"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 24 de enero de 2013

"Señora de rojo sobre fondo gris", de Miguel Delibes




No deja de asomarse a mi cara una irónica sonrisa cada vez que decido leer a Miguel Delibes (Valladolid, 17 de octubre de 1920 - Valladolid, 12 de marzo de 2010). Y es que quién iba a decirme a mí que aquel autor que tanto detesté durante mis años escolares, a fuerza de que me obligasen en las aulas a leer El camino -entonces yo pensaba que leer a Jack Kerouac me haría menos provinciano, adjetivo que entonces creía despectivo aunque todavía no alcanzara a entender que no hay nada más provinciano que un escritor estadounidense, y que era de vital importancia remarcar la preposición en para que quedasen bien  diferenciados los títulos de los dos autores: El camino, del escritor vallisoletano, En el camino, del mayor representante de la Generación Beat-, iba a aportarme tantos buenos ratos veinte años después. Esto confirma mi hipótesis de que hay lecturas para edades, lecturas que deben macerar en el polvo de un olvido transitorio hasta alcanzar la madurez necesaria -esto es, tal vez, la experiencia- para acceder a ellas y aprender a amarlas.

 En cualquier caso, tanto si uno es precoz al escoger esas lecturas como si no, y aunque todavía hoy me produzca más pereza asomarme a las aventuras de Daniel el Mochuelo que a las de Dean Moriarty, la obra de Delibes, para quien quiera asomarse a ella, siempre es síntoma de buena salud lectora y una de las más hermosas que pueda albergar la literatura española.

Ése, precisamente, es el calificativo más acertado que se me ocurre para describir la novela que aquí me ocupa hoy: hermosa. No dejo de advertir en ella, mediante una serie de similitudes entre la ficción de la historia y la realidad de la vida de Delibes, tintes marcadamente autobiográficos, siendo así que no me resulta descabellado pensar que el principal propósito del autor vallisoletano al escribir este largo monólogo fuera el de homenajear a su mujer, Ángeles, que al igual que la protagonista de la historia, Ana, también tuvo numerosos hijos y murió en circunstancias parecidas. Es sabido que el fallecimiento de su inseparable compañera y esposa, a los cincuenta años, en 1974, marcó profundamente al autor, y esta novela, así como otras de su producción como Cinco horas con Mario o la galardonada con el Premio Nadal en 1947, La sombra del ciprés es alargada, se hacen eco del temor que Miguel Delibes sentía hacia la muerte, tanto la de sus seres queridos como la suya propia.

Un prestigioso pintor, que está sumido en una profunda crisis creativa, va formando a partir de sus recuerdos un bellísimo retrato de su mujer con palabras dirigidas a su hija, presa junto con otro hijo en Carabanchel por oposición al régimen franquista, en una larga carta o monólogo que es un hermoso homenaje, aunque también una forma de exorcizar su dolor. El protagonista entiende que, fallecida Ana, su inseparable compañera, a la vez mecenas y motor primordial en su vida, no podrá volver a pintar. Ella suplía todas sus carencias, y con su enorme vitalidad y alegría compensaba el carácter taciturno de su marido, curándole sus miedos, mostrándole lo mejor de sí mismo, y así lo refleja en un fragmento que me parece sublime, cuando lo alcanza la certeza de que Ana va a morir: Ella era ahora la razón de mi miedo y el miedo mismo no podía proporcionarme el antídoto.  Con tal argumento, Delibes nos muestra la que fue su valía y su enorme sabiduría al mostrarnos la íntima vinculación que existe entre el amor y la creación artística, y hay pasajes a mi parecer tan sumamente hermosos y bien escritos que han logrado despertar en mí sentimientos encontrados, como los celos enconados que experimenté cuando en un tramo de la novela un amigo en común del matrimonio pinta a Ana -de ese lienzo proviene el título de la obra-, ya que su marido se muestra incapaz de realizar un retrato fidedigno de ella, tal como si yo fuese incapaz de escribir a mi novia y un amigo mío lo hiciera con más pericia que yo.

Cualquiera que haya amado de verdad, amará a su vez esta novela. Hermosa de principio a fin, sabia, alegre y triste a un tiempo (aunque sin caer en esos absolutismos sentimentales que nunca se dan en la vida real, la absoluta felicidad o la absoluta fatalidad), elaborada magistralmente, limpia, sana, con marcados valores cada vez más denostados en nuestra sociedad actual, tales como la fidelidad, la lealtad, la familia y la verdadera amistad de alguien que decide permanecer a tu lado con todas las consecuencias. Pocas veces tan pocas pinceladas, aunque sólo sean dialécticas, crearon algo tan bello.

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