"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 23 de enero de 2013

"Carlota Fainberg", de Antonio Muñoz Molina




Creo haber mencionado ya en esta bitácora que soy un fiel lector de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956), y no es esta la primera reseña que hago de un libro suyo. Ni será la última: próximamente aparecerá una de su volumen de relatos Nada del otro mundo. Desde que allá por el 2005 leyera su novela El invierno en Lisboa y quedase prendado de sus cualidades narrativas, confirmándolas algún tiempo después tras la ávida lectura de Beatus Ille -novela, bajo mi punto de vista, a ser llamada como una de las mejores escritas de todos los tiempos en este país, y ojalá el tiempo lo corrobore y me dé la razón-, no he parado de seguir muy de cerca el magnífico trabajo de un autor que me parece de los más lúcidos, saludables y consistentes del panorama literario actual. Lejos de premios y reconocimientos -ha cosechado numerosos de ellos, entre los que destacan el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica, y es miembro de la Real Academia Española-, la gran hondura y la capacidad de fabulación de Muñoz Molina hace que sus obras no necesiten apoyarse en temáticas excepcionales u originales para ganarse la expectación de los lectores. Al contrario que otros autores de peso, que muestran su valía literaria por la originalidad de la que son capaces para escoger temas que abordar en sus obras, quedando a veces en un segundo plano la pericia con que vayan desentrañando las tramas de sus novelas o relatos de ficción, Antonio Muñoz Molina no necesita de historias originales y nunca leídas para mantener al lector asido a la página, pues su ojo crítico y sus cualidades de buen fisonomista (sobre todo, útil para describir con una incisiva exactitud al español medio, de a pie), además de su prosa densa plagada de adjetivos inusitados pero muy efectivos, consigue que los actos más mundanos y corrientes se conviertan en sucesos excepcionales, así sea simplemente caminar por Nueva York e ir describiendo con todo lujo de detalles las costumbres de sus ciudadanos y el modo de vida americano, como ya hiciera en Ventanas de Manhattan.

Desgraciadamente, ése no es el efecto que causa con Carlota Fainberg. Tanto es así, que de no ser por el profundo respeto que siento hacia el autor andaluz y por los buenos ratos que me ha hecho pasar con tantas otras obras suyas, no habría acabado este libro. Creo que es una de esas novelas -corta, recalca Muñoz Molina en la Nota del autor preliminar, aunque no estoy de acuerdo con eso: la novela es de una extensión que me parece normal, ni corta ni larga, como para pasar a denominarla novela corta, olvidándosele quizá al autor que otras obras suyas, aún más breves, como es En ausencia de Blanca, no han sido englobadas por su parte en ese tipo de género narrativo- que de no haber sido escritas por un autor consagrado no hubieran sido publicadas por ninguna editorial, al menos de prestigio. La historia es predecible como el alba casi desde las primeras páginas, y uno asiste a su soporífero transcurso sabiendo de antemano lo que va a ocurrir, sin cabida a la sorpresa. Esto (que en la pluma de Muñoz Molina, por norma general, no habría sido un obstáculo para que la trama no perdiera interés), sumado a los constantes y cansinos anglicismos utilizados por el personaje que narra la historia -un tipo pedante en extremo, santurrón y aburrido-, hacen de esta obra mero relleno de una trayectoria literaria que es de las más consistentes que existen en este país. 

Dos hombres, con personalidades muy diferentes y contrapuestas, mantienen un encuentro fortuito en una sala del aeropuerto de Pittsburgh. Uno de ellos es Claudio, profesor de literatura apocado y fácilmente escandalizable que se dirige a Buenos Aires a dar una conferencia; el otro es Marcelo, ejecutivo competente y elocuente, de una extroversión rayana en la impertinencia, que espera un vuelo para Miami. Allí mismo, mientras una tormenta de nieve ha retrasado y cancelado la mayoría de los vuelos y mantiene sitiados a los dos hombres en el aeropuerto, Marcelo le cuenta a Claudio una historia secreta, de pasión y adulterio, con una mujer turbadora en el hotel Town Hall de Buenos Aires, que más tarde el pusilánime profesor de literatura podrá constatar, llegado a destino, en ese mismo hotel, aunque debiendo descubrir los límites entre la ficción y la realidad.

Obra a olvidar, desde mi punto de vista, de un grandísimo narrador, y que habrá tal vez que disimular en las estanterías de mi biblioteca, oculta entre otros magníficos libros de Muñoz Molina. Tratándose de él, es un mal menor, una pequeña debilidad entre la grandeza de títulos como El invierno en Lisboa, Beatus Ille, Plenilunio o su más reciente novela, La noche de los tiempos, reseñada también en esta bitácora.