"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 23 de agosto de 2012

Breves desiderables: I. Tus ojos: océano




Aguamarina si en paz están;
cobalto bélico si entonces fieros o exigentes,
exacto al del cielo reventando en las mañanas gélidas
y luminosas de Madrid. El gris allí
también hace hogar; el verde a veces,
ligero, limaduras apenas de jade
estriando el amalgama que pervive
al fondo de ese océano
en esferas.
                   Pues dime ahora
qué sonda lanzar a ellos
cuando de ellos no recobro un color fidedigno
con brillos silenciosos que adiamanten el poema,
dime qué redes tender
en su crepúsculo de azul mutable
cuando anochece a plomo mi mirada en tu mirada,
y casi ciego, y retrepado en mi deseo,
ya no alcanzo a distinguir la petición de la exigencia.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Onán contra tus ojos (inédito)





Me perteneces en el mismo estadio
de mi insomnio, y la luzazul
de amanecida próxima que escancia
el resto frío de la noche sobre tu cuerpo,
infiriéndole magnánimos volúmenes
de totémico animal oculto en la espesura
-ahora replegada en ti misma,
horizontal, como rezándole
al lucero de la mañana;
gata ovillada ahora, haciéndote
la dormida tras haber discutido
conmigo-, también me pertenece.


Pero fuese asimismo yo esa luz
para asirte en tu contorno, sin rechazo,
y proyectar una sombra que demarque el pliegue
que me apropiaría de tus ingles, tus axilas,
y verterla a curva peligrosa en tu cintura,
donde la madrugada abrevó en otras camas,
verterla denticular sobre tus pechos
hasta sacarte el sumo grito
que asevera un placer hermanado con la muerte.


¿Cómo es que mi deseo es mayor
cuando menos necesito recorrerte?
Como tu frialdad, que se vuelve más cálida
por cuanto cada vez menos creo en mí,
y así es que tan cercana te siento
igual que al dolor al que me expongo
si relato o versifico esta carencia;
un escalofrío cruza la estepa,
sin embargo, que la desgana extiende
con tantos satenes tan oscuros,
tendiendo sábanas que no rubrico
con esta errática sed que me arde en el ansia.


Heme aquí mañana entonces, ridículo
y primario, soñándote en caricia
a contrapelo del placer solitario,
sin ti y aun así contigo, avergonzándome
en el trance de imaginar que huelo
tu pelo o tu vientre -Onán contra tus ojos-,
sabiendo que no, que no seré esa luz,
que en tu contorno no podré asirte.
Sabiendo que tú no me perteneces.


miércoles, 8 de agosto de 2012

Argán (inédito)




¿Quién ha de saber más que yo

de resistencia?
Porque el sol implacable, de cal e infierno
ardido a medias, me bese sin fin la vida
con su antiguo fuego mandatario,
y luego a la noche
y la vigilia de una luna cadavérica,
ésta espíe el desvelo de mi respiración,
vomitando sobre los dos siglos
de mi crecimiento
su menguada luz de leche eléctrica
y el frío superior, pastor de sombras,
del semidesierto donde arraigo.


Entre Tiznit y Esauira

se extiende el parco imperio de mis espinas
y mis pétalos. No me doy a cualquiera:
mi oro habrás de recogerlo del suelo;
mi fruto se pudrirá en tus manos,
inservible, a poco que trates de arrebatármelo
del cuerpo. Orgullo de mí,
de mi exclusividad, de mi firmeza
como terco puntal de natura.
Tórname aceite y yo seré tu bálsamo;
soy caro, pero devolveré lo que me entregues:
el respeto, los cuidados, la paciencia.




Alcalá de Henares, 8 de agosto de 2012

martes, 7 de agosto de 2012

El reconocimiento (fragmento), del poemario "Algo sagrado"


A Paloma Rodríguez Ortega, 1 de julio de 2011



1. ANUNCIO Y PRIMERA IMPRESIÓN


Traerás una vieja herida para que pueda

reconocerte;
                      la mía propia
traeré yo tal vez prendida en la mirada.
Nos anunciaremos sin estruendo.
Un azul desvaído en tus ojos
quizá me intuya entre la turbamulta
de una ciudad fabulosa y ardida de verano.


Nos anunciaremos sin estruendo.
Al verte o al verme, por primera vez
trascendiendo lo físico,
sentiremos que la vida y su dolor urdió
un plan perfecto para encontrarnos
al cabo cada cual de su madrugada eterna.
Te abrazaré, seguro, me abrazarás,
pues un abrazo al contacto de los cuerpos sella
lo que no acaban de pactar,
con su torpeza hermosa, las palabras;
y es madriguera ese acabarse a piel
en el otro,
                  y es amistad sincera y es refugio,
y es anidarse ya sin miedo ni rechazo
al hueco en que quiero sabernos de por vida,
si la vida así permite, si tu vida ya es mi vida
entera.


Nunca se tiene una segunda oportunidad
para causar una primera buena impresión,
por eso me he investido de este aroma
que ha de ser collar cerrándose
en torno a tu cuello:
                                así me abasteceré
yo también de tu perfume. Allí
viviré, muriendo de deseo,
memorizando tus medidas
para saber qué desnudez usar para esta lucha
y que así seas mi eterna contrincante
en esta noche que quiero que no acabe.

Al este (sin edén), del poemario "Algo sagrado"




Me viese tantas veces esta carretera
soñarte compañera de viaje, a mi diestra,
cuando no existías aún
del modo edénico en que ahora existes para mí,
cuando yo todavía era desgreñado
y joven y fúnebre
                             y no sabía acallar
la impertinencia a compendio de mi deseo
para así aprender a escuchar el silencio expectante
y azul de tu futuro advenimiento.
                                                   (Tú eras
niña clara entonces, espiga no desempeñada
aún a la inclemencia de una vida
que ya iba imponiéndote su animadversión;
no me cuesta ahora imaginarte entre tus libros,
aplicada, delgada como el rayo, constante,
mientras yo, déspota y pubescente, flaco
así tal voluntad de hoja de ruta sin mapa,
a mano alzada cumplía despedidas
y echaba las tardes sin nada que hacer
en las cunetas.)


                            Suenan canciones en el coche
que ya promulgan el recuerdo que aún no tengo de ti.
Madrid queda ya lejos
y tú en su laberinto, hilo de Ariadna,
pensándome quizás como yo te pienso en la carrera
a tierra baldía de tu ausencia
que hace más desierta la Autovía del Este
y su paisaje.


                       (Cómo es que estás,
si no estás, sentada a mi lado,
tomando fotografías, encendiendo un cigarrillo
que vendrás a ponerme en los labios para que no aparte
la mirada de la vía.)


Quiero, cuando levante mi huida,
que me acompañes:
                                seas tú
el bagaje de amplitud que insta al viajero,
punto de fuga y luna eléctrica
indeleble en el parabrisas, corredor
de álamos blancos custodiando los arcenes,
incendio del horizonte, conciencia y compañera
allí donde la noche es blanda y dócil
si a sus márgenes hace surgir la vejez acusada
de los pueblos dormidos
y las ciudades son sólo de paso
en un nudo de autopistas.



Prólogo de la novela "El cazador de tormentas"




Era su mejor amigo por muchas y diversas razones, pero, por sobre todo, lo era porque era el único amigo que todavía se dejaba abrazar.

Y sin embargo, Saúl, desde ese desorden pubescente de sus quince años recién cumplidos, no era capaz de recordar el rostro de Gabi. Se sucedían algo así como fogonazos de magnesio, flashes, y luego un bosquejo difuminado o un boceto vertiginoso que una mano temblorosa dibujase, a modo de imprecisa fotografía o retrato robot, en un álbum de recuerdos; retazos intermitentes de la imagen de su cara que querían acertar a instalarse en la mente de Saúl, pero casi siempre eran sólo amagos pueriles de una memoria que, contradictoriamente por ser demasiado cercana en el tiempo, era traicionera. Cada vez tenía que volver a reinventar sus gestos, parecidos pero nunca iguales –y cómo podía él comparar las abismales diferencias, hallar la poca o ninguna correspondencia habida entre las facciones que inventaba su memoria y las facciones verdaderas, si en sus constantes evocaciones no existían referentes posibles de un rostro que le estaba vedado a su recuerdo; ni una fotografía suya tenía, ni siquiera una en la que Gabi apareciese en segundo o tercer plano, sosteniendo uno de esos ademanes casuales o involuntarios que nunca son inadvertidos al ojo implacable del objetivo y en los que, a menudo, el retratado no suele reconocerse cuando contempla la foto que le han tomado por sorpresa o por azar-, y el que llegara a ser su mejor amigo se le antojaba como uno de esos muñecos para estudiar el cuerpo humano a los que, pieza a pieza, órgano a órgano, hay que ir añadiéndoles la anatomía. Y entonces se daba en él como un acceso a la culpa, una tristeza resignada y serena que permutaba no en llanto, sino en una manera concreta de no sonreír el día de su decimoquinto cumpleaños, una tenaz melancolía que arrastraba escenas vividas con Gabi (pero sin faz, sin rostro; Gabriel nunca tenía rostro en esos recuerdos) y que convergía con la fuerza de un paisaje que fuera, hacía no mucho tiempo, el territorio ideal de ambos. Un paisaje que Saúl hubiese querido describir sin palabras fallidas.

Ese paisaje estaba ahí, casi a tiro de piedra, a poco más de un kilómetro de su casa. Tan sólo tenía que utilizar una buena excusa para con sus padres y los invitados a la fiesta –familiares y amigos, algún vecino tal vez, que sus progenitores habían decidido reunir con el pretexto de su cumpleaños para seguir sosteniendo, temporalmente, frente a los demás, la simulación de su matrimonio ya desahuciado-, ausentarse del piso, echarse a la calle y caminar durante un rato, cruzar la M-300 (aún no demasiado transitada, en aquel entonces), detenerse allí donde el río todavía hierve en sus dominios, respirar hondo el olor cualitativo del légamo, contemplar, con la mirada ideal o propicia de otra época no muy lejana, los relieves y los colores y las transformaciones tan acusadas de la luz ahora que se daba en los días como un simulacro de invierno prematuro, escuchar el latido ulterior de esa ínfima tierra que no parecía significar nada para tantos habitantes de la región, los cantiles arcillosos y el soto fluvial de sauces, chopos y álamos, y ya por fin, cuando hubiese entregado al abandono del limo el manuscrito que su amigo comenzó y que luego él intentó retomar con malogrado esfuerzo, con una perseverancia ciega, regresar a casa con el gesto entre resolutivo y cansado de quien vuelve de un viaje muy largo y crucial, esperar a que se fueran los invitados (si es que no se habrían marchado todavía, convencidos de la felicidad de sus padres por la falsía de las apariencias), enclaustrarse en su habitación y cerrar los ojos con fuerza para tratar de rescatar, una vez más, el rostro de Gabi de entre las adormideras del olvido, habiendo aprendido en su travesía hacia el pasado inmediato que un paisaje siempre suele ser algo más que un paisaje, del mismo modo que cualquier cosa siempre suele ser algo más que cualquier cosa, puesto que nada es trivial o simple: un sistema terroso y ocre de los denominados cerros testigo, unos maizales casi al punto de agostarse con el transcurso del otoño, un tramo de carretera que acababan de inaugurar hacía muy pocos días, un río más antiguo que su propio nombre, una cima desde la que gritarle a la ciudad toda la insolencia, toda la frustración, la rabia y la furia de esos años… Aunque un paisaje –Saúl ya comenzaba a intuirlo, pese a su mocedad- también es un oráculo y un lugar de conjurados, un testigo mudo que ha presenciado un sinfín de historias a lo largo del tiempo. Entre todas ellas, la historia que hubiera querido saber escribir, trasvasar al papel con precisión casi indiscreta, tal como hubiese hecho su amigo, y que apenas intentó retomarla, asirla por el principio o por el final, se le deshizo como una china de hachís entre los dedos.

Pero los invitados no habían llegado todavía ni Saúl se había ausentado de casa, y encerrado en su cuarto se desesperaba, se levantaba del escritorio, daba unas vueltas por la estancia como inspeccionándola, encendía un Coronas largo aun cuando su madre le tenía terminantemente prohibido fumar (mucho menos en casa, a punto de llegar los invitados), se volvía a sentar, miraba la arcaica Olivetti de su abuela como si fuera posible mirar a un objeto inerme, metálico y frío, como una máquina de escribir, con un sentimiento tan determinante como el odio, y luego maldecía no tener todavía un ordenador. Sabía de sobra que eran sólo excusas, trabas derrotistas que él mismo se imponía para no tener que comenzar a escribir su historia, que también es, o era, la historia de Gabi. Mucho más suya que de Saúl, pero cómo escribir la historia de quien no tiene rostro, quizá se preguntaría y se lamentaría el muchacho entonces, aunque entre la duda y la certeza distaba solamente una opinión, puesto que apenas tenía un título y un puñado de notas sueltas, y eso no debía ser, ni de lejos, literatura. Y era cierto que la cuartilla que permanecía en el tambor de la Olivetti estaba intacta, mayoritariamente en blanco, nívea, excepto por la poca tinta que rezaba en la cabeza de página: El cazador de tormentas.

Llamaron de repente al timbre. A través de la puerta cerrada de su habitación pudo escuchar los efusivos saludos, las muestras exageradas de cariño y de amistad exaltada, las risas fraternas que llegaban por el pasillo desde el recibidor. Eran los primeros invitados a la fiesta, aunque para Saúl no eran sino una nueva excusa, esta vez disfrazada de compromiso ineludible, para no tener que retomar una vez más la escritura, la muy posible nada del papel en blanco.

Entonces el muchacho no supo si suspirar de alivio o esconderse debajo de la cama. 

lunes, 6 de agosto de 2012

Erótica de postergación (del poemario "Algo sagrado")




Nunca me bailaste. Yo anhelaba
contemplarte brindándome esa ofrenda,
 faceta más de tus talentos a oscuras
deslumbrando el verbo obsceno en mi deseo
que me hiciera conocerte como eras
antes de mí, antes de nosotros
rodando furiosamente unidos,
por esta soledad unánime y preciosa,
hasta agotar los recursos de la noche.


Nunca me bailaste. No conocí
a la pantera desperezándose
en la niebla, ni a aquélla que tú fuiste,
salvaje tal vez y clandestina, antes del dardo
venenoso que te atormenta de mis celos.
Coreógrafa del silencio y escapista,
postergaste la promesa que no recuerdas
que me hiciste, mientras yo aún espero degollarme
con cadencia suicida en tus caderas.

"Al este del Edén", de John Steinbeck


Vamos con otro Premio Nóbel de literatura: el que recibiera en 1.962 el escritor estadounidense John Steinbeck (Salinas, California, 27 de febrero de 1.902 – Nueva York, 20 de diciembre de 1.968).

 Acabamos de terminar hace unos días, mi pareja y yo, la ambiciosa novela –luego matizaré debidamente el adjetivo- Al este del edén, que sin ninguna duda nos ha aportado a los dos muchos buenos ratos leyéndola en voz alta. Escribir esta reseña literaria para mí supone un gran placer, por varias razones. La primera razón atiende al extraño y cómico modo en que me hice con este libro –exactamente el mismo ejemplar que aparece en la fotografía: un libro grueso, solemne, de tapas duras en piel azul y caracteres de portada dorados; uno de esos magníficos volúmenes que, colocados en los anaqueles atestados de una biblioteca personal, aportan serenidad y solidez de confort a la decoración de un cuarto o una casa-: mi chica lo encontró en una tienda de artículos de segunda y hasta de tercera mano, en muy buen estado y a muy bajo precio, ¡tan sólo 0´50 euros! No todos los días uno encuentra un tocho de casi ochocientas páginas, de uno de los escritores estadounidenses más empáticos que existen con las flaquezas que conforman el alma humana, a ese precio ridículo. Sabiendo de mi pasión por las historias de la América rural y profunda y los paisajes y personajes fronterizos, y no pudiendo comprármelo en ese momento, decidió esconderlo estratégicamente entre los demás volúmenes a la venta, como corresponde hacer a un buen cazador de libros, para que nadie se lo llevase y yo pudiera adquirirlo otro día. Y así fue. Me dio aviso de la localización exacta del ejemplar, y en cuanto nos fue posible nos acercamos por el establecimiento a “recuperarlo”. La sorpresa nos llegó cuando, ya en la caja, la dependienta nos dijo que la etiqueta estaba equivocada y el libro no valía cincuenta céntimos de euro... ¡sino solamente cinco! Avergonzado sin saber por qué, mientras sentía en mi espalda a mi novia aguantándose la risa, entregué la moneda de cincuenta céntimos que llevaba preparada para pagar y esperé el cambio, casi tentado de rogarle a la dependienta que no era necesario que me entregase la vuelta. La segunda razón, aunque puede que quizá algo peregrina, tiene que ver con el nombre del autor, John Steinbeck: cada vez entiendo más la fascinación de mi pareja por algunos nombres de autores y capitales del mundo; por solamente su hermosa sonoridad, hay nombres que ya evocan o sugieren una grandiosidad artística o geográfica. La tercera razón se debe a las películas que he visto basadas en obras de este autor: Al este del edén (1.955), dirigida por Elia Kazan e interpretada por James Dean, ganadora de un Oscar y un Globo de Oro, y Las uvas de la ira (1.940), dirigida por John Ford e interpretada por Henry Fonda, ganadora de dos Oscar; películas que me gustaron cuando las vi en su día, y que me conminaban a leer las obras en las que estaban basadas. 

Ambientada en un periodo de tiempo que abarca desde las llamadas “guerras indias” hasta la Primera Guerra Mundial, Al este del edén nos cuenta la dramática historia de la familia Trask, en una sucesión de tres generaciones. Adam Trask, el protagonista, verá en el carácter de sus hijos (forjado por el abandono y la vida disoluta de la madre de éstos, su esposa, la pérfida Catherine) casi un calco de la historia que le condujo a separarse de su hermano años atrás. Novela coral con una trama muy sofisticada de traiciones familiares, pero también muy concienciada con la solidaridad, el sentimiento de culpa y la redención que pueden darse en el entramado complejo del alma humana. Sin duda, por envergadura y temáticas a tratar, ésta es una obra -ya lo dije anteriormente- ambiciosa, con una cuidadosa construcción del perfil de cada uno de sus diversos y variopintos personajes, siendo el más logrado, sin duda alguna, el de Catherine, femme fatale que nada tendría que envidiar a la mismísima Milady de Los tres mosqueteros

Con esta novela y otras de su producción, Steinbeck se caracteriza por ser un perfecto conocedor de las bajezas y grandezas que pueden darse a un mismo tiempo en el ser humano, además de poseer una empatía y una atención especiales para reflejar, con todo lujo de detalles, con abrumadora exactitud, la América rural y los movimientos políticos y sociales del momento. Tanto es así, que a veces da la impresión de que las historias quedan estáticas en algunos tramos, embarrancadas por momentos en los concisos pormenores que describen con excesiva precisión el paisaje y los sucesos históricos de la época; pero también estos escarceos y dilaciones ayudan a que, al menos en esta novela, la lectura resulte gradualmente placentera, yendo de menos a más, y desbancándose así de esas obras que, justo al contrario, comienzan con mucha fuerza pero van quedándose en nada en tanto que uno va pasando página tras página. En lo que a mi opinión personal respecta, esta obra tendrá siempre un lugar de mención de honor en las estanterías de mi biblioteca, y siempre que vea el libro colocado en su ubicación despertará un capítulo hermosísimo de mi memoria y todo mi cariño. 


miércoles, 1 de agosto de 2012

"Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago



Una muy grata sorpresa me he llevado con esta novela y con el autor de la misma, el Premio Nóbel de literatura de 1.998 José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1.922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2.010), al que nunca antes había leído. El libro llevaba pululando por el pequeño caos de mi cuarto desde pocos meses antes del fallecimiento del autor, y no encontraba hueco para empezar a leerlo pese a que me lo habían recomendado con ahínco ya varias personas. No me ha gustado tanto el estilo del portugués -se me hace algo cansino esas vueltas y revueltas que a veces le da a asuntos menores para acometer el relato, y hubiera agradecido que las conversaciones entre los personajes estuviesen fragmentadas en diálogos con sus correspondientes guiones, en vez de estar incluidos en el mismo enunciado del texto, sin llegar a poner unas comillas siquiera para poder diferenciar claramente las distintas voces- como la originalidad de la historia y, sobre todo, su dificultad. Esto último me parece lo más meritorio. Creo que es un relato muy difícil de escribir, en el que cualquier otro autor menos avezado hubiese dejado muchos cabos sueltos o hubiera caído en lamentaciones gratuitas, propias de una sociedad que, de repente, va quedándose ciega. 

El relato arranca con la repentina ceguera que asalta a un conductor que está detenido con su vehículo en un semáforo, esperando a que la luz cambie de rojo a verde. Pero no es una ceguera cualquiera, sino una ceguera blanca, un "mar de leche", una albura como una luz insistente y enervante en el cerebro que impide ver. Socorrido por otro hombre que le lleva hasta su casa (y que, aprovechando la ceguera del primero, le roba el coche, lo que ya da muestras de cuál será la moraleja de esta magnífica historia), el conductor va contagiando de su ceguera a toda persona que tiene contacto con él: al que le socorre, a su esposa, al oftalmólogo al que acude para curarse de su ceguera inesperada. A su vez, estos contagiados van contagiando a otras personas de su entorno, y estas personas a otras tantas, hasta que al final toda la sociedad, políticos incluidos y fuerzas del orden, queda tomada por el "mal blanco". La historia va adquiriendo tintes apocalípticos por momentos, y es un fiel reflejo de cómo el ser humano, expuesto a situaciones extremas, prefiere decantarse por la ley del más fuerte que por la solidaridad; tema éste muy tocado ya en este tipo de historias -leánse, si no, La carretera, de Cormac McCarthy, o El señor de las moscas, de William Golding-, pero que cometido con la pericia literaria necesaria puede resultar muy gratificante de leer y muy instructivo. Solamente una persona -la mujer del oftalmólogo- queda a salvo de la extraña ceguera; aunque esto, lejos de ser un motivo de alegría, supone la titánica responsabilidad de servir de ojos de los otros y el abrumador sacrificio que sólo las personas con madera de héroe están dispuestas a realizar, dejando aparte el egoísmo justificado de la supervivencia. 

El final del relato puede aparentar ser algo vacuo, repentino y facilón, pero a mi parecer es el único final posible que pueda ponérsele a una historia que, de no servirse precisamente de un final tan simple, adquiriría dimensiones de Quijote. Imagino que, respecto a esto, los lectores que hayan consumido esta obra tendrán muy diversas opiniones, pero en cualquier caso éste es un libro logrado, con un profundo mensaje que viene a decirnos, quizá, que no hay peor ceguera que la del que no quiere ver. Por mi parte, estoy deseando ya leer otros libros del autor portugués -me han recomendado, también con fervor, su otra novela Levantado del suelo- y que vuelva a sorprenderme con su originalidad y su lucidez para acometer temas de orden social.