"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 25 de enero de 2013

"Nada del otro mundo", de Antonio Muñoz Molina




Dos apuntes a tener en cuenta antes de comenzar a reseñar este volumen con la obra breve de ficción de Antonio Muñoz Molina. El primero y más importante, es que la edición que poseo de esta colección de relatos cortos es la antigua publicada por Espasa Calpe, y no la nueva que hace no mucho tiempo publicase Seix Barral, revisada y con dos relatos más añadidos, uno publicado por el periódico El País en 1999 (Apuntes para un informe sobre la Brigada de la Realidad), y el otro, último del volumen, escrito en 2011 (El miedo de los niños); la que yo tengo en mis manos consta solamente de doce relatos, aunque si bien suple esa mínima carencia un delgadísimo librito, también de mi posesión, publicado por la Biblioteca del periódico El Sol y titulado Te golpearé sin cólera, que recoge tres relatos -el primero es el que da título al volumen-, dos de los cuales son inéditos y no se incluyen en ninguna de las ediciones aparecidas de Nada del otro mundo. La segunda, y como mera anécdota a compartir con los lectores de A DESHORAS, es que este libro es más bien una relectura, porque ya hace algunos años leí gran parte de su contenido cuando lo saqué de la biblioteca municipal, no pudiendo finalizarlo por falta de tiempo.

Como ocurre con la obra breve de muchos escritores -sobre todo, si son principalmente novelistas-, los relatos aquí reunidos fueron escribiéndose poco a poco, a lo largo de diez años, entre 1983 y 1993, en los intervalos de tiempo neutro que existían entre las publicaciones de las otras obras del autor andaluz, sin propósito pero logrando en su cómputo total la unidad de un libro. El relato más antiguo de este libro, El hombre sombra, fue escrito en 1983 con la esperanza de ganar un concurso muy célebre en aquel entonces; el más reciente de esta edición, La gentileza de los desconocidos -permítanme la licencia gratuita de decir que me encanta la sonoridad y la fuerza de este título-, fue escrito a pocos meses de cerrar la edición y se publicó en el suplemento dominical de El País

Soy un gran defensor del relato corto, en un tiempo donde el gran número de lectores lo conforman los consumidores de novelas, si excluimos el centro y sur del continente americano, donde a ese propósito nos llevan muchísimos años de adelanto y saber hacer. Creo firmemente que es el género literario que mejor encaja con nuestro modo actual de vida; con él se busca y se consigue la comodidad, la inmediatez, la momentánea evasión de la realidad, elementos que precisamente tratamos de poseer en nuestro día a día vertiginoso. Y no estoy de acuerdo con lo que dice Muñoz Molina, en la nota preliminar del volumen, acerca de que escribir un relato o un cuento "impone menos" que escribir una novela y "parece más propicio a la tentativa y la aventura". Muy al contrario, creo que la novela permite ciertas disgresiones, a veces o muchas veces gratuitas, que el relato corto o el cuento no toleran por la economía de medios con que deben escribirse, y que raras veces una obra tan breve permite finales abiertos que pueden dar una sensación, fundada o no, de mediocridad. El relato corto ha de quedar absolutamente cerrado, con todos los cabos bien atados, procurando que el final sea un fogonazo instantáneo que trastoque (al menos, en el relato fantástico) la realidad, lo que no ocurre con muchísimas novelas. Otra ventaja a tener en cuenta en un libro de relatos es que uno puede prescindir del orden establecido que la novela impone con el seguimiento riguroso de unos capítulos, puede empezarlo por el principio o por el final, o leer sólo aquellos relatos que crean que le van a gustar; una novela te llega o no te llega, pero en un libro de relatos, por mediocre que sea, siempre se acaban encontrando cosas interesantes, y es prácticamente imposible que, de entre el cómputo de pequeñas obras allí reunidas, no haya al menos un relato que nos sorprenda, nos emocione o nos deje pensando. 

Así ocurre en Nada del otro mundo, donde hay temáticas variadas y relatos para todos los gustos. Creo que la obra, en global, es bastante notable, aunque también hay algún que otro relato -son los menos, pero los hay- de los que yo llamo "de relleno", como puede ser a mi parecer El cuarto del fantasma, protagonizado por un personaje con tintes cómicos, Lorencito Quesada, que los seguidores más aventajados del autor jaenense reconocerán de la novela Los misterios de Madrid. Y es que si a los relatos de Muñoz Molina hay que buscarles un denominador común, éste es el humor. No estoy diciendo con esto que los relatos aquí reunidos sean cómicos -nada más lejos de la realidad-, aunque sí se da una tendencia a crear personajes apocados, acomplejados, que pueden verse en las situaciones más inverosímiles a causa de su falta de carácter y su ausencia de autoestima, susceptibles más de causar risa que ternura o compasión. En el relato que abre el libro y que le da título, Nada del otro mundo, un escritor que pasa desapercibido en las críticas de los diarios se ve de pronto acosado por antiguos compañeros de juventud, que viven en un anacronismo casposo y siniestro de militantes de izquierdas con barbas espesas y prendas de pana gruesa; en El hombre sombra, una llamada fortuita dará la opción a un hombre de conocer a una mujer a la que, en otras circunstancias, jamás se hubiera atrevido a intentar seducir; un misterioso río marca la frontera de la desmemoria en Las aguas del olvido; en La poseída se trata el tema de los amores que son prisión, en un juego de apariencias que compara el amor sin medida con las adicciones; Las otras vidas es otro de esos relatos, bajo mi criterio, de relleno, tal vez porque no pude entender nada, al igual que me ocurrió con el ya mencionado relato El cuarto del fantasma y con La colina de los sacrificios; Extraños en la noche es una triste historia de soledad y desamparo en un hotel de Madrid; se trata en Si tú me dices ven la temática de las infidelidades; Un amor imposible relata la condición de un hombre patético enamorado de su compañera en un trabajo sórdido; en Borrador de una historia, un escritor de noveluchas baratas se ve atrapado en su propia ficción mediocre; y, para terminar, La gentileza de los desconocidos -uno de mis relatos favoritos del volumen- habla de la profunda soledad en la que viven algunas personas y de las que otras intentan sacar partido despiadadamente. 

 Como ya he dicho, el resultado final del libro es muy notable, y salvando los tres relatos que ya he señalado, el volumen me parece muy entretenido y original. Idóneo para leer entre parada y parada del autobús o el metro y conocer otra faceta diferente del autor de El jinete polaco. Presumo suponer que habrá más obras breves de Antonio Muñoz Molina en el futuro, aunque, como bien dice el autor al principio del libro, tal vez ya pertenezcan a otro linaje, por la distancia temporal que existirá entre estos relatos y los nuevos que quizá irá escribiendo.