"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 26 de septiembre de 2012

Chitón




No hay cosa que me irrite más sobre la faz de la Tierra que las personas que no escuchan y no dejan hablar a nadie. No soy un hombre maniático; tengo algunas rarezas, como todo el mundo, pero en cuestión de manías estoy bastante limpio: no me molestan la luz ni el ruido para dormir, no me molesta que alguien me pida un cigarrillo por la calle (siempre y cuando lo haga con educación, faltaría más), no me irrita que alguien pruebe de mi comida, no soy escrupuloso, no tengo rituales específicos para hacer tal o cual cosa, no soy fácilmente escandalizable, no tengo ningún problema en hablar con cualquier tipo de persona, independientemente de su condición social, su raza, religión, sus creencias políticas (si no son extremistas, lo mismo me da hacia la derecha que hacia la izquierda), y únicamente soy más susceptible cuando escribo, tarea que me gusta desempeñar con el máximo silencio posible y sin distracciones de ningún tipo. Pero a las personas que no escuchan y/o no dejan hablar, con mucho gusto las agarraría del pescuezo y lo retorcería como a una bayeta usada. 

Recién llego de una reunión de padres del colegio de mi hija y, como siempre que se dan estas citas en la escuela, vengo con una sensación a caballo entre el cabreo y el desamparo. No soy un acérrimo defensor de los profesores -tampoco es que sea un gran detractor-, porque considero que, en esto de la docencia, hay demasiado profesor y muy poco maestro, mucha suficiencia al elegir profesión dependiendo de la nota sacada en su día en selectividad y muy poca vocación, muchos intereses de bienestar personal y poca preocupación por el futuro de las generaciones venideras, muchas miras al presente más inmediato y ningún atisbo al mañana, mucho abuso de poder y muy pocas ganas de una igualdad real, mucha pugna entre docentes y padres y poco o ningún entendimiento. Pero al César lo que es del César, y el tutor que le ha tocado este año a mi hija ha merecido con creces que me quitase el sombrero ante él y que partiese una lanza a su favor frente a muchos de los padres allí reunidos. Y es que es increíble que a un grupo de veinte padres (y madres, no se me vaya a ofender alguna feminista talibán) se les tenga que llamar, en el aula, más la atención que a los menores -nuestros hijos- que nos acompañaban en la reunión. La escenita hay que cogerla con pinzas, que se dice por estos pagos: el profesor tratando de explicar la dinámica de trabajo y los objetivos a conseguir durante el curso, en tanto que la una hablaba con la otra sobre si tal o cual niño convidaba o no a sus compañeros en su cumpleaños, dos madres llegaban con media hora de retraso (riendo joviales por haber interrumpido la reunión, que por lo visto les hacía mucha gracia), a aquél de más allá le atronaba el chunda-chunda del teléfono móvil, otra mujer nos contaba sus penas y desgracias personales y la gran mayoría discutía acerca de si era mejor o no una cooperativa para comprar el material escolar, todo esto antes incluso de darle la oportunidad al profesor de explicarnos con detalle en qué consiste exactamente la opción de la cooperativa. A todo esto, mientras contemplaba al profesor teniendo que interrumpir sus frases cada dos palabras, a mí me iba subiendo un creciente mosqueo por la sangre, y a poco no me he levantado de mi sitio y me he puesto a su vera para decirle: "Tú por el ala izquierda y yo por el ala derecha. A repartir hostias se ha dicho y a ver si se callan todos de una puta vez: la letra con sangre no entra, pero de todos modos éstos no van a gotear mucha porque la tienen solamente en la sinhueso." Juro por mi hija que he estado en garitos de copas menos ruidosos que ese aula y conocido a peluqueros, taxistas y prostitutas que prestaban más oídos que este nutrido grupo de maleducados. 

Lo peor es cuando la persona que habla por los codos no atiende a sutiles señales. Entonces, lo mismo da que le pongas cara de fastidio, que abras un libro y te pongas a leer durante su charla, que le respondas con escuetos y secos monosílabos, o incluso, cuando a unas malas, resignado ya, intentas meter baza en la conversación y la cotorra en cuestión no te permite ni pronunciar dos palabras seguidas. Es ahí cuando uno quisiera llevar un kit especializado para estas ocasiones: esto es, cinta americana de buena calidad para amordazar, una soga resistente con nudo corredizo incluido o un aerosol de pimienta. Para gente pacífica, existe también el pack más light, que no consiste en otra cosa que un ipod, provisto de auriculares, con la discografía entera de Pantera y Sepultura, o bien un buen megáfono para hablar más alto y tapar las palabras del otro, hasta que se aburra, o mejor aún, para gritarle: ¡Chitón!

Breves desiderables: II. Tu boca: provisión





La acecho con mis dedos, la repaso
como a huella dactilar pintándola,
porque oficie de artesano que desbasta
el gesto duro que suele darse en ella,
boca voraz, estuario de mis besos,
recinto en que ofrecerte
mi lengua subsidiaria,
oquedad de la fruta umbría que vive
nutrida de tu aliento y su relente,
pico letal del labio superior
tal boca de azor desmayado en la caza
del aire, ese hálito a prodigio
y producción de tus depredaciones,
denticulares así como la marca
que, con hambre atrasada, sobre mi cuello
rubricaste.


Escancia ese rescoldo
de tu saliva ahora en mi boca,
prodúcela con gozo desde la tuya
y déjala caer en mi garganta,
que yo sabré beberla
como licor divino,
como mistela de muerte tan pródiga
envidiada por todos.


Necesito que me des el reducto
de tu sed, de tu hambre,
tornarme paladar en esa entrada
al sentido, y allí entonces nutrirme
del alimento tibio de tus labios,
posar en ellos, voraces, los míos,
y de ese beso, al fin, aprovisionarnos.

martes, 25 de septiembre de 2012

Los tebeos son literatura




Los tebeos son literatura. Este viene a ser el gran titular que resuma lo que vengo a explicar con esta entrada. Porque es cierto, porque los tebeos también son literatura, porque ya está bien de que se trate de fomentar la lectura con métodos erróneos... ¿Meterle entre dos rebanadas de pan con chocolate, a unos críos, El lazarillo de Tormes? ¿Tratar de captar a unos adolescentes en el buen hábito de la lectura diciéndoles que leyendo El Quijote experimentarán más sensaciones y verán más cosas que cogiéndose un ciego de maría en los bancos del parque de su barrio? Seamos serios, por favor, pero además seamoslo de la manera más efectiva que existe para ser serio, que es tomar por una cosa muy seria el buen humor. Con estos métodos arcaicos de Ministerio de Cultura apoltronado en su suficiencia sólo conseguiremos disuadir a la juventud, en vez de ganar nuevos adeptos para esa sana, buena y revitalizante costumbre de leer a diario. 

Para alguien como yo, que fui muy mal estudiante, el haber sido tan aficionado a los tebeos me salvó de convertirme en un auténtico merluzo, de esos que se enorgullecen de no haber agarrado un libro en su puta vida y que afirman -golpes solemnes en el pecho a mano abierta, tratándose de un jambo, y ruidos de masticación de chicle y deglución de saliva, tratándose de una choni- que su escuela fue la calle, en tanto que no saben qué responder si se les pregunta qué es una democracia (juro por mi hija que esto lo he visto en la televisión, y es verídico). Sí, también mi escuela fue la calle -es una escuela tan buena como otra cualquiera-, pero no fue la única; también lo fueron los viajes, la carretera, el paisaje, la naturaleza, algún maestro entre tanto profesor y, sobre todo, entre otras muchas cosas en las que se incluye también la propia escuela, el dibujo y los tebeos. Gracias a la afición que tuve por el dibujo a muy temprana edad, pude aprender a tener sensibilidad y a saber respetar el trabajo de los otros, a no simplificar una tarea ejecutada por un segundo o un tercero -fuera cual fuese ésta, artística o sencillamente laboral-, a interesarme ya no solamente por los ilustradores que plagaban de dinamismo las páginas que leía -Todd McFarlane, John Byrne, Francis Leinil Yu, contándose entre mis favoritos-, sino por los grandes pintores -Dalí, Turner, Sorolla, también entre mis preferidos en este ámbito-, porque al final acabé tomando durante muchos años clases de pintura. 
La constante lectura de tebeos hizo que aprendiese más ortografía que en cualquier clase de lenguaje, me enseñó a sentir cierto desamparo si no tenía frente a mí unas líneas que leer antes de irme a dormir o si no podía disponer de algún tipo de letra impresa en caso de despertar en plena noche, fugado de las fauces de una pesadilla. Con cinco años apenas, visionar a Superman abrazando a Lois Lane fallecida dentro de su coche durante un terremoto, me hizo preguntarles a mis padres, por vez primera, sobre el concepto de la muerte, amén de comenzar a intuir, entre el variopinto cúmulo de sensaciones y sentimientos a los que se ve expuesto un ser humano, la eterna soledad del héroe. No fue necesario a esas edades que leyese La bella y la bestia o que Robert Louis Stevenson me describiese que dentro de cada uno de nosotros habita un Mr. Hyde que pugna por salir (aunque luego me acercase a esa magnífica obra como a tantas otras), porque eso ya me lo enseñó Bruce Banner al verse expuesto a una explosión de rayos Gamma y convertirse en el Increíble Hulk. Me interesé por grandes nombres de la literatura, tales como Mark Twain e Isaac Asimov, de oírlos citados en boca de Reed Richards, líder de los Cuatro Fantásticos, y cuando muchos televidentes alucinaron de que se pudiera reproducir una copia genética perfecta de una linda ovejita, algunos consumidores de tebeos y de literatura de ciencia ficción hacía ya muchos años que sabíamos lo que era un clon. 

De acuerdo, ya sabemos que aquí podría comentar para rebatirme cualquier aburrido fundamentalista, pero para quienes, como yo, no tuvimos la decencia -pido perdón ahora- de interesarnos por Homero a los siete años, los tebeos fueron el mejor puente al que hayamos podido acceder para cruzar a la orilla de la literatura universal. Hoy mismo he desempolvado algunos tebeos que tenía guardados por ahí, y fascinado aún de sus guiones magistralmente escritos -la saga de Fénix Oscura, nada menos; que alguien la abra y que tenga el valor de decirme que Chris Claremont no es un literato-, de sus sublimes ilustraciones, de sus explosiones de color y dinamismo, he pensado que el escritor que me habita le debe mucho, muchísimo, a todas esas viñetas.


lunes, 24 de septiembre de 2012

"Memorias de Adriano", por Marguerite Yourcenar




Si a uno de los libros más hermosos e instructivos que he tenido el ingente placer de leer en los últimos años se le suma el aliciente de haber sido traducido por uno de mis escritores en lengua española favoritos, el resultado, a título personal, es una de esas obras que siempre me acompañarán a cualquier sitio y que tendrán siempre un hueco de honor en mi biblioteca. Y es que no hay nada que le siente mejor a una historia bien escrita en una lengua extranjera, que quien la traduzca al idioma materno sea también un peso pesado de la literatura. Hay algunos casos muy sonados de este fenómeno -Baudelaire hizo conocer así a sus estirados compatriotas gabachos la obra del grandísimo Edgar Allan Poe-, pero no es la primera vez que Julio Cortázar contribuye a que, con sus espléndidas traducciones, una obra de un autor extranjero atraiga constantemente a nuevos lectores; ya lo hizo con los dos volúmenes Cuentos 1 y 2, publicados por Alianza Editorial, que reunían la totalidad de la producción cuentística del -nuevamente- autor de El Cuervo, amén de elaborar para el primer volumen un magnífico prólogo en el que resumía, con muy buenos resultados, la atormentada vida del escritor estadounidense. Hay muchos libros loables de autores extranjeros que pierden fuelle al haber sido traducidos al español por personas que no son escritores; por eso, en lo que se refiere a leer obras que no estén escritas originalmente en español (sobre todo si se trata de grandes obras de la literatura universal), me cuido siempre de escoger alguna edición que haya sido traducida sin negligencias, esto es, con pasión, no maquinalmente, no como un mal traductor virtual de los muchos habidos en la red, sino sabiendo introducirse en la cabeza del autor que ha escrito la obra.

No exagera ni está equivocada la crítica, tan dada a ensalzar auténticos bodrios y a confundir profundidad con aburrimiento, al alabar Memorias de Adriano como una de las obras más singulares y bellas de la literatura del siglo XX. Nunca fui un consumidor de novela histórica; la Historia (con mayúsculas) me gusta en la narrativa cuando sirve de  paisaje o decorado a una historia cuyos hechos no están estrictamente ligados a los acontecimientos históricos que le sirven de telón de fondo, pero no cuando éstos son los agentes primordiales que deciden el curso narrativo del relato. Quizá es por eso por lo que Memorias de Adriano, pese a entrar de lleno en el género denominado novela o narrativa histórica, me resultó tan atrayente desde la primera página: a pesar de tratarse de las memorias del emperador romano del siglo II, enfrentado ya al ocaso de su existencia y próximo a sentir la muerte por una hidropesía del corazón, la historia de su vida escrita en primera persona, a modo de larga carta o diario íntimo, pasa de un modo fluido y apenas perceptible por los acontecimientos históricos para centrarse más en los asuntos de orden puramente humano, tratando infinidad de temas tales como el amor, la muerte, el miedo, el triunfo, la amistad, la enemistad, el matrimonio, las aventuras extra conyugales, las artes, los vicios, las virtudes, la belleza, el placer, el dolor, etcétera, todo con un estilo narrativo magistral que ahonda de tal manera en las flaquezas y logros del alma humana, que a veces uno, leyendo esta obra, no sabe si está consumiendo una novela o un tratado de filosofía en toda regla.

Muy a menudo, tendemos a ver a los grandes gobernantes como seres faltos de sensibilidad, carentes de humanidad, de esa esencia humana que les haga sentirse como nuestros congéneres, hermanados en vivencias y sentimientos con nuestras propias fatigas y triunfos, y aunque si bien es cierto que esta fama, la mayor de las veces, se la han ganado a pulso los poderosos de toda época y todo lugar,      Marguerite Yourcenar (Bruselas, Bélgica, 8 de junio de 1903 - Bar Harbor, Mount Desert Island, Maine, Estados Unidos, 17 de diciembre de 1987)  -Marguerite Cleenewerck de Crayencour, antes de nacionalizarse como estadounidense- supo retratar con esta obra al que quizá fue uno de los últimos espíritus libres de la Antiguedad (disculpen la diéresis, mi portátil está en las últimas), habiendo sabido explicar a los cada vez más numerosos lectores de esta obra que uno nunca está más solo, más absolutamente solo, que cuando está en la cima.

La Maga Lunera Blog: pasen y vean




A menudo, la persona de más talento suele ser la última en enterarse de que lo tiene. Es el caso de La Maga Lunera, álter ego literario (al menos, en la bitácora que lleva su mismo nombre) de la persona más inteligente, entrañable y original que la vida tuvo el buen hacer de cruzar en mi camino. Dura como ninguna mujer que haya conocido para encajar golpes y adversidades, esa condición no ha minado su ingente capacidad para la ternura, para saberse dadora sin medida del amor y del instinto de protección llevado hasta sus últimas consecuencias, siendo así que esta dualidad ha supuesto en su manera de entender la literatura una personalidad que se singulariza por sus textos crudos, concisos e hirientes como un bisturí -y con su misma y limpia precisión-, que acometen mediante la brevedad y la visceralidad, sin tapujos ni medias tintas, temáticas tan diversas (pero a veces tan íntimamente ligadas entre sí) como el asesinato, el erotismo, el amor, la enfermedad mental, el abandono, el terror no estipulado de vivir en una sociedad que, cada vez con más frecuencia, demoniza a las víctimas y las convierte en verdugos o ensalza a los sujetos más despreciables de la misma, a veces santificándolos o dotándoles de un status social envidiable y no merecido, quedando a menudo impunes. 

Muchos de los seguidores de mis dos bitácoras habéis llegado hasta mí después de haber pasado previamente por ese magnífico blog llamado La Maga Lunera, o bien, desde aquí, habéis arribado a él mediante los enlaces que  tengo puestos en este espacio. No es suficiente con entrar allí y ver la entrada más actual: bucear en todo su contenido, durante los dos años que lleva en activo, y encontraréis allí relatos de la talla de Tierra o esa serie de capítulos que comprenden parte del proyecto Memento mori, donde la autora se explaya en el género en el que, a mi parecer, junto con el relato erótico, mejor se mueve. 

No creo necesario explicar, pese a que la autora es mi pareja, que esta entrada de recomendación no es puro peloteo. Y no lo creo necesario porque, primero, conocí antes a la escritora que a la persona, y segundo, porque cualquiera puede entrar en su bitácora y comprobar de lo que hablo con sus propios ojos. Yo, por mi parte, espero a que tarde o temprano, con la motivación necesaria, se atreva a dar por fin el gran salto, que lleguen a las editoriales sus manuscritos y que su reconocimiento suscriba las palabras que ahora brindo, más a ustedes, los lectores, que a ella, la autora. Las evidencias no pueden ocultarse. ¿Talento? Para dar y tomar. Pasen y vean. http://lamagalunera.blogspot.com.es/

martes, 18 de septiembre de 2012

Repulsa




Repulsa, ésa es la palabra. Eso es lo que siento hacia esas personas que no parecen entender que un blog literario no es una página de contactos, o que no creen que dejar bien claro que tienes pareja sea una barrera para desistir de sus propósitos, siendo así que parece que llevan un cartel en el pecho que dice: "Rómpeme la cara". Eso por no hablar de esa gente del pasado que busca rastros en la red de la persona a la que perdieron en su día, o llaman de madrugada con números ocultos, o dejan mensajes en el móvil cuando les pica la breva o el chichi. 

Así que quiero dejarlo bien claro, por si alguien no ha entendido esa foto tan bonita que colgué en su día al lado de los datos de mi perfil, o por si se asoma a mi otra bitácora, EL RECONOCIMIENTO DE ARGOS, y no asume que ese blog es un exclusivo y, creo, hermoso homenaje a la persona que amo. No voy a tolerar comentarios que no traten estrictamente de las entradas que voy escribiendo, en primer lugar porque tengo un moderador de comentarios fabuloso que me permite publicarlos, o no, dependiendo de si me sale del cipote hacerlo, y en segundo porque para buscar novio o novia -o, en su defecto, alguien que te eche un polvo- hay otros métodos más elegantes y efectivos. Con lo que si eres una de estas personas, ten algo de dignidad y asume que nadie puede igualar ni sustituir a mi pareja, que ella es lo que llevaba buscando toda la vida, mucho antes incluso de saber que existía, y que no hay nada, absolutamente nada, que puedas decir o hacer para estar a su altura.


video

"Los relatos", de Julio Cortázar




Al igual que Borges, prefiero que, en mi calidad de lector, se me considere y se me respete más por lo que releo que por lo que leo. No sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, pero últimamente me cuesta muchísimo encontrar un libro que llame de manera poderosa mi atención, no digamos ya que me guste y me haga estremecerme; la mayoría de los libros que van a parar a mis manos no logran que me interese por ellos más allá de las cincuenta páginas, margen de cortesía que suelo concederles para que consigan sorprenderme. En otra época hubiera acabado una lectura que no me agrada, pero ese es un error que subsané hace ya mucho: ¿a qué perder mi tiempo consumiendo un libro que no me aporta nada? La vida es muy corta, queda mucho por leer, y no quiero perderla centrando mi atención con lecturas que no me satisfacen, cuando otras tantas la merecen. Se dice que esto es síntoma de ser un lector de los denominados "de pata negra", a juzgar por la misma opinión que tienen al respecto muchos escritores consagrados.

Por lo tanto, cuando uno busca y rebusca entre los anaqueles de su biblioteca personal o en los cálidos escaparates de las librerías, cuando uno manosea volúmenes polvorientos rescatados de las estanterías de una librería de viejo, o bien lee ávidamente sinopsis tras sinopsis en las ediciones expuestas en las casetas de una feria del libro, no encontrando nada -o peor aún, encontrándolo para luego comprobar en casa que el hallazgo se desinfla a medida que van pasándose sus páginas-, lo mejor es tirar de esas obras y autores que, leales como viejos amigos a los que hace mucho tiempo que no se llama, esperan a ser recuperados para que se les devuelva esa mención de honor que, sin duda, merecen. Si hablo desde mi experiencia personal de escritor al que aún le queda mucho por aprender -me pregunto a qué escritor, novel o consagrado, no le queda mucho por aprender, aun incluso en el ocaso de su carrera literaria-, tengo la absoluta certeza de que ninguna o casi ninguna de las novedades editoriales que cada día ven la luz me enseñará tanto del oficio como esas obras y esos autores que llevan a mi lado casi toda la vida. 

Es el caso de Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica, 26 de agosto de 1914 - París, Francia, 12 de febrero de 1984), uno de los escritores de los que más he tratado de aprender, acercándome siempre a su obra con el máximo respeto y cariño. Tanto es así, que su novela Rayuela es uno de esos libros que me hubiera gustado firmar como propios. Pero no voy a hablar aquí de su producción novelística, sino del género por el que más reconocimiento adquirió y por el que yo lo conocí: el relato. Estaba en el instituto cuando alguien -no recuerdo muy bien si fue mi hermana-, sabiendo que yo era un lector aventajado pese a ser muy mal estudiante, me pidió el favor de leer el volumen La autopista del sur y otros relatos y realizar un trabajo que le habían mandado en clase. Al parecer, esta persona había tratado de leer el libro pero no entendió absolutamente nada. Reconozco que yo tampoco entendí mucho en aquel entonces -ciertamente se trataba de una lectura difícil de asimilar para el déspota adolescente que yo era entonces, que andaba embebido por esos días con Poe, con J.D. Salinger, con Jack Kerouac, entre otros-, pero cierta intuición lectora me hizo realizar el encargo con buenos resultados académicos para la persona que me lo pidió y me advirtió que debía grabarme a fuego, en el cerebro, ese apellido, Cortázar, para acercarme con tiempo y serenidad a su obra en cuanto me sintiese capacitado para ello. Así fue. Año y medio más tarde retomé de nuevo la lectura de algunos de sus relatos más famosos, esta vez mortificándome por mi torpeza al no haber sabido valorar como debiera al autor belga en su momento, y un breve tiempo después me vi peregrinando por las librerías en busca de todo cuanto él hubiera podido escribir. Y entonces encontré los cuatro magníficos volúmenes Los relatos, que comprenden toda su producción cuentística y que, en su recopilación, fueron reordenados por el autor poco antes de fallecer.

Me gusta, sobre todo, que Cortázar reordenase el compendio de sus relatos siguiendo un criterio independiente al del orden cronológico de su aparición. Esto significa que el autor no basó la organización de estos volúmenes en el orden en que fueron escritos o publicados durante toda su vida, sino que para organizar esta nueva estructura su criterio se apoyó en las diversas temáticas -"líneas de fuerza", pone en la sinopsis de los libros, denominación que me parece acertadísima para hablar de los temas a tratar por un escritor de su originalidad- a las que alude cada volumen. Prueba fehaciente de este singular criterio son los títulos de cada uno de los cuatro libros de la recopilación: Ritos, Juegos, Pasajes, y un cuarto nuevo volumen que apareció algo después y que tituló Ahí y ahora. No creo que haya una mejor recopilación de todos sus relatos -ni siquiera esa otra que existe de la editorial Alfaguara- que esta de Alianza Editorial. Entre estas páginas, Julio Cortázar no participa solamente de su singular modo de entender la literatura, sino también del producto final que se ofrece al público, potestad esta que suele reservarse a la maquinaria editorial en su actitud estrictamente empresarial.

Silvia, Casa tomada, El perseguidor, Liliana llorando, Grafitti, La isla a mediodía, Continuidad de los parques, La autopista del sur... Son tantos los relatos y tan magníficos cada uno de ellos, que necesitaría de una columna exclusiva para mencionarlos todos. El lector puede abrir cualquier página al azar de cualquiera de estos cuatro volúmenes teniendo la certeza de que se topará de lleno con la actitud literaria que hizo destacar a Cortázar. Sus relatos se caracterizan por ese propósito de cumplir objetivos narrativos en los que la economía de medios sea pilar donde se apoye la tensión de su trama argumental, consiguiendo que quien los lee se aparte del supuesto mundo de seguridad que le rodea y ahonde en hechos cotidianos que, de a poco, de un modo que apenas parece perceptible, pierden contacto con la realidad que conocemos.

Siempre es un placer leer a Julio Cortázar, en cada uno de los géneros que cultivó -relato, novela, poesía, prosa poética, e incluso esos géneros no estipulados que utilizó para sus extraños libros-almanaque-, pero para quien el acercamiento de un autor de su talla le abrume, recomiendo comenzar por leer esta inigualable recopilación de todos sus relatos.




lunes, 17 de septiembre de 2012

No sé ya no esperarte (del poemario "Algo sagrado")





No es sábana sino mortaja, la sábana
que esta misma tarde cubría
la acuarela sencilla de tu desnudo.


Será porque en mi almohada se ahoga un grito
que restituye la muerte por horas
de tu ausencia hermanada con mi insomnio,
allí donde tú duermes en otra cama
y haces hogar en otra parte,
o porque no me atañe ya el apremio
de tu vida no propicia a desposarse,
no me atañe ya esta soledad, hidra
domeñada por labor de tus manos
que engarzan con milagros las caricias.


No me atañe el eco de mi voz sin nadie,
en yeso rebotada por paredes
que sin ti solicitan el derribo,
ni me atañe tu maleta de vaivenes
que rectifica rumbos sin cumplirlos.


Porque no sé ya no esperarte,
no termina de abolirse este miedo
imperativo a perderte, falaz
presagio, fatal vindicando
una improbable despedida.
Mas no imposible. Persiste reincidente
en la piel azabache de mis noches,
entenebrece este otoño anticipado,
cubre a duelo mi esperanza con la sábana
que ya no es sábana sino mortaja
cuando ahora duermes en otra cama
y haces hogar en otra parte.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

De zorras y ciclados




Ya auguro un puesto de honor a esta entrada entre los post más leídos (pero "leídos" es mucho decir, así que mejor pongo el término "visitados") de esta bitácora, aunque sólo sea porque al pajillero de turno le dé por teclear, en la barra del buscador, el nombre de la pedorra que tengo a la siniestra de la columna, a fin de mirar su foto y darle al manubrio con fruición, o bien porque a alguna poetisa de extrarradio, iluminada por la saga Crepúsculo, le dé por incluir la foto del tonto del haba que hay algo más abajo para dar cuenta de lo desgarrado que le dejó el corazón, a los diecisiete años, el macarrilla del barrio. Así que voy a disfrutar de lo lindo escribiéndola, de corazón, e incluso a lo mejor, si me la curro, me salen nuevos seguidores o el contador de visitas se me dispara a la manera del ritmo cardíaco de una quinceañera en un concierto de Justin Biever. Por Dios, si ya sólo el título sugiere una aceitosa, suculenta historia de pornografía  denigrante y machista.

¿Saben? Una vez me apunté a un gimnasio, uno de esos lugares tan respetables como otro cualquiera pero que, para mi decepción, no tiene libros y, además, huele a pies. Tras unos capítulos muy severos de ansiedad, decidí llevar vida sana y templar mis nervios con algo de deporte, el cual había sustituido hacía mucho tiempo por mis casi dos cajetillas de tabaco diarias. En otra época había practicado diversas artes marciales, e incluso estaba federado en un equipo de balonmano. Pero esta vez, aprovechando cierta coquetería que brotó en mí al comprobar que el acumular años me hacía más interesante físicamente, decidí sacarle partido y, por qué no, coger algo de peso y músculo. Pagué la cuota de tres meses, pero duré sólo uno. La cosa fue bien al principio -me gustaba el aparato de bicicleta y el de remo, hacer abdominales, incluso correr en la cinta, y eso que yo soy de los que piensa que correr es de cobardes-, pero se torció en cuanto un monitor me colocó unas mancuernas en las manos y me situó frente a un espejo. Allí, con mi digno peso wélter, levantando pesas, con mi propia imagen devuelta por mi reflejo en los grandes espejos de las paredes (mientras otros a mi lado hacían lo propio, casi a punto de correrse de ver sus propios músculos tensándose en el ejercicio, aspirantes a convertirse en el nuevo Increíble Hulk que beben batidos de proteínas con más rapidez y avidez que un directivo de empresa trasegando cubatas en el puticlub de turno), me sentí ridículo. Devolví las pesas a su sitio, me dirigí a los vestuarios, me duché, saqué mis cosas de la taquilla y no volví a aparecer por allí. ¿Complejos? No, realmente. De haber estado levantando pesas a mi aire, sin estar obligado a tener que adorarme delante de un espejo, es probable que aún continuase allí; pero hay ciertas muestras de culto al cuerpo que afean el esfuerzo de una práctica deportiva tan lícita y respetable como cualquier otra.

No faltará quien diga que esta entrada está escrita desde la envidia, pero en honor a la verdad diré que estoy bastante contento con lo que la naturaleza me ha dado; aunque todo es mejorable, por norma general me encuentro cómodo con mi imagen, y mi fisonomía es del todo saludable si obviamos ese mal hábito del tabaco. En resumidas palabras: no me siento feo, y quizá por eso a otras personas les resulte guapo. Me gusta la belleza cuando es el resultado de sacarle el mejor partido a lo que se tiene -esto es, elegir ropa que te convenga, un peinado que le vaya bien a la cara, una manera de maquillarse que ensalce los rasgos naturales, sin demasiadas estridencias-, pero no cuando se modifica hasta el punto de ser una persona completamente distinta a la que fuiste años atrás. Y aunque me consta que ninguna fotografía del pasado le hace justicia a nadie, no me parece atractivo el comprobar que a una tía le han brotado tetas de un día para otro, o que ese compañero de clase tan tirillas ahora podría servir de sparring para Mike Tyson. Un gimnasio o una clínica de cirugía estética no me parecerían lugares tan detestables si sirvieran de medio para mejorar algunos aspectos físicos o combatir algún que otro complejo, sin hablar ya de la vital importancia de la salud, y no para ensalzar un culto al cuerpo tan pueril como efímero, en tanto que los estragos de la vejez acabarán llegando para todos. Y es que nos estamos volviendo imbéciles con esto de querer parecer todos modelos de revista, lo que está muy bien si no es a costa de sacrificar cosas más básicas e importantes. Joder, pero si he tenido compañeros de trabajo que se quejaban por tener que coger una caja de quince kilos, cuando en el gimnasio levantan más de cincuenta...

martes, 11 de septiembre de 2012

"Por quién doblan las campanas", de Ernest Hemingway




Ciertamente, no resulta nada sencillo escribir una reseña literaria halagüeña de un autor que, como escritor, nunca me dio ni frío ni calor, y como persona me pareció un ser más bien detestable, con sus aficiones a la caza mayor y la tauromaquia, y esa imagen algo casposa de hombre aventurero que escribe literatura aguerrida. Pero esta novela es un aparte en su obra, tal vez porque la primera vez que la leí pasaba por momentos personales muy duros y su lectura me ayudó a distraer la mente y sobrellevar el trance. Por aquel entonces -hace ya once años de eso-, el libro me lo prestó un amigo; y yo, idiota y nostálgico de una época que, aunque dura, me sirvió de aprendizaje vital, tenía la espina clavada de no tener un ejemplar de esta obra en mi biblioteca. Mi novia conocía muy bien el cariño que le tengo a esta novela, así que no se lo hizo pensar y me la regaló por navidades, pagando por ella un precio que me parece desorbitado -cuarenta euros- para una nueva edición revisada y traducida, con no demasiado acierto por Miguel Temprano García, que flojea en calidad si consideramos su portada más bien sosa e incongruente y las muchas, muchísimas erratas que resaltan en el texto. 

Por quién doblan las campanas es una historia de valor, amor y muerte, ambientada en la guerra  civil española y protagonizada por el americano Robert Jordan, oriundo de Montana y profesor de español que es enviado a luchar en el bando republicano como especialista dinamitero. En tanto que es encargado por el general Golz a destruir un puente, objetivo de vital importancia para desmantelar la contraofensiva del bando nacional durante la batalla de Segovia, Jordan se enamora de María, una muchacha que es rescatada por los guerrilleros que sobreviven en las montañas y que deberán ayudar al estadounidense a llevar a buen puerto su misión. Se da en este grupo un elenco de personajes maravillosos, siendo para mí el más destacable el viejo Anselmo, un hombre de ley, pequeño, duro y valeroso -de ese tipo de valor encomiable del que son capaces las personas que tienen miedo pero no lo demuestran-, armado con la lealtad férrea del perro que duerme sobre la lápida de su dueño recientemente fallecido.

Ernest Hemingway -en realidad, Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899 - Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961)- fue enviado a España en 1937 por la North American Newspaper Alliance para cubrir como periodista la guerra civil española. Acabada la guerra, tres años más tarde, comenzó a escribir la novela. En julio de 1940, el autor había terminado su manuscrito y, poco tiempo después, en octubre, el libro fue publicado por la editorial Scribner and Sons y tuvo un éxito tremendo que le valió una candidatura al premio Pulitzer. La traducción de la presente edición está basada en la original publicada en aquella época, y aunque es muy lícito que el traductor haya decidido respetar los recursos estilísticos de Hemingway, que incluían arcaísmos y transliteraciones, no entiendo la fijación del escritor por censurar las palabras malsonantes y sustituirlas por los términos, entre corchetes, "obscenidad" e "impublicable", dejando solamente sin censurar las palabras soeces cuando los personajes hablan en español, lo que deja al texto algo cojo, con una sensación de infantilidad sacada de un tebeo cargado de onomatopeyas.  

En cualquier caso, y pese a la decepción por la baja calidad de una edición demasiado cara, siempre le guardaré un cariño especial a esta novela, siendo la cita harto conocida de John Donne que abre el libro (y que ya he publicado alguna vez en este blog) tan grande o más que la propia novela. No me resisto a terminar esta reseña reproduciéndola de nuevo, por el puro placer de volver a leerla por enésima vez y compartirla con los lectores de A DESHORAS:

[...] la muerte de cualquiera me empequeñece porque estoy ligado a la humanidad. Por eso no preguntes nunca por quién doblan las campanas. Doblan por ti.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Soneto del descrédito (inédito)




Por este amanecer me llega el dato
de tu duda. Qué luz de la que ahora
me baña no daría en esta hora
cinérea, si así aboliera el recato


con que tus ojos me intuyen culpable,
si así supieras que nadie te ama
como yo te amo, desiderable,
en esta luz grisácea de mi cama.


Convéncete. Tu duda esparce ceniza
a esta primera hora en que no duermo,
solo el gallo que canta así a la aurora,


solo en mi horizontalidad de enfermo,
cuando tu mirada es piedra caliza
que a total descrédito me perfora.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Poema insomne (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")




Pero el ojo no duerme:
mira por dentro de su párpado;
y el párpado es labio
y el sueño comisura.


No duerme el océano:
avanza y retrocede
o canta sus naufragios
allá en el piélago nocturno.


El corazón es insomne
hasta el último latido,
hasta los estertores insomne
como la sangre en su circuito.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

"Antología de las mejores poesías de amor en lengua española", Luis María Ansón




Si, como escribió Lope de Vega, el amor fue el inventor de los poemas, este volumen viene a ser una hermosa constatación del sentimiento amoroso como motor primordial de la poesía. Hará cerca de un año que mi chica me regaló esta magnífica antología, con el valor añadido de no haberla comprado para mí, sino que la extrajo de su biblioteca personal, quedándose sin ella, y me la entregó con una emotiva dedicatoria. Valor añadido, como digo, pues la tenía desde los diecisiete años y es una auténtica delicia abrir sus páginas ya amarillas y ver en ellas los subrayados y anotaciones al margen que hiciese siendo aún una adolescente. Hay libros que no tienen precio por formar parte de nuestra propia historia particular, por el modo en que se adquirieron o porque al abrirlos nos hermanan con los gustos y tendencias de las personas que nos los regalaron o nos los recomendaron. 

En cualquier caso, este volumen no necesita de observaciones subjetivas y personales para ser un libro muy valioso. El recorrido por sus páginas viene a ser un delta que desemboca en el mar, un estrecho cauce de agua que va ensanchándose hasta adquirir las cualidades de un océano, en el que todo -la sabiduría, la Historia, el antecedente poético- se revela de pronto abierto y diáfano. En él, como pueda ocurrir en un festival de música o cine repleto de celebridades, se reúnen y congregan los mayores poetas en lengua española de todos los tiempos, y viene a resultar una especie de paseo de la fama donde rubrican los grandes como el ya mencionado Lope de VegaQuevedo, Santa Teresa de Jesús, Pablo Neruda, Béquer, Cernuda, entre otros muchos, muchísimos, así hasta completar un total de 164 poetas en un recorrido de siete siglos de poesía en lengua española. Como bien dice Luis María Ansón en sus palabras preliminares: El lector puede abrirlo por cualquier página con la seguridad de que sentirá el aliento más hondo de la escritura de los poetas, el mensaje infinito de quienes rindieron sus letras al amor profundo, a la palabra absorta [...] Recomendable para todo el mundo, lo es aún más para todo aquél que alguna vez se haya propuesto escribir poesía, para saber que la buena poética de un autor se debe más a la artesanía que a la socorrida inspiración, para enseñarle a tanto poeta soberbio suelto por ahí,  contemplando embebido las lenguas de fuego que lamen su autoproclamado pedestal, que no basta con versificar a su antojo un puñado de frases lapidarias, ni ampararse en el recurso fácil de la rima libre, si antes de hacer experimentos sobre el papel no se conoce la métrica de un soneto, un madrigal, un romance, o si se ignora que los autores de rabiosa actualidad les deben más de lo que pueda llegar a imaginarse a los autores clásicos.

La yaya (inédito)



A Mercedes Rodríguez Cano


No quise reconocerte. No así, dormida
en la conciencia real de un ficticio retorno.
No fue tu pelo cano; tampoco tus profundas arrugas
de venerable senectud:
fue lo glauco de tu mirada desnortada
mirando largo hacia el pasado
lo que otra vez me posicionó paciendo sombras.


No sé decirte esto; yo a veces sólo escribo
lo que siempre callaré,
y además mis miedos acusan mejor caligrafía.
Después de los años que faltamos,
asisto a tu ocaso y me pregunto si mi voz
te llegará propiamente mía, con la nasal
inflexión en el timbre de la voz
que moduló en grito el niño asustadizo
que cuidaste durante los veranos en Madrid;
si no soy para ti ya un extraño
en la adhesión de tu vida de ahora
a la desmemoria y su neutra repulsa;
si aún sabes mirar al fondo de mis ojos
para adivinar, en el lugar de mí que no te muestro,
la tristeza por ese abismo propio de los tuyos
como un glaucoma pronto a borrar los colores
de días felices en los que no te reconozco.


Es selecta tu memoria y extensa la laguna
en que se encharca a cieno y légamo,
maculando en sepia ya todas las diapositivas,
la perezosa profusión de tus recuerdos.
Dime, ¿cómo es reflotar el tiempo que no existe
cuando el presente es una proa
que se hunde y acuchilla las aguas del olvido?,
¿cómo es sentir la pena de los otros
llamándote desde una orilla
a la que no llegas, a la que no alcanzas,
porque en progresiva regresión tu dolor desdeña
el lugar de ahora de los vivos
para arrimarte a la diestra de tus muertos
que todavía viven en las fotografías?


Seguramente no sospechas que en ti sospecho
la vejez que ha de vestir el cuerpo de mi madre,
y en ti sus rasgos futuros adivino,
y en ti su muerte y tu muerte y la mía,
temprano a reconocerme si mi salvación conlleva
vivir penado y solo en un poema que se llame,
injustamente, Donde habite el olvido.

martes, 4 de septiembre de 2012

El disparo





-Qué simpática, esa serpiente –dijo la chica con ternura inexplicable, señalando a uno de los numerosos muñecos de peluche que colgaban como ahorcados de los paneles de contrachapado que hacían las veces de paredes de aquella caseta de feria.

Hay algunos pequeños deseos y caprichos que, formulados en la boca de una mujer, se convierten inmediatamente en retos a superar por la hombría absurdamente henchida de algunos hombres; y así él, viendo que aquélla era una caseta de tiro, y dado que no se le daba nada mal disparar y a su novia le gustaba aquella enorme serpiente de inmensos ojos de botón y lengua viperina y afelpada asomando por la boca, le dijo:

-¿Quieres que pruebe?

-No hace falta, cariño.

Pero él ya no escuchó su respuesta, porque se había acercado a la caseta para observar cómo unos chavales probaban suerte con la escopeta y, tal vez, fijándose detenidamente, poder descifrar el truco que sin duda les haría errar el tiro e irse con las manos vacías, sin ese premio seguro que garantizaban los carteles, y los bolsillos más ligeros de moneda suelta. La chica fue tras él, le abrazó por detrás y le preguntó qué es lo que miraba con tanta atención. Pero no obtuvo respuesta: él continuaba absorto mirando a los chavales, soltándose del abrazo de ella y tratando de colocarse en el ángulo propicio a sus espaldas que quizá le desvelase hacia qué dirección se desviaba el minúsculo perdigón de plomo, sin llegar a dar en el blanco, tres botes vacíos de refresco sobre una pequeña plataforma, más abollados que el cráneo de un hooligan.

Era necesario que los botes cayeran por detrás de la plataforma y no por delante, sin llegar a ser suficiente para ganar el premio a elegir que los botes simplemente se volcasen sobre la misma, sin caer. Los botes estaban vacíos, con lo que ahí, al menos, no había truco; eso aseguraban los carteles que explicaban las normas de la atracción, y no había motivos para desconfiar de su fiabilidad, contando con que el propietario de la caseta, un feriante  algo chulesco que fumaba tediosamente mientras los muchachos depositaban más monedas sobre el mostrador, no tenía ningún reparo en mostrar los botes y permitir a los clientes que los tantearan en sus manos a fin de comprobar la ligereza propia de un envase vacío. Las dos monedas daban crédito para tres tiros, que debían acertar todos y cada uno en el blanco para que el premio a elegir fuese entregado al buen tirador. Él estuvo contemplando varias tandas de disparos, hasta que al final pudo advertir que el tiro se desviaba notoriamente hacia la izquierda, hacia donde el propietario fumaba aburrido y cruzado de brazos, seguro de la rentabilidad de su pequeño negocio.

-Creo que puedo conseguirlo –le dijo a la chica, que permanecía a su lado un poco aburrida de su concentración y su silencio, ya sin fijarse siquiera en la serpiente de peluche, pensando quizá que hace falta muy poco para que los deseos de una mujer se marchen tan rápidamente como vinieron.

Esperó un poco más, hasta que los chavales se aburrieron o se quedaron sin dinero y dejaron la caseta totalmente libre, aun a pesar de que había tres puestos en línea de tiro al blanco y no le hubieran estorbado al disparar a su lado. Plantó enérgicamente dos monedas sobre el mostrador, sin decir palabra, y en respuesta el feriante le indicó con un gesto de cabeza que podía coger una escopeta y probar suerte. Antes de coger una de las escopetas, volvió a leer los carteles que explicaban las normas y en los que se puntualizaba tajantemente que los tiros no podían efectuarse de manera cruzada, es decir, que uno no podía colocarse en un puesto de tiro y disparar desde allí a los botes colocados en los puestos contiguos; cada oveja con su pareja, y el tiro bien recto, apuntando a los botes de enfrente y no a los de al lado. Cuando acabó de leer bajo la mirada inquisitiva del propietario, que dejaba entrever su impaciencia ante la tardanza de él para decidirse a disparar, observó un momento las respectivas escopetas de cada uno de los tres puestos y preguntó:

-¿Puedo colocarme aquí?

-Usted mismo –se limitó a escupirle el feriante, mientras echaba el humo de su cigarrillo por la nariz y lo escrutaba con sus duros ojos negros de pies a cabeza.

Entonces él se posicionó en el primer puesto de tiro comenzando por la izquierda, el más inmediatamente cercano al lugar donde el propietario lo observaba con desconfianza. Cogió la escopeta, apoyó la culata contra su hombro y guió el cañón hacia el blanco, mientras el dedo índice de su mano derecha rozaba cuidadosamente, sin ejercer presión, el gatillo. Cuando creyó tener los botes de refresco a tiro, inspiró y contuvo un poco el aliento para que el pulso no le temblase. En el último momento, cuando ya parecía que iba a efectuarse la ínfima detonación, hizo un rápido giro hacia la izquierda con un movimiento de cintura, apuntó a la frente del propietario y disparó. El tiro le dio al feriante justo donde él le había apuntado, efectuándole un agujero negro entre los ojos, del que ni siquiera salió sangre, que no se correspondía en tamaño al calibre de las escopetas que allí se usaban. Luego el propietario se derrumbó por detrás del mostrador, y de un salto él agarró una de las serpientes de peluche colgadas, cogió a su novia de la mano y salieron a correr despavoridos, antes de que alguien se diese cuenta de lo ocurrido. Cuando al fin alcanzaron la salida del recinto ferial, jadeando, sin aliento, se detuvieron y ella le preguntó:

-¿Cómo has podido hacerle eso a ese hombre?

-Sabía que la escopeta estaba trucada. Toma, tu premio –le dijo en tanto que le colocaba la afelpada serpiente, a modo de bufanda, alrededor del cuello.

Que el año próximo...




Se muere el verano, y mentiría si dijera que no he agradecido este frío inesperado de un agosto ya fenecido que te ha obligado estos últimos días a apretarte contra mí, buscando el calor de mi cuerpo  o su improbable seguridad, mientras paseábamos de noche por la verbena que me pediste que te enseñase, durante las fiestas de mi ciudad que ya es la tuya, si es que dos apátridas como nosotros pueden llegar a sentirse ligados emocionalmente a un lugar geográfico concreto. Pero esta muerte del estío no se me revela mediante el frío anticipado que acarrea un otoño prematuro, no se esclarece su temprana agonía a través de las numerosas señales que ofrece septiembre, con sus colores heridos sobre el campo y esa luz taciturna, como de eclipse solar, que le infiere al hogar un aspecto de falso confort invernal, con la colcha ya colocada en la cama y la luz eléctrica encendida cada vez más pronto. No. Al menos este año, no han sido esos los indicios que me han hecho oficiar un rito funeral a la época estival ya transcurrida.

Venía esta tarde de acercarte a tu casa. Durante el trayecto de vuelta, a solas, y para hacer más amena la ruta harto conocida de tu ciudad a la mía, me entretuve recopilando, mientras conducía y escuchaba algunas viejas canciones, las muestras que el asomo del otoño deja en cunetas y en arcenes, esparcidas por el paisaje de Castilla circundante a carreteras y autopistas. Ya en mi barrio, detenido en un semáforo con el motor al ralentí, esperando a que la luz del disco cambiase de luz a verde, los vi pasar en sentido contrario al mío. Eran un convoy de camiones y caravanas, que cargaban en sus remolques coloridos neones apagados, complejas estructuras de metal pintado llamativamente, carteles que anunciaban premios y diversiones seguras, paneles de contrachapado y toldos y vagonetas y otros muchos diversos retazos de atracciones de feria. En el habitáculo de los vehículos, rostros recios, morenos, tal vez cansados, barbas incipientes y oscuras, facciones duras y curtidas de intemperie y nomadismo; los mismos feriantes que dos días atrás pregonaban las virtudes de sus negocios ambulantes, algunos micrófono o megáfono en mano, otros disfrazados de personajes de series infantiles de dibujos animados, muchos en actitud algo chulesca, fumando aburridamente en sus casetas de tiro en tanto que esperaban captar algún cliente que se decidiera, por unas monedas, a hacer puntería con una carabina siempre trucada. Los vi marcharse de la ciudad, rumbo a otra -seguramente Guadalajara; sus fiestas comienzan en apenas unos días-, y su marcha es lo que me hizo adquirir conciencia de que el verano había llegado a su fin. Y languidecí un poco entonces, al presenciar su partida.

Hay tristezas o pequeñas melancolías de neurótico o de poeta (en el sentido más ridículo y venenoso de la palabra) que no se sabe muy bien de dónde proceden ni a qué razones atienden. Así entonces, me vi de  pronto tratando de entender a qué motivos asistía esa tristeza mía repentina. Nunca me gustaron las fiestas patronales: ni las de aquí, ni las de ninguna otra ciudad o pueblo de cualquier geografía, nacional o extranjera; muy al contrario, siempre traté de evitar esas jornadas festivas donde el ser humano tiende a fomentar, amparado por el pretexto de la fiesta y la celebración, su lado más brutal y cerril en un amplio espectro de las llamadas "diversiones", el alcohol y la matanza de animales y las novatadas practicadas por los peñistas a los nuevos miembros de sus congregaciones, los enfrentamientos a veces de partidos políticos contrarios que deben convivir con sus casetas de fritangas y mojitos y sangría pegadas las unas a las otras. Me consta que a ti tampoco te gustan, excepto por esas estampas idílicas de verbenas alzadas cerca de un malecón asomado a una playa tal vez de California, una noria y un carrusel girando quizá frente al Océano Pacífico, de noche o al atardecer; al igual que a mí, te agobian la multitud y el ruido, el volumen altísimo de la música y los megáfonos, las esperas en las colas de cualquier puesto de comida. Pero te pudo la curiosidad y me pediste que te llevase a ver las fiestas de mi ciudad.

No podía yo imaginar que el pasear contigo por una verbena ordinaria de una ciudad pequeña como esta pudiera despertar en mí tantas ilusiones. Quizá fueran esas dos lunas de acero templado que cruzaron por tus ojos al ver las instalaciones, concentrando y reflectando en sus iris las múltiples y coloridas luces de las atracciones y las tómbolas, que casi me hicieron visualizar a la niña que algún día fuiste. No esperaba esa reacción satisfactoria por tu parte, reacia siempre a las aglomeraciones y a la contaminación acústica y lumínica. Y, lo mismo que esa niña que asomaba a tu ser mientras paseábamos apretados el uno contra el otro cerca de los puestos de bisutería y camisetas, te encaprichaste con unas serpientes de peluche que proliferaban este año en cualquier tómbola, en cualquier caseta de tiro, unas serpientes enormes, de vivos colores y ojos dóciles, con graciosas lenguas viperinas y afelpadas. Traté de conseguirte una, probando suerte y tratando de hacer puntería a los blancos con dardos y pelotas, pero no lo conseguí. Quizá hubiera sido mejor haber comprado unos boletos en una tómbola, o apostar en la caseta de carreras de dromedarios autómatas, o haber incluso pactado algún precio para que algún feriante me la vendiese, pero pensé que ganártela era más meritorio; me habría gustado contemplar la estampa de tu persona cargando con la enorme serpiente por toda la feria, orgullosa de mí al haberme esforzado en ganarla para ti, más aún cuando tú nunca me la pediste, sino que solamente te limitaste a puntualizar lo simpático que te resultaba aquel peluche gigante.

Vi a los feriantes marchar, y pensé que en esos remolques también irían esas serpientes de llamativos colores, aglomeradas en bolsas de plástico junto a otras muchas especies de una fauna de juguete. Allí iría también, apiñada junto a sus congéneres, la serpiente que no pude conseguirte. Es tonto decirlo, pero me puse triste. Y me pregunté si estarás aquí el año próximo para que pueda resarcirme de esa carencia pueril y pueda conseguirte esa serpiente, para que vuelvas a pasear de mi brazo y a enseñarme a bailar en la plaza, con la música de la orquesta, como esa turbamulta de ancianos que bailaban a nuestro alrededor y de los que sentí una envidia saludable, esperando ser como ellos, llegar algún día a ser lo que ellos son, no habiendo perdido nunca la ilusión de envejecer a tu lado y poder bailar un pasodoble juntos en la mutua plenitud que deseo para el ocaso de nuestras vidas. Espero que sí, que el año próximo y los siguientes, espero esa cita, espero a la niña que duerme en tu interior, espero al hijo que me gustaría que nos acompañase, espero esa clase de baile en la plaza mayor...