"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 19 de marzo de 2013

El libro de Dalila (14): Día del Padre





Me sobran horas en la tarde, en el día, hoy, en este día, el Día del Padre. Qué terca propensión la del hombre en inventar días para todo: hay días del padre, de la madre, de la mujer trabajadora, de la paz, del cáncer, del Orgullo Gay, de San Valentín…; un larguísimo etcétera de efemérides a tener en cuenta, durante las cuales algunos espabilados devaluarán el sentimiento o el homenaje tratando de hacer dinero, o campaña electoral, o promulgando consignas y derechos que, a menudo o casi siempre, acaban donde empiezan otros derechos. No debería importarme, porque quien es padre o madre lo es todos los días, y lo seguirá siendo aun más allá de la escisión de la muerte, de la ausencia, de la distancia física o puramente afectiva; pero me sobran horas en este día, en esta tarde de luz cinérea con lluvia en los cristales, y trato de llenar ese tiempo vacío de ti, fumando, escuchando canciones en las que reconocernos, escribiéndote, mirando por la ventana para ver si te localizo en la calle, andando de la mano de tu abuela, con quien has preferido estar en este día en vez de conmigo.  Prendo el enésimo cigarrillo de la sobremesa y no entiendo tu volubilidad, y luego me culpo por condenar íntimamente tus vaivenes de veleta, siendo como eres sólo una niña de siete años. Hace apenas unos días, saliste del colegio corriendo para abrazarme y darme anticipadamente el regalo que me hiciste en clase para el Día del Padre, a pesar del llamado de atención que te hicieron tus compañeros, diciéndote que ese regalo era una sorpresa y no deberías habérmelo dado con antelación. Te podían las ganas, y yo lo acepté en el día que no era porque no quería parecer desagradecido, porque habría aceptado la horca o la hoguera o las mil y una fatigas del infierno con tal de no borrar de tu rostro esa sonrisa de expectación ante mi sorpresa y mi reacción al dármelo, esa mirada acuosa de perrillo leal que posa su cabeza en la rodilla de su amo para solicitar la caricia de aprobación.

 Un poema escrito y recitado por tu propia voz, una tarjeta de felicitación coloreada con esmero –“Para un PAPÁ”, así, en mayúsculas, ponía en la tarjeta, “con todas las letras, ¡feliz día!”-, una fotografía tuya, en la que sales en el mismo aula, encerrada en un marco de contrachapado, hecho a mano, que representa un sol y una luna y varias estrellas… Tengo el regalo delante de mí, y un puñado de horas a llenar con nada hasta que me vaya a dormir. Aún no le he quitado el precinto y el lazo donde va envuelto, aunque luzca menos, porque me da pena desbaratar el recuerdo de hace unos días. Ayer, sin embargo, cuando te llamé, me dijiste que no pasara a buscarte hoy, y hoy he vuelto a llamarte esperanzado, creyendo que habrías cambiado de opinión; pero nada más descolgarme el teléfono, antes incluso de saludarme, has vuelto a repetirme que preferías pasar la tarde con tu abuela y con tu prima, con esa prima de la que siempre te estás quejando, que siempre se mete contigo, que cuando nos la encontramos por la calle y te detienes para mostrarle a tu padre y presentarle a la novia de tu padre hace un gesto de desdén demasiado amargo para su edad, demasiado amargamente adulto, antipático, como una vieja desencantada de la vida encerrada en el cuerpo de una niña de siete años, porque tiene tu misma edad. ¿Eres tú, Dalila, o alguien te conmina a no verme? ¿He hecho algo mal, o acaso te disgusta la figura de autoridad que ejerzo contigo con más ahínco cada vez, porque me obliga la propia dejadez de tu madre y su familia, incapaces de inculcarte que hagas los deberes, de ir a hablar con tu profesor, de ver que ha bajado tu nivel académico y cada día que pasa pareces más desencantada, más aburrida de todo, más apática?

Vivo en una constante posición de desventaja, porque si no ejerzo la autoridad contigo, buscando así que estés a gusto conmigo y quieras verme a menudo, es muy probable que eches tu inteligencia a perder y tu capacidad de sacrificio, y si la ejerzo lo más seguro es que no te apetezca verme, para que no te dé la tabarra con los estudios y tus otras responsabilidades. Preferiría que no me vieras, si eso a mí me aportase garantías acerca del buen puerto al que iría encauzada tu vida, si tuviera plena seguridad en que, si no yo, tu madre o al menos algún miembro de su familia te explicase los beneficios de trabajar duro para alcanzar tus objetivos, para ir barriendo de tu camino obstáculos innecesarios que pueden llegar a malograr tu futuro, más aún en los tiempos negros que corren, en los que la palabra futuro más bien viene a ser una broma pesada. Para mí resultaría más cómodo soltarte de la mano, dejar que sean otros los que se ocupen o no se ocupen de tu educación, permitir que te estrelles, que caigas, y luego esperar a que me pidas que acuda en tu ayuda, que te levante o que te salve; de todos modos, por más desplantes que me hagas, voluntaria o involuntariamente, yo siempre estaré ahí, insomne de tu desarrollo, centinela de sueños, inquietudes, decisiones y consecuencias, y no debes dudar nunca de que, como dice la canción, mientras tu padre viva tú nunca estarás sola.

¿Qué te ocurre, Dalila? ¿A quién ves en mí, o quién te ha condicionado a verme de una manera tan desvirtuada, tan errónea? Sentirte tan lejana, tan aburrida, es como estar asistiendo a una larga y dolorosa despedida que nunca acaba de producirse ni culminarse. No hay nada en mi vida que en ti pueda generar interés; te aburres a cada instante, aun incluso en los ratos de ocio que pasas conmigo, y yo ya no sé cómo llenar tu tiempo irrevocable, tan valioso, con la motivación que supongo para alguien de tu edad, que todavía tiene toda la vida por delante para llegar a ser quien quiere ser, para perseguir sus sueños, para tomar el mundo y querer aspirar a lo máximo. No te dejes vencer nunca, pero sobre todo no te dejes vencer ahora que aún no hay marcadas cicatrices en tu alma, que eres demasiado pequeña para que nada de lo vivido hasta ahora te surta de males insolubles, de feroces melancolías, ahora precisamente que eres demasiado pequeña para que un error, por grande que sea, se torne incorregible. Yo estaré allí para lamer tus heridas, que siempre acaban llegando, leves o graves, incurables o no, para mostrarte que hay cicatrices que, aunque se resientan de cuando en cuando, pueden lucirse con orgullo, con honor, y aportan una lucidez y una serenidad de espíritu que ni siquiera los libros pueden otorgarte. Si alguna vez necesitas un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas, mírame a los ojos y dime que te cuente, tómame a mí aunque pienses que es demasiado tarde, siéntate a mi lado y posa tu cabeza en mi hombro, repróchame si lo prefieres, dame todo tu rencor como un divino tesoro, tu rabia, que yo sabré gestionarla por ti. Mientras que viva tu padre, no estás en el mundo sola.



4 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Preciosa y dura entrada, yo sólo espero que la vida demuestre a la nena lo grande y luchador que es su padre. Yo lo sé, porque lo vivo día a día. Emocionada con la canción, que sabes que es mi canción con mi padre, y que la siento en el alma tan profunda y tan cierta como deseo que la sienta tu niña. TE AMO, SIEMPRE ESTARÉ A TU LADO, SIEMPRE TE AMARÉ.

Raúl Viso dijo...

Lo de la canción ha sido un poco a propósito: sabía lo que significa para ti y, como siempre, no quería dejarte fuera de esto, porque tú haces mucho por la niña y por mí. Era mi manera de homenajearte y, por qué no decirlo, de envidiar la relación que tienes con tu propio padre.

Te amo, mi deidad.

La Maga Lunera dijo...

Yo sí que te amo... Te mereces lo mejor del mundo, mi amor. Y te juro que lo tendrás. Gracias por tanto. Sabes que quiero a la niña con toda mi alma. Todo se arreglará, te lo juro.

Ale dijo...

Sabes que te leo y una tremenda culpa me invade?
Si, siempre busqué un hombre que además de ser mi compañero de vida, fuese un gran padre.
Me equivoqué.
El padre de mis hijas no es una mala persona, es un hombre honesto y responsable, pero no es el que yo quería para mis hijas.
Cada noche cuando las contemplo dormir, les pido perdón por no haber sabido elegir a un inmejorable padre para ellas.

Sólo me resta decirte que no ceses en tu lucha por hacer de tu hija un ser libre, justo, honesto y sobre todo amado. Las palabras son nuestras aliadas, no dejes de hablarle y no olvides decirle cuanto le quieres.

Un post hermoso.