"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 6 de enero de 2013

El libro de Dalila (13): Noche de contrición y Reyes Magos





Te dejé anoche dos mensajes en el móvil, vía WhatsApp, que decían: “Hola, mi niña. ¿Qué tal la cabalgata?” y “Te quiero mucho, mi vida. Ojala que los Reyes Magos te traigan muchas cosas, porque eres la niña más buena del mundo. Estoy muy orgulloso de ti.” Pero no hubo respuesta, y yo no me acostumbro a que a tu edad, seis años o ya casi siete –el 21 de febrero cumplirás ya tu séptimo año-, te hayan comprado un teléfono móvil. Creo que es un grandísimo error, más aún cuando tienes acceso gratuito a Internet en tu factura y no es un móvil básico, de ésos que ahora fabrican para los niños, en los que el acceso a la red está vedado y sólo se tiene la opción de recibir llamadas y poder telefonear únicamente a los números de tus padres y de emergencias, en caso de urgencia, sino que es uno de esos aparatos de última generación, con pantalla táctil y full equipe, para entendernos. También, íntimamente, ese artefacto del diablo supone para mí la embarazosa constatación de todo lo que yo no puedo darte y tu madre sí. No me resulta difícil imaginar la razón de que te lo comprasen, ella o tu abuela: de ese modo, se ahorran el tener que escuchar mi voz cuando llamo a tu casa para hablar contigo, dos veces al día. Al menos, a mi vez yo me ahorro el tener que escuchar sus voces cuando responden al teléfono, puedo tenerte localizada siempre que lo necesite y, ya de paso, vía SMS o WhatsApp, enseñarte toda la ortografía que no te estarán enseñando, porque me dices que en tu casa no te ponen a leer, a pesar de que tu profesor dejó clara la importancia –no es necesario decir que eso yo ya lo sabía- de leer al menos, a tu edad, quince minutos diarios, no ya para ir introduciéndote en el saludable hábito de la lectura, sino para tener la suficiente capacidad lectora que te permita solucionar problemas de otro orden, como por ejemplo entender el enunciado de un problema de matemáticas o desenvolverte con soltura en el metro o el autobús, descifrando los carteles de las paradas o de las calles y pudiendo dar una localización concreta en caso de perderte. A pesar de que en mi casa muestras interés por la lectura, te gusta y te pones a ello por cuenta propia, e incluso me pides que te lea antes de ir a dormir, habituada desde muy pequeña a ver mi entorno macizado de libros. Así que procuro escribirte correctamente los mensajes, sin desmembrar palabras y colocando todas las tildes en su debido lugar, confiando en que, niña inteligente como eres, vayas fijándote en cómo se debe escribir.

Desconfío de todo y de todos, es un gran problema que tengo, en parte creado por las innumerables veces que se me ha mentido a lo largo de la vida, por las traiciones y el escarnio al que me he visto sometido por parte de muchísimas personas, antiguas parejas y amigos muy íntimos incluidos. Tanto es así, que he tenido que tratármelo en el psicólogo, aunque no me dio ninguna solución fehaciente y sólo se limitó a decirme que mi desconfianza es absolutamente normal, dadas todas las trapacerías a las que me he visto expuesto a lo largo de la vida, que es muy corriente que un perro que ha sido maltratado huya de los palos o les muestre los colmillos. El verdadero problema radica en que a veces desconfío de personas que –debería saberlo- no me van a fallar en la vida, incluida tú misma. O eso espero y le pido a ese dios en el que no creo. Soy plenamente consciente de que desconfiar de un hijo es la mayor afrenta que un padre puede reservarle a su más hermosa obra; pero muchas veces no contestas a las llamadas o a los mensajes, alegando que se te había olvidado el teléfono o lo tenías con el sonido bajado, cuando segundos antes he visto que estabas conectada o siempre tienes el móvil a mano cuando estás conmigo, sin dejar de contestar a un solo mensaje de tu madre o de los miembros de su familia. No quiero desconfiar pero desconfío, y en verdad esto me está causando muchos tormentos, más de los que suelo admitir o reconocer a mis allegados y a mi pareja. Ayer sin ir más lejos pensé que habías visto los mensajes y que no te apetecía responderme, pero ya esta mañana me llamaste a casa para contarme lo que te habían traído los Reyes Magos en casa de tu madre, y eso hizo que aumentara mi confusión, también mi vergüenza; vergüenza porque no hayan podido pasar aún por mi casa, para dejarte tus regalos.

Sé de sobra que no te hacen falta; probablemente seas la niña con más juguetes que haya conocido, porque al estar mis propios padres separados y cada uno con su respectiva pareja, tienes seis abuelos en total, contando con el padre de tu madre, hace mucho tiempo fallecido. Eso sin mencionar a mi hermana, tu tía. Con lo que la suma de regalos que te llueven tanto en Navidad como en la Noche de Reyes, así como en tu cumpleaños, es ingente, e incluso me atrevería a decir que poco saludable para tu buena educación. Me asusta pensar que puedas llegar a convertirte en la típica hija de padres separados, a la que para suplir sus carencias afectivas se la compra con regalos y cualquier capricho material. No quiero que te conviertas en una hija tirana, o en una de esas mujeres que, siendo ya adultas, se enamoran más de los hombres cuanto mayor es su poder adquisitivo. Aun así, la actitud que conservan algunos miembros de tu familia frente a este respecto me posiciona en una situación de desventaja, estando en el paro como estoy, viviendo a salto de mata, y muy pronto procesado por impago de pensión alimenticia. Me resulta absolutamente imposible pagar tu pensión, Dalila, cobrando el subsidio que cobro, que me da únicamente para pagarme el alimento y la gasolina del coche, tan necesario para poder encontrar un trabajo. Todo lo que ves a mi alrededor  –el piso en el que vivo, la luz que gasto, la ropa que visto, la conexión a Internet, el agua, el teléfono, los gastos de comunidad- no es mío, no lo abono yo, sino mi familia, a la que para poder devolverle todo lo que están haciendo por mí debería vivir durante mil años. Ya ni siquiera puedo pagar la hipoteca de la casa que adquirí con tu madre, y tanto ella como el banco han hecho oídos sordos a la opción de alquilarla para poder afrontar ese pago. Sólo espero que sepas perdonarme… Tú y todos. Tú, porque cuando seas mayor y eches la vista atrás quizás decidas abrir tu propio proceso contra mí por no haberte dado lo que tu madre sí te da; mi familia, por todos los problemas que les estoy causando, aunque yo no lo haya elegido, sobre todo económicos; Paloma, mi novia, porque a veces debe aguantar mis humores, muchas veces amargos por la tensión a la que vivo sometido, por ver tan cercano el juicio y la toga oscura, sombría de los jueces, que a un mismo tiempo me asustan y sacan de mí la gallardía necesaria, la altivez si se quiere, para decir: “Afeitadme la cabeza y ejecutadme de una vez.”

Así que ya ves, no han venido los Reyes Magos a mi casa. Tal vez porque soy malo, tal vez porque me lo merezco, tal vez para mostrarte que no mereces a un padre que, a veces, desconfía de todos, también de ti.