"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 24 de octubre de 2012

Hasta que se duerma...



No le costaría ningún trabajo arrancar este mundo de raíz y devolverlo al vacío. Todo lo que tenía que hacer era morirse.

YUKIO MISHIMA


¿A dónde llevo este dolor mío? 
Corro, pero se queda a mi lado 
Entonces ábreme un tajo, derrámame 
Hay cosas dentro que gritan y aúllan 
Y el dolor aún me odia 
Así que abrázame, hasta que se duerma 

Como la maldición, como el animal solitario 
Lo alimentas una vez y ahora se queda 
Ahora se queda 
Entonces ábreme un tajo pero cuidado 
Hay cosas dentro que nada les preocupa 
Y la suciedad aún me mancha 
Así que lávame, hasta que este limpio 

Te agarra, así que abrázame 
Te mancha, así que abrázame 
Te odia, así que abrázame 
Te abraza, así que abrázame... 
Hasta que se duerma 

Dime, entonces, porque me elegiste 
No quiero tu apretón, no quiero tu codicia 
No la quiero 
Me abriré un tajo, haré que desaparezcas 
Ya no puedes lastimar a nadie 
Y el miedo aún me estremece 
Así que abrázame, hasta que se duerma 

Te agarra, así que abrázame 
Te mancha, así que abrázame 
Te odia, así que abrázame 
Te abraza, te abraza, te abraza... 
Hasta que se duerma ... 

(No lo quiero, no lo quiero 
quiero, quiero, quiero ¡no!) 

Entonces ábreme un tajo pero cuidado 
Hay cosas dentro que nada les preocupa 
Y la suciedad aún me mancha 
Así que lávame, hasta que me limpie 

Me abriré un tajo, haré que desaparezcas 
Ya no vas a lastimar a nadie 
Y el odio aún me modela 
Así que abrázame, hasta que se duerma

Me arrancarán, te arrancarán





Me arrancarán de ti, te apartarán de un tirón de mi abrazo más hondo, nos amputarán a los dos, nos marcarán a hierro candente el estigma en el alma que es preludio de una vida plagada de fracasos, porque nos dividirán y de esa división han de surgir tu inseguridad y la mía: la tuya, porque un niño debe alimentarse de la protección y el respectivo aprendizaje vital que cada uno de los cónyuges, padre y madre, le aporte como legado único; la mía, porque mi vida ya no será tal, sino el absurdo y la vergüenza, el escarnio por no poder haberte defendido, porque el enemigo contra el que lucho solo es una gigantesca máquina de guerra armada de leyes inamovibles, pétreas, cerriles, leyes inconmovibles que no contemplan al menor y convierten en criminales a todos los varones, que no dudan en abolir la presunción de inocencia cuando conviene, que pisan corazones y cosifican al hombre, convirtiéndolo en poco más que en una cuenta bancaria y un receptáculo de semen. Pero no acabará ahí la pesadilla, porque una vez escindidos el uno del otro, te adoctrinarán en mi contra, te avasallarán con informaciones falsas, te inyectarán el suero del descrédito hacia tu padre, escupirán mi nombre virulento para que ya en el suelo, insustancial y pisoteado, veas la escoria que soy. Me olvidarás, seguro, porque no creo en las hermandades de la sangre, sino del acercamiento, y la familia es algo completamente sobrevalorado cuando, como en cada cosa ejercida en la vida, no se trabaja, cuando no se fortalecen los vínculos a diario, con un binomio de cariño y educación, y esa persona que ahora es tu padre, esa figura protectora para ti (aunque yo ya no sea un hombre, sino un pelele), acabará por convertirse en un simple visitador y, en última instancia, un desconocido. Me olvidarás, Dalila, y yo, armado solamente con la desventaja y la impotencia, me iré muy lejos, de la mano de un viaje sin vuelta, allí donde el olvido es igual para todos.
Ya ha comenzado la acción degenerativa, el proceso por el que tú has de convertirte en arma arrojadiza y moneda de cambio. Y a mí no se me permite defenderte de la suma injusticia de que te arranquen de esa figura que para ti, por ahora, en presente, es sagrada. Contemplo tu sonrisa cuando me abrazas y me pregunto cuánto queda para que la borren de tu cara y, en su lugar, dibujen una mueca de payaso triste, un trazo grotesco y chillón en el lugar donde tenías la boca. Para defenderte tendría que saltarme las leyes, convertirme en estadística en las páginas de prensa y en los informativos de la televisión, manchar mi reputación y la de tantos hombres buenos, justos, respetuosos, igualitarios, grandes padres, grandes trabajadores, grandes figuras de amor y protección, y entonces los juzgados se harían cada vez más impenetrables, las togas de los jueces serían de un negro más intenso, un martillazo seco sobre el estrado que aplastaría sin remisión a tantísimos hombres de buena voluntad. Cuando eso ocurra, cuando suenen las trompetas del juicio y la página con la sentencia sea un filo limpio dispuesto ya para amputarme de ti, mi vida no valdrá nada, y yo tomaré la resolución de aferrarme a la última cota de dignidad que ya podría permitirme a mí mismo: prescindir de ella si no puedo vivirla contigo a mi lado.

miércoles, 17 de octubre de 2012

"Hijo de Dios" y "La oscuridad exterior", de Cormac McCarthy




Dos reseñas en una para venir a confirmar lo que tiempo ha llevo sospechando: que me he convertido en un ferviente admirador de Cormac McCarthy, la sorpresa literaria más satisfactoria que he podido hallar en los últimos tres años, aun cuando no todas sus novelas me parezcan obras magistrales. Es el caso de estos dos relatos que reseño en esta entrada, Hijo de Dios -quizá la más floja de las dos- y La oscuridad exterior, historias loables en cuanto a la originalidad de su temática, pero que flaquean, a mi parecer, en su ejecución. Así con todo, no faltan en ellas todos los elementos a los que el autor estadounidense nos tiene acostumbrados: sus abrumadores conocimientos de la naturaleza, un elenco de personajes singulares, poco más que vagabundos, en constante peregrinación para ir en busca de lo mejor o peor de sí mismos, supervivientes a veces de su propio yo interior, y parajes de belleza salvaje y semi apocalíptica. Aunque de calidad muchísimo menor que otros títulos de su producción como pueden ser La carretera, No es país para viejos o En la frontera (esta última novela reseñada también en este blog; veánse las etiquetas), uno puede encontrar en estas dos historias toda la fuerza narrativa de McCarthy, su prosa sincopada a veces, su deliberada  y acertada ausencia de signos de puntuación que darían a sus relatos unas pausas o descansos que resultaría incongruente otorgar a personajes que viven sin tregua, en constante movimiento. 

Hijo de Dios es la historia de Lester Ballard, un joven inadaptado, casi hermitaño, al que su sexualidad reprimida y la expulsión de las tierras de sus antepasados le incita a merodear por la comarca de Frog Mountain, en busca de víctimas que satisfagan su lujuria insaciable. El relato es de una brutalidad abrumadora, rayano en la repugnancia, sobre todo por no asistir por parte del narrador de la historia a ninguna mínima muestra de moralidad. Pero, quizá por eso precisamente, el perfil de esta especie de asesino en serie se antoja tan real, tan susceptible de causar en el lector sentimientos de absoluto rechazo, como esos actores a los que cogemos manía tras haberlos visto siempre interpretando papeles de malo de la película. La novela apenas cuenta con un argumento, excepto tal vez el de las andanzas y traperías de un auténtico hijo de la gran puta de la América rural y profunda, pero la certera prosa del autor consigue entretener al lector hasta la última página.

La segunda novela a reseñar, La oscuridad exterior, ya es harina de otro costal. De hecho, para alguien que sea asiduo a las obras de McCarthy, quizá podrá intuir en esta obra un primer germen de esa otra obra suya tan exitosa y llevada al cine, La carretera, o al menos distinguir en ella denominadores comunes: el instinto de protección, el desconocimiento ante parajes inhóspitos, la hostilidad de congéneres extraños y hostigadores, de oscuros perseguidores que conminan a aguzar los sentidos en pos de esa ausencia de leyes que conlleva la supervivencia. Sin embargo, este relato también conserva, al igual que Hijo de Dios, elementos que pueden producir el rechazo y el asco del lector, en contra de los valores más significativos del ser humano que despierta la novela La carretera. Una mujer da a luz al hijo de su propio hermano en la cabaña que los dos habitan en condiciones indigentes. Éste engaña a la mujer, abandona al bebé en el bosque y le dice que ha muerto, pero la criatura es rescatada por un trapero nómada que recorre la región infatigablemente vendiendo sus artículos de segunda mano. Al descubrir la mentira de su hermano, la mujer emprende un viaje vital en busca de su hijo, en tanto que por los caminos y senderos que recorre proliferan extraños ahorcados de los árboles, víctimas de un grupo de misteriosos y aterradores desconocidos que darán caza a los protagonistas durante todo el relato. Lo más meritorio de la historia es que no se explica en ningún momento el móvil de los perseguidores, por qué ahorcan a la gente ni qué motivos tienen para hostigar a los dos hermanos, todo para acabar con un final extraño y apocalíptico, y que aun así la historia no pierda coherencia ni atractivo.

Insisto entonces en recomendar apasionadamente a este autor, aun cuando no todas sus novelas puedan despertar en el lector su atractivo o incluso su simpatía. A veces aterrador como Stephen King, otras aguerrido como William Faulkner, la mayor de ellas perfecto conocedor de los elementos de la naturaleza y aventurero como Jack London o Conrad, versátil y original a rabiar. Por mi parte, de su producción tengo a la espera de leer la novela Meridiano de sangre, y ya estoy frotándome las manos de imaginar cuánta originalidad y belleza paisajística encontraré en sus páginas.

martes, 16 de octubre de 2012

"La destrucción o el amor", de Vicente Aleixandre




Este es el primer libro de poesía que reseño. Me he cuidado mucho de reseñar poemarios en esta bitácora, teniendo en cuenta que, en materia de poesía, tratándose de un género literario que da cabida a múltiples interpretaciones por parte de los consumidores del mismo, una crítica puede ser (tanto si es constructiva como destructiva) desacertada con los sentidos que su contenido pueda despertar en los lectores. Yo, por mi parte -y en mi calidad de poeta, o no tanto, sino de aprendiz de poeta-, siempre me sentí más ligado a la Promoción poética de los 50 que a la Generación del 27, tal vez porque pasé mi vida escuchando las taciturnas y grisáceas historias de posguerra de mi padres y porque la poética ejecutada por sus miembros -sobre todo, la de José Ángel Valente- me llegó más certeramente al corazón. Aun así, de la Generación del 27 también distingo a mis predilectos, y éstos no son otros que, por orden de preferencia, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, a los cuales considero mejores poetas que a sus coetáneos Federico García Lorca y Rafael Alberti. Disculpen la herejía, pero al primero lo considero el niño mimado de la poesía española, y salvando algunas cosas como su poemario Poeta en Nueva York, me parece que está sobrevalorado -espero que no se me echen encima todos esos flamencos que lo tienen en tan alta estima-; del segundo, sólo me parece salvable algunos poemas de su obra Sobre los ángeles, y su poética, la mayor de las veces, me parece facilona y rayana en lo cursi o lo infantil. 

Pero vamos al libro del que habla esta entrada, que no quiero buscarme más enemigos de los que ya tengo, por más que ése sea un saludable hábito que practican las personas que deciden posicionarse y ser fieles a sí mismas y a sus creencias. La destrucción o el amor es un hermoso canto a la unidad amorosa, desde el inicio del sentimiento hasta el momento en que éste acaba, un recorrido poético por todo el proceso amatorio que sufren los enamoramientos abocados a un fin, y además resulta un gran ejemplo de la mejor poesía surrealista que se ha escrito en este país. El poemario está seccionado en seis bloques de poemas, y le valió al autor el Premio Nacional de Literatura en 1933. Su buen hacer con las letras también le supusieron el ingreso en la Real Academia de la Lengua, así como numerosos galardones, entre ellos el Premio de la Crítica y el Nóbel.

Sin nada más que añadir, sólo puedo recomendar este volumen que ha servido de guía para tantas generaciones de poetas posteriores, y hacer hincapié en que no todos los poetas que hacen tanto ruido son los mejores.

Breves desiderables: V. Tu cuello: descenso




Amar el cuello enfebrecido
que roto al pie de un mármol solo
retiene su sangrienta llamada
como ese corazón que contiene su anhelo.

VICENTE ALEIXANDRE




Es un vértigo insabido, un cisne
de satén tan umbrío
durmiendo entre las algas de tu pelo.
Es pilar y es sostén
de tu cabeza que imanta la luna,
soñadora, tal y como te quiero
soñando el futuro próxima a mí,
próxima como tu cuerpo al deseo,
como mi larga caricia a tu nuca.
Es gacela derribada en la almohada
que por su quinta vértebra
espera un escalofrío de médula
con que se haga de seda su muerte,
su muerte displicente
al predador que estrangulan mis manos.
Y es el descenso y la fascinación
hechos algo más que obtusas palabras,
descenso al consulado de tus hombros
y más allá tu espalda, otra vez
tu espalda interviniendo en el poema.

miércoles, 3 de octubre de 2012

La niebla en el alma (apunte para una novela)




Es tan sencillo suicidarse como asesinar. Más
sencillo aún, porque la víctima no se resiste.

STEPHEN MARLOWE, El faro de la última orilla





Las ideas son a prueba de balas, es sabido. Un hombre puede disparar a otro hombre, matarlo, pero no a sus ideas. En cambio, las ideas sí que pueden a uno descerrajarle un tiro limpio en la sesera, procurarle un único billete de ida  a  la santa tierra de  los  títeres sin cabeza.  Sobre todo –tanto más peligrosas- si son las ideas propias las que acaban por guarecerse en las palmas de tus manos para dirigirlas oscuramente y que se deslicen y se cierren en torno a la culata de ese arma que comienza a apoyarse, imagino, con una frialdad irreal, casi ficticia, sobre cualquiera de tus sienes.

A mi padre las ideas también se le guarecieron en la palma de la mano durante el extraño atardecer del 19 de enero de 1982, pero a él no le encañonaron a una de las sienes, sino bajo la barbilla y con los dos cañones de la vieja escopeta colocados oblicuamente, que no es lo mismo aunque lo parezca, porque hay suicidios y suicidios, y suicidas y suicidas; y mi viejo, obsesivo y metódico como pocos, sabía que, además de resultar incómodo por tratarse de un arma de grandes dimensiones, pegándose un tiro en la sien era improbable que sobreviviera pero no imposible, milagro que no ocurriría ni en el mejor de los casos si el tiro se lo pegaba bajo la barbilla y con los cañones colocados de modo oblicuo, inclinados levemente hacia la garganta, que entonces los proyectiles harían un trayecto completo, destrozando primero parte de ésta e inmediatamente astillando la mandíbula, para después continuar su ascenso letal hasta la bóveda del cráneo y más allá, buscando la salida y, de paso, colmando de fuego el epicentro del cerebro y haciéndolo estallar como a una manzana pisoteada. Mi padre sabía eso (tal vez como dilucidaron el forense o la policía científica y prefirieron no explicarle a mi madre), al igual que sabía que de haberse cortado las venas en vez de pegarse un tiro, la forma más eficaz hubiese sido haber practicado en la cara interior de la muñeca un tajo vertical, no horizontal, para que las venas allí alojadas sufrieran un daño irreparable y fuese casi imposible detener la hemorragia. Mi padre, sin duda, sabía ese tipo de cosas; los volúmenes que encontré en su ajada biblioteca sobre suicidio, pulsión de muerte, formas de tortura y enfermedades mentales estaban casi tan manoseados como algunas de sus novelas favoritas.




Supe de la verdadera causa de la muerte de mi padre veintiséis años después de que ocurriese, cuando aún no hacía ni cuarenta y ocho horas que había dado sepultura al cuerpo sin vida de mi madre, hinchado y exhausto de luchar sin una sombra de éxito contra una enfermedad de la que no me molestaré en hablar. Estaba en el dormitorio que había sido de ella, en el modesto piso que las dos ocupábamos en la parte vieja de la ciudad, hurgando en sus pertenencias para tratar de encontrar algo entre ellas que de algún modo pudiera devolverme su esencia –algo: un objeto, un antiguo frasco de perfume, un libro quizá que a ella la marcase y que yo pudiera leer y releer como forma de comunión con la mujer que me había traído al mundo-, que me aportase un rastro todavía fresco de su paso crucial por mi vida, que me confirmara que hubo un tiempo precioso en que existió, ya que hay ocasiones en las que se pasa por trances dramáticos en que necesitamos indicios que atestigüen o nos recuerden que ciertos hechos concretos de nuestra vida han sucedido en verdad, cuando de pronto comenzó a definirse en mi organismo una angustia indecible, una sensación irracional y repentina de muerte inmediata que se manifestó a través de mi cuerpo mediante palpitaciones muy rápidas y vigorosas, falta de aire y opresión en el pecho. Fui presa del pánico en pocos segundos: sentí ganas de salir corriendo, de pedir auxilio a gritos o buscar ayuda sanitaria urgente. Traté de calmarme y mantener la compostura sin conseguirlo, y la dolorosa certeza de esta imposibilidad me hizo al fin romper a llorar, no sé si por miedo a mi posible muerte o por la vergüenza que sentía hacia mí misma al dejarme dominar de forma tan sumisa y patética por ese mismo miedo, y entonces los síntomas desaparecieron casi tan súbitamente como habían aparecido. El llanto fue un paliativo, cumplió como debía su función de desahogo, resultó ser una necesidad que yo no me había permitido desde hacía mucho, desde el fatídico día en que mi madre y yo fuimos al hospital a recoger sus resultados y la diagnosticaron aquella enfermedad terminal, la dieron un plazo como quien sabe la fecha exacta de caducidad de algún alimento y la imprime en su correspondiente etiqueta; y meses más tarde, en la fase final de su sufrimiento, y aun algunos días después, cuando los empleados del cementerio ya empujaban su ataúd hacia el interior del nicho, tampoco derramé ni una sola lágrima, ni siquiera en la intimidad y el silencio legamoso posterior al funeral, mentalizada primero de que debía ser fuerte por las dos, mientras durase el proceso terrible de su enfermedad, y luego, tras el entierro y la ceremonia, convencida soberbiamente de que yo no necesitaba llorar. Sin embargo lloré, más tarde que temprano lloré, y lo hice con toda la engorrosa morralla que conlleva un llanto histérico y prolongado –tan poco propio de mí-, con pucheros e hipos y mocos y lágrimas negras de rimel corrido, así hasta vaciarme, hasta sentir que podía respirar de nuevo. Y entonces comprendí, realmente comprendí, aunque yo ya era una mujer adulta, la importancia psicológica y afectiva que tiene para un niño saberse huérfano en el mundo.

Estaba ya buscando un Kleenex en el primer cajón de la mesita de noche de mi madre, resuelta a no dejar rastro en mi cara que demostrase que había estado llorando, como si me debiera explicaciones a mí misma, cuando vi la caja. Uno de sus ángulos sobresalía de entre los numerosos vestidos de mi madre, alineados impecablemente –era una mujer presumida y orgullosa que no se permitió ninguna dejadez personal cuando mi viejo la abandonó contando yo apenas tres años de edad, aunque me enteré de eso al mismo tiempo que tuve noticia del suicidio de mi padre- a lo largo de todo el armario empotrado, el cual aún permanecía abierto cuando a mí me sorprendió el ataque de ansiedad mientras revisaba su vestuario y sus efectos personales. Corrí las perchas con los vestidos a fin de sustraer con más comodidad la caja del fondo del armario, la cual reposaba sobre la cajonera que mi madre hizo instalar ahí dentro, siempre atormentada por el poco espacio del piso y por las prendas que debía tirar y renovar sin encontrar tiempo nunca para dedicarse a ello. Era una caja ordinaria de cartón, demasiado ancha y profunda, no muy pesada aunque suficiente incómoda de agarrar y manipular. [...]


"Claus y Lucas", de Agota Kristof




Recién acabo de enterarme de que el 27 de julio de 2011 falleció, a los 75 años de edad, Agota Kristof. Estaba buscando una foto de la autora húngara para poner en esta reseña, cuando me he dado de bruces con la noticia. Murió en Suiza, donde residía desde 1956, exiliada por su activismo contra el régimen prosoviético. No es extraño en mí andar tan desactualizado, al menos en materia de literatura contemporánea, si consideramos que apenas leo novedades editoriales; si algún libro relativamente actual cae en mis manos es tras varios años después de su publicación, casi por casualidad o porque otras personas se han empeñado en que lo lea, y ya he dicho en reseñas anteriores de este blog que es muy difícil que los nuevos autores aparecidos puedan llegar a sorprenderme o emocionarme tanto como los de toda la vida.

Pero no es exactamente el caso de esta autora: primero, porque comenzó su andadura allá por 1987, y segundo porque, aunque por primera vez reunidas en un solo volumen, las tres novelas que conforman esta saga datan de los años 1987, 1988 y 1991, respectivamente. Fue en 2007 cuando se reunieron El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. No me duelen prendas a la hora de reconocer que no está siendo un libro fácil de reseñar: el carácter extraño del argumento de cada una de las tres novelas -denominador común entre ellas- unido al desamparo al que se ven constantemente sometidos los personajes, hacen de este volumen, por tramos, un tanto confuso de leer, pese a que su estilo narrativo es seco, llano, sin florituras que adornen la crudeza de su prosa, a veces tratando de ser (al menos, en la primera novela) humorística.Yo llegué a este volumen hace un par de años, cuando me dirigí a la librería con algún dinero en el bolsillo y, raro en mí, me dejé convencer por el dueño, empeñado en que me interesase por autores que antes no conocía, abandonando por primera vez en sus estantes a mis predilectos. No me resultaba fácil sustituir a mis autores favoritos por una autora que no conocía, de la que antes nunca había leído nada, pero el buen hacer del librero, su esfuerzo y su asesoramiento -cada vez se echan más en falta profesionales así, acostumbrado a tratar con apoltronadas ratas de biblioteca que solamente se limitan a mirarte por encima de la montura de sus gafas, tras el mostrador y la caja, y a las que parece no importarles que las compres un libro o no-, me instó a ser agradecido y probar suerte con lo que me ofrecía.

La primera novela del volumen, El gran cuaderno, me pareció terriblemente divertida y audaz, un verdadero propósito en tratar de desarbolar de una vez por todas ese tópico manido acerca de la inocencia de la infancia. En ella, a causa de la guerra, los gemelos Claus y Lucas se ven de pronto escindidos de sus padres y obligados a vivir con su abuela, una anciana déspota, cruel y analfabeta. Los hermanos, condicionados por múltiples carencias vitales y afectivas, aprenderán las leyes de la vida, a ser autodidactas en muchos ámbitos, y se dedicarán a anotar sus proezas y progresos en un gran cuaderno. En la segunda novela, La prueba, los gemelos se separan: uno de ellos cruza la frontera y el otro se queda en un país que, aunque lejos de la guerra, está dominado por un régimen autoritario. Se hace patente el desgarro de Lucas al verse separado quizá de la parte más importante de sí mismo, su gemelo Claus, y de esa ausencia él construye la esperanza de poder suplir su dolor mediante el altruismo y el hacer el bien al prójimo, para aprender al regreso de Claus que, muchas veces, la generosidad puede preceder a la maldad. La tercera novela, La tercera mentira, es para mí la más confusa, y aquí se abandona ya del todo el tono humorístico de la primera para embarcarse en un viaje que oscila entre las ruinas del pasado, ya acabados los horrores de la guerra, y la falsa esperanza de llegar a alcanzar la plenitud que, bien mirado, pese a la idealización de cualquier pretérito, nunca se tuvo. 

Un libro extraño, sin duda, nimbado de cierta magia que hace que uno visualice en blanco y negro las escenas que lee. Aunque no me parezca de lo mejor que he leído, me aportó buenos ratos y me entretuvo mucho, propósito sencillo éste, el entretenimiento, que debieran perseguir tantas otras obras.

lunes, 1 de octubre de 2012

Breves desiderables: III. Tu frente: cima




Allí está, la cima, alta cumbre
donde ocurre tu sagaz pensamiento,
pared de muselina
y parapeto tras del cual tus dudas,
a las mías idénticas,
se excluyen de abismarse
y fijar su ojo abierto en el insomnio.


Yo sé que, en tanta noche por delante,
he de retirarte un mechón de pelo
y exonerar la fiebre con mis manos,
posarlas en tu frente
buscando suavizar los fuegos fatuos
surgidos del desvelo,
buscando, con mi beso protector,
adelgazarla como a una restinga
que lame el mar antiguo
con su son de grava y cantos rodados.