"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 15 de noviembre de 2012

"Cosmética del enemigo", de Amélie Nothomb




Comienzo a echar de menos historias con finales redondos, y aunque el de ésta que nos ofrece Amélie Nothomb, autora de confusa procedencia -nacida en Kobe (Japón), proveniente de una antigua familia belga, habiendo vivido su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, en China y Japón, y no obstante considerada una autora francesa-, no me parece un mal final, creo que podría haberse elaborado más. A partir de la página ochenta y tantos -la novela es muy corta y sólo cuenta con noventa y seis páginas, con lo que tampoco es un mal resultado-, queda la agridulce sensación de haber querido hallar el desenlace con prisas durante el proceso creativo, siendo así que un relato tan sumamente original como este acaba cojeando, cayendo en ciertas incongruencias y divagaciones gratuitas. Aun con todo, la idea de esta historia me parece de una originalidad deslumbrante, y sus diálogos, magistrales. Es uno de esos libros que entretienen y, además, instruyen. 

Jérome Angust, empresario que en el aeropuerto escucha el anuncio de que su vuelo sufre un retraso, se topará con un inesperado e insolente interlocutor, Textor Texel, que le dará charla a pesar de su resistencia manifiesta. Durante esta impuesta conversación, Angust irá descubriendo la personalidad depravada y sociópata de su no solicitado acompañante, y en su fuero interno se irán perfilando sus más secretos y monstruosos fantasmas, convirtiéndose así su espera en un auténtico infierno ulterior. 

Cosmética del enemigo se convirtió en el fenómeno literario del otoño del 2001 en Francia, donde agotó en la primera semana tras su publicación la nada desdeñable tirada de 150.000 ejemplares. Tanto los lectores como la crítica coincidieron en el buen hacer con las letras de Nothomb. A mí, sin embargo, me ha faltado un poco más de paciencia por parte de la autora para elaborar un final que no pareciese escrito con prisas de última hora, aunque sin duda volveré a recurrir a ella y a consumir otras obras suyas, tales como Metafísica de los tubos, novela que ya aguarda en mi mesita de noche para ser leída.

martes, 6 de noviembre de 2012

Madrid languidece (del poemario "Algo sagrado")




Dónde estás, en qué calles,
transida tu mirada
de multitud y pétreo laberinto,
cediendo tus andares
al juego perverso que la ciudad
nos depara, en qué línea de metro,
descendiendo de nuevo a la ansiedad
por corredores que ignoran tu nombre,
que te engullen y en donde no me hallas
ni te hallo, mi chula,
reina de las aceras.


Amar una ciudad porque se ama
a quien así la habita
-cartografía de tu paso absorto-,
y alfombrar con claveles de tus labios
el piropo que quizá te ganara
con casto rubor de las avenidas,
portar en los ojos el homenaje
de las calles que te hicieron mujer,
esclarecer mi insomnio en tu pasado
levantando en las plazas
un vuelo de palomas.


Yo te busco, te busco,
te intuyo detrás de cada placa
que nomina una calle que te viera
crecer, busco tus ojos
entre los ojos de siete millones
de almas desnortadas,
soplo las níveas plumas de tu nombre
para hacer mullidas las calzadas,
donde caerá en blando
el monstruo de mis celos
cuando al fin lo derribe.


Yo te busco, amor, y no te hallo,
y está oscuro -soy yo-,
y Madrid languidece
como en un vientre un niño muerto.

lunes, 5 de noviembre de 2012

"Las uvas de la ira", de John Steinbeck




No puedo -ni debo- tamizar la sensación de frío, de rigurosa neutralidad, que me ha causado la lectura de Las uvas de la ira, la obra más famosa de John Steinbeck, aunque sin duda ha constatado un fenómeno que no por frecuente resulta menos curioso: que la mayoría, muchas veces, se equivoca, y que las obras más sonadas de un autor no siempre son las mejores, o acaso es que acaban denostadas de tanto estar en boca de todos. Como una película que, de tan ensalzada por público y crítica, al verla nos parece inferior a lo que nos mostraban los tráilers, o como esas canciones convertidas a radiofórmulas que acaban resultando las peores que pueda albergar un álbum de música, así quizá me ha ocurrido con esta lectura. No alcanzo a entender entonces que a esta novela se la considere mejor y más importante que Al este del edén, también del escritor californiano. Puede que la familia Joad sea más famosa  que la familia Trask -incluso Bruce Springsteen basó en ella su undécimo álbum, The ghost of Tom Joad-, pero la construcción de la primera, a mi parecer, pese a todo el dramatismo al que se ve expuesta por los acontecimientos históricos de la época, no alcanza la magistralidad y las cotas de desgarro lúcidamente elaborado que Steinbeck, gran conocedor de las flaquezas humanas, logró con la segunda. 

Tal vez esta pequeña decepción pase por considerar la obra más como una novela que como una crónica. Si me ciño estrictamente a juzgar la historia de los Joad como un relato de ficción, el resultado me parece algo parco, insuficiente, un quiero y no puedo, un construir una trama que, pudiendo haber resultado idónea para una novela coral, nunca llega a ninguna parte; si, por el contrario, asimilo esta triste aventura como fiel reflejo de una época no muy distinta a la que ahora, desgraciadamente, nos toca vivir, se abre ante mi entendimiento una crónica cruda y polvorienta de la tragedia que supuso para muchos americanos la Depresión económica que, originada por el crack bursátil de 1929, azotó durante la década de los años treinta a los Estados Unidos. Es por esto último, y no por su carga literaria, por lo que Las uvas de la ira me parece una obra valiosa: contiene todos los fatídicos elementos que caracterizan una crisis económica como la que ahora, tan presente, nos asola -esto es, el paro, la hambruna, la emigración, la xenofobia, la deleznable picaresca de unos motivada por la desgracia de los otros, la exclusión social, el deshaucio, el agresivo afán recaudatorio y la falta absoluta de piedad de los bancos, etcétera-, y se hace cargo de una rabiosísima actualidad, pese a tratarse de una obra escrita hace setenta y tres años. 

Tom Joad, recién salido de la cárcel por haber matado a un hombre en defensa propia, acude a reunirse con su familia en una humilde granja de Oklahoma. Allí se encuentra con que la tierra que él recordaba ya no es la misma, y que su imparable declive condenará a los Joad a un éxodo por las carreteras de Estados Unidos, en busca de la falsa promisión de California. Una vez llegados a ese edén de cartón-piedra que muestran los folletos que captan trabajadores, con promesas incumplidas de casas blancas y naranjos al sol, comprobarán la fragilidad del Sueño Americano y aprenderán que un ser humano, acorralado y forzado a sufrir la indignación por la precariedad y el hambre de sus hijos, es poco más que un animal dispuesto a lo que sea. 

La ira, la furia como paliativo del miedo, como vía de escape y combustible primordial para alcanzar el coraje que requiere la supervivencia. Este, presumiblemente, es el mensaje que el autor de Salinas quiere trasmitirnos con esta novela; pero el foco de acción de la historia no se corresponde a la palabra escrita, el relato flojea, hay mucho ruido y  pocas nueces, aunque con algunas escenas memorables, como la que cierra el libro -un ejemplo de altruismo y compasión-, y el uso de metáforas algo bíblicas a las que Steinbeck nos tiene acostumbrados para las clausuras de sus obras. Final abierto que nos hace preguntarnos, tras la lectura de la historia, dónde estará el fantasma de Tom Joad y si ya habrá comenzado su revolución.