e intenso idilio se desarrolla en tres épocas y tres lugares geográficos distintos, con devaneos intermitentes y casualidades no imposibles aunque bastante improbables. El primer encuentro de la pareja se da durante una travesía del Cap Polonio, transatlántico de lujo donde Max trabaja de bailarín de salón y animador de pudientes señoras; ella y él bailarán un tango que les marcará de por vida, bajo la atenta mirada del marido de Mecha, Armando de Troeye, compositor de éxito que mantiene una apuesta con un colega de oficio y que solicitará los favores del bailarín mundano para que lo guíe por Buenos Aires y lo instruya en los arrabales más peligrosos del tango puro y de la degeneración, sin importarle ofrecer a su señora como premio. El segundo encuentro ocurre en Niza, con Mecha distanciada de su marido por la guerra que ha estallado en España, y el antiguo bailarín mundano ejerciendo de ladrón de guante blanco para los fascistas italianos. El tercero, ya algo más cerca del ocaso de sus vidas, se produce en Sorrento, donde Max asume la identidad del millonario para el que trabaja como chófer y Mecha acude a respaldar a su hijo en una partida de ajedrez contra el campeón del mundo, Sokolov, que acabará siendo una compleja trama de espionaje, KGB incluida, para la que Mecha recurrirá a las antiguas habilidades del viejo bailarín mundano y así conseguir que su hijo pueda optar al campeonato mundial de ajedrez. 

La historia es bastante lenta y redundante, y no será del agrado de las mentes más puritanas. Además, si no se está atento se corre el riesgo de confundirse con el constante recurso de la analepsis, que guía al lector de una época a otra y de un lugar geográfico a otro, en un incesante flashback que empalaga por sus frases susceptibles de haber salido del cine, por la impoluta hermosura de sus personajes y por esa propensión que tiene el autor, enervante a veces, de documentarse hasta de las marcas de ropa y complementos que los millonarios de aquellas épocas usaban. Y es que da la sensación de que toda la trama se nutre de una melancolía anticipada que no es propia de Arturo Pérez-Reverte, tan hecho a ver en primera línea de fuego las aberraciones más deplorables de las que participa el ser humano. ¿Se nos estará haciendo mayor el escritor con más cojones de este país? 

3 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

De esta novela me queda el placer de haberla leído contigo, pero lo cierto es que se me ha hecho larga, larga, laaargaa... Te amo, mi vida.

Raúl Viso dijo...

Jajajajajajaja... Pues sí, muy laaaaaaaarga. Pero siempre es un auténtico placer leerte. Nunca dejes de pedírmelo, mi deidad.

TE AMO.

Anónimo dijo...

Muy buena entrada. Te felicito.

Salud.