"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 12 de febrero de 2013

"Todos los hermosos caballos", de Cormac McCarthy




Primera novela de la mal llamada Trilogía de la frontera, de Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 20 de julio de 1933). Mal llamada, porque las tres novelas que la conforman -Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura- poco tienen que ver entre sí, salvo quizá el éxodo personal de individuos expulsados de su  universo particular, obligados a buscar tierras por descubrir donde la pasión por el oficio de vaquero no haya quedado obsoleta en los nuevos tiempos, quedando relegada a una mera e indigna reminiscencia del Salvaje Oeste. Eso, y las leyes amorales que rigen los mundos más violentos y en los que el individuo solamente puede salvarse si es obstinándose en salvaguardar su instinto de conservación y algunos códigos personales que hagan aflorar íntimamente valores cada vez más denostados en la sociedad contemporánea; denominadores comunes éstos últimos que no me parecen razones suficientes para conceder a estas tres obras el rango de trilogía, pues son elementos que no han dejado nunca de aparecer en todas y cada una de las novelas que han salido de la pluma semiapocalíptica del escritor norteamericano.

Como ocurre en muchas ocasiones, conocí primero esta obra por la adaptación al cine que de ella se hizo en el año 2000 -All the pretty horses, dirigida por Billy Bob Thornton e interpretada por Matt Damon y Penélope Cruz-, aunque en aquel entonces yo ignoraba que estaba basada en una novela de McCarthy, y aun ignoraba la existencia del propio escritor. La película no me gustó; me pareció larga, aburrida y renqueante, como a saltos, aunque ya entonces la salvaje sonoridad de su título se me quedó grabada, y gracias a ello, cuando descubrí al autor estadounidense, pude asociar ideas y recordar que yo había visto  hacía bastantes años una película que llevaba el mismo nombre que una de sus obras más importantes. 

Publicada por vez primera en 1992, Todos los hermosos caballos fue galardonada con el National Book Award y reveló a Cormac McCarthy como uno de los autores de mayor fuerza en la nueva narrativa norteamericana. Ambientada en 1949, en las tierras fronterizas y baldías que separan Texas de México, esta es la historia John Grady Cole, un muchacho de dieciséis años, de padres divorciados, que toma la determinación de huir de su país tras la muerte de su abuelo. Con una relación de amistad más bien desapegada con su padre, y ante la imposibilidad de convencer a su madre -una actriz de teatro ausente casi siempre de casa por sus giras- para que no venda el rancho heredado del abuelo fallecido y sea él mismo quien lo gestione, apasionado de los caballos hasta un punto rayano en lo espiritual, convence a su buen amigo Lacey Rawlins para escapar a México y encontrar una hacienda donde puedan ejercer la profesión de vaqueros que ambos llevan en la sangre, cada vez más en declive por la irrupción de los nuevos tiempos. La entrada de un tercero en discordia durante el trayecto, poseedor de un caballo bayo de gran valor que resulta robado, pone en peligro el trabajo de los dos amigos en la hacienda de un hombre poderoso y la relación que la hija de éste mantiene en secreto con John Grady, e introduce a los dos texanos en una espiral de conspiraciones, leyes sin justicia y una violencia sin límites.

Historia de amor y violencia con tintes a veces shakespeareanos, y con una carga espiritual muy palpable. Por vez primera en las obras que he leído de McCarthy, el amor, la pasión y las hermosas responsabilidades que se adquieren al estrechar unos vínculos afectivos, son entes vivos, sagrados más allá de la pura fraternalidad -en clara diferencia con ese amor de padres a hijos que nos hace llegar en otras novelas suyas como La carretera y La oscuridad exterior, sagrado también aunque desde otras cotas-, que trascienden a una fuente de fe inagotable, tanto si es en la relación prohibida con una mujer hermosa como si es en el sobrehumano entendimiento con los caballos, y que creo que quedan nítidamente explicados en algunos fragmentos del libro como estos: "Lo que amaba en los caballos era lo que amaba en los hombres, la sangre y el calor de la sangre que los recorría. Toda su reverencia y todo su afecto y todas las tendencias de su vida se inclinaban hacia los ardientes de corazón, siempre sería así y nunca de otro modo."; o bien: "Él miró aquellos ojos azules como un hombre que busca la visión del futuro aún no creado del universo." [...] "Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor."

Tal como ocurre con los diálogos en esa otra novela suya llevada al cine, No es país para viejos, McCarthy logra en la conversación final del libro mantenida por John Grady Cole y la tía y protectora de su amada, que se opone a la relación, una lucidez y un ingenio deslumbrantes, y sólo por llegar hasta este tramo merece con creces la pena tolerar las interminables descripciones que el autor hace de los paisajes circundantes, sobre todo para aquellos lectores a quienes les aburran las descripciones demasiado prolijas.

Una obra sin duda sobresaliente, de la que he disfrutado de cada palabra, que me ha dejado cavilando sobre el sentido de la belleza y el dolor, solubles ambos la una en el otro, y que aun días después de haberla leído todavía ando imaginando y deseando el mejor de los futuros para un hombre de la talla y la enorme valía de John Grady Cole.